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Memoria, conciencia histórica e identidades de los actores agrarios pampeanos

Memory, historical consciousness and identities of the agrarian actors of the Pampas

Javier Balsa
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina
Universidad Nacional de Quilmes, Argentina
Comisión de Investigaciones Científicas, Argentina
Dolores Liaudat
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina
Universidad Nacional de Quilmes, Argentina
Comisión de Investigaciones Científicas, Argentina

Memoria, conciencia histórica e identidades de los actores agrarios pampeanos

Prohistoria. Historia, políticas de la historia, núm. 45, 1-25, 2026

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)

Recepción: 23 Diciembre 2025

Aprobación: 31 Marzo 2026

Publicación: 15 Julio 2026

Resumen: El trabajo analiza la articulación entre memorias históricas, silencios y conciencia histórica entre actores agrarios pampeanos, y sus efectos en la construcción de identidades y en las disputas por la hegemonía. Desde una metodología cualitativa, se examinan entrevistas realizadas entre 2023 y 2025 en la provincia de Buenos Aires. Los resultados evidencian una marcada ausencia de memoria histórica, vinculada a la erosión del discurso agrarista que ofrecía marcos interpretativos del pasado. Esta carencia limita la comprensión del proceso de concentración económica reciente y debilita la construcción de identidades alternativas al modelo del agronegocio. En este contexto, surgen identidades frágiles, ineficaces para desafiar al discurso ahistórico dominante.

Palabras clave: Memoria, Identidades, Actores Agrarios, Conciencia Histórica, Estado.

Abstract: This study analyses the relationship between historical memories, silences and historical consciousness among agricultural actors in the Pampas region, and its effects on the construction of identities and disputes over hegemony. Using a qualitative methodology, it examines interviews conducted between 2023 and 2025 in the province of Buenos Aires. The results reveal a marked absence of historical memory, linked to the erosion of the agrarian discourse that once provided interpretative frameworks for the past. This lack limits understanding of the recent process of economic concentration and weakens the construction of identities alternative to the agribusiness model. In this context, fragile identities emerge, proving ineffective in challenging the dominant ahistorical discourse.

Keywords: Memory, Identities, Agricultural Actors, Historical Consciousness, State.

Introducción

La aceleración de los cambios en el mundo del trabajo, la digitalización de la vida cotidiana y la crisis de los marcos colectivos de sentido han alterado las formas en que los sujetos se vinculan con el pasado y elaboran narrativas sobre sí mismos. En el agro pampeano, estas transformaciones en la conciencia histórica se entrelazan con modificaciones productivas, cambios en la estructura social agraria y disputas simbólicas sobre el sentido de lo agrario.

Las transformaciones identitarias en el agro pampeano derivadas de los cambios socioproductivos de las últimas décadas han sido estudiadas, en especial, centrándose en la crisis de la identidad chacarera (Balsa, 2006; Cloquell, 2007; Muzlera, 2009; Manildo, 2013). Mientras algunos autores caracterizan este proceso como una “ruptura”, otros lo interpretan como la “desaparición” o el “desvanecimiento” de dicha identidad. Estas interpretaciones suelen asociarse al abandono de la producción directa, la conversión de muchos productores en rentistas, proveedores de servicios o empresarios, y a los cambios en los modos de vida rurales. Por otro lado, otros trabajos han hecho énfasis en la emergencia de una élite empresarial modernizadora, identificada con la innovación tecnológica y las nuevas lógicas de los agronegocios (Gras y Hernández, 2016).

No obstante, la mayoría de los estudios no ha explorado cómo es que la relación con el pasado incide en la construcción de esas identidades en el presente. Consideramos que las memorias históricas constituyen elementos centrales en la elaboración de las identidades al articular pasado, presente y expectativas de futuro. Por lo tanto, nos propusimos analizar los modos en que los actores agrarios recuerdan, silencian o reinterpretan su historia.

La investigación se apoya en una estrategia metodológica cualitativa, basada en el análisis de treinta y cinco entrevistas semiestructuradas realizadas entre 2023 y 2025 a actores del sector agrario de pequeñas y medianas localidades de la provincia de Buenos Aires, en tanto representativa del conjunto de la región pampeana por su diversidad agroecológica (Barsky y Pucciarelli, 1997). Las localidades fueron seleccionadas atendiendo a criterios de variedad en términos de tamaño poblacional y perfil productivo (agrícola, ganadero o mixto). Se relevaron catorce casos en la zona núcleo/noroeste (Junín, Arribeños y General Arenales), siete en la Cuenca del Salado (Ayacucho, Chascomús y Lezama), cinco en el Sudoeste (Pigüé) y nueve en la Cuenca de Abasto (Vieytes y Bavio, partido de Magdalena).

En cada una de estas zonas se entrevistó a actores con distintos grados de vinculación con el agro: productores de diverso tamaño, rentistas, contratistas, asesores, asalariados rurales, comerciantes y docentes de escuelas agrarias. Se abordaron sus representaciones sobre períodos y acontecimientos clave de la historia argentina, desde el modelo agroexportador hasta el conflicto del campo de 2008, con preguntas específicas para cada uno de estos momentos. Además, se buscó captar sus percepciones acerca de las transformaciones sociales y productivas ocurridas en las últimas décadas en el agro pampeano.

En base a estas entrevistas, ya hemos producido un trabajo en el que detallamos la manera en que se recuerda cada uno de los diferentes momentos claves de la historia agraria (Liaudat et al., 2025). En este artículo nos centramos en una reflexión de carácter general sobre la articulación entre las memorias (y, en particular, los silencios más significativos), la falta de conciencia histórica y las dificultades que estas carencias generan en la elaboración de las identidades de los actores agrarios pampeanos, así como en sus efectos sobre las disputas por la hegemonía.

El trabajo está estructurado en dos grandes partes. La primera, de carácter teórico e histórico, consta de tres apartados: el enfoque conceptual que orienta el análisis, una breve presentación de la historia de las transformaciones sociales en el agro pampeano y una síntesis de la evolución de los discursos y de las políticas agrarias. Y la segunda parte, dedicada al análisis y la interpretación de las entrevistas, se estructura en un apartado sobre la memoria y los silencios, otro sobre las identidades y una última sección sobre el antiestatismo. Para finalizar, en las reflexiones finales, se procura aportar una interpretación acerca de cómo se vinculan todas estas cuestiones sobre la conciencia histórica con las disputas por la hegemonía en la región pampeana.

Perspectivas, transformaciones sociales, políticas y discursivas

Enfoque conceptual

Partimos de la propuesta de Stuart Hall (2003) de considerar la “identidad” como el punto de encuentro o sutura temporarios entre, por un lado, “los discursos y prácticas que intentan ‘interpelarnos’, ponernos en nuestro lugar como sujetos sociales” y, por otro lado, “los procesos que producen subjetividades, que nos construyen como sujetos susceptibles de ‘decirse’” (2003: 20). Como todos necesitamos una identidad y ante la imposibilidad de construir una identidad plena, según Lacan, estamos todo el tiempo abocados a esta tarea. Y, para construir estas identidades debemos recurrir al campo de la representación lingüística (el registro simbólico) a partir de las ideologías existentes (Stavrakakis, 2007: 63-64). Como señalan Jorgensen y Phillips (2002: 112), “la construcción de la identidad está limitada por un rango de recursos discursivos que están disponibles para los individuos según sus posiciones sociales y culturales y su estatus". En los procesos de socialización se van internalizando estos discursos y se construye nuestra subjetividad, tanto en la infancia, cuando internalizamos una descripción básica del mundo y los valores propios de nuestra sociedad (o parte de ella), como en los procesos posteriores en los que aprendemos determinados papeles sociales. También puede ocurrir que transformaciones sociales sustanciales hagan que pierdan eficacia los marcos de referencia previos y las identidades pasadas ya no resulten operativas, por lo que se genera la necesidad (muchas veces planificada desde el poder) de procesos de resocialización.

Entonces, como todos necesitamos una identidad, debemos construirnos una a partir de las discursividades existentes. Pero no todo puede ser dicho en cualquier momento, hay dispositivos y “aparatos ideológicos”. De allí la importancia de la lucha por los espacios propios de las disputas ideológicas, tal como Gramsci ha tempranamente analizado. Fabio Frosini destaca que “la hegemonía, en cuanto hecho tanto teórico como práctico, puede ser descrita como un dispositivo narrativo funcional al establecimiento de sujetos históricos” (Frosini, 2013: 72). Relatos que tienen que ser analizados en su efectividad (o no) a la hora de constituir a esos sujetos (Balsa y Liaudat, 2019). Pero, a su vez, esta efectividad se consolida con la capacidad de los distintos proyectos para convertirse en hegemónicos y transformar la realidad en la dirección que postulan (Balsa, 2022).

Estas identidades narrativas pueden ser meramente resistentes, procurando defender las posiciones sociales heredadas frente a proyectos sociales que amenazan su continuidad o, al menos, sus intereses inmediatos. Pero también estas identidades pueden plantearse la disputa del proyecto social para lo cual deben luchar por la hegemonía, proponiendo una propuesta para el conjunto. La carencia de una identidad suele favorecer la aceptación de interpelaciones que quitan agentividad a los sujetos y los hacen más propicios para que acepten los lugares de subordinación, internalizándose interpelaciones caracterizadas por la adaptación, la resignación, la inevitabilidad, el sentido de la representación o la deferencia, según la tipología desarrollada por Göran Therborn (1991).

Cuando las situaciones de dominación no son disputadas desde un proyecto alternativo, los sujetos subalternos pueden ensayar procesos de “negociación”, dando lugar a identidades “híbridas” que conservan elementos de subjetividades previas (García Canclini, 1995: 170-179; Bhabha, 2003). No obstante, ya a mediados de los años noventa, García Canclini (1995: 180-183) advertía la emergencia de tendencias que erosionaban esa negociación, señalando la expansión de simulacros de consenso que daban lugar a identidades solo aparentemente híbridas.

La identidad, a su vez, es inseparable de una estructura narrativa que organiza su historia e inscribe a los sujetos en una comunidad Desde las tempranas elaboraciones de Halbwachs ([1925] 2004), la memoria fue concebida como colectiva, en tanto las narraciones producen cohesión social, transmiten valores y fundan comunidad (Han, 2024: 99). En este sentido, las narrativas resultan centrales para la agentividad política, ya que toda acción política se apoya en relatos socialmente compartidos y narrables (Han, 2024: 101). Como sintetiza Traverso (2007), la memoria, entendida como representaciones colectivas del pasado construidas en el presente, estructura las identidades sociales al inscribirlas en una continuidad histórica y dotarlas de sentido y dirección.

Incluso los relatos personales, como sostiene Richard Sennet (2000), son más que simples crónicas de los acontecimientos; dan forma al avance del tiempo, sugieren motivos que explicarían por qué ocurren las cosas. Cada uno procura diseñarse relatos que tratan de darle sentido a su vida. Sin embargo, desde fines del siglo XX se ha vuelto cada vez más difícil construir este tipo de relatos, ante el temor a una “pérdida de control” sobre la propia vida, vinculada no solo a la inestabilidad laboral sino también a un sentimiento de deriva en los planos interior y emocional, que se traduce en la percepción de una carencia de valores transmisibles a las nuevas generaciones (Sennett, 2000: 17-18). Es que el mundo actual “no ofrece muchas cosas que se parezcan a una narración, ni económica, ni socialmente"; existe un fuerte contraste con la generación anterior que sí había podido diseñar para sí misma “un relato perfectamente claro en el que la experiencia se acumulaba desde el punto de vista material y psíquico; su vida, por tanto, tenía sentido en cuanto narración lineal". Un relato que pudo tener éxito pues era verosímil al ser coherente con las posibilidades del capitalismo de la segunda posguerra (Sennet, 2000: 29).

Además, en la Modernidad tardía, la crisis de la narración se ha agravado intensamente pues en las redes sociales, como sostiene Byung-Chul Han, “sucumbimos a la conveniencia o al ‘me gusta’, para lo que no hace falta ninguna narrativa” (Han, 2024: 42). Estamos viviendo una “era posnarrativa”, caracterizada por un exceso de información y una carencia de narraciones que provean sentido a nuestras existencias, como así de toda nostalgia, de toda visión, de toda lejanía, y de futuro. En consecuencia, “el futuro se reduce a una permanente actualización de lo actual. De este modo, existimos sin historia” (Han, 2024: 11-12 y 34-35). En las redes sociales, hay una narrativa neoliberal, pero es una “narrativa del rendimiento” que “no genera cohesión social; de ella no nace un nosotros. Al contrario, acaba tanto con la solidaridad como con la empatía” (Han, 2024: 98-99).

La capacidad de construir una narrativa histórica que articule pasado y presente y que, a partir de allí, ofrezca orientaciones para la vida y expectativas de futuro resulta central para la consolidación de la identidad. En este sentido, Jörn Rüsen sostiene que la conciencia histórica orienta la acción al permitir comprender la realidad pasada para interpretar el presente, brindando “el tejido del cambio temporal dentro del cual están atrapadas nuestras vidas” (Rüsen, 1992: 28-29). El autor distingue cuatro tipos de conciencia histórica: la tradicional, que preserva tradiciones, orígenes y obligaciones; la ejemplar, que transmite ejemplos y reglas de acción; la crítica, que promueve reinterpretaciones y contra-narrativas que cuestionan orientaciones temporales preestablecidas; y la genética, que asume el carácter histórico y mutable de las interpretaciones y de los valores morales (Rüsen, 1992: 30-33). Desde nuestra perspectiva, dentro de este último tipo pueden distinguirse dos suborientaciones: una que profundiza la dimensión crítica al dotarla de mayor historicidad y actualizarla en función de las potencialidades del presente; y otra que, al diluir su perfil crítico desde una mirada posmoderna, relativiza todas las posturas y tiende a negar la validez de la memoria compartida como fuente de orientación para la acción política.

Algunas consideraciones sobre transformaciones sociales en el agro pampeano[1]

En la mayor parte de la región pampeana, entre 1870 y 1930, se construyó un mundo rural en muchos sentidos completamente nuevo en relación con su historia previa. Este desarrollo, sobre todo el agrícola, tuvo lugar una vez que las tierras ya habían sido entregadas a grandes terratenientes, en su mayor parte, luego de la derrota y exterminio de los grupos indígenas que controlaban o amenazaban buena parte de la región hasta la década de 1870. De modo que los inmigrantes que querían volcarse a la producción agrícola no encontraron nada similar a las políticas de acceso a la tierra que se implementaron en otras áreas sustraídas al control de los pueblos aborígenes (como, por ejemplo, los Estados Unidos con su Homestead Act), con la excepción de la colonización de algunas áreas santafesinas y entrerrianas.

El desarrollo agrícola alteró sólo muy parcialmente la gran concentración de la propiedad. De modo que, hasta la década de 1940, la figura central de la agricultura fue el chacarero, un productor familiar que, generalmente, arrendaba la tierra, aportaba el trabajo suyo y el de los miembros de su familia, junto con algo de maquinaria propia. La ganadería, en cambio, estaba, en su mayoría, en manos de terratenientes-capitalistas. Estas características centrales, no deben obstaculizar la percepción de que muchos inmigrantes lograron incrementar el tamaño de las parcelas que trabajaban y desarrollar una acumulación en pequeña escala y que hubo también una progresiva expansión de las “chacras mixtas”, que lograba combinar agricultura y ganadería, en explotaciones de tamaño mediano.

A mediados del siglo XX, sobre todo durante los gobiernos peronistas, se produjo un drástico giro hacia la posesión en propiedad producto de la conjugación de un clima de ideas favorable a ciertas reformas en el sistema agrario, con la conformación de una alianza populista que buscó ganar el apoyo de los chacareros (que desde comienzos de siglo se habían organizado y luchaban por sus derechos). En particular, tuvo un gran impacto sobre la estructura agraria el hecho de que una prórroga del congelamiento de los arriendos (establecida durante la excepcional situación de la Segunda Guerra Mundial) se prolongara durante más de veinte años, lo que, indirectamente, promovió la liquidación de los grandes latifundios de tipo absolutamente rentístico. Además, durante los gobiernos de Perón se brindaron líneas crediticias especiales para la venta de tierras a los arrendatarios y medieros, y se implementaron expropiaciones para la creación de algunas colonias agrícolas (suficientes para generar temor en los terratenientes). De este modo, para fines de los años sesenta, la mitad de los productores que había en la década de 1930 se habían convertido en propietarios; mientras que la otra mitad, en general los más pequeños, habían abandonado la producción y habían migrado hacia las grandes ciudades en búsqueda de mejores oportunidades laborales y de vida. Al mismo tiempo, se ampliaron los derechos laborales de los trabajadores agrarios y se fortalecieron los sindicatos rurales.

Durante las décadas de 1970, 1980 y sobre todo 1990 asistimos a una nueva expansión de la agricultura, destacándose el incremento de la productividad por hectárea y la extraordinaria propagación del cultivo de soja. Los requerimientos de capital y extensión de las explotaciones para un completo aprovechamiento de las innovaciones tecnológicas, más la retracción de las políticas estatales, hicieron muy difícil la situación a los pequeños productores agropecuarios. Sin embargo, muchos de quienes abandonaron la producción lograron mantener la propiedad de la tierra, convirtiéndose en pequeños rentistas que actualmente ceden sus campos a otros productores.

Un proceso social paralelo fue que, en unas pocas décadas, la mayoría de los productores se fueron yendo, con sus familias, a residir en las ciudades cercanas, pasando a viajar periódicamente a las explotaciones. Este cambio en el lugar de residencia implicó la disolución de casi todos los rasgos familiares de las unidades productivas: las mujeres abandonaron la producción de granja que, tradicionalmente, realizaban y los niños y adolescentes se desvincularon de la explotación. En muchos casos, el productor mismo ya no realiza trabajos manuales, sino que se limita a tomar las decisiones empresariales y a hacerse responsable de las tareas de apoyo logístico, y el trabajo principal pasó a ser realizado por asalariados o por contratistas de servicios.

Sin el perfil de producción familiar, las unidades pequeñas y/o medianas tuvieron mayores dificultades para hacer frente a un proceso de concentración que continuó agravándose en las últimas décadas, especialmente con la expansión de grandes empresas agropecuarias y de algunas megaempresas que se caracterizan por trabajar un gran número de lotes (en su mayoría en arriendo) y captar capitales de fuera del sector. No es que tengan medios de producción diferenciales al resto de los productores, sino que logran costos muy bajos, gracias a su capacidad para comprar insumos y contratar servicios en mayor escala. Como las empresas más grandes pueden ofertar cánones de arriendo más altos, dejan a los productores medianos en graves problemas, ya que ellos lograban escala productiva sumando a su lote en propiedad, el alquiler de los campos de sus vecinos que se habían convertido en rentistas.

En fin, todo este proceso redujo fuertemente el número de explotaciones agropecuarias. Así, en la provincia de Buenos Aires, de 115.328 unidades productivas que había en 1969 quedaban solo 36.796 en 2018. Es decir, pervive menos de un tercio de las explotaciones que había hacía medio siglo atrás. Al mismo tiempo, se redujo más drásticamente aun la cantidad de productores y familias que residen en el campo. Si hasta los años sesenta, la mayoría de las explotaciones contaban con el productor y su familia viviendo en ellas, en 2018 solo había 8.136 explotaciones con residencia del productor en la provincia de Buenos Aires. Además, dentro de este número se incluyen muchos horticultores de las zonas periurbanas, por lo que en gran parte del campo bonaerense predominan actualmente explotaciones inhabitadas. Visto desde la perspectiva de cualquiera de los productores que hemos entrevistado, si una generación atrás, en su zona había seis explotaciones (la suya y otras cinco más), en su mayoría con sus familias viviendo en ellas, en la actualidad solo queda su unidad productiva y otra más en la misma zona. Las otras cuatro se han vendido o, mayormente, son campos que se alquilan a alguno de estos dos productores presentes. Además, lo más probable es que ninguna de estas dos unidades productivas se encuentre habitada de manera permanente, ya sea porque el productor reside en la ciudad más cercana o porque se trata de empresas cuyos dueños viven fuera de la región.

Breve síntesis de la evolución de políticas y discursos sobre el agro pampeano[2]

Muy tempranamente se instalaron dos tipos narrativas sobre el agro pampeano. Una primera, centrada en las ideas de “civilización” y “progreso” procuraba construir discursivamente un campo “cristiano” unificado en su lucha contra la “barbarie indígena”. Sin embargo, fue surgiendo otra narrativa que mostraba tensiones al interior del campo “civilizado”, en particular por la distribución concentrada de tierras en manos de un puñado de grandes estancieros y/o la burguesía comercial porteña y por la denuncia del maltrato hacia los gauchos, destacándose, por su rápida y entusiasta recepción, su elaboración literaria en el Martín Fierro. Incluso, estas diferencias mostraban matices en la evaluación de las opciones de negociación o exterminio de los indígenas. A pesar de que hubo cierto predominio discursivo en favor de copiar el desarrollo agrario norteamericano en nuestras pampas, la elite dirigente no tomó medidas reales para impulsar este modelo (Halperin Donghi, 1982: 120-138). Se impuso la narrativa “civilizatoria”, se concretó el reparto hiper-concentrado de la propiedad de la tierra y se consolidó una discursividad liberal que justificó el modelo económico impuesto.

Sin embargo, ya a comienzos del siglo XX algunos políticos e intelectuales argentinos tomaron conciencia del impacto que la estructura concentrada de la propiedad estaba teniendo sobre el modelo de sociedad que se estaba forjando (Girbal, 1992 y Halperin Donghi, 1984). Y estas críticas cobraron magnitud de la mano de la lucha de los chacareros: arrendatarios y medieros fueron organizándose, pugnando por imponer regulaciones legales a sus contratos de alquiler de campos y desarrollando su propia narrativa de denuncia de los abusos de los terratenientes, especialmente en las páginas del periódico La Tierra de la Federación Agraria Argentina. Dos momentos claves de estas luchas fueron la huelga chacarera de 1912, que quedó en la memoria colectiva como “El grito de Alcorta” (por la localidad en la que comenzó) y la marcha chacarera en la ciudad de Buenos Aires en 1921 que, como ejemplo de la construcción mediática de la identidad, se trasladó a un film, En pos de la tierra, encargado por la propia Federación Agraria (Lobato, 2000; Balsa, 2011).

Los sectores terratenientes recurrieron a una discursividad liberal clásica, de respeto irrestricto a los derechos de propiedad y no intervención estatal. Sin embargo, progresivamente la narrativa “chacarera” fue incrementando su eficacia interpelativa y para los años treinta, en los debates parlamentarios y en la opinión pública, se impuso una discursividad agrarista crítica, dejando en una estrategia defensiva a los sectores favorables a los terratenientes (Balsa, 2012). Casi todas las fuerzas políticas pasaron a apoyar los reclamos de los arrendatarios, al menos en términos discursivos (incluso buena parte de los políticos conservadores adoptaron parte de este discurso), y así lo podemos observar en la sanción de la Ley Agraria Nacional en 1940 (Balsa, 2013) y, sobre todo, en los primeros años de los gobiernos peronistas, cuando se impuso la idea de la “reforma agraria” (Lattuada, 1986;Balsa, 2015).

El derrocamiento del peronismo con el golpe de Estado de 1955 generó una revitalización del discurso liberal-conservador, que pasó a la ofensiva y abandonó toda concesión hacia las necesidades de los arrendatarios. De todas formas, el agrarismo crítico opuso fuerte resistencia y el debate continuó centrado, en buena medida, en torno a la cuestión de la tierra, con una constante conmemoración de sus luchas, en particular de su comienzo en “El grito de Alcorta”. Un último momento de confrontación política e ideológica tuvo lugar en 1973 y 1974, cuando se aprobó la ley del impuesto a la renta normal potencial de la tierra (destinado a desincentivar la tenencia improductiva) e, incluso, se comenzó a debatir una nueva ley agraria, impulsada por los sectores más progresistas del peronismo y apoyada por la Federación Agraria Argentina (Balsa, 2020). Pero este proceso se detuvo por el giro hacia la derecha del gobierno de Isabel Martínez de Perón y la oposición activa de la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa [CARBAP] (que nucleaba a los estancieros de las provincias de Buenos Aires y La Pampa), acompañada por la Sociedad Rural Argentina.

Ambas entidades no solo promovieron el golpe de Estado de 1976, sino que dirigentes de estas dos entidades ocuparon lugares destacados en la dictadura (Lattuada, 2002). Durante la misma, por un lado, se desmantelaron la legislación y las instituciones estatales que promovían la colonización y, por otro lado, la violencia estatal afectó a productores, trabajadores, estudiantes de agronomía, técnicos, extensionistas, docentes, referentes gremiales y militantes que defendían derechos laborales o impulsaban modelos alternativos de desarrollo. Este proceso implicó la desarticulación de organizaciones que impulsaban transformaciones estructurales, como las Ligas Agrarias (Báez y Gortari, 2018; Calvo, 2020), y la interrupción de líneas de investigación y extensión del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Gargano, 2016). Incluso la dictadura le impuso la “pausa gremial” a la Federación Agraria Argentina (Giberti, 2002). En muchos pueblos del interior, el control territorial por parte de la dictadura y la desintegración de experiencias organizativas formaron parte de un proceso más amplio de disciplinamiento social que acompañó la reconfiguración de la estructura económica (Canelo, 2015). En diversas instancias de confluencia entre funcionarios del gobierno dictatorial y representantes de las entidades rurales afines, se procuró articular discursivamente la “lucha antisubversiva” con la “Campaña al Desierto” y el combate contra los indígenas, destacando la participación de los estancieros “alistando urgentemente a la peonada” (Máspoli, 2013).

El retorno a la democracia no implicó la reactivación de la tradición agrarista crítica (Lattuada, 2002). Es que la conflictividad por la tierra en la región pampeana había sido desactivada. No solo por la represión de la dictadura, sino también porque, de un modo lento, pero progresivo, en la medida en que casi todos los chacareros que continuaron en la producción agraria fueron convirtiéndose en propietarios, el discurso de confrontación con los terratenientes perdió consistencia. Con el propio “aburguesamiento” de la mayoría de los chacareros, cada vez sus formas de vida se asemejaron más y más a la de los estancieros o mediano-grandes productores de cada municipio de la región pampeana; quienes también, por otros procesos, en especial la herencia, fueron acercándose socialmente a los ex-chacareros (Balsa, 2006).

Al mismo tiempo, desde la década de 1960 comenzó a consolidarse una discursividad centrada en la celebración de las innovaciones tecnológicas, que fue ganando capacidad de interpelación entre productores y profesionales del agro (Gras y Hernández, 2016). En los años noventa, este discurso se complejizó y desempeñó un papel clave en la construcción de la hegemonía del modelo de agronegocios. Sus ejes principales incluyen la concepción de la tierra como un capital económico más, la asociación del progreso al cambio tecnológico, la presentación de las nuevas formas de producción (basadas en la tercerización y la expansión vía arrendamientos) como un “modelo en red” donde todos ganan, y una narrativa que invita a dejar atrás las antinomias del pasado (Liaudat, 2015). Este discurso se entroncó con las políticas neoliberales y las diversas desregulaciones, al tiempo que se expandían las grandes y megaempresas de los agronegocios. La retórica antiestatal se expresó tanto en las entidades gremiales tradicionales como en las organizaciones tecnológicas surgidas en las últimas décadas, defensoras de la libertad de mercado (Liaudat, 2015).

Si durante los años noventa y sobre todo con el cambio de siglo surgieron ciertos discursos críticos de las políticas neoliberales y que proponían la regulación del régimen de arriendos, como forma de frenar la expansión de las grandes empresas que alquilaban campos, todo esto perdió significación a partir del “conflicto del campo” del año 2008 contra las retenciones móviles a las exportaciones agrícolas. La unificación en la lucha de las distintas entidades agropecuarias (que en otro momento representaban intereses opuestos), significó una pérdida de toda distinción opositiva en las identidades agrarias. Y esto se tradujo en el desvanecimiento de toda la narrativa agrarista que todavía mantenía la Federación Agraria hasta comienzos del siglo XXI.

Análisis e interpretación de los testimonios

Memorias fragmentadas, silencios y naturalización del presente

A partir de nuestra investigación con actores agrarios bonaerenses, se advierte una débil elaboración de narrativas históricas propias. No aparece una memoria compartida, ni siquiera relatos contrapuestos sobre el pasado del sector. Llama la atención que, frente a nuestras preguntas, solo surgen menciones breves, relatos puntuales y respuestas fragmentarias. Dentro de esta ausencia de memorias colectivas estructuradas, emergen silencios y omisiones reiteradas que resultan significativos. En particular, destaca la falta de referencias a las condiciones históricas de acceso a la tierra (tanto en el plano social como en el familiar) y a los debates que moldearon la cuestión agraria a lo largo de gran parte del siglo XX.

Las referencias al período comprendido entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX aparecen, en general, de forma difusa y estereotipada, asociadas a la imagen de estancias de gran extensión (“miles y miles de hectáreas”, “estancias gigantes”). No se registran, sin embargo, discursos que celebren explícitamente el papel de los grandes terratenientes en la construcción de la Nación, ni narrativas de tipo “civilizatorio” frente a la “barbarie indígena”. La presencia de pueblos indígenas es mencionada de manera vaga. De hecho, sólo un entrevistado productor de gran escala de Arribeñosalude a la “expedición de Roca” como una “limpieza” del territorio, aunque desde un registro ambivalente que combina la reproducción parcial de sentidos legitimadores con una crítica difusa a la apropiación de tierras y a la conformación de una elite rentista asociada a la Sociedad Rural.

La figura del gaucho no aparece en ninguno de los relatos y, de manera aún más significativa, está ausente una mirada problematizadora sobre los procesos históricos de apropiación de la tierra, pese a la trayectoria inmigrante de muchas de las familias entrevistadas. No hay referencias a las dificultades de acceso a la propiedad, ni a las luchas agrarias de comienzos del siglo XX. Sólo un entrevistado, un productor mediano-grande de Arribeños, logra reconstruir parcialmente el Grito de Alcorta, estableciendo un paralelo de dichos años con la actualidad por los altos costos de los alquileres, aunque explica el fenómeno en términos de “competencia” y “demanda”, sin identificar responsabilidades estructurales. Estos silencios, que afectan núcleos centrales del discurso agrarista crítico, evidencian la erosión de esa tradición y la pérdida de su densidad histórica y contestataria en las narrativas actuales.

Algo similar ocurre con las evocaciones del primer peronismo. Casi la mitad de las personas entrevistadas no puede decir nada sobre sus políticas agrarias. Y, si bien el resto logra mencionar algunas medidas, esas referencias suelen ser difusas y fragmentarias. Aunque, en muchos casos, sus familias accedieron a la propiedad de la tierra durante esos años, predominan los silencios o las alusiones imprecisas a políticas de “expropiación” y “colonización”, con frecuencia teñidas de valoraciones negativas. Varios testimonios interpretan estas medidas como restricciones injustas a los propietarios (“por esa ley de alquileres [mi abuelo] casi pierde el campo”, pequeña rentista, Pigüé) o como acuerdos que implicaron pérdidas (“le tuvimos que regalar 500 hectáreas para que nos devolvieran las otras 500”, productor mediano-grande, Ayacucho). En otros casos, las menciones adoptan un tono dubitativo, como el de un pequeño rentista de Junín que “cree” que su abuelo accedió a la tierra gracias a esas políticas, aunque sin ninguna certeza.

Incluso en trayectorias familiares que permitirían reconstrucciones más favorables a las políticas peronistas, la interpretación predominante tiende a ser crítica. Una asesora profesional de Junín reconoce que su abuelo accedió al campo por esas políticas, pero rechaza ese legado al definirse como “defensora de la propiedad privada”: “les sacaron los campos a los Bemberg para dárselos a los puesteros… entonces no puedo estar de acuerdo con esa época”. En Pigüé, una pequeña productora menciona tensiones históricas entre peronistas y radicales y relata el ascenso de su abuelo de peón a propietario, aunque sin explicar cómo ocurrió ese proceso y, aun así, concluye: “no sé qué hizo mal el peronismo acá, pero lo hizo mal”.

Esta incomodidad en torno a los conflictos vinculados al acceso a la tierra también aparece en ámbitos institucionales: un productor mediano-grande y exdirigente de Ayacucho señala que, al escribir la historia de la Sociedad Rural local, decidieron omitir el primer peronismo “para no ensuciar familias de acá que se quedaron con los campos”, por lo que “el libro se cortó ahí”. Estos testimonios muestran que los silencios y omisiones que dificultan la construcción de una memoria histórica coherente no son simplemente espontáneos: en muchos casos responden a operaciones conscientes orientadas a evitar tensiones políticas, disputas identitarias o revisiones incómodas del pasado agrario para quienes ahora reniegan de toda intervención estatal.

En conjunto, la combinación de confusión, silencios y dificultades para articular la experiencia familiar con procesos más amplios revela una transmisión intergeneracional débil de las memorias sobre el período y, al mismo tiempo, el peso del antipopulismo en los pocos casos donde se reconstruyen recuerdos sobre las políticas de acceso a la tierra. De este modo, la conflictividad histórica vinculada a la distribución y el acceso a la tierra tiende a diluirse, y los relatos convergen hacia interpretaciones de sesgo liberal-conservador.

A pesar de la relevancia de los debates que tuvieron lugar en los años sesenta y la primera parte de los setenta, como así también de la represión de la última dictadura sobre quienes promovían reformas agrarias, ambos procesos aparecen prácticamente silenciados en los testimonios. Ningún entrevistado menciona la represión sobre actores vinculados al sector; por el contrario, predominan relatos sobre la dictadura que enfatizan el “orden” y la “tranquilidad” en los espacios locales. Sólo dos de los treinta y cinco entrevistados, ambos mayores de 70 años, evocan discusiones del tercer gobierno peronista vinculadas a la politización del agro. Por ejemplo, el mencionado productor mediano-grande de Ayacucho exdirigente de la Sociedad Rural local recuerda las tensiones en un congreso de CARBAP: “fueron unos de la juventud peronista los que quisieron copar el congreso. Estaban muy politizados”. Su relato combina una descripción de los hechos con una lectura retrospectiva que atribuye a la época una “excesiva politización”, particularmente desde la aprobación del impuesto a la renta potencial de la tierra, medida que según sostiene “politizó todo y así llegamos a la 125”, considerada por él como el punto culminante del conflicto.

Los fuertes procesos de concentración, con el consiguiente abandono de la producción por parte de muchos medianos productores, generan en nuestros entrevistados algunas narrativas sobre los años noventa y los primeros dos mil que incorporan ciertas problematizaciones sociales. Ese período es narrado como la irrupción de nuevos actores (mencionados de forma difusa como “pooles”, “gente de la política” o personas “de otro lado”) que habrían generado tensiones en los territorios. Al respecto un comerciante de maquinarias de Magdalena afirma que “la gente que viene y pone la plata, y el dueño no ejecuta su producción, eso es un tema… el tema es que vos, en el lugar o la poca tierra que tengas, la quieras; no se la des a la gente de otro lugar”. No obstante, aunque estas tensiones emergen con claridad, los entrevistados no elaboran una narrativa histórica crítica que permita situarlas dentro de un proceso de concentración, ni proyectar alternativas a futuro.

La ausencia de una memoria histórica activa tiende a confinar a los actores agrarios a un presente sin densidad temporal, donde el único horizonte imaginable es el del progreso tecnológico y la necesidad permanente de adaptación. Un ingeniero agrónomo y pequeño productor de Junín lo expresa de modo ilustrativo: “Se ha reducido mucho la cantidad de productores. Tipos que abandonaron la carrera o directamente arrendaron el campo... Esto se da porque las generaciones que vienen no les interesa el campo [...] Pasan estas cosas, generacionalmente hay un cambio. Entonces aparecen los pooles de siembra”. En este testimonio, los “expulsados” de la producción aparecen como quienes “abandonaron la carrera”, desplazando la atención desde los procesos de reestructuración agraria hacia decisiones individuales o familiares. La concentración queda presentada como consecuencia natural de una dinámica generacional y solo “entonces” es que “aparecen” los pooles. Una narrativa semejante emerge en un productor de gran escala, contratista y dirigente gremial de Arenales, quien afirma: “En estos pueblos se está perdiendo mucho el pequeño productor [...] En el mundo, creo yo, el negocio pasó a ser de escala, y si no tenés escala, no competís…”. Aquí también, la “escala” opera como explicación totalizante que naturaliza procesos estructurales y los despolitiza.

Se observa una resignación generalizada, incluso entre quienes subrayan los efectos excluyentes, como la expulsión de productores y el despoblamiento rural. Así, un productor quesero de Magdalena señala que “los productores chicos fuimos desapareciendo”, mientras que un agrónomo jubilado recuerda que la siembra directa exigía maquinaria de alto costo, inaccesible para las explotaciones más pequeñas. Una pequeña productora tambera describe este proceso como inevitable, al narrar las desigualdades en el acceso a contratistas: “tenemos potreritos de cinco hectáreas y tenemos que agradecer a Dios que un vecino nos haga el trabajo”. En su caso, este diagnóstico se combina con una narrativa fuertemente crítica del Estado, al que atribuye las dificultades estructurales mediante referencias a “exigencias y controles” que, en su visión, obstaculizan la producción.

Procesos de diferenciación frente al gran capital extra-agrario y su papel en la construcción de identidades locales

Esta falta de una narrativa histórica estructurada, junto con la ausencia de referencias explícitas a la cuestión agraria y el hecho de que las narraciones históricas sobre los cambios en el sector estén atravesadas por un fuerte sentido de adaptación y resignación, contribuyen a configurar un clima interpretativo favorable a la expansión del discurso empresarial de los agronegocios. No obstante, es posible identificar ciertos elementos que expresan algunos intentos de diferenciación y resistencia, los cuales contribuyen a la configuración de identidades particulares entre los actores agrarios.

Un primer elemento es el invocar a “la tierra”, que aparece como un componente central de las identificaciones sociales y de los sentidos de pertenencia territorial. También muchos continúan identificándose con una discursividad asociada al modo de vida rural. En las autoidentificaciones individuales predomina una imagen anclada en el “campo” y en la continuidad familiar, condensada en expresiones como “soy del campo de toda la vida”, “cuarta generación de tamberos”, “nacido y criado en el campo” o “siempre ligado al ámbito agropecuario”, promoviendo una diferenciación frente a los inversores que llegan desde fuera del sector.

La tierra permite sostener una imagen del “ser del campo” no reducible a la figura del empresario. Como expresaba un ingeniero agrónomo y pequeño productor de Junín: “La tierra es un bien heredado, la heredaste de tus padres. El refrán o dicho es: ‘Yo tengo una porción de tierra que es heredada de mis viejos y es el futuro de mis hijos; por lo tanto, la tengo prestada’”. En la misma línea, un productor de gran escala de Junín, que transformó la explotación familiar en un grupo empresarial, combina tradición y adaptación al señalar: “Seguimos la tradición de mi abuelo […]. Si te quedás en lo familiar, no te alcanza. Entonces se alquilan campos para poder subsistir, progresar y comprar herramientas”. De todos modos, estos elementos presentados como centrales en sus identidades no dejan de tener un carácter marcadamente abstracto y no se articulan con una narrativa que establezca líneas de continuidad concretas con el pasado.

Un segundo elemento recurrente en los testimonios es la evocación abstracta del trabajo cotidiano como valor supremo, en contraposición a las disputas políticas. Esta apelación (frecuentemente condensada en respuestas como “nosotros siempre seguimos trabajando”) desplaza la atención desde los procesos estructurales hacia experiencias individualizadas. Sin embargo, estas referencias al “trabajo” y a una “cultura del trabajo”, si bien se vinculan con cierta actitud de sus “abuelos inmigrantes”, no logra articularse en forma concreta con sus relatos de vida, pues la enorme mayoría de los productores y los miembros de sus familias han abandonado el trabajo físico en la explotación. Por lo tanto, las identificaciones explícitas como “chacarero” o “productor familiar”, históricamente decisivas en la configuración de identidades de clase y en la organización política del agro pampeano, están hoy ausentes o reducidas a una similar evocación abstracta.

El “nosotros” que emerge agrupa a productores de distinto tamaño, trabajadores, contratistas, asesores e incluso terratenientes rentistas. Aun quienes nunca trabajaron directamente en el campo (como hijos de productores devenidos asesores o empresarios) mantienen esta identificación tradicional como “productores” o “gente de campo” pero en forma abstracta. A diferencia del pasado, cuando la figura del “chacarero” articulaba una frontera simbólica dentro del agro (en oposición a la oligarquía terrateniente), hoy esas distinciones aparecen difusas. Persisten ciertos resabios, especialmente en las evocaciones familiares, pero ya no operan como marcos de acción significativos. Este marco simbólico restringe la posibilidad de construir una identidad colectiva capaz de disputar el rumbo del modelo productivo que en muchos casos tiende a expulsarlose impide reinscribir sus experiencias en una memoria histórica compartida.

Un tercer elemento presente en los relatos es una reivindicación de “lo local”. Frente a la expansión de nuevos actores asociados al agronegocio (como los pools de siembra) que reconfiguraron tensiones territoriales, se reforzó “lo local” como recurso identitario, expresado en frases que destacan el rol de los productores como motor de la economía de los pueblos o en la idea de que ellos a diferencia de otros “no se llevan la plata afuera”. Sin embargo, ninguna de las personas entrevistadas pudo articular esta evocación con la propuesta de algún tipo de medidas concretas que limiten la incidencia de los capitales extraños a sus zonas.

Y un cuarto elemento es que los entrevistados suelen contraponer el presente con un pasado idealizado asociado a la cooperación vecinal, el trabajo familiar y una vida comunitaria intensa. “Mis abuelos iban y ayudaban a juntar el maíz a mano… No había interés económico, era la gauchada”, recuerda un trabajador rural de Chascomús. Con un tono similar, una pequeña productora de Pigüé relata la pérdida de prácticas comunitarias: “Nosotros teníamos mucha vida de vecinos… el campo de al lado está alquilado, el otro también… desaparecieron”. Con ello, señala, también se desvanecieron costumbres que se extrañan, como prestar el campo para colmenas o participar de “yerras multitudinarias”, hoy reemplazadas por eventos más lúdicos que productivos. Estas evocaciones cumplen una doble función: construyen una memoria idealizada que opera como refugio frente a las transformaciones del capitalismo agrario y funcionan como una crítica implícita a un presente percibido como individualista, mercantilizado y despojado de vínculos comunitarios. Se trata de una operación memorial más afectiva que histórica, mediante la cual los actores elaboran identidades que buscan anclaje en prácticas desaparecidas pero que aún dotan de sentido su experiencia contemporánea.

Estos cuatro elementos (la “tierra” y la “vida en el campo”, “el trabajo”, “lo local” y cierta idea de un pasado “comunitario”) son evocados en un intento de negociar sus identidades en un contexto de avance del agronegocio y su arrollador proceso de concentración. Los actores agrarios parecieran tratar de configurar “identidades híbridas” que, aun incorporando lógicas empresariales en sus prácticas productivas, conserven en permanente negociación elementos de subjetividades previas. De todos modos, son más un simulacro de negociación que una real capacidad de consolidar identidades alternativas. Es que, como vimos, cada uno de estos elementos no se anclan en cuestiones concretas, ni se articulan con características del pasado que pudieran estructurar una narrativa histórica, ni tampoco se vinculan con medidas posibles para configurar un futuro distinto. Son elementos abstractos que no logran consolidar tradiciones, ni valores con efectividad para construir identidades resistentes, ni para trazar una línea de acción política colectiva.

Un estructurador dominante: el anti-estatismo

A pesar de la falta de una narrativa común, sí existe un eje estructurador dominante en la mayor parte de los testimonios: su antiestatismo, articulado, a su vez, con un antipopulismo y, también, con una actitud antipolítica. Por dar solo un primer ejemplo, este discurso antiestatal se observa en un joven asesor de una megaempresa de Junín, cuyas referencias históricas convergen sistemáticamente en la necesidad de “sacarle presión al sector”, establecer “reglas más claras” y promover “flexibilizaciones”, especialmente laborales, para incentivar la inversión. Sus respuestas condensan una demanda liberal que opera como núcleo de su identidad ideológica. En la misma línea, una asesora de una multinacional en Arribeños afirma desconocer la historia agraria y reduce la relación entre “campo y política” a las retenciones: “De historia y política, nada… Yo lo que relaciono con política y el campo es la 125”. En estos casos, el pasado queda reducido a hitos fiscales recientes, revelando una memoria selectiva mediada por discursos contemporáneos que ubican al Estado como actor central del conflicto.

Incluso algunos de los relatos que aluden al proceso de concentración y despoblamiento aparecen atravesados por marcos antiestatales y antipopulistas, asociados a su vez con la antipolítica. Una pequeña tambera de Bavio, que se declara apolítica (“Yo, como de política, cero… Yo soy de Boquita nada más. Después, cero, cero política”), atribuye la desaparición de pequeños productores a supuestas compras de tierras por parte de “La Cámpora”.

En algunos casos, esta orientación adopta formas más estructuradas, como un encargado de hacienda de Junín que afirma que “el error del país fue el peronismo toda la vida”, apelando a un argumento meritocrático clásico según el cual “no se puede sacar a uno para darle a otro”. La justicia social aparece así como una distorsión del orden natural. De todos modos, el entrevistado no deja de sostener que “todo es culpa de la política”. En otros casos, la antipolítica se expresa de modo más difuso, mediante registros que se proclaman neutrales: “todos los gobiernos hicieron cosas buenas y malas” (asesor, Junín). En esta línea, también proliferan explicaciones que reducen los conflictos históricos a “peleas políticas” o a errores individuales (por ejemplo, interpretar la violencia estatal de la dictadura como una serie de “excesos”), sin inscribirlos en dinámicas sociales y de poder más amplias. Estas simplificaciones deshistorizan el pasado y diluyen responsabilidades colectivas, promoviendo una lectura moralizante de la política como corrupción, enfrentamiento o ineficiencia.

Claramente, esta perspectiva antiestatal y antipopulista fue reforzada a partir del conflicto del 2008. La mayoría de los entrevistados lo evocan con una fuerte carga emocional (“una guerra en todo el país”, “un desastre”, “una pelea al pedo”, “un exceso”, “un destrato”) y tienden a justificar la reacción del sector al caracterizar las retenciones como medidas “abusivas” e “injustas”. Al mismo tiempo, muchos lo interpretan como el origen de una “grieta social” entre campo y ciudad, estrechamente asociada a la polarización entre kirchnerismo y antikirchnerismo. Desde entonces, parece haberse consolidado una discursividad que, como vimos, tiene una larga tradición en la Argentina, pero que en las últimas décadas se fue imponiendo casi de forma homogénea entre los productores rurales pampeanos.

En este marco interpretativo, el Estado aparece como el principal responsable, desplazando la atención de los procesos económicos más amplios hacia una crítica focalizada en el poder político. Al ofrecer un “culpable” estable y reconocible, permite ordenar relatos fragmentados y procesar tensiones que, de otro modo, remitirían a transformaciones estructurales más complejas (como la concentración productiva, la financiarización o la reestructuración del capitalismo agrario), escasamente tematizadas por los entrevistados. Así, la identificación colectiva como “campo” o “productores” se construye y refuerza en oposición a un “otro”, el Estado, que condensa las responsabilidades. Esta operación simbólica deshistoriza las transformaciones estructurales, recentra el conflicto en la relación productores–Estado–política y dificulta la elaboración de diagnósticos colectivos y de horizontes alternativos. A su vez, es una perspectiva que impide recuperar las tradiciones de lucha, y también analizar críticamente la historia agraria de la región pampeana.

Reflexiones finales

Lo que más nos ha llamado la atención es la falta de narrativas históricas: las personas entrevistadas rara vez logran elaborar relatos sustantivos sobre el pasado. La mayoría de los testimonios carece de una secuencia cronológica definida o de una comprensión analítica de los procesos nacionales, predominando reconstrucciones fragmentarias y con escasas referencias a dimensiones políticas o económicas. No es que haya visiones contrapuestas sobre el pasado agrario, más bien, emergen expresiones breves y dispersas, sin continuidad narrativa, y, en muchos casos, un marcado desconocimiento acerca de momentos claves de la historia agraria nacional.

El discurso agrarista crítico, que marcó la lucha de los chacareros por el acceso a la tierra durante todo el siglo XX, ha desaparecido por completo entre todos los entrevistados. No poseen un relato acerca de las condiciones históricas de acceso a la tierra (tanto en el plano social como en el familiar), ni desde la perspectiva agrarista, ni desde ninguna otra discursividad. Tampoco conocen los debates que moldearon la cuestión agraria.

Este silencio, esta falta de memoria sobre estos repartos o sobre las luchas por la tierra y políticas agrarias constituye una forma de negación de la vinculación entre políticas públicas y propiedad de la tierra. En algunos casos, hemos visto que esta falta de conciencia se debe a decisiones institucionales deliberadas para no transmitir estas cuestiones de la historia local. En otros casos, este desconocimiento seguramente surge de silencios en las historias familiares, en aspectos de las mismas que no han sido transmitidos intergeneracionalmente. Es como si aconteciera, diría Marx, un ocultamiento del “pecado original” de las formas de acceso a la propiedad de la tierra (Marx, [1867] 2004, Tomo I, pp. 891-892). En unos casos, más vinculados a las políticas de construcción de latifundios al avanzar contra los indígenas, este “olvido” se parece a los procesos relatados en El Capital. En otros, por el contrario, el borramiento de la memoria procura negar el origen vinculado a las luchas chacareras y su articulación con el peronismo. En estos procesos, incluso la propia historia familiar en relación con el acceso a la tierra queda ocluida, y no logra transmitirse a las siguientes generaciones.

También se observa un claro silencio sobre el impacto de la última dictadura militar en el agro, particularmente en lo relativo a la represión ejercida sobre activistas sindicales, políticos y profesionales del ámbito rural. Es que, justamente, estas acciones lograron operar un corte político, organizativo y hasta discursivo con las posiciones agraristas críticas que articulaban un relato integrador sobre el pasado, el presente y el futuro, promoviendo formas de acción colectiva y la intervención estatal en pos de modelos alternativos de desarrollo agropecuario.

Vinculada a esta carencia de una memoria histórica crítica, surge una limitada capacidad de registro del proceso de concentración económica acontecido a lo largo de los últimos cincuenta años y, sobre todo, una notoria ausencia de un relato que le brinde una explicación coherente. Este silenciamiento resulta especialmente significativo, dado que la concentración y el despoblamiento rural son una experiencia vivida cotidianamente en los territorios: se percibe en la desaparición de vecinos productores, en el vaciamiento de los pueblos rurales y en la transformación de los vínculos comunitarios que históricamente sustentaron la vida agraria.

Estas carencias de narrativas se vinculan con un contexto más global, propio de la Modernidad tardía e, incluso, de la actual “era posnarrativa” de la que nos habla Han (2024). En los testimonios analizados esa dificultad para narrar y sus consecuencias se vuelven especialmente visibles: el debilitamiento de la continuidad entre pasado, presente y futuro priva a los sujetos de los marcos necesarios para imaginarse como actores históricos capaces de intervenir y transformar la realidad. Es que, si las narraciones generan cohesión social, aportan sentido y transmiten valores sobre los que se puede fundar una comunidad, su ausencia tiene efectos devastadores sobre estas posibilidades.

Podemos decir, regresando a la diferenciación entre conciencias históricas que formulara Rüsen (1992) que, en primer lugar, las orientaciones tradicionales han quedado sumamente diluidas, pues a los sujetos les cuesta recordar sus orígenes y fundar ahí sus orientaciones vitales; la mayoría de las tradiciones son hoy meras evocaciones abstractas o rituales festivos sin anclaje en sus vidas cotidianas, que ya no tienen ninguna dinámica comunitaria o, incluso, de trabajo del conjunto de la familia, como ocurría en el pasado “chacarero”.

En segundo lugar, tampoco la conciencia histórica provee ejemplos que guíen las conductas; se percibe que el mundo ha cambiado tanto, que ya no pueden funcionar los modos de vida, las reglas éticas y los sentidos vitales que guiaban a las generaciones pasadas. Perduran evocaciones a la “cultura del trabajo” y al “esfuerzo cotidiano” de “los abuelos”, pero operando en forma sumamente abstracta en sujetos que ya no viven y trabajan en el campo en forma directa. Entonces, se siente que los valores que regían la vida en el pasado ya no resultan operativos en el presente, aunque se los añora, y los sujetos quedan en una carencia valorativa similar a la descripta por Sennet (2000) en sus análisis sobre la corrosión del carácter.

En tercer lugar, como ya dijimos, se ha borrado por completo la orientación crítica que tenía la conciencia histórica que había elaborado el agrarismo. Y, en cuarto lugar, si existe cierta conciencia histórica genética, que destaca la particularidad de los tiempos presentes, lo hace de un modo tan extremo que se borra casi todo vínculo con el pasado: el presente es tan “distinto”, “innovador”, “tecnológico”, que no sirve mirar hacia atrás. De la mano del discurso “modernizador” del agronegocio que interpela a los actores como meros empresarios, se afirma que “hay que cambiar la forma de pensar”, pero lo que debe superarse no es el orden existente sino cualquier mirada crítica sobre él.

De todos modos, el discurso del agronegocio exhibe límites en su eficacia simbólica, tal como también habíamos registrado previamente (Liaudat, 2019a). El “buen sentido”, que surge de la práctica y no desde las elaboraciones político-ideológicas indica a los sujetos agrarios que los procesos de concentración impulsados por el agronegocio les dejarán poco lugar dentro del agro pampeano. Frente a esto se despliegan algunas resistencias, apelando a “la tierra”, el ser “gente de campo” o defendiendo “lo local” frente a los pools de siembra y megaempresas, percibidos como externos a la dinámica local (Liaudat, 2020). En base a estos elementos, existen intentos de construir identidades diferenciadas a la de la identidad meramente empresarial, propugnada por el modelo del agronegocio. Sin embargo, sin una narrativa histórica, los intentos de negociar “identidades híbridas” que se diferencien del arrollador avance del discurso ahistórico del agronegocio, resultan más bien en simulacros, en experiencias fallidas de construcción de identidades locales. Es que, por un lado, no logran anclar estos elementos identitarios en una perspectiva temporal que se vincule con un pasado; estas identidades emergen en un contexto atravesado por el vaciamiento de memorias colectivas que antes brindaban sentido histórico y capacidad de proyección a la lucha. Por otro lado, no los pueden asociar con cuestiones concretas del presente, pues los aspectos evocados resultan notoriamente abstractos en relación con su vida concreta. Y, por último, la apelación a “lo local” como aspecto diferenciador frente al avance de capitales externos a la zona, no logra cobrar consistencia pues no se articula en propuestas políticas que vislumbren cómo limitar su impacto.

Esta incapacidad de pensar políticas limitantes de la concentración productiva se funda en el acentuado anti-estatismo que atraviesa a casi todos los sujetos agrarios y que constituye una constante tan fuerte que podríamos decir, siguiendo a Halbwachs (2004 [1925]), que conforma un “marco social de la memoria” en el que las referencias fragmentadas al pasado se reorganizan en torno a la crítica a la intervención del Estado, como tópico ordenador dominante, configurando lo que Muzlera (2010) denomina una verdadera “cultura” sectorial. Frente a este “enemigo común”, todas las diferencias internas y las tensiones estructurales entre actores agrarios tienden a diluirse. Tal como señalamos en trabajos previos, los actores agrarios comparten una visión predominantemente negativa del Estado, más allá de su posición de clase (Balsa, 2017; Moreno et al., 2020; Liaudat, 2024, 2025). Este el antiestatismo, como vimos, se vincula estrechamente con el antipopulismo, que en Argentina significa un antiperonismo. De hecho, el discurso antiperonista adquirió gran fuerza en la historia reciente en las principales entidades patronales del agro (Chávez Solca, 2021). También pudimos ver que este antiestatismo se asocia al discurso que se presenta como apolítico o antipolítico, más allá que el avance de un neoliberalismo recargado ha logrado generar fuertes adhesiones en sectores que estaban descreídos de la política (Balsa, 2024).

De este modo, se evidencia la capacidad interpelativa del discurso neoliberal del agronegocio, que propone la idea de “nuevos tiempos” en los que sería necesario dejar atrás las viejas antinomías y toda lectura histórica sobre el agro que sea conflictiva. En este marco, la ausencia de un componente crítico erosiona la memoria histórica y acentúa la fragilidad identitaria. Todo ello restringe la posibilidad de que los actores agrarios se conciban como sujetos de transformación colectiva, confinándolos a un horizonte dominado por la lógica del capital agrario concentrado y por la adaptación individual como única vía imaginable. El antiestatismo opera, entonces, no sólo como principio organizador de la experiencia y la memoria social, sino también como un fuerte limitante a la hora de diseñar posibles políticas que reduzcan los procesos de concentración que “naturalmente” impulsa el gran capital. De allí que, sin horizontes históricos que otorguen sentido al cambio, se internalizan interpelaciones como la “resignación”, la “adaptación” o la “inevitabilidad”, en términos de Therborn (1991) y les resulta cada vez más difícil a los pequeños y medianos productores agropecuarios pampeanos disputar la hegemonía al agronegocio.

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Notas

1 Por una cuestión de espacio, remitimos a trabajos previos en los que referimos a las fuentes bibliográficas de esta síntesis (Balsa, 2006; Liaudat, 2018).
2 Del mismo modo que en el apartado anterior, por una cuestión de espacio, remitimos a textos nuestros previos para una más detallada revisión bibliográfica (Balsa, 2012; Balsa, 2015; Balsa, 2020)

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