Dossier

Una necesidad de opulencia. Los panteones Art

Decó egipcíacos de las familias Verzini y Palau en

el cementerio San Jerónimo de Córdoba,

Argentina, fines del siglo XIX y comienzos del XX

A need for opulence. Egyptian-Style Art Deco

Mausoleums of the Verzini and Palau families in

San Jerónimo Cemetery, Córdoba, Argentina, Late

19th and Early 20th Centuries

Resumen: En la presente investigación indagamos en la

Ana Clara Picco Lambert

Universidad Nacional de Córdoba - Red  Académica de Estudios sobre la Muerte,  Cementerios y Ciencias Sociales,

Argentina

anaclarapiccolambert@gmail.com

Estudios del ISHIR

vol. 15, núm. 43, 2025

Universidad Nacional de Rosario, Argentina

ISSN-E: 2250-4397

Periodicidad: Cuatrimestral

revistaestudios@ishir-conicet.gov.ar

Recepción: 11 mayo 2025

Aprobación: 29 septiembre 2025

DOI: https://doi.org/10.35305/e-ishir.v15i43.2067 URL: https://portal.amelica.org/ameli/journal/422/4225520004/

relación entre dos panteones funerarios, que pertenecieron a las vanguardias periféricas del estilo Art Decó de rasgos egipcíacos en el cementerio San Jerónimo de la ciudad capital de Córdoba y pertenecientes a dos familias oferentes, ambas migrantes. Analizamos los estilemas artísticos de la moda

egipcíaca desarrollada dentro del estilo arquitectónico Art Decó, así como también, la iconografía e iconología de los panteones, a la luz de la relación con la funebria. Nos preguntamos sobre la pertenencia social de estas dos familias y su relación con el lugar que ocupaban dentro de la nueva sociedad cordobesa, alterada por el ingreso masivo de migrantes europeos, como es nuestro caso. En fin, revisamos la relación entre la arquitectura de los panteones familiares, las estrategias de las familias para ingresar a la “nueva élite” cordobesa y el desarrollo económico de las mismas.

Palabras clave: cementerio San Jerónimo, Art Decó, migración, muerte, panteones.

Abstract: In this research, we investigate the relationship between two funerary pantheons, which belonged to the peripheral avant-garde movements of the Art Deco featuring Egyptian-style elements, in the San Jerónimo cemetery in the capital city of Córdoba and belonged to two offering families, both migrants. We analyze the artistic stylemes of the Egyptian fashion developed within the Art Deco architectural style, as well as the iconography and iconology of the pantheons, in light of their relationship with funerary life. We question the social belonging of these two families and their relationship

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with the place they occupied within the new Cordoba’s

society, altered by the massive influx of European migrants,

as is our case. Finally, we review the relationship between the

architecture of the family pantheons, the families' strategies

to enter the “new elite” in Córdoba, and their economic

development.

Keywords: San Jerónimo cementery, Art Deco, migrationes,

death, pantheons..

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Una necesidad de opulencia. Los panteones Art Decó egipcíacos de las familias Verzini y Palau en el cementerio San Jerónimo de Córdoba, Argentina… Introducción

En este trabajo se analizarán dos panteones[1] familiares  

mortuorios de estilo Art Decó que tienen lugar en el cementerio San  

Jerónimo de la ciudad de Córdoba, Argentina construidos por dos  

familias inmigrantes: los Verzini y los Palau. Entendemos que ello  

formó parte de las estrategias desplegadas por estas familias para  

integrarse a la nueva élite cordobesa. El período de análisis se

acotará a la primera mitad del siglo XX. Debido al espacio de

tiempo en el que fueron construidos estos mausoleos y dentro del

marco de acción de los migrantes analizados en el contexto

funerario y social de la Córdoba de la modernización tardía

(Ansaldi, 1996b). Las preguntas que guiarán nuestra investigación

serán: ¿cuáles fueron la composición de las familias Palau y Verzini?,

¿cuáles fueron las costumbres y prácticas funerarias de ambas

familias? ¿en qué contexto y bajo que concepciones de la muerte

fueron construidos los panteones familiares en estilo Art Decó

egipcíaco?

Nos planteamos como objetivos de trabajo, el analisis del estilo

Art Decó egipcíaco. Estudiar las familias analizadas en el contexto

de la sociedad cordobesa de fines del siglo XIX y comienzos del

XX. Dilucidar el rol de las nuevas familias de migrantes en la

constitución de la “nueva élite” cordobesa de principios del siglo

XX, en detrimento de la vieja élite o patriciado cordobés. Explicar

la constitución de las familias Palau y Verzini como migrantes

europeos. Y, por último, analizar la iconología e iconografía de los

panteones mortuorios de ambas familias.

¿Porque escribir sobre la muerte y su conmemoración en una  

historia de la vida privada o cotidiana? Porque junto a Cecilia  

Moreyra (2023) creemos que lo “familiar”, lo “cotidiano” o lo  

“privado” no solo transcurren en la casa o vivienda; sino que en este  

caso lo cotidiano también implica morir y conmemorar a los

muertos. Para ello, al decir de Liliana Pereyra (1999), las familias

cordobesas con situaciones económicas más holgadas construyeron

“palacios de la muerte”. Verdaderas casas, donde habilitaban una

estancia en el cementerio, livings dentro de los panteones para

reunirse con la familia y parientes, luz eléctrica para iluminar las

tertulias fúnebres, donde exponían los títulos familiares, las

bendiciones papales a las familias, los diplomas de pertenencia a

alguna orden religiosa, etc. Las “visitas” a los muertos para

conmemorarlos también pueden ser entendidas como tensiones

(Peña Díaz, 2012, 2019) que trascienden el espacio doméstico,

pueden ser luchas por capitales simbólicos o capitales funerarios,

entre las diferentes familias que frecuentan el cementerio, por ello

proponemos al Cementerio como un “territorio de memoria

política”. (Catela Da Silva, 2016). Aún en la actualidad

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esta diferenciación del espacio cementerial se sigue reproduciendo,  

debido al tamaño y disposición del espacio ocupado por las

diferentes familias dentro del cementerio. Las disputas por el

espacio y los deseos de mostrar opulencia continúan con fuerza en

la actualidad. Al mismo tiempo, el cementerio es apropiado por los

usuarios (ricos o pobres) más allá del ordenamiento oficial o

territorial de las autoridades locales o del panteón.

En cuanto a la metodología de trabajo, hemos optado por un  

enfoque cualitativo, basado en el trabajo de campo en el cementerio  

San Jerónimo, el analisis de diferentes fuentes, archivos privados y  

públicos. Trabajamos también con revistas de época, y fotografías

de época de los descendientes de estas dos familias analizadas. El

trabajo de estudiar los panteones familiares y familias en cuestión,

tienen cierta particularidad que configura el “escuchar a los muertos

con los ojos”, como aclara Alicia Vázquez Aguilar:

Si el quehacer de los historiadores es de por sí complejo ante la dificultad

de encontrar fuentes sobre sucesos que ocurrieron hace mucho tiempo, de

los que sus protagonistas ya no pueden decir nada; el camino hacia

historiar, regionalizar y explicar el proceso de formación de los panteones

es todavía más sinuoso. Desde la historia urbana, escuchar con los ojos a

los muertos no se concreta al trabajo de gabinete, a hacerle preguntas al

documento; hay que andar el camino, y en este caso, saltar entre tumbas.

No queda más que recurrir a esas “mansiones del silencio” que son los

panteones, para formular preguntas y encontrar respuestas (2024: 61).

En cuanto a los antecedentes generales de este trabajo

reconocemos el trabajo de Philippe Ariès (1984 [1977]) que, en un

tiempo de larga duración, analiza las cambiantes condiciones de

comprender la muerte. Según su hipótesis, aunque las actitudes que

las sociedades tuvieron frente a la muerte parecen inmutables, las

personas no siempre murieron del mismo modo. Se han producido,

por el contrario, cambios perceptibles. Otras de sus hipótesis,

pronunciada con mayor discreción, apunta a los rituales mortuorios

como pistas para entender la dinámica vital, para desentrañar los

humores sociales. Es decir, la muerte como pulso de la vida y la

vida como pulso de la muerte, cómo se vive se muere (Esteban,

2021: 41 y 42).

Una segunda perspectiva, representada por el Michel Vovelle  

(2002), quien insiste en la historicidad de la muerte, y disiente de su  

colega Philippe Ariès, quien considera que hay una muerte acrónica,  

suspendida en el tiempo. La creencia en la inmovilidad de la muerte

es una "ilusión" que proviene de la magnitud de la ignorancia sobre

los períodos históricos más antiguos. Vovelle rechaza el "mito de la

Edad de Oro" y la "imagen idealizada de las antiguas solidaridades  

comunitarias" (2002). Para este autor, durante el siglo XIX se  

produce la sensibilidad romántica, que se centra en la "crispación"  

colectiva sobre la muerte. De “la privacidad de la familia, burguesa o

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no, dentro del marco de una actividad reforzada; los nuevos  

cementerios, ciudades de muertos donde se concentra el culto de su  

recuerdo en el pensamiento de los vivos” (2002: 26). Hay para  

Vovelle un paso de la "mi muerte" a la "tu muerte" (la “muerte del  

otro” para Ariès) (la muerte del inolvidable objeto amado). El duelo  

se concentra en la privacidad de la familia. Los cementerios se  

convierten en ciudades de muertos (como Père Lachaisse). El

discurso deja de ser unánime, cuestionado por la ciencia y filosofías

positivistas (Vovelle, 2002).

Por otro lado, Vovelle (2002) reconoce tres niveles o dimensiones

a partir de los cuales pensar la muerte: “muerte padecida”, “muerte  

vivida” y “discursos sobre la muerte”. La “muerte vivida” se  

corresponde con las prácticas sociales, las actitudes y los  

comportamientos y los “discursos sobre la muerte” son los  

testimonios conscientes, discursos organizados -en nuestro caso, la  

arquitectura- y su simbología como discurso de la muerte (Vovelle,  

2002: 18).

En Argentina resultan ineludibles para esta propuesta, las  

investigaciones pioneras de María Carlota Sempé y su equipo,

quienes estudiaron cementerios de La Plata, la simbología masónica

y su relación con los sectores sociales. Partieron de la premisa de

que los monumentos funerarios, como obras arquitectónicas,

podían ser leídas como textos que dan cuenta de las características

sociales de los individuos que mandaron a construirlos en un lugar

y en un momento histórico determinado (Sempé y Gómez Llanez,

2002: 2). Sempé analizó los distintos estilos arquitectónicos de los

panteones de diferentes cementerios relacionándolos con los

sectores sociales, sus aspiraciones sociales y culturales. Pero

también, con las luchas y tensiones simbólicas, que se despliegan en

los cementerios, como espacios sociales de disputas. A su vez, los

trabajos de Liliana Pereyra (1999) sobre la muerte en Córdoba, nos

permiten avanzar sobre el período post mortem, en especial, esas

“mansiones para la muerte”. Del mismo modo, para México,

Vázquez Aguilar sostiene que para los panteones (cementerios) de

San Fernando y Santa Paula, los monumentos fúnebres con capillas

también se estilaba: “en tercer plano, al fondo, está una capilla

funeraria que albergaba restos de personajes opulentes, esto

confirma que en el panteón decimonónico se seguían formando

capillas exclusivas, como en el templo” (2024: 272). En el caso de

Montevideo Beltrami, muestra en un estudio que realiza de la  

escultura italiana en los cementerios uruguayos, explica cómo los  

clientes que pedían estas esculturas para sus tumbas eran los  

inmigrantes italianos que habían hecho fortuna en América, o  

aquellos que no tenían raíces italianas pero encontraban en la  

península itálica la primacía del arte, o simplemente las pedían por el  

status que implicaba tener un monumento traído de Italia o hecho

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por algún escultor italiano, esto reafirma lo que se ha dicho en  

párrafos anteriores, no todos tenían acceso a tener estos

monumentos, solamente la clase que conocía e imitaba lo italiano y

podía pagarlo (Beltramini, 2012). En este sentido para Santiago de

Chile ocurría algo muy similar, debido a lo que emana de los

llamados de Casanova estaban en sintonía con la Iglesia en

uniformar las sepulturas en contra de: “las profanas y mundanas

construcciones monumentales

que identificaban al Cementerio General- y que solo robustecían el  

ánimo de la exaltación de la individualidad de destacados

personajes”, como podemos leer las sepulturas monumentales con

capilla, eran también una constante en Chile (León León, 1997:

204). De hecho, Benjamín Vicuña Mackenna sostenía respecto a las

nuevas sepulturas del siglo XIX: “los sepulcros modernos se hacen

ya a manera de viviendas lo que aleja el enfermizo terror de la

muerte i contribuye poco a poco a que los cementerios sean lo que

deben ser las ciudades de los muertos” (León León, 1997: 221).

Prosigue el autor:

en este contexto, se ubicó la construcción de grandes mausoleos y

constante culto a la monumentalidad que el siglo XIX se encargó de llevar

a su mayor esplendor. Dicho culto a la monumentalidad, no hizo más que

traducir el deseo inherente de las personas por destacar su posición social

además de lograr perpetuar la imagen de los extintos a través de la

escultura en las tumbas (León León, 1997: 216).

De este modo, podemos inferir que el culto a la monumentalidad,  

exigió cierta “aristocratización” de los ritos y construcciones de la  

muerte, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, y que se dio de  

manera generalizada, como podemos observar en Santiago de Chile,  

Uruguay, Córdoba y México.

En cuanto a categorías analíticas nos valemos de un repertorio  

variopinto de distintas disciplinas sociales y arquitectónicas. En  

primer lugar, tomamos el concepto de la “muerte del otro” de Ariès  

(2012). A partir del siglo XVIII, según el historiador, las emociones  

frente a la muerte fueron exteriorizadas, expulsadas al teatro de lo  

público. Ante el muerto los sobrevivientes gesticulan, rezan

imploran, dramatizan, como si el sacrificio fuera un termómetro del

amor al deudo (Ariès, 2012). Hacia fines del siglo XIX “se

describen (las costumbres) como si fueran inventadas por primera

vez, como si fueran espontaneas, inspiradas en el dolor de los

sobrevivientes. Ello se debe una nueva intolerancia ante la

separación” (Esteban, 2021: 47), esta intolerancia se mide por el

fasto de la parafernalia funeraria, de fines del siglo XIX, momento

en el cual también se adscribe a un verdadero culto a los

monumentos fúnebres. Como sostiene Foucault (1984) a fines del

siglo XIX se produce una aristocratización del rito funerario y sus

espacios. Esta incapacidad de aceptar la muerte, brindará como

efecto un renovado culto a las tumbas, a las

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intercesiones post mortem, y toda una teología de la salvación (Ariès,  

2012; León León, 1997: 216). Esto contrasta altamente con lo  

argumentado por Norbert Elías sobre la época actual y la negación

de la muerte, en estadios de desarrollo anteriores, la vida y la

muerte se organizaban para mantener la conciencia de la profunda

dependencia mutua de los seres humanos. La tendencia a retraerse y

el encubrimiento de la vitalidad del individuo en un seguro no real

son una característica del proceso de civilización (Elías, 2022;

Vovelle, 2002: 27 y 28).

Por otra parte, a partir del concepto de “muerte vivida” de

Vovelle (2002) nos adentramos en la genealogía de las familias

Verzini y Palau que construyeron los panteones, objeto de estudio.

Asimismo, el concepto de “discursos sobre la muerte” (Vovelle,

2002), se aplicará al análisis del lenguaje arquitectónico y simbólicos

de ambos panteones familiares.

Como plantean Sempé y equipo (2001) siguiendo a Bourdieu, el  

campo funerario conforma un espacio social estructurado y

dinámico en el que los agentes interactúan, compiten y luchan por

el capital específico del campo. Ello permite analizar las dinámicas

de poder y las relaciones sociales en diferentes esferas de la vida

social, en este caso la forma de ritualizar la muerte.

En esta línea, sostenemos como hipótesis que las características  

artístico-arquitectónicas de los panteones familiares analizados, con  

sus rasgos egipcíacos pertenecientes a las modas instauradas por las  

vanguardias periféricas del Art Decó, inspiradas en diferentes  

culturas, incluyendo la egipcia fueron parte de las estrategias  

desplegadas por las familias migrantes (Palau y Verzini) como capital  

simbólico, reconvertido en capital social para ingresar a la “nueva  

élite” cordobesa.

La arquitectura Art Decó y su vanguardia periférica  

egipcíaca

Movimiento artístico-arquitectónico nacido después de la primera  

guerra mundial e inspirado en las primeras Vanguardias del siglo

XX, el Art Decótuvo su auge en los años veinte, sobreviviendo

hasta la década de 1940 dependiendo de su contexto de recepción.

Fue adoptado por las clases burguesas como expresión de glamour,  

exuberancia y fe en el progreso social y tecnológico. El repertorio  

simbólico estaba asociado a la máquina, la energía, el humo de las  

fábricas, el rayo eléctrico, la fuerza y el trabajo (Sempé Viera y

Alfano, 2019).

El Art Decó se destacó por sus formas geométricas rectas y

ángulos, así como la masa y la simetría, los cuadrados, rectángulos,

patrones de zigzag y el llamado stream line. Asimismo, sus estilemas

presentaban

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un carácter fuertemente ecléctico, pues estaban inspirados en las  

culturas antiguas descubiertas por hallazgos arqueológicos en  

Mesopotamia, Egipto, África y Mesoamérica. En esta línea, las  

vanguardias periféricas del Art Déco intentaron producir algunas  

innovaciones que implicaron la hibridación de estilos basados en  

aquellas culturas antiguas, en especial la egipcia, y aquellos caracteres  

autóctonos que reflejaban las identidades locales. La reinterpretación  

de los motivos egipcios no solo respondía a una búsqueda de lujo o  

exotismo, sino que coadyuvaba en la producción de formas de  

resistencia cultural, resignificación o experimentación creativa  

(Sempé Viera y Alfaro, 2019).

Otro elemento importante del Art Decó será el de la semiótica

del “edifico simbólico” como icono autorreferencial que implicaba

la acción de visibilidad y poder simbólico en la ciudad. La acción  

alegórica del edificio referencial puede consignarse desde la acción  

comunicativa del monumento fúnebre, que busca transformar el  

espacio cementerial (Vyhmeister, 2010).

En Argentina, el Art Decó fue recepcionado[2] desde el centro  

emisor Estados Unidos de Norteamérica. Y fue resistido y negado

en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires,

hasta que, en 1930, comenzó a tener difusión en la cátedra de

Composición Decorativa (Sempé, Viera y Alfaro, 2019). Aunque sin

doctrina específica, ni tendencia homogénea, su propuesta se

insertó en el debate teórico de la Arquitectura Moderna (Ramos,

1986: 14) y, finalmente, tuvo difusión en la arquitectura urbana y, en

especial, en los cementerios, a partir de los panteones familiares que

construían miembros de la clase media o burguesa con tendencias

aspiracionales.

La arquitectura Art Decó en Córdoba no solo se vio reflejada en

los edificios públicos, sino en los cementerios también. Como

dijimos en cuanto a la arquitectura civil, se evidencia su presencia

en casas de los barrios pueblo, como General Paz, San Vicente y

Alta Córdoba, y en ciertos edificios públicos, garajes, mercados,

pequeños locales comerciales, el Teatro Moderno, clubes,

hospitales, y sobre todo en los cines (Bergallo y Tarán, 1986: 31).

Dos casos paradigmáticos son el edificio del arquitecto Lo Celso, el

edificio de la Agencia Ford Argentina de 1930 de los hermanos

Feigin, y el edificio del Hospital San Roque de Jaime Roca (Bergallo

y Tarán, 1986).

De manera específica, el estilo egipciaco del Art Decó fue

introducido en la arquitectura funeraria argentina por medio de los  

catálogos que circulaban en el ámbito de la construcción, como era

el caso del arquitecto y alarife porteño M. Carrizo,[3]cuya Casa de  

Obras de Arte Funerario vendió a diferentes familias de la ciudad de  

Córdoba varios panteones a construir en el Cementerio San  

Jerónimo. Es preciso aclarar que este tipo de alarifes o arquitectos

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como el caso de M. Carrizo y Luis Ceballos solo se dedicaron a la  

arquitectura, construcción y comercialización de artefactos  

funerarios. Diferente es el caso de Bautista Verzini, quien era  

ingeniero civil y oportunamente construyó el panteón familiar. De  

otra manera, es la situación del estudio de arquitectura de los  

ingenieros Carlos y Raymundo Alonso, quienes se dedicaron a la  

construcción de Templos religiosos, mercados de abastos en

distintas localidades del interior de la provincia de Córdoba, y  

complementariamente también construyeron un hermoso panteón

de estilo neoclásico en el cementerio San Jerónimo.

Aquí, los panteones presentan elementos característicos del  

llamado “sistema del Art Decó, como los estilemas en los que  

predomina el uso de planos volumétricos superpuestos, líneas rectas  

continuas o quebradas y adornos de mampostería altamente  

geometrizados. Se destaca también el enmarcamiento rehundido de  

las aberturas y de los adornos entre los que las cruces cobran valor.  

Asimismo,tambiénresalta la presencia de lo egipcíaco a partir de los  

prototipos constructivos en forma de pirámide, pirámides truncas,  

mastabas, máscaras funerarias egipcias, Osiris alado, águilas

bicéfalas, urnas funerarias, grifos, esfinge, fire pot, etc. En cuanto a la

simbología cristiana del estilo en cuestión, en este periodo

estudiado (fines del siglo XIX y comienzos del XX) Juan Plazaola,

sostiene que hubo una pérdida de la vitalidad original del arte

cristiano: muchas obras ya más ligadas al pasado, al recuerdo; un

arte que evoca pero que tiene menos impulso profético. Se plantea

el problema de lo sagrado en un mundo cada vez más secular

(Plazaola, 1996).

En lo que hace a la mano de obra actuante en la construcción de  

estos panteones, aparecen muchos obreros de origen italiano  

desempeñándose en los rubros de albañilería, carpintería y herrería,

lo que confirma la continuidad de este grupo étnico frente a la  

construcción local. En el caso cordobés contamos con dos ejemplos

de arquitectos-ingenieros del Art Decó: Ángel T. Lo Celso, porteño

de nacimiento. Desarrolló su obra en Córdoba y fue uno de los

creadores de la Facultad de Arquitectura en 1954 y de la Escuela de

Artes de la Universidad Nacional de Córdoba. El otro referente es

Jaime Roca, quien estudió en Michigan y regresó a Córdoba en

1927, siendo el primer decano de la Facultad de Arquitectura. Roca,

yerno de Martin Ferreyra (personalidad destacada de una

reconocida familia local), construyó en 1934 el nuevo panteón

familiar de Martin Ferreyra en el cementerio San Jerónimo, una

obra fúnebre paradigmática del Art Decó. También construyó la

afamada casa Art Decó del poeta porteño Arturo Capdevilla. Otros

destacados constructores del Art Decó funerario fueron Luis

Ceballos, representante de la casa de obras funerarias porteñas

Marmygran y Bautista Verzini, ingeniero civil que levantó el panteón

de su familia (Bergallo y Tarán, 1986).

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Características socio-históricas de las élites  

cordobesas en la primera mitad del siglo XX

A comienzos del siglo XX Córdoba presentaba, a diferencia de  

Buenos Aires y Rosario, un menor caudal migratorio europeo. No  

obstante, su crecimiento demográfico era importante, en parte por

esa llegada de extranjeros, pero, sobre todo, por una continua

migración interna. La modernidad de la ciudad estaba ligada a un

proceso de urbanización que se desarrollaba de manera más lenta

que en otras ciudades. El desarrollo industrial que parecía haber

despegado a fines del siglo XIX se truncó a comienzos de la Gran

Guerra.

De todos modos, la élite social y política todavía continuaba  

perteneciendo, en gran medida, a una cultura “aristocratizante”, que  

no poseía gran fortuna de dinero.

Solo poseían su título universitario y su incorporación a la  

burocracia estatal y universitaria, que le daban el lustre que  

ambicionaban y que la sociedad en su conjunto respetaba.

Durante el período analizado asistimos a la desaparición de las  

familias de la élite terrateniente, que se conformaron en el período  

colonial, y al surgimiento de las familias migrantes en el rubro  

comercial, ejecutando diferentes estrategias para insertarse en dicha  

sociedad (Eizaguirre,1898: 79).

Podemos decir que quienes ocupaban posiciones dominantes en

la economía también formaban parte del campo social,

perteneciendo a espacios de privilegios. Y quienes se desempeñaban

en el campo político participaban con frecuencia en la vida cultural,

como estrategias para poder obtener capital simbólico y prestigio.

De este modo se generaban cruces muy ricos dentro de los

diferentes campos que componían la fisonomía de la “nueva élite”

cordobesa (López, 2013: 126), conformada, en parte, por la

burguesía y pequeña burguesía comercial –en menor número

industrial– formada por extranjeros italianos que hacía un tiempo

había comenzado a desarrollarse, aun con oscilaciones, como

describe Waldo Ansaldi (1996a, 1996b, 1996c, 1997).

Las familias Palau y Verzini, cuyos panteones analizaremos, eran  

migrantes europeos de dos nacionalidades diferentes, españoles  

(catalanes) e italianos (lombardos). Siendo las dos colectividades  

extranjeras de mayor peso de la migración recibida por la ciudad de  

Córdoba afines del siglo XIX. Siguiendo a Manachino (1996)  

podemos inferir que estos migrantes pertenecían al grupo de los que  

arribaron a la Argentina con cierto capital económico e invirtieron

en dos rubros diferentes: Francisco Palau en el rubro comercial y

Pablo Verzini en la industria. Ambas familias disputaron el poder

social con

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Una necesidad de opulencia. Los panteones Art Decó egipcíacos de las familias Verzini y Palau en el cementerio San Jerónimo de Córdoba, Argentina…

la vieja aristocracia terrateniente de Córdoba, que paulatinamente

fue reemplazada por la “nueva élite” (Agulla, 1968).

El plano comercial ofrece un buen ejemplo para la incorporación  

de migrantes a la sociedad cordobesa. A fines del siglo XIX existían

en la ciudad 250 casas minoristas y 15 mayoristas, cuyos

propietarios eran en un 60% extranjeros. Mayoritariamente italianos

y luego españoles. De todos modos, no todos los comerciantes

extranjeros pudieron incorporarse a la nueva élite. Los migrantes

arribados a fines del siglo XIX, como los Palau y los Verzini, se

integraron a las redes comerciales existentes mediante la formación

de sociedades o por medios indirectos, como alianzas

matrimoniales, sin producir ruptura entre los negocios de las

familias. Este es el caso de la familia Palau, que se casaron entre

catalanes comerciantes, los Huerta; y de los hijos de Pablo Verzini

que tendieron alianzas con otras familias dedicadas a la industria del

cemento-portland como los Roggio o Minetti. Entre las “viejas” y

“nuevas” élites, las pautas matrimoniales endogámicas continuaron

siendo una estrategia recurrente para incrementar o conservar el

patrimonio. Práctica que vemos en las conductas matrimoniales de

las familias Palau y Verzini, cuyos enlaces permitieron establecer

alianzas entre miembros de la “nueva élite”.

Este ascenso social aparejó una estrategia de reconversión de  

capitales simbólicos en capitales sociales. Los panteones trabajados,  

por ejemplo, con sus simbologías y prototipos constructivos,  

implicaron una fuerte apuesta al capital simbólico que se tradujo en  

una reconversión en capital social. Esta fue una de las estrategias  

llevadas a cabo por la “nueva élite” cordobesa del siglo XX. Así, el  

estudio de las costumbres funerarias, y su respectiva cultura material,  

contribuye a iluminar aspectos de la estructura social e identificación  

con los estilos artísticos arquitectónicos en boga de los migrantes  

europeos. El estudio de su gusto social, en este caso, mortuorio,

puede indicar algunas de las estrategias sociales de los migrantes

para fusionarse con los residuos de la vieja élite cordobesa (Agulla,

1968). El cementerio toma relevancia como un espacio en el que

cada familia expone sus atributos y símbolos de status para que sean

admirados y admitidos como tales, tanto por sus pares como por

los subalternos, son pues relaciones sociales de distinción las que

intervienen en la ostentación de estos panteones funerarios.

Desde la perspectiva de Ariès (1984 [1977]), el período que  

analizamos puede pensarse como el de “la muerte del otro”, actitud  

frente a la muerte que habilitaba y requería la construcción de  

monumentos de tales proporciones. La construcción de la “casa

para siempre” era parte de ese ritual post mortem, último paso del

ritual de los muertos: “las grandes mansiones de la muerte”

(Pereyra, 1999). Si eran necesarias la parafernalia y la pompa, el

campo funerario es, reiteramos, un espacio adecuado para observar

las aspiraciones sociales

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de los oferentes. En el caso de la familia Palau, haber contratado un  

constructor de la talla de Luis Ceballos para una construcción de  

tamaño monumental habla de cierto poder adquisitivo. En el caso de  

la familia Verzini, el mausoleo de estilo Art Decó egipcíaco fue  

construido en 1928 por su hijo Bautista Verzini, lo que también da  

cuenta de cierto estatus.

Contexto histórico mortuorio: el cementerio San  

Jerónimo

De los dos cementerios públicos de la ciudad de Córdoba, el San  

Jerónimo es el más antiguo. En el marco de una larga disputa por la  

monopolización de los servicios de la muerte (Blanco, 2019) entre el  

clero regular y el poder civil, el gobernador Francisco Manuel López  

(Ferrero, 2021) creó el cementerio público –confesional– el 15 de  

septiembre de 1843, en lo que fuera el antiguo Pueblito de la Toma,  

hoy barrio alto Alberdi (Bischoff, 1986). Se había dispuesto

establecer el cementerio público al oeste de la ciudad, en un espacio

cercado con tapias de dos cuadras. Se asignó un capellán

permanente, quien recibía una parte del pago de la sepultura, y la

otra la recibiría el administrador del cementerio (Martínez de

Sánchez, 2005: 137). Durante la Colonia y hasta principios del siglo

XIX la sepultura era mayoritariamente parroquial (en iglesias y

cementerios ligados al clero). A partir de epidemias y

transformaciones políticas (el 3 de abril de 1787, Carlos III expidió

la Real Cédula que ordenaba realizar los entierros en cementerios

formados afuera de las ciudades, esto era válido para España y

todas las colonias), se impulsó la creación de cementerios públicos

fuera de las iglesias y, gradualmente, fuera del ejido urbano. Esto

implicó desplazar la autoridad sobre la muerte del clero hacia el

Cabildo/municipio. No obstante, la secularización de los

cementerios estuvo lejos de quitar la muerte del universo religioso,  

solo se modificaron el ámbito físico y la esfera administrativa del  

hecho mortuorio. Este cambio tuvo entre sus dificultades la quita de  

los ingresos que sufrieron los párrocos que, hasta ese momento,  

habían monopolizado los sepelios en sus templos. El cambio  

territorial de los templos al cementerio no impidió que éste fuera  

bendecido conforme a las normas canónicas y, de esta manera,  

transformado en campo santo que llevaría el nombre del santo  

patrono de la ciudad, San Jerónimo.

La planta del cementerio fue diagramada por Eusebio Cazaravilla

y responde a los principios higienistas de la época, ya que se

favorecía, entre otras cosas, la circulación de vientos según los

principios higienistas. Las recurrentes epidemias cólera de 1867-68

y 1886-87 (Carbonetti, 2016: 288), junto con el discurso

médico-higienista que adoptó la administración pública, sirvieron

como justificación técnica

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Una necesidad de opulencia. Los panteones Art Decó egipcíacos de las familias Verzini y Palau en el cementerio San Jerónimo de Córdoba, Argentina…

para crear cementerios extramuros, reglamentar entierros y controlar  

inhumaciones (distancia de la ciudad, trazado, fosas, cremación).  

Autores médicos y sanitarios del siglo XIX (Consejo de Higiene de

la Prov. de Córdoba, el protomédico Luis Warcalde, el Dr.

Clodomiro Corvalán) difundieron la necesidad de separar los

cadáveres de la vida urbana por “salubridad”. Estas disposiciones

también se dieron en todos los países de América Latina como

sostiene Vázquez Aguilar para el caso de México: “pero además de

la secularización y las medidas higiénicas, durante el siglo XIX se

dio un desarrollo urbanístico de las ciudades que tuvo efecto en la

‘ciudad de los muertos’” (2024: 279). Hubo normas provinciales y

municipales que regulaban dónde y cómo enterrarse:

leyes/ordenanzas sobre el Cementerio San Jerónimo y  

posteriormente para el San Vicente; horarios de inhumación,  

mantenimiento, prohibición de enterramientos en iglesias o patios  

urbanos, etc. En Córdoba aparecen registros documentales desde  

inicios del siglo XIX que muestran esa transición regulatoria

(Garzón Maceda, 1916; Carbonetti, 2016). Más allá de la higiene, los

nuevos cementerios se convirtieron en espacios públicos (parques,  

monumentos, panteones familiares, panteones sociales, memoriales)  

donde la clase, la identidad colectiva y las asociaciones étnicas,  

mutualistas y religiosas (clubes mutuales, colectividades migrantes)  

plasmaron su presencia mediante lápidas, panteones y rituales civiles.  

Así, la “secularización” fue también cultural: el enterrarse dejó de

ser exclusivamente un acto clerical y pasó a ser un hecho mediado

por la administración civil y la sociabilidad laica (Martínez de

Sánchez, 2005).

El cuadrado de 4 hectáreas que primeramente conformó el

espacio del cementerio, fue dividido según una trama de manzanas

cuadrangulares, con una plaza central cruzada por dos calles  

octogonales que se ubican en los ejes de noroeste-sureste y noreste

suroeste y dos calles diagonales que lo atraviesan. Un conjunto de  

coníferas (cipreses)

cortan las manzanas en ámbitos triangulares donde los monumentos

funerarios se implantan alineados y paralelos a ambas vías. A diferencia de

la arquitectura de la Recoleta, los panteones se erigen aquí como cuerpos

separados unos de otros en parcelas estrechas, lo que acentúa fuertemente

su verticalidad y permite ver en volumen los diferentes planos de las

fachadas (Capellino, Cufré y Rebaque de Caboteau, 2017: 1).

El cementerio poseía una vieja capilla para aborígenes, pues

estaba ubicado en tierras de los indios comuneros del Pueblo de la

Toma, tierras que les fueron expropiadas (Boixadós, 1999: 9). En

1867 la Municipalidad de Córdoba mandó a trazar al sur de la

necrópolis el “Cementerio de Disidentes” y ese mismo año el

obispo Monseñor Álvarez organizó una comisión para la creación

del templo en el

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campo santo (Bischoff, 1986: 215) que fue finalmente inaugurado

en 1887. La iglesia en cuestión es de estilo neogótico, obra del

arquitecto catalán Mariano Guell, donde se observa una talla del

siglo XVIII de la Virgen Comunera junto a la imagen del santo

patrono y objetos devocionales (Capellino, Cufré y Rebaque de

Caboteau, 2017).

Panteones del cementerio San Jerónimo

El panteón de la Familia Palau: iconografía, iconología y  

simbolismo

Francisco Palau[4] –inmigrante español fallecido en 1908[5]– llegó  

a la Argentina antes de 1895 con dos hermanos, Antonio y Esteban,  

oriundos de Balaguer, Cataluña, España. Francisco Palau figura en el  

segundo censo nacional como comerciante, católico, alfabetizado y  

casado.[6] Era un comerciante destacado en la ciudad a fines del siglo  

XIX y un integrante respetado entre los comerciantes de la  

colectividad española. Fue miembro de la Sociedad de Comercio y  

luego miembro fundador de la Bolsa de Comercio en 1900.[7] 

Francisco Palau era dueño de la casa “El Espléndido”: bar, billar,

sala de fumar y posteriormente sala de cine. Un lugar donde solían  

reunirse personalidades de la época, como los reformistas de 1918.

“El comercio”, una de las siete fondas que figuraban en la ciudad

para 1904, se ubicó en barrio centro, en la calle 24 de septiembre

esquina con San Martín, luego calle Colón (Vera de Flachs y

Riquelme de Lobos, 1991: 154). La colectividad española destacó

por regentear negocios de ramos generales, bares, hoteles y otros

giros.

La familia Palau se componía del matrimonio catalán y de tres  

hijos, Serafina (catalana) Luisa y Pedro[8] (argentinos). Serafina, la  

mayor, contrajo matrimonio con otro migrante catalán, Salustiano  

Huerta Mantecón. De esta unión nació Pedro José Francisco Huerta  

Palau, quien contrajo matrimonio con Luisa Soaje Melicier (hija de  

Eliseo Soaje Garzón). Filomena Riera, viuda de Palau, se presenta  

como la dueña del negocio, como consta en la Guía de Comercio de la  

provincia de Córdoba de 1921,[9]pero Salustiano Huerta, su yerno,  

fue el director de la empresa hasta su cierre. Observamos que, ya  

muerto Francisco, el negocio familiar se había tornado en una  

Sociedad Anónima con inversión de capitales. Las sociedades  

anónimas eran una simple asociación de capitales para una empresa

o trabajo cualquiera, no tenían razón social, como en este caso, ni

se designaban por el nombre de uno o más socios, sino por el

objeto para el cual se hubiesen formado (Vera de Flachs y Riquelme

de Lobos, 1991: 164).

Pedro José Francisco Palau, hijo menor de Francisco, falleció el

16 de abril de 1912 a sus 19 años y siendo estudiante de

ingeniería.[10] 

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Una necesidad de opulencia. Los panteones Art Decó egipcíacos de las familias Verzini y Palau en el cementerio San Jerónimo de Córdoba, Argentina…

Fue sepultado en el panteón social de la Cofradía del Rosario, en el  

cementerio San Jerónimo.[11]Dos meses después fue trasladado al  

panteón de la familia de Josefina Prieur, su tía política y madrina. El  

panteón Palau aún no se había construido. Recién tenemos registro

de su uso cuando fallece la esposa de Francisco Palau, Filomena

Riera el 8 de septiembre de 1936 y es depositada en el panteón

Palau según consta en el Libro de Difuntos del cementerio.[12] 

El panteón[13] fue realizado por un renombrado alarife cordobés:  

Luis A. Ceballos, destacado constructor en su mayoría de panteones  

transicionales del Art nouveau alArt Decó en el cementerio San  

Jerónimo. Según documentos de la administración del cementerio, el  

panteón está a título de Filomena Riera,[14] quien mandó a  

construirlo, alrededor de 1930.

Capellino, Cufré y Rebaque de Caboteau (2017), sostienen que  

este panteón pertenece al circuito de la ruta del Art nouveau. Por  

nuestra parte afirmamos que pertenece a la vanguardia periférica del  

Art Decó, el estilo egipcíaco.

Lo anterior a razón de que el panteón presenta dos cuerpos bien  

diferenciados, un cubo y una pirámide superpuesta. Sobre el vano

que conforman las jambas y el dintel, se encuentra el epitafio de la

familia. A su vez, típico del estilo egipcio es el arquitrabe.

Componen la entrada del pórtico tres escalones, número caro a la

masonería, que indicarían los tres órdenes: aprendiz, compañero y

maestre (Siete Maestros Masones, 2007). Al igual que en los

Templos masónicos se deben ascender tres escalones para subir al

altar, que siempre se encuentra en el altum, o lugar de sacrificio, que

es donde el gran maestre sacrifica al profano en la ceremonia de

iniciación (muerte iniciática) y renace como miembro de la logia. A

los lados del vano se pueden observar dos cruces griegas de

mampostería. Y sobre ellas dos grandes lápidas de autor, en bronce,

con las memorias de Pedro Palau y Filomena Riera de Palau.

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Imagen 1

Fotografía de la familia Palau, 1910

colección personal Ing. Perico Huerta Palau

Además, el segundo cuerpo, que es la pirámide, el elemento  

netamente egipcíaco, posee una corona de flores con la que se rinde  

homenaje y recuerdo a los difuntos, adornada de manera esculpida o  

de ornamento sobre una de las caras de la pirámide (frontal). El  

simbolismo de la corona puede venir del círculo de la eternidad.  

Símbolo también del tiempo: movimiento sin principio ni fin, es  

sucesión contante de instantes: recuerdo permanente de los

ausentes. Cristo es el alfa y la omega, principio y fin de todas las

cosas. El circulo es figura geométrica por excelencia, perfecta, sin

principio ni fin. Unidad con Cristo tanto en la vida como después

de la muerte. Pero es también la corona el nexo entre la realidad

humana y el más allá: el ser coronado se vincula con el orden

superior como premio, de hecho, es un símbolo de carácter

sagrado, venido del origen divino del poder (Santa Roca, 2016: 6).

También la corona representa la victoria sobre la muerte, símbolo

de poder y honor, pero, además, en el Antiguo Egipto existía un

atavío vegetal conocido como “corona de justificación”, que

adornaba las cabezas de las momias.

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Una necesidad de opulencia. Los panteones Art Decó egipcíacos de las familias Verzini y Palau en el cementerio San Jerónimo de Córdoba, Argentina…

Los egipcios sostenían que Osiris regresó triunfal de la muerte, y

así también el difunto podría salvarse de las dificultades del

inframundo, superar el juicio de Osiris y vivir en plenitud en su

reino, un lugar sin penurias.

Los cristianos adoptaron la corona como un símbolo de la  

recompensa celestial. Los deudos u oferentes encargaban esculpir o  

grabar coronas en las lápidas para sugerir las buenas obras de los  

muertos en vida. En este caso en particular, la corona sobre la cruz

es un símbolo de la soberanía de Dios. La cruz representa la

cristiandad y la corona la Victoria de Dios sobre el mundo terrenal

y el celestial (Elías, 2019: 141 y 142). En el remate de la pirámide

encontramos una fire pot, u olla de fuego, es la llama que pasa de la

lámpara a la vela. Indica que el morir y la muerte conducen al

renacimiento. Símbolo de la vida eterna y el cuidado constante de

los muertos. Puede simbolizar el espíritu, además de ofrecer luz en

las tinieblas de la muerte. En estos crisoles de fuego, la llama sigue

iluminando porque es una analogía de la inmortalidad del alma. Es

una costumbre ancestral desde las tumbas púnicas como romanas,

que proporcionaban luz al otro lado de la existencia. Esto es lo que

representan los fire pot, lámparas votivas o llamas. Iluminan,

tranquilizan y alivian, pero sobre todo recuerdan que la Luz de

Cristo va con sus hijos en el tránsito al otro mundo (Elías, 2019:

147).

Podemos observar una cruz sobre la cual se asienta la corona.

Para Mircea Elíade (1979b), el significado de la cruz se remonta con  

anterioridad al cristianismo, pero la absoluta relevancia cobra

sentido con la crucifixión de Jesús. La cruz es un símbolo que, bajo

formas diversas, se encuentra casi por todas partes, y desde las

épocas más remotas; por consiguiente, está muy lejos de pertenecer

propia y exclusivamente al cristianismo (Guénon, 1931: 5). Existen

numerosas tipologías de cruces, por la forma y dimensión de sus

brazos; la cruz griega de cuatro brazos iguales simboliza el

equilibrio entre el cielo y la tierra, entre lo activo y lo pasivo. La

cruz es la intersección entre lo horizontal y lo vertical, lo que lo

convierte en un símbolo totalizador. Unión del cielo y la tierra, el

oriente eterno para los masones. El centro del mundo (Santa Roca,

2016: 3). Su simbolismo, según Mircea Elíade, equivale al Árbol

cósmico precristiano, emblema de la renovatio integral, y

posteriormente, con el cristianismo, a la "salvación", a la muerte en

beneficio de otros:

La cruz, hecha de la madera del árbol del bien y del mal, se identifica con el

árbol cósmico o lo sustituye; es descrita como un árbol que “sube de la

tierra al cielo”, planta inmortal que “se alza en el centro del cielo y de la

tierra, firme sostén del universo”, “el árbol de vida plantado en el

Calvario”. Numerosos textos patrísticos y litúrgicos comparan la cruz con

una escala, una columna o una montaña, expresiones características del

“centro del mundo”. Todo ello es prueba de que la imagen del “centro” se

imponía naturalmente a la

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Estudios del ISHIR, , 2025, vol. 15, núm. 43,  / ISSN-E: 2250-4397

imaginación cristiana. Ciertamente, la imagen de la cruz como árbol del

bien y del mal, como árbol cósmico, tiene su origen en las tradiciones

bíblicas. Pero la comunicación con el cielo se establece a través de la cruz

(= el “centro”) y, al mismo tiempo, se “salva” todo el universo. La idea de

salvación por otra parte, no viene sino a retomar y completar las nociones

de renovación perpetua y de regeneración cósmica, de fecundidad

universal y de sacralidad, de realidad absoluta y, en resumidas cuentas, de

inmortalidad; nociones todas que coexisten en el simbolismo del árbol del

mundo (Elíade, 2019: 467 y 468).

Signo de la relación entre dos mundos, la cruz combina lo  

horizontal de la tierra, con lo vertical y espiritual del cielo, indicando  

siempre la cercanía con lo sagrado. Junto con el cuadrado participa

del simbolismo del número cuatro, por lo que se la relaciona con

los puntos cardinales. Por otro lado, se interpreta como una

inversión del árbol de la vida del Paraíso, es decir, como eje del

mundo, "estableciendo la relación elemental entre los dos mundos,

el inferior y el superior" (Morales y Martin, 1984: 108).

A su vez, la pirámide constituye el triángulo por excelencia. En  

cierto momento las culturas occidentales empezaron a experimentar  

atracción por la cultura egipcia, tras las excavaciones arqueológicas

del siglo XIX, pero principalmente con el descubrimiento de la

tumba del rey Tut, en 1925. Para los egipcios las pirámides eran una  

representación de Ra, el dios Sol, en todo su esplendor; Ra en la  

cúspide y con sus rayos descendentes abarcaba el mundo entero

(Elías, 2019: 225).

Fueron estilos de tumbas muy de moda y utilizados en

cementerios como La Recoleta en Buenos Aires, El Salvador de

Rosario, La Plata, etc. Lo cierto es que el empleo de esta estructura

obedece siempre a creencias religiosas o ritos mágicos, por la

convergencia ascensional, conciencia de síntesis o lugar de

encuentro entre dos mundos uno mágico ligado a ritos funerarios

de retención indefinida de la vida o de paso a una vida supra

temporal– y otro mundo que sería el racional – que evoca la

geometría y modos constructivos– (Adam y Carrasquero, 2013: 39).

Algunas formas geométricas tienen la capacidad de calar hondo

en el inconsciente, el poder psicológico de ciertas formas abstractas  

simboliza determinadas emociones humanas. Algunas formas  

geométricas, como la pirámide, están relacionadas con el equilibrio  

intrínseco de la propia naturaleza (el número tres).

El tema del equilibrio es particularmente evidente en los  

significados simbólicos de la pirámide. Con el vértice hacia el cielo  

representa la ascensión hacia este; el fuego, principio masculino,

activa a la inversa, simboliza la gracia que desciende del cielo

(Fontana, 1993: 54). El número mágico, tres, que identifica la

pirámide, representa la Trinidad, la perfección. Simboliza también

en este

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Una necesidad de opulencia. Los panteones Art Decó egipcíacos de las familias Verzini y Palau en el cementerio San Jerónimo de Córdoba, Argentina…

contexto, la Fuerza, Sabiduría y Belleza; los tres reinos: mineral,  

vegetal y animal. (Santa Roca, 2016: 10). De este modo, la pirámide  

propiamente dicha representa el eje del mundo. Su ápice simboliza el  

punto culminante del logro espiritual y el cuerpo de la estructura  

representa la ascensión del hombre por la jerarquía de la iluminación  

(Fontana, 1993: 59).

En el interior del panteón está la capilla revestida con un estucado  

al fuego. Altar de mármol blanco, sostenido por dos pequeñas  

columnas con capiteles corintios. Debajo del altar podemos

observar dos cuadros con fotos de los primeros fallecidos:

Francisco Palau y el joven Pedro Palau. Sobre él, las imágenes de la

Virgen del Carmen, devoción española, a su lado la imagen del

Sagrado Corazón de Jesús. En medio de ambos un crucifijo, sobre

el altar, y algunas reliquias familiares. Pendiendo de la bóveda de

cañón corrido la lámpara votiva en bronce, hacia los costados dos

ventanas y la gran cripta. La capilla del panteón no escapa a lo

acostumbrado en la época: un altar, imágenes, lámpara votiva y

recuerdos familiares, en este caso dos fotos de Pedro y Francisco.

En cuanto al estilo o lenguaje artístico arquitectónico del panteón,

no creemos que pertenezca al Art nouveau, por la falta de elementos

característicos de este estilo. Pero podemos pensar que fue

construido en un momento transicional hacia el Art Decó, de estilo

egipcíaco.

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Imagen 2

Fotos de la volumetría del panteón Palau. Foto detalle de la pirámide del panteón Palau elaboración propia, 2022

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Imagen 3

Fotos de la capilla (izq.) con altar e imágenes religiosas, foto de las ventanas laterales del panteón. Fuente: elaboración propia, 2022.

elaboración propia, 2022

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Imagen 4

Placas de autor, en bronce de Filomena Riera de Palau y Pedro

Palau elaboración propia, 2022

Imagen 5

Firma en cemento del constructor del panteón Palau

elaboración propia, 2022. [15]

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Una necesidad de opulencia. Los panteones Art Decó egipcíacos de las familias Verzini y Palau en el cementerio San Jerónimo de Córdoba, Argentina…

El Panteón de la Familia Verzini: iconografía, iconología y  

simbolismo

Pablo Verzini (1881-1925), migrante italiano, oriundo de Castello  

Gabiaglio, Varese, Lombardía, Italia, llegó a la Argentina al

comienzo del siglo XX con su esposa, Amalia Gianni (1885-1923,

Argentina), y dos hermanos: Argentino y Bautista Verzini. Fueron

parte de ese importante caudal migratorio italiano de fines del siglo

XIX y comienzos del XX en Córdoba, que se debió a varios

factores convergentes: “la existencia de una corriente pionera de

comerciantes, el estancamiento económico de Italia, debido a una

política agrícola arcaica, y la acción de agentes de inmigración

argentina” (Celton, 1993: 83).

Fruto de su matrimonio nacieron seis hijos: Raúl Dante Verzini  

(1908), Bautista Verzini (1912), José Bruno Verzini (1915), Yride  

Rosa Verzini de Conti (1916), Elsa Verzini de Roggio (1920),  

Demetrio Pastor Verzini (1920). Uno de sus hijos, Bautista, estudió  

en la Universidad de Córdoba la carrera de ingeniería civil, lo que  

contribuyó en la incursión familiar en la actividad inmobiliaria.  

Gracias al capital económico traído de su país de origen, Pablo  

Verzini, de profesión técnico constructor, dedicado primero a ser  

contratista de obra, y luego a la actividad cementera, conformó en  

1917, junto al ingeniero Marcelo Garlot, la primera fábrica de  

cemento-portland de Córdoba, Verzini y Garlot. Ambos fueron

parte de esa migración que arribó a estas tierras con cierto capital  

económico, pero también cultural, de hecho, Marcelo Garlot era  

ingeniero civil.

Pablo Verzini murió el 29 de octubre de 1925, a la edad de 44

años, a causa de una miocarditis crónica[16] Su esposa Amalia

Gianni falleció en 1923, a los 38 años, dejando tres niños pequeños.

A la muerte de Pablo, se hicieron cargo del negocio familiar los

varones más grandes, Raúl y Bautista Verzini. El ingeniero Garlot,

socio y amigo de Pablo Verzini, perteneció al Rotary Club de

Córdoba y conjuntamente fue director de Obras Publicas de

provincia.[17] 

La primera fábrica de esta sociedad poseía un horno vertical y se  

ubicaba en el kilómetro 7, lo que hoy es la avenida Nores Martínez y  

las vías del ferrocarril (actualmente, edificio de Edisur de Barrio  

Jardín). Posteriormente, la compañía fue integrada por distintos  

socios capitalistas. El primer presidente fue Pablo Verzini, pero a la  

muerte de éste en 1925, Marcelo Garlot integró a los seis hijos del  

fallecido, y se convirtió en el presidente de la compañía hasta su  

fallecimiento en 1956.

En 1931 la sociedad de Verzini y Garlot se transformó en

Sociedad Anónima con el nombre de Corporación Cementera

Argentina (Cor.Cem.Ar). Esta nueva sociedad le dio impulsó a la

pequeña

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fábrica, SIGMA, instalando un horno rotativo Traylor.  

Posteriormente, en octubre de 1932, salió de ésta la primera bolsa de  

cemento-portland de Cor.Cem.Ar. Entre 1932 y 1933, cuando se  

afianzó el éxito de la producción de cemento en Córdoba, la familia  

Allende Posse ingresó a la empresa como socia capitalista,

aportando un grueso de capital que llevó al gran desarrollo y

diversificación del grupo accionario. En este contexto se decidió

instalar una fábrica en Capdeville, Mendoza. Es a Raúl Verzini (hijo

mayor de Pablo) a quien se le confió la construcción de esta planta

y en la que desempeñó el cargo de superintendente. De aquí salió la

primera bolsa de cemento en julio de 1934.

La empresa mantuvo la idea de expandirse, entonces, desde  

Mendoza, se encargó a Raúl Verzini la construcción de una tercera  

planta, esta vez, en Pipinas, provincia de Buenos Aires. A la muerte  

del ingeniero Marcelo Garlot, (1956).

Raúl Verzini ocupó el cargo de presidente de la corporación.

Luego, en 1963, la Corporación Cementera Argentina S.A. instaló

en Yocsina, provincia de Córdoba, su cuarta fábrica con  

intercambiadores de calor en fase polvo-gases, que en ese momento  

era una tecnología bastante moderna, con canteras de piedra caliza.

La actividad siguió creciendo y con el paso de los años se  

diversificaban las inversiones. Se creó la fábrica INCOR, con sede

en Córdoba y Jujuy, dedicada a las bolsas de papel para el portland.  

Luego se creó la fábrica AESA en Jesús María, con fundición de

aceros especiales (construían bolas de acero que están dentro de los

hornos de portland). Además, fundaron TRANSMIX, fábrica de

camiones mezcladores de cemento, con sede en Buenos Aires.

Posteriormente se creó el holding TYTA, grupo de acciones de las

empresas de Cor.Cem.Ar, ubicados en la “Casona”, en la calle

Nores Martínez, y, más adelante, se construyó el edifico TYTA,

ubicado en la intersección de las calles Chacabuco y Corrientes de

la ciudad de Córdoba. Con el paso de los años el grupo accionario

fundó otras fábricas menores dedicadas al envase de bolsas de

papel, polvorines.

La obra llevada a cabo por los Verzini, Garlot y Allende Posse  

significó crecimiento urbano y económico para la ciudad de

Córdoba, ya que la fundación de una fábrica del grupo Corcemar

trajo aparejado el desarrollo de un barrio y con él un pequeño

centro urbano, que incluía dispensarios y templos.[18]En este

sentido, los apellidos Minetti, Allende Posse, Garlot y Verzini

participaron en pujas comerciales tan duras como el producto que

comercializaban, pero en el plano social las relaciones fueron más

bien cordiales, y más de un romance entre hijos de las diferentes

familias terminó en matrimonio. Así, alianzas matrimoniales eran,

también, una forma de concordia entre los negocios de las

familias.[19] De este grupo

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empresario, los Allende Posse fueron la única familia de la aristocracia  

terrateniente de Córdoba que diversificó sus inversiones. En cambio,  

los Verzini y los Garlot, formaron parte de ese núcleo de migrantes  

europeos que, al igual que la familia Minetti y Roggio, devinieron en  

grandes industrialistas de la ciudad mediterránea.

Imagen 6

Familia de Pablo Verzini, 1920 circa

colección Sr. Carlos Verzini.

Una vez revisada la actividad económica de los Verzini, dirigimos  

nuestra atención a las construcciones funerarias en las que la familia  

invirtió de manera específica. El panteón Verzini[20] fue construido  

por uno de los hijos de Pablo Verzini, Bautista, en una parcela que él  

mismo compró el 19 de abril de 1928, y por la que pagó un total de  

2.280 pesos nacionales.[21]Así, a diferencia de los arquitectos del  

grupo “Mirasoles de Bottaro” (Capellino, Cufré y Rebaque de  

Caboteau, 2017), que sostienen que el panteón fue construido en  

1925, demostramos que fue levantado, al menos, tres años después.  

Asimismo, diferimos con su clasificación del panteón como de estilo  

neo-egipcio, pues, como veremos, pertenece a las vanguardias  

periféricas del Art Decó que, como ya señalamos, se caracterizaron  

por tener elementos egipcíacos.[22] 

Carlos Verzini, bisnieto de Pablo Verzini, atribuye los símbolos  

egipciacos del monumento a la moda arquitectónica de la época. Por

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otra parte, refiere a la decisión de retirar del panteón las placas  

familiares a causa de los robos consecutivos y al traslado de los

restos mortales de los familiares a un cementerio parque, que

derivó en la resolución de poner en venta el panteón.[23] 

Por el año de construcción, y por los estilemas artísticos

arquitectónicos que presenta el panteón, podemos enrolarlo en un  

sobrio Art Decó.

Contribuyen a esta clasificación el marcado geometrismo de sus  

planos: tres volúmenes diferenciados que son cubos volumétricos y  

geométricos. El primero de ellos sucede al pequeño basamento de  

granito gris y coincide con la altura de los dos escalones del pórtico.

El segundo, de menor tamaño, comienza y termina en un

cornisamiento simple. El tercer módulo o cubo se desprende hacia

el remate del monumento.

El panteón no posee ningún símbolo religioso o inscripción  

funeraria al modo de topo discursivo, exceptuandoel vitreaux en  

forma de cruz latina que está sobre el altar, así como los  

rehundimientos de las fachadas laterales, también en forma de cruz  

latina. El enmarcamiento rehundido de aberturas y de las molduras,  

cobran valor en una superposición casi ad infinitum de planos  

recortados que formaron las figuras de los estilemas propios del

estilo.

De esta manera se logra un resultado equilibrado y armónico, la  

simetría permite el descanso de lo visual. Podemos observar que en

las fachadas laterales presentan cruces rehundidas en la

mampostería, en forma de bajo relieves, formando un

escalonamiento hacia afuera. También el frontis de este panteón se

da en un escalonamiento zigzagueante ascendente, estilema típico

del Art Decó.

Es de notar que las características netamente egipcíacas de este  

panteón recaen en el pórtico. La puerta es de carpintería metálica de  

hierro altamente decorada con motivos egipcíacos, como el disco

solar alado, Osiris, ubicado en la parte superior de la herrería. Esta

figura representaba en el antiguo Egipto la naturaleza cíclica del

viaje del sol por el cielo y la inmortalidad del ba -alma. En otros

contextos, como en el periodo victoriano, estos símbolos fueron

resignificados, el Sol alado se actualizó como símbolo cristiano que

se identifica con la inmortalidad de Dios y del espíritu (Elías, 2019:

104). Siguiendo a Sempé y Gómez Llanes, podemos decir que “el

disco solar alado representa la sublimación y transfiguración de

Osiris, simbolizando la inmortalidad y la resurrección” (Sempé y

Gómez Llanes, 2010). Por otra parte, el disco solar alado pudo

significar la majestad del dios egipcio, Ra, dios del sol y de los

cielos, reconocido como creador del mundo (Fontana, 1993: 120).

Osiris aparece transido del alma de Ra. En la persona del faraón  

muerto se consuma la identificación de los dos dioses; una vez  

terminado el proceso de osirianización, el faraón resucita como

joven

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Una necesidad de opulencia. Los panteones Art Decó egipcíacos de las familias Verzini y Palau en el cementerio San Jerónimo de Córdoba, Argentina…

Ra, porque el curso solar representa el modelo ejemplar del destino  

humano: el paso de un modo de ser a otro, de la vida a la muerte a

un nuevo nacimiento. El descenso de Ra al inframundo supone a la

vez su muerte y su resurrección. Un texto habla de “Ra que va a

reposar en Osiris y Osiris que va a reposar en Ra”. Infinidades de

alusiones míticas subrayan el doble aspecto de Ra, a la vez osírico y

solar. Al descender al otro mundo, el rey se convierte en trasunto

del binomio Osiris-Ra. (Elíade, 1979a: 153). Ra como dios

trascendente y Osiris como dios emergente complementan las

teogonías de manifestación. En fin, se trata del mismo “misterio”.

Volviendo al panteón, prosigue en la puerta una imagen con

cabeza de faraón y cuerpo femenino, con una vestimenta que no es  

netamente egipcia. Esta imagen, asimilada a la esfinge fue

recuperada para el arte funerario a fines del siglo XIX, debido a la

pasión de las burguesías por los descubrimientos arqueológicos.

Esta se vinculaba como protección de los muertos, las tres edades

del hombre y el discurrir de la existencia humana (Elías, 2019: 94).

A los costados observamos dos pilastras con dos ánforas sobre

ellas, que pudieron ser cinerarios. Debajo de esta imagen tenemos a

dos grifos con cabeza humana, cuerpo, cola y las patas traseras de

un león, las garras delanteras y sus alas son de un águila, también

cubiertos por el nemes, tocado de tela típico de los faraones. Los

grifos eran considerados guardianes de las puertas de las ciudades,

los templos y la necrópolis. Guardianes simbólicos del camino de la

salvación, el Árbol de la vida, el grifo representa la vigilancia y la

venganza, combinando los atributos del águila y del león (Fontana,

1993: 83). La esfinge y los grifos combinan las criaturas que

simbolizan los cuatro elementos. La primera tenía acceso al saber y

representaba el enigma de la existencia humana (Fontana, 1993: 59).

Los grifos, por su parte, simbolizan el águila bicéfala que existe en

algunos altos grados masónicos. Evocan lo mortal y lo inmortal en

el ser, el “yo” y el “sí mismo” (Sempé y Gómez Llanes, 2009).

Estos, también simbolizan, en un contexto de resignificación

cristiano, las cualidades combinadas de ambos animales –águila y

león–, el poder y la valentía. Para los cristianos representan la

naturaleza dual de Cristo. El águila es la faceta divina del Salvador, y

el león la faceta humana. (Elías, 2019: 95). Símbolo de la altura, del

espíritu identificado con el sol, y del principio espiritual, su opuesto

es la lechuza, ave de las tinieblas y de la muerte. Como se identifica

con el sol y la idea de la actividad masculina, fecundante de la

naturaleza materna, el águila simboliza también el padre (Cirlot,  

1992: 57). Detrás de estas figuras asoma un fire pot o crisol de fuego,  

símbolo de la vida eterna y el cuidado constante de los muertos,  

representando la llama que la vida no se ha extinguido.

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Debemos decir que no era necesario pertenecer a alguna logia  

masónica de rito Memphis-Mizraim para tener un panteón de estilo  

Art Decóegipciaco (López, s/f: 76).

Imagen 7

Pórtico del panteón Verzini, con los motivos egipcíacos. Fachada principal del panteón Verzini elaboración propia, 2022

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Imagen 8

Vista oblicua y lateral del panteón Verzini

elaboración propia, 2022

Consideraciones finales

El cementerio San Jerónimo fue el primero en ser fundado en la  

ciudad mediterránea de Córdoba bajo los principios del higienismo  

por el gobernador Manuel López, formado como cementerio  

confesional católico. Luego fue secularizado, con sus vaivenes, bajo

el gobierno de Miguel Juárez Celman, 1880.

Los panteones analizados, construidos bajo la vanguardia del Art  

Decó, fueron una tendencia en la arquitectura mundial, como  

reacción a los estilos historicistas, y academicistas, como parte de la  

arquitectura moderna, fue el triunfo de la geometrización y de la  

ideología del progreso (Bury, 2009). Recibida en Argentina y en  

Córdoba por medio de Estados Unidos como centro difusor.

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Esta investigación permitió comprender la compleja articulación  

entre arte, arquitectura, memoria y ascenso social en el contexto de

la Córdoba de la modernización tardía, a través del estudio de dos  

panteones funerarios —los de las familias Palau y Verzini—  

pertenecientes a las vanguardias periféricas del Art Decó egipcíaco

en el Cementerio San Jerónimo. A partir de las preguntas de  

investigación planteadas —sobre la composición social de ambas  

familias, sus costumbres funerarias y el contexto cultural y simbólico  

en el cual erigieron sus monumentos— fue posible constatar que la  

práctica funeraria se constituyó como un espacio privilegiado para la  

expresión de estrategias de legitimación social y simbólica.

El análisis de los panteones de los Verzini y los Palau demostró

que las formas arquitectónicas y ornamentales del Art Decó

egipcíaco no solo respondieron a modas estéticas globales, sino que

se configuraron como dispositivos materiales de distinción social.

La hipótesis sostenida —que los rasgos egipcíacos y Art Decó de

los panteones funcionaron como capital simbólico reconvertido en

capital social para facilitar el ingreso de estas familias migrantes a la

“nueva élite” cordobesa— se confirma a partir del estudio

comparado de ambas construcciones y sus contextos familiares. En

efecto, tanto la familia Verzini como la Palau utilizaron la

arquitectura funeraria como un medio para inscribirse visual y

simbólicamente en la memoria urbana, articulando poder

económico, capital cultural y legitimidad social (Bourdieu, 1979;

Sempé y Gómez Llanes, 2009).

Desde el punto de vista teórico, el trabajo dialogó con las  

propuestas de Philippe Ariès (1984 [1977]) y Michel Vovelle (2002)  

en torno a la historicidad de la muerte y sus representaciones. Ariès  

(2012) postuló que la modernidad introdujo la “muerte del otro”,  

momento en que la conmemoración funeraria se traslada al ámbito  

íntimo y familiar, pero al mismo tiempo se monumentaliza como  

expresión del duelo y la memoria. En este sentido, la construcción

de los panteones estudiados puede leerse como un correlato local

de esa transformación: la domesticación del duelo a través de la  

monumentalidad. Por su parte, Vovelle (2002) aportó una mirada  

histórica que permitió situar estas expresiones dentro de la “muerte  

vivida” —las prácticas sociales— y los “discursos sobre la muerte”

—la producción simbólica de sentido—. Los panteones Palau y

Verzini condensan ambas dimensiones, pues son tanto prácticas

sociales de inscripción de estatus como discursos visuales que

materializan una cosmovisión sobre la vida, la muerte y la

posteridad.

A la luz de las perspectivas de Norbert Elías (2022) puede

afirmarse que los rituales y las materialidades funerarias analizadas

constituyen formas civilizatorias de manejo de la muerte que, lejos

de ocultarla, la estetizan y la convierten en signo de poder. Frente al

proceso de negación moderna de la muerte señalado por Elías, en

el contexto

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Una necesidad de opulencia. Los panteones Art Decó egipcíacos de las familias Verzini y Palau en el cementerio San Jerónimo de Córdoba, Argentina…

cordobés de fines del siglo XIX y comienzos del XX se observa una  

hipervisibilidad funeraria, una teatralización de la muerte como  

medio de legitimación social y familiar. La “necesidad de opulencia”  

aludida en el título del trabajo traduce, así, la tensión entre  

modernidad y tradición, entre secularización y persistencia del  

simbolismo religioso en la “dos caras de la medalla cordobesa”  

(Terzaga, 1973: 81).

El estudio histórico y artístico evidenció que los estilemas  

egipcíacos del Art Decó —pirámides truncas, fire pots, cruces,  

coronas, esfinges, grifos y disco solar alado— condensan una  

hibridación simbólica entre lo sagrado cristiano y lo profano

egipcio, uniendo las aspiraciones espirituales con la voluntad de

perdurar en la memoria social. La incorporación de estos símbolos

fue un gesto de apropiación cultural, en el que lo exótico y lo

moderno se pusieron al servicio del deseo de eternización de la

familia y de la consolidación de su linaje. Como sostienen Sempé,

Viera y Alfano (2019), el Art Decó en su versión periférica

latinoamericana funcionó como un lenguaje de resignificación

identitaria: una forma de construir modernidad desde la periferia.

El análisis sociohistórico permitió, además, corroborar la  

transformación de las élites cordobesas a lo largo del siglo XX. Las  

familias migrantes como los Palau y los Verzini, mediante el

comercio, la industria y las alianzas matrimoniales, desplegaron

estrategias de ascenso social que se reflejaron en sus prácticas

mortuorias. El cementerio, como espacio de memoria y distinción

social, se erigió en un verdadero campo funerario (Sempé, Rizzo y

Dubarbier, 2001), donde los agentes sociales compiten por capital

simbólico, reproduciendo las jerarquías de la vida en la muerte. Esta

constatación permite considerar el Cementerio San Jerónimo como

un “territorio de memoria política” (Catela Da Silva, 2016), donde

los monumentos funerarios son, a la vez, discursos materiales y

dispositivos de poder.

Asimismo, el estudio de los panteones permitió advertir la  

persistencia de un imaginario colectivo que vincula belleza,

eternidad y poder. En este sentido, los mausoleosArt

Decóegipcíacos constituyen testimonios materiales del modo en

que los sectores ascendentes buscaron inscribirse en el relato

urbano de la modernidad. Lejos de ser simples lugares de sepultura,

los panteones funcionan como monumentos a la memoria familiar,

donde la muerte se convierte en espectáculo de prestigio. Tal como

afirmaba Liliana Pereyra (1999), los cementerios modernos son

“palacios de la muerte”, espacios de representación social donde se

escenifica la continuidad del linaje más allá de la finitud biológica.

En suma, el trabajo demostró que los panteones de las familias  

Verzini y Palau, más que simples construcciones arquitectónicas,  

constituyen actos de inscripción simbólica en el espacio urbano y

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expresiones de la transición entre una sociedad aristocratizante y

una nueva élite migrante. En ellos, el arte y la muerte se conjugan

como lenguajes de poder, donde la opulencia es tanto una

necesidad estética como una exigencia social. La muerte, en este

contexto, no es negada ni banalizada, sino puesta en escena como

continuidad de la vida social y como afirmación de un lugar en la

memoria colectiva cordobesa.

Pero, por otro lado, estos panteones formaron parte de la vida  

cotidiana de las familias, ya que, para la época, la muerte y los  

monumentos eran venerados frecuentemente por los deudos que  

visitaban con asiduo estos espacios, donde además hacían rezar

misas en sufragio de sus familiares difuntos. La sociedad como la

Córdoba doctoral y tradicional convivían con la muerte, la cual

formaba parte de los rituales cotidianos de los creyentes. Una

cultura que vivía la muerte con pesar y dolor, pero que las prácticas

funerarias estaban altamente ritualizadas, y se plasmaban en parte

en estos espacios, los cementerios y en particular en los panteones

familiares. Era en definitiva una cultura que, convivía con la muerte

de manera cercana, faltaba tiempo para que la muerte fuera

hospitalizada, para que el moribundo fallezca en soledad y la

“muerte negada” como hecho trascendental de la vida.

El estudio de estos casos abre nuevas perspectivas para abordar la  

relación entre arte funerario, movilidad social y procesos de  

secularización en América Latina. Permite pensar, finalmente, que la  

arquitectura funeraria —en su dimensión simbólica, estética y social

— constituye una forma de narrar la historia de las ciudades y de

sus élites, donde cada panteón es una página de mármol inscrita en

la memoria del tiempo.

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Vovelle, Michel (2002). “Historia de la muerte”. Cuadernos de Historia, (22).

Notas

1 Optamos por utilizar el concepto panteón familiar mortuorio,  

porque consuetudinariamente así están nombrados en la  

memoria colectiva cordobesa, además se desprenden de los  

estudios catastrales del cementerio San Jerónimo el

concepto panteón familiar (Maldonado, 2019: 6). Por otra

parte, en los informes de la Administración del cementerio

San Jerónimo, aparecen nominados como panteones

familiares. Además, emana de la Ordenanza municipal de

1977, Ordenanza Nº 6644 de Cementerios, el concepto de

panteón familiar y social. Reconocemos que en otros países

latinoamericanos utilizan panteón como sinónimo de

cementerio, es el caso del estado mexicano. A diferencia de

la ciudad de Rosario y provincia de Buenos Aires, donde los

panteones familiares son llamados bóvedas familiares.

2 Utilizamos este concepto, porque nos valemos de la teoría de la  

recepción estética de José Mayoral (1987) y de Robert Jauss  

(1981).

3 Carrizo, M. (1920). Catálogo de Obras de Arte Funerario. Buenos  

Aires: s/e.

4 Censo General de la población, edificación, comercio, industria,  

ganadería y agricultura de la ciudad de Córdoba 1906 (1910).  

Córdoba: Imprenta “La Italia”, p. 62. 11.684 extranjeros  

europeos en la ciudad de Córdoba para ese año, de la cual la  

mayoría era italiana, luego seguían los españoles y en menor  

medida, lo franceses, árabes, alemanes y rusos.

5 Registro de Defunciones de Catedral Nuestra Señora de la  

Asunción, Córdoba, folio 98. Registro de Defunciones, de  

Catedral Nuestra Señora de la Asunción, Archivo de la  

Catedral, Córdoba.

6 Segundo Censo de la República Argentina. Económico-social.  

Provincia de Córdoba 1895 (1898). Buenos Aires: Talleres  

Tipográficos de la Penitenciaria Nacional, Sección 12, p.

321.

7 Bolsa de Comercio de Córdoba. Libro de Actas, Tomo 1, p.

1-328. 8 Segundo Censo Nacional, 1895, sección 12, p. 321

9 “Guía Córdoba, 1921”, Guía de Comercio de la provincia de  

Córdoba. Empresa Publicidad Córdoba, p. 120.

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Estudios del ISHIR, , 2025, vol. 15, núm. 43,  / ISSN-E: 2250-4397

10 Registro de Defunciones de la Catedral Nuestra Señora de la  

Asunción, folio 149. Registro de Defunciones, de Catedral  

Nuestra Señora de la Asunción, Archivo de la Catedral,  

Córdoba.

11 Archivo Histórico Municipal de Córdoba, Libro de Difuntos,  

folio 63, nicho Nº 704, Cofradía del Rosario. Era adulto al  

morir.

12 Archivo Histórico Municipal de Córdoba, Libro de Difuntos,  

folio 234, N° de orden 44. Era adulta al morir.

13 El panteón se ubica en la manzana: 9. Sec/Blo. 86, Planta 9, fila  

27. Calle Santo Tomás. Número de Catastro:  

06.86.009.0270.00000. Reporte del Cementerio,  

propietario/arrendatario: Riera de Palau, Filomena.  

Cementerio San Jerónimo de Córdoba. Municipalidad de  

Córdoba.

14 Reporte del Cementerio, propietario/arrendatario: Riera de  

Palau, Filomena. Cementerio San Jerónimo de Córdoba.  

Municipalidad de Córdoba.

15 Es preciso aclarar, que surge del trabajo de campo, que el  

constructor Luis Ceballos en sus primeras obras las

firmaba sobre el cemento de los panteones,

posteriormente colocaba una placa de níquel con su

nombre y dirección.

16 Registro Civil y Capacidad de las Persona de Córdoba, sede  

central, Certificado de Defunción, N° 13114.

17 Testimonio oral de Carlos Verzini. Entrevista realizada al señor  

Carlos Verzini (nieto de Pablo Verzini) por Ana Clara  

Picco Lambert, 2/2/2023. Jubilado de 80 años, Miembro  

del Directorio de la fábrica Corsemar.

18 Entrevista realizada al ingeniero Eduardo Ibáñez Padilla,  

ingeniero civil jubilado de 75 años. Entrevista realizada por  

Ana Clara Picco Lambert, 23/08/2023.

19 La Nación, 25 de octubre de 1998: “La fusión con CorCemAr  

tiene un objetivo: crecer fuertes”. Sección de Economía. 20 Reporte

del Cementerio, propietario/arrendatario: Verzini, Bautista.

Cementerio San Jerónimo de Córdoba. Municipalidad de Córdoba.

21 Escritura de propiedad del terreno Nª 974, folio 1088 (Archivo  

personal del Sr. Carlos Verzini).

22 Entrevista a la Dra. María Carlota Sempé. Entrevista realizada

por Ana Clara Picco Lambert, 22/11/2022.

23 Entrevista realizada al señor Carlos Verzini, empresario jubilado  

de 80 años, bisnieto de Pablo Verzini. Entrevista realizada  

por Ana Clara Picco Lambert, 10/08/2023.

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AmeliCA

Ciencia Abierta para el Bien Común

Ana Clara Picco Lambert

Una necesidad de opulencia. Los panteones Art Decó egipcíacos de las familias Verzini y Palau en el cementerio San Jerónimo de Córdoba, Argentina, fines del siglo XIX y comienzos del XX

A need for opulence. Egyptian-Style Art Deco Mausoleums of the Verzini and Palau families in San Jerónimo Cemetery, Córdoba, Argentina, Late 19th and Early 20th Centuries

Estudios del ISHIR

vol. 15, núm. 43, 2025

ISSN-E: 2250-4397

DOI: https://doi.org/10.35305/e-ishir.v15i43.2067