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Desarrollo económico y relaciones internacionales entre Italia y Argentina: el papel del Istituto per la Ricostruzione Industriale (IRI) durante el primer peronismo (1946-1955)
Economic development and international relations between Italy and Argentina: the role of the Istituto per la Ricostruzione Industriale (IRI) during the First Peronist period (1946-1955).
Desarrollo económico y relaciones internacionales entre Italia y Argentina: el papel del Istituto per la Ricostruzione Industriale (IRI) durante el primer peronismo (1946-1955)
Prohistoria. Historia, políticas de la historia, núm. 45, 1-27, 2026
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)
Recepción: 31 Julio 2025
Aprobación: 03 Octubre 2025
Publicación: 15 Julio 2026
Resumen: Las relaciones entre Italia y Argentina conocieron, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, una nueva etapa de intensificación. En las dinámicas que marcaron esta renovada interacción bilateral, el Istituto per la Ricostruzione Industriale (IRI) –organismo público-privado fundado en Italia durante el periodo fascista como respuesta a la crisis de 1929– asumió un papel central. El objetivo de este trabajo es analizar las relaciones económicas y políticas entre Italia y Argentina durante los años peronistas, centrándose en el papel desempeñado por el IRI. Además de la bibliografía existente a este respecto, el trabajo se llevará a cabo mediante el análisis de diversas fuentes recuperadas de archivos italianos y argentinos.
Palabras clave: Industrialización, Desarrollo, Peronismo, Italia y Argentina, Istituto per la Ricostruzione Industriale.
Abstract: The relations between Italy and Argentina entered a new phase of intensification following the end of the Second World War. Within this renewed framework of bilateral interaction, the Istituto per la Ricostruzione Industriale (IRI) –a public-private entity established during the Fascist period in response to the 1929 crisis– assumed a central. The aim of this study is to analyse the economic and political relations between Italy and Argentina during the Peronist years, with a particular focus on the role played by the IRI. In addition to the existing body of literature on the subject, this research will draw upon a range of sources retrieved from Italian and Argentine archives.
Keywords: Industrialisation, Developement, Peronism, Italy and Argentina, Istituto per la Ricostruzione Industriale.
Italia, Argentina e IRI: hacia la confluencia de tres intereses
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Italia se despertaba entre las ruinas de su derrota bélica.
La escasez de bienes alimentarios, los graves daños sufridos por las edificaciones y las infraestructuras, tanto físicas como energéticas, así como la carencia de materias primas necesarias para reactivar el aparato industrial del país, conformaban el inquietante panorama de la posguerra italiana. Pronto se comprendió que era imprescindible reactivar el sector industrial para sostener el proceso de reconstrucción del país y su desarrollo (Bottiglieri y Castronovo, 1994).
En este escenario, quedó claro a las autoridades italianas que la búsqueda de mercados extranjeros desempeñaría un papel fundamental.
Paralelamente, al otro lado del Atlántico la situación era muy distinta. Durante el conflicto, el país consiguió acumular una notable reserva de divisas, producto tanto del vigoroso incremento de las exportaciones[1] como de la imposibilidad de importar una parte sustancial de los bienes de capital que tradicionalmente abastecían su mercado interno. Esta restricción externa incentivó una aceleración del desarrollo industrial de carácter endógeno, estructurado según el paradigma de la Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI).
Presidente desde 1946, Perón aprovechó, aunque no sin dificultades ni contradicciones, la coyuntura económica para poner en marcha un ambicioso programa de desarrollo (Rougier, 2012). No obstante, el proceso de crecimiento iniciado durante su primer mandato se enfrentó de inmediato con una cuestión crucial: más allá de la retórica nacionalista, que situaba la independencia económica en el centro mismo del proyecto político peronista, la industria argentina dependía de la importación de maquinaria y tecnología extranjeras. El abierto enfrentamiento con los Estados Unidos –que se había intensificado especialmente durante la campaña electoral– y la decisión de no adherir al sistema de Bretton Woods, llevaron a la Argentina peronista a estrechar sus vínculos con otros países.[2]
A los ojos de Buenos Aires, Italia representaba un país potencialmente privilegiado: como comprador de productos agropecuarios, como proveedor de mano de obra y, finalmente, como suministrador de bienes de equipo industrial. Italia se situaba en la intersección de los objetivos de la Argentina peronista. De esta convergencia de intereses, y sobre la base de vínculos históricos preexistentes (De Rosa, 2009), se desarrollaron relaciones económicas y políticas fructíferas entre Italia y la Argentina.
En un intento por suavizar sus vínculos con los Estados Unidos, Italia se presentaba indudablemente como un país preferible, al no contar con ambiciones hegemónicas particulares. Incluso para las autoridades italianas, este elemento geopolítico influía sin duda en la “domanda straordinaria di atricoli italiani in questo mercato”.[3]
Paralelamente, la Argentina se reveló pronto ante Italia como el socio ideal, por razones principalmente de carácter económico. En este contexto, para Italia los intercambios con Argentina resultaban especialmente atractivos por dos motivos fundamentales de orden económico. Por un lado, existía la necesidad de reactivar los flujos de exportación por razones cambiarias, con el fin de sostener el abastecimiento del aparato industrial. Por otro lado, en la inmediata posguerra, se hacía imperioso importar bienes alimentarios de primera necesidad, de los cuales Italia se encontraba peligrosamente desabastecida (Graziani, 1998: 16-23).
Resultaba, por tanto, evidente la oportunidad de restablecer las relaciones económicas con un país que, en aquel momento, parecía capaz de responder a ambas necesidades. Si exportar era una condición imperativa para financiar las importaciones y sostener la producción interna, no se podía tampoco ignorar el marcado interés que el mercado argentino manifestaba hacia la producción italiana.[4] Lo que faltaba era un instrumento que actuara como un vínculo entre estos dos intereses, un puente que conectara Buenos Aires con Roma.
El Istituto per la Ricostruzione Industriale (IRI) fue fundado en 1933 por el régimen fascista con el objetivo de revertir el destino económico y financiero de la Italia golpeada por la crisis mundial de 1929 (Castronovo, 2012). Mediante la adquisición de las tres principales entidades bancarias mixtas italianas de la época (Banca Commerciale Italiana, Banco di Roma, Credito Italiano), el IRI habría asumido indirectamente un papel relevante en el sistema industrial italiano, absorbiendo las significativas participaciones empresariales de estas últimas.
En una década, el IRI logró convertirse en el pilar del sistema productivo italiano, especialmente como herramienta de la política autárquica fascista (Toniolo, 1980). A pesar de los resultados obtenidos tras el final de la guerra, el hecho de haber sido un instrumento de la política económica fascista puso en cuestión su misma existencia (La Bella, 1983). Finalmente, la crisis de legitimidad protagonizada por el Instituto no solo se resolvió, a partir de la constatación de que era imposible prescindir de sus actividades, sino que el IRI se convirtió incluso en el símbolo de la economía mixta italiana.
El IRI se configuró como una entidad mixta público-privada, cuya cúspide política correspondía a una base compuesta por empresas activas en diversos sectores industriales, las cuales gozaban de amplios márgenes de autonomía. El vínculo entre la dirección política y la base empresarial estaba mediado por subholdings sectoriales, denominadas Finanziarie. La profunda articulación del Instituto en el sistema productivo italiano convirtió al IRI, inevitablemente, en un instrumento ideal de política económica exterior. Por ello, el Instituto fue llamado a fungir como punto de encuentro entre los intereses italianos, por un lado, y argentinos, por otro. Las entidades mixtas como el IRI llamaron inmediatamente la atención del entorno técnico-económico del peronismo, como lo demuestra la creación del Instituto Movilizador de Inversiones Bancarias (IMIB) en 1947,[5] aunque para ver la primera forma real de réplica de la fórmula del IRI en Argentina hubo que esperar hasta 1973, cuando se creó la Corporación de Empresas Nacionales (CEN).[6]
Este trabajo pretende arrojar luz sobre un tema que hasta ahora ha sido sustancialmente descuidado por la historiografía, a saber, el papel desempeñado por las instituciones económicas públicas italianas en el proceso de desarrollo argentino de la segunda mitad del siglo XX. Se mostrará cómo la relación triangular entre Italia, Argentina e IRI se desarrolló en un contexto marcado por el proceso de industrialización peronista, la reconstrucción italiana y la reformulación institucional del IRI. El objetivo es ofrecer una primera visión panorámica sobre el tema.
En este trabajo se prestará especial atención a las fuentes y al contexto italiano, con el objetivo de contribuir al enriquecimiento de la vasta bibliografía existente sobre el peronismo.
Los primeros vínculos entre el IRI y Argentina en la posguerra
Al final de la Segunda Guerra Mundial, Argentina se encontraba en una situación comercial particularmente favorable. Entre 1945 y 1946, las exportaciones crecieron un 35,1% en volumen y un 61,5% en valor, consolidando su posición como exportador global de materias primas agrícolas.[7]
Paralelamente, el país mostraba claros signos de sus amplias capacidades de importación. La coyuntura bélica y de la inmediata posguerra permitieron a Argentina aumentar visiblemente la cantidad de reservas internacionales mantenidas en el Banco Central. Usando 1939 como año índice (1939=100), las reservas de oro y moneda internacional crecieron en 241 puntos índice entre 1940 y 1945.[8] Gracias a esta liquidez, entre 1945 y 1946 las importaciones crecieron en media de un 104,8%.[9] Estas amplias capacidades de importación, unidas a las inmensas disponibilidades de exportación, convertían a Argentina en un mercado particularmente atractivo. En misión en Argentina, el entonces delegado de la Banca d’Italia, Pietro Campilli– posteriormente ministro de Comercio Exterior– advertía:
“L’Italia non deve lasciarsi tagliar fuori da questo processo, soprattutto perché l’ambiente è particolarmente orientato verso l’Italia: l’Argentina rappresenta per noi non soltanto un mercato di sbocco e di approvvigionamento, ma per la larga penetrazione italiana può darci-come nessun altro paese-quella collaborazione politica che sul piano internazionale non è facile per noi incontrare”.[10]
Pero el camino que debía devolver las exportaciones italianas a Argentina era todo cuesta arriba. Si en 1937 Argentina importaba productos italianos por 82,9 millones de pesos, en 1945 lo hacía solo por 100.000.[11] Las líneas marítimas que conectaban los puertos italianos con el Río de la Plata habían sido prácticamente suspendidas durante los últimos años de la guerra, y solo a finales de 1946 comenzaban a reanudarse lentamente, impulsadas principalmente por la necesidad de sostener la ola migratoria hacia Argentina.[12] El país debía además enfrentarse a una desconfianza generalizada respecto a la verdadera capacidad de su sistema productivo (Bertuccio, 2023: 378).
Paralelamente, desde la oficina comercial de la embajada italiana en Argentina se señalaba el “momento particolarmente favorevole” para profundizar las relaciones con Buenos Aires, “a causa delle difficoltà di consegne degli Stati Uniti ed Inghilterra [e] per mettere alla prova e rendere effettive le ripetute affermazioni a favore dell’Italia del Presidente Perón”.[13]
Por lo demás, la escasez de divisas libres y convertibles en el mercado mundial ya estaba llevando a Argentina a reorientar su comercio exterior, favoreciendo pactos bilaterales de compensación y acuerdos con aquellos países con el país registraba entonces saldos comerciales favorables, como Italia (Garibotti, 2021: 168). La presencia masiva del IRI en el sistema industrial italiano lo convertía en el actor idóneo para reabrir los flujos comerciales entre ambos países y dar nuevo impulso a la penetración italiana en el mercado argentino.
Sin embargo, la situación del Instituto italiano al final del conflicto no era de las más favorables. La guerra había provocado una reducción de la capacidad productiva del Instituto de aproximadamente el 90% en los sectores naval y siderúrgico, del 45% en el sector mecánico, del 40 % en el sector eléctrico y del 15% en el sector telefónico (Saraceno, 1956: 67). A los problemas de carácter físico se sumaban otras complejas cuestiones de índole financiera, monetaria y organizativa (Bertuccio, 2023: 369). Existía además la delicada cuestión de los vínculos políticos y económicos que habían existido entre el Instituto y el fascismo. Entre 1945 y 1946, casi toda la cúpula directiva del IRI fue sometida a procesos de depuración, aunque finalmente salió prácticamente indemne (Woller, 1997). En definitiva, entre 1945 y 1948, el IRI –al igual que el conjunto del sistema italiano– atravesó una fase de reajuste tan difícil como inevitable. Si para Italia la afirmación en los mercados exteriores fue considerada de inmediato por las autoridades como un objetivo prioritario, tanto desde el punto de vista económico como político (De Rosa, 1997), también para el IRI el mercado externo fue percibido como el medio a través del cual el Instituto podía resolver su crisis de legitimidad y, al mismo tiempo, responder a sus necesidades empresariales (Bertuccio, 2023: 369-372).
En 1946, Agostino Rocca[14], ya presente en Argentina para eludir el proceso de depuración, fue encargado de “studiare la possibilità dell’installazione nei Paesi dell’America del Sud di completi impianti industriali, corredati dai tecnici relativi”.[15] Ese mismo año, aunque no exento de dificultades, tomaron forma las primeras exportaciones a Argentina por parte de las empresas del Grupo IRI. El 5 de septiembre de 1946, superando la fuerte competencia británica, la empresa Ansaldo del Grupo IRI, activa en el sector metalmecánico, logró adjudicarse un importante pedido de 128 grúas portuarias licitado por el Ministerio de Obras Públicas.[16] La operación enfrentó no pocas dificultades, debidas en particular a la escasez de material siderúrgico y a los problemas de abastecimiento energético que en ese momento obstaculizaban la reactivación productiva italiana, pero también a la lentitud del sistema administrativo argentino y a la congestión simultánea del puerto de Buenos Aires (Bertuccio, 2023: 375). El retraso en la entrega de las grúas portuarias incluso llegó a ralentizar el ritmo de los suministros de productos alimentarios que partían del puerto de Buenos Aires, provocando reiteradas solicitudes de aclaración por parte de las autoridades argentinas a la embajada italiana. En cualquier caso, el pedido de las grúas portuarias abrió a la industria del holding las puertas del mercado rioplatense. Al 25 de noviembre de 1946, Ansaldo ya mantenía negociaciones con clientes argentinos para el suministro de diversos bienes de capital: máquinas de vapor por 200.000 dólares, motores diésel marinos e industriales por 200.000 dólares, grupos electrógenos y turboalternadores por 500.000 dólares, herramientas y máquinas herramienta por 50.000 dólares, y materiales de carpintería y trefilados por 150.000 dólares.[17]
Incentivar las exportaciones hacia Argentina era especialmente importante, sobre todo frente al evidente desequilibrio que parecía haber adquirido el comercio ítalo-argentino en la inmediata posguerra. Como señalaba la Società di Navigazione Italia, empresa perteneciente al Grupo IRI,
“la necessità di rifornire l’Italia di prodotti e materie prime indispensabili all’economia nazionale ha provocato un ben più notevole volume di traffico del Sud America verso l’Italia che non viceversa e le previsioni sono per un ulteriore incremento”.[18]
Mientras tanto, Ansaldo y otra empresa del IRI, Cantieri Riuniti dell’Adriatico, del sector naval, se encontraban en negociaciones avanzadas para un pedido mucho más importante: la construcción de cinco barcos para la Flota Mercante del Estado[19]. También surgieron dificultades con respecto a este último pedido, esta vez relacionadas con la moneda de pago. Mientras que Argentina quería pagar el pedido con “libras bloqueadas”[20] o en mercancías, Italia insistía en un pago en dólares. Al igual que Argentina, Italia también poseía una gran cantidad de reservas en libras esterlinas, lo que dio lugar, en algunos casos, a verdaderas fórmulas de comercio triangular: cuando Argentina, en 1949, alcanzó el límite establecido por el acuerdo comercial ítalo-argentino firmado el año anterior[21], muchas de las mercancías italianas fueron exportadas a Inglaterra y luego reexportadas a Argentina; de este modo, Argentina pagaba al Reino Unido con libras esterlinas y este último pagaba legítimamente a Italia en otra moneda (Asso et al., 1998: 148). Sin embargo, no fue este el caso, y la cuestión de los pagos se resolvió: la moneda sería definida por el acuerdo comercial ítalo-argentino, cuyas negociaciones estaban en curso en ese momento (Bertuccio, 2023: 380-382).
En los años siguientes, las exportaciones de las empresas pertenecientes al IRI dirigidas hacia el Río de la Plata explotaron definitivamente, contribuyendo directamente al desarrollo industrial argentino fuertemente impulsado por Perón. Entre 1946 y 1949 se firmaron contratos entre 11 empresas del Grupo y entidades y empresas argentinas por un total de aproximadamente 35,6 millones de dólares en bienes de capital e instalaciones exportadas, capaces de abarcar prácticamente todos los ámbitos de la producción industrial.[22] El 19% de todas las exportaciones italianas a Argentina en el trienio procedían de empresas del IRI.[23]
Al observar las fechas de firma de los contratos, queda claro el fuerte impulso dado por el acuerdo ítalo-argentino firmado el 26 de enero de 1948, que clarificó por completo la cuestión de los pagos de los pedidos. De todos los contratos firmados entre 1946 y 1949, el 79% se perfeccionó después del acuerdo de 1948.[24] Sin duda, en este porcentaje influyó también el lanzamiento del primer plan quinquenal peronista, en el cual el IRI, como se verá, estuvo ampliamente involucrado. En diciembre de 1947, Italia ya era el tercer comprador de exportaciones argentinas (29,5 millones de pesos) y el cuarto país de origen de las importaciones de Buenos Aires (34,5 millones de pesos).[25] Solo en 1948, la Comisión Nacional de Radicación de Industrias (CONRI) autorizó la instalación en Argentina de 57 empresas italianas, cifra que aumentaría al año siguiente[26]. Aunque el intento de convertir el IRI en un centro de coordinación de la acción económica italiana en el extranjero acabó siendo un fracaso (Bertuccio, 2023: 371), eso no significó que el Instituto no desempeñara una función importante en la consolidación de la industria privada italiana en los mercados extranjeros. Este fue, por ejemplo, el caso del grupo Scalera-SADOP, que participó en el plan quinquenal peronista directamente a través de Italstrade, empresa de infraestructuras del Grupo IRI.[27]
El fortalecimiento de estas relaciones era asimismo apoyado desde el ámbito mediático. El 23 de enero de 1947, el Consulado de Italia en Mendoza informó al Ministerio de Asuntos Exteriores sobre un artículo del diario filo-peronista La Palabra, en el que se elogiaban ampliamente los productos industriales italianos, especialmente considerando que Italia había salido derrotada del segundo conflicto mundial.[28]
La participación del IRI en el primer plan quinquenal
El lanzamiento del Primer Plan fue una oportunidad única para la industria italiana, que las empresas del IRI no quisieron dejar pasar. Desde las oficinas del Instituto se subrayaba la necesidad de “intervenire in forma organica in quei mercati europei e d’oltre mare che attraverso programmi di industrializzazione, o piani economici, offrono la possibilità di un cospicuo lavoro concentrato in un limitato numero di anni” especificando que Argentina era uno de esos mercados.[29]
El plan quinquenal peronista atrajo de inmediato el interés de Italstrade, empresa del IRI especializada en el sector de la construcción. Ya el 17 de diciembre de 1946 circulaba en las oficinas de Italstrade un informe sobre el Plan, que en ese momento aún no había sido aprobado por el Congreso argentino.[30] El sector de infraestructuras y de la construcción en general era, sin embargo, en ese momento uno de los más delicados para operar. Italia se encontraba en pleno proceso de reconstrucción edilicia, y todos los esfuerzos debían priorizarse dentro de las fronteras nacionales (Bertuccio, 2023: 385-388). A pesar de ello, Italstrade el 10 de octubre de 1947 obtuvo la autorización del Banco Central de la República Argentina (BCRA) para importar maquinaria y materiales,[31] terminando involucrada en un amplio programa de obras públicas previstas por el Plan,[32] con la contratación de hasta 20.000 obreros italianos.[33]
Lo que del Plan afectaría más directamente al IRI sería probablemente su proyecto más ambicioso: el Gasoducto Patagónico (Castro, 2018). La construcción del gasoducto permitiría conectar Buenos Aires con los yacimientos de gas natural de Comodoro Rivadavia, ubicados a 700 km de distancia, vinculando de una vez por todas la zona más industrializada del país con una fuente energética clave.
El proyecto representaba una apuesta enorme para el equipo técnico peronista, pero se enfrentó de inmediato a dos dificultades aparentemente insuperables: Argentina no poseía ni el material necesario para la construcción del gasoducto, ni una fábrica capaz de fabricarlo. En particular, lo que más preocupaba a los técnicos argentinos era la falta de un elemento, tan escaso como fundamental: los tubos de acero. La ausencia de tubos de acero y de empresas argentinas que pudieran producirlos en grandes cantidades, en poco tiempo y manteniendo buenos estándares de calidad, es un elemento que se menciona frecuentemente en los documentos internos de la Dirección Nacional de Gas del Estado (DGGE). En una carta enviada por la Secretaría de Industria y Comercio al director general del Gas del Estado, Julio Canessa, se expone claramente que la compra de tubos en el extranjero obedecía “a la necesidad de suplir la carencia de materiales de tal naturaleza dentro del país”.[34] La construcción del gasoducto requería en efecto 1.700 km de tubos de acero, pero al inicio de las obras (3 de febrero de 1947) Argentina disponía de una cantidad suficiente solo para cubrir una extensión de 31 km.[35] La carta de presentación del plan quinquenal, así como la obra emblemática de la política de industrialización del peronismo, corría el riesgo de naufragar desde sus inicios, enfrentándose a las carencias estructurales del tejido industrial argentino.[36]
Como se mencionó anteriormente, numerosos directivos y funcionarios del IRI fueron acusados de complicidad con el régimen fascista primero y nazi después, representando uno de los problemas que el Instituto tuvo que enfrentar en la inmediata posguerra. Aunque la disposición fue retirada para gran parte de los acusados, ello provocó, no obstante, la salida del país de una parte de ese aparato técnico-burocrático (Bertagna, 2007). En las relaciones entre el IRI y Argentina, este evento tuvo una importancia crucial. De hecho, implicó el autoexilio en Argentina de uno de los directivos más destacados del IRI, así como protagonista indiscutido de la sociedad siderúrgica Dalmine, otra empresa siderúrgica del Instituto: Agostino Rocca. Punto de conexión clave en las relaciones italo-argentinas de la posguerra, Rocca llevó consigo a toda una serie de ex técnicos y directivos del IRI, quienes fueron agrupados en Techint. Fundada en Milán en 1945, Techint hizo su fortuna precisamente en Argentina, desempeñando un papel fundamental tanto en el proceso de industrialización del país sudamericano como en la penetración del IRI en el mercado industrial argentino.[37]
Rocca desempeñaba en ese momento también el papel de representante de las industrias siderúrgicas y mecánicas del Grupo en Argentina.[38] En busca del primer gran contrato para lanzar y legitimar el papel de su empresa Techint en el país, el ex ingeniero del IRI intuyó inmediatamente las potencialidades inherentes al gran proyecto del gasoducto. Si para Argentina era prácticamente imposible producir localmente la cantidad de tubos necesarios, simultáneamente existían grandes dificultades para importarlos desde Estados Unidos, tanto por razones políticas como estrictamente económicas. En ese momento, Estados Unidos no permitía la libre exportación de productos, como por ejemplo los tubos soldados, considerados necesarios para la reconstrucción europea y el fortalecimiento industrial nacional (Castro, 2018: 175). Al mismo tiempo, la industria alemana, el mayor productor mundial de tubos de acero, estaba prácticamente inactiva o impedida de exportar.[39]
Para Rocca, el éxito de la operación era particularmente importante frente a otro sueño pendiente del exingeniero del IRI: el de establecer una fábrica de tubos sin costura en Argentina. Rocca sabía perfectamente que para la realización de este último ambicioso proyecto era indispensable el apoyo activo de la Dalmine, líder indiscutible en la producción de tubos sin costura tipo Mannesmann. Además, conocía muy bien a Dalmine, así como los ámbitos de la siderurgia italiana de donde provenía. Sabía que para Dalmine, reabrir los mercados exteriores significaba reactivar plenamente el ritmo de su producción, hasta entonces estancada.[40]
A pesar de la evidente convergencia de intereses entre Argentina e Italia, las negociaciones para la adjudicación del contrato fueron todo menos sencillas. Era necesario convencer a la DGGE sobre la seriedad de la propuesta italiana y la conveniencia y eficiencia de los tubos sin costura, superar la voluntad del gobierno argentino de asignar a la empresa argentina Siam-Di Tella la producción de los tubos, así como vencer la feroz competencia estadounidense, líder en la producción de tubos soldados (Castro, 2018).
El 16 de abril de 1947, el director general de la DGGE, Julio Canessa, informó a Teófilo Tabanera, presidente de la comisión enviada a Estados Unidos para sondear los intereses estadounidenses sobre el gasoducto, que había recibido una oferta de la Dalmine.[41] Después de una intensa semana de negociaciones llevadas a cabo en su mayoría por Techint, el 22 de abril de 1947 Dalmine se adjudicó el pedido más grande registrado hasta entonces por la siderurgia italiana: 33.000 toneladas de tubos de acero tipo Mannesmann, que posteriormente se ampliaron a 45.000 toneladas tras una extensión del contrato.[42] La compra de los tubos a Dalmine fue gestionada directamente por el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI), en coherencia con el papel fundamental que desempeñó el Instituto en la política comercial peronista.[43]
De hecho, la oferta de Dalmine resultó ser mucho más conveniente que las presentadas hasta entonces a Julio Canessa. El precio de los tubos de la propuesta italiana era de 39,34 dólares por metro lineal, frente a los 53,80 dólares de la mejor oferta estadounidense, la de Southeastern, y además la calidad fue considerada incluso superior por los funcionarios de Gas del Estado.[44] El contrato estipulaba que el primer lote de tubos debía arribar al puerto de Buenos Aires antes del 31 de diciembre de 1947. Pero ya en septiembre, la empresa del IRI logró entregar los primeros tubos para el gasoducto, demostrando así su fiabilidad (Castro 2018: 176).
Por su parte, Techint se mostró como un instrumento particularmente eficaz para defender los intereses del IRI durante el desarrollo de los trabajos. En julio de 1947, por ejemplo, las presiones del propio Rocca sobre las autoridades argentinas fueron fundamentales para la apertura de un crédito de 50.000 dólares a favor de Dalmine en la Banca Commerciale Italiana, sin el cual la empresa del IRI amenazó sin ambages con la resolución inmediata del contrato.[45] A partir de noviembre de 1947, el constante trabajo de presión llevado adelante por Techint fue además fundamental para que Dalmine lograra un aumento continuo en el precio del contrato. Según el artículo 5 del contrato entre Dalmine y Gas del Estado, el precio de los tubos por tonelada métrica era fijo solo para un 25% del total, mientras que un 42% era variable según los cambios en el costo del acero en el mercado libre de Pittsburgh, y otro 33% se calculaba en función de las variaciones mensuales del costo del personal de la industria metalúrgica en el norte de Italia, teniendo en cuenta las fluctuaciones del tipo de cambio entre la lira y el dólar.[46] De la documentación presente en el Archivo General de la Nación de Buenos Aires se desprende que desde el invierno de 1947 hasta mayo de 1950, Dalmine logró obtener la revisión de los costos casi en todas las ocasiones en que la solicitó.[47]
Para Italia, el contrato habría abierto definitivamente el camino a la exportación siderúrgica del IRI hacia Argentina.[48] Para Perón, significó la realización, en tiempo récord, de la obra más significativa de todo el plan de obras públicas previsto en el plan quinquenal, la cual habría sido imposible sin el aporte de los productos de Dalmine.[49] Los documentos de archivo confirman no solo la magnitud del contrato argentino, sino también su importancia para Dalmine. Si en 1946 la empresa producía 4.371 toneladas de tubos por mes, en 1948 habría producido 11.670 toneladas, superando el récord anterior establecido en 1940[50]. A lo largo de 1947, la empresa habría producido aproximadamente 91.080 toneladas de tubos, mientras que el pedido de Gas del Estado ascendía a 46.000 toneladas. Potencialmente, por lo tanto, el compromiso asumido representaba el 50,5% de la producción total anual de tubos de Dalmine.[51] Un año más tarde, la empresa perteneciente al Grupo IRI obtuvo un nuevo contrato para el suministro de 40.000 tubos de acero destinados a perforaciones petrolíferas, por encargo de la empresa estatal argentina YPF. Sumado a otros pedidos de menor envergadura, este encargo elevó el volumen total de exportaciones de tubos de los establecimientos siderúrgicos italianos hacia Buenos Aires a aproximadamente 110.000 toneladas.[52] En los primeros ocho meses de 1948, el 43% de toda la producción de tubos de Dalmine fue absorbido por el mercado exterior, del cual un 60% correspondía exclusivamente a pedidos procedentes de Argentina.[53] A finales de 1948, las empresas de Finsider, subholding siderúrgica del Grupo, habían recibido pedidos de productos metalúrgicos por parte de decenas de empresas argentinas, por un valor total de 29 millones de dólares.[54]
El proyecto de Rocca se realiza: la creación de la Dalmine-Safta
La exitosa conclusión del contrato relativo al gasoducto Comodoro Rivadavia-Buenos Aires, junto con el pedido realizado por YPF para tubos destinados a perforaciones petrolíferas,[55] convencieron definitivamente a Dalmine a comprometerse con la realización del sueño de Rocca: la construcción de la que sería la primera fábrica de tubos sin costura en todo el país, Dalmine-Safta, en su planta de Campana (Castro, 2014).
Los planes para la constitución de una fábrica de tubos de acero sin costura se remontaban a los primeros contactos entre Agostino Rocca y el empresario ítalo-argentino Torcuato di Tella, en abril de 1946 (Offeddu, 1984: 199). Con tal fin, en septiembre de 1947 se propuso a Finsider, subholding siderúrgica del IRI, la posibilidad de exportar íntegramente la planta de Apuania, propiedad al 50% de Dalmine, a Argentina. Sin embargo, los planes de Dalmine para la planta de Apuania eran otros, y el 17 de diciembre de 1947 Finsider escribió a Techint negando la exportación de la instalación.[56] Simultáneamente, también Torcuato Di Tella se retiró del negocio (Offeddu, 1984: 219).[57] El sueño de Rocca parecía haberse estancado desde su inicio, pero el papel desempeñado en los contratos obtenidos por Dalmine revirtió rápidamente la situación.
Efectivamente, Dalmine había obtenido el importante contrato de aproximadamente 40 mil toneladas de tubos para perforación petrolera gracias a la activa gestión de Techint previo compromiso de apoyar la construcción en Argentina de una fábrica para la producción de tubos de acero sin costura.[58] Los tiempos parecían especialmente propicios, también gracias al lanzamiento del ambicioso Plan Siderúrgico Nacional, parte integrante del primer plan quinquenal (Belini, 2005: 101).
En una carta fechada el 8 de noviembre de 1948, Rocca informaba a la Finsider que había logrado incluir a la recién constituida Dalmine-Safta (25 de agosto de 1948) entre las industrias de interés nacional, lo que le permitía beneficiarse ampliamente de las ventajas previstas por el Plan Siderúrgico. Rocca estaba ya tan convencido de la construcción de la planta que llegó a desafiar directamente a la Finsider:
“Dichiarata la fabbrica di interesse nazionale, essa sarà comunque realizzata. Qualora da parte italiana mancasse l’interesse alla partecipazione azionaria ed alla fornitura del macchinario, siamo stati formalmente invitati a procedere alla realizzazione per conto di potenti gruppi argentini. Il macchinario sarebbe in tal caso fornito dall’industria tedesca in collaborazione con l’industria nordamericana”.[59]
En noviembre de 1948, Rocca ya había obtenido las autorizaciones necesarias para la expropiación de aproximadamente 100 hectáreas en el territorio de Campana (a 70 km de Buenos Aires).[60] Finalmente, el 23 de diciembre de ese mismo año, Dalmine se incorporó oficialmente al proyecto Dalmine-Safta, con una participación cercana al 24%.[61] Esta participación, aunque relativamente minoritaria, implicaría un compromiso mucho más orgánico por parte de Dalmine de lo que los simples números podrían sugerir.
En primer lugar, para la construcción de la planta de Campana se preveía la importación de nada menos que 60.000 toneladas de tubos de acero desde la Dalmine, alimentando así el flujo de exportación de la sociedad del IRI hacia Argentina[62]. Además, la participación italiana estaba sujeta a toda una serie de compromisos que Dalmine-Safta asumiría con los establecimientos italianos: 1) La Dalmine-Safta se limitaría a instalar únicamente un tren de laminación medio y un banco de empuje (además del conjunto de instalaciones auxiliares y de acabado), y a producir tubos con un diámetro exterior máximo de 178 mm; 2) la Dalmine mantendría la dirección de la política de ambas fábricas en el marco de eventuales acuerdos internacionales; 3) la Dalmine prestaría, contra el simple reembolso de los gastos, su asistencia técnica y administrativa para el diseño, selección y pedido de materiales, instalación y puesta en marcha de las instalaciones, así como para la gestión ordinaria de Dalmine-Safta; 4) los establecimientos italianos confiarían, sin embargo, a Dalmine-Safta la representación comercial exclusiva de sus productos en la República Argentina y en Uruguay, con la posibilidad de considerar una eventual ampliación del mandato a otros países de América del Sur y Central; 5) por último, Dalmine-Safta se comprometía a ofrecer, tanto en Argentina como en el exterior, exclusivamente productos Dalmine para todos aquellos artículos que no pudieran ser fabricados por sus futuras instalaciones, con la prohibición de emprender cualquier otra actividad dentro del mismo sector.[63]
El proceso de construcción de la fábrica enfrentó diversos problemas, sobre todo de carácter burocrático y político. Los retrasos se debieron sin duda a las dificultades que atravesó la economía argentina entre 1949 y 1952, además de múltiples obstáculos administrativos e institucionales. En particular, la concesión de los permisos de cambio para las importaciones se condicionó a la firma de un contrato de exportación de carne argentina a Italia por un valor equivalente al de la maquinaria importada. Finalmente, fue la propia Dalmine-Safta la que asumió el costo de los 260.000 dólares de diferencia entre el precio de la maquinaria y el valor de la carne. Las autoridades argentinas impusieron además nuevas trabas a la naciente empresa siderúrgica. Primero exigieron a Dalmine-Safta acelerar el proceso de construcción de la planta, imponiéndole la obligación de incluir en la primera fase del proyecto también la segunda, correspondiente a la instalación de un tren de laminación. Posteriormente, se solicitó a la empresa que se dedicara exclusivamente a la producción de tubos de gran diámetro para perforación petrolera, exigencia que, como se ha señalado, contradecía directamente los compromisos asumidos con la Dalmine respecto a las dimensiones de los tubos que podían fabricarse en Argentina. Finalmente, se requirió que la mayoría accionaria de la empresa quedara en manos de una sociedad argentina, preferentemente la Siam-Di Tella. Más allá de esta última medida, de carácter claramente nacionalista, el resto de las exigencias pueden interpretarse como consecuencias directas de la crisis cambiaria de 1949. Finalmente, la necesidad de reconciliarse con el capital extranjero condujo, entre 1951 y 1952, a la superación de estos obstáculos (Offeddu, 1984: 226-235). En otoño de 1953 también recibiría una importante financiación del Banco de Crédito Industrial Argentino (BCIA) por valor de unos 22 millones de pesos.[64] Aunque con algunos meses de retraso respecto a lo previsto, hacia mediados de septiembre de 1954 se inauguró oficialmente la planta de Campana.[65]
La crisis del peronismo y sus consecuencias
Los acontecimientos ocurridos entre 1947 y 1949 parecían haber reforzado aún más el estrechamiento de las relaciones entre el IRI y Argentina. En este proceso estuvo directamente involucrada otra empresa del IRI a la que ya se ha hecho referencia anteriormente. En 1949, la Società di Navigazione Italia, de hecho, transportaba anualmente una carga de mercancías de nada menos que 186.000 toneladas a través de las dos líneas que conectaban Génova y Trieste con Buenos Aires.[66] El crecimiento de la actividad naviera de la empresa del Grupo en Argentina, impulsado en realidad principalmente por el transporte de pasajeros, llevaría a Italia a adquirir, en diciembre de 1949, un edificio de siete plantas en Buenos Aires, donde establecería sus oficinas de representación para toda Sudamérica.[67]
Mientras tanto, desde las oficinas de la Banca d’Italia también se destacaba el extraordinario crecimiento de los intercambios comerciales entre Roma y Buenos Aires. En un informe reservado enviado a la Administración Central de la Banca d’Italia el 21 de septiembre de 1948, se señalaba la “la straordinaria domanda di articoli italiani in questo mercato” subrayando también que esa demanda “in parte è stata anche conseguenza dell’arresto delle importazioni di carattere industriale dagli S.U. [Stati Uniti]”.[68]
Si en 1948 Italia ocupaba el tercer lugar entre los países de origen de las importaciones, en 1949 había ascendido incluso al primero, con un total de 742,2 millones de pesos en bienes importados.[69]
El impresionante crecimiento de las exportaciones italianas hacia Argentina entre 1946 y 1948, junto con la drástica reducción de las importaciones desde Buenos Aires, debido al progresivo cese de la necesidad de aprovisionamientos alimentarios, había transformado, a finales de 1948, a Italia de deudora a acreedora frente a Argentina. Si en 1947 Italia había contraído dos deudas con Argentina por un total de 666 millones de pesos, a finales de 1948 Roma no solo había logrado extinguir íntegramente la primera deuda de 350 millones de pesos, sino que además había acumulado, en cuenta de compensación, un crédito de 246 millones de pesos.[70] Durante los primeros diez meses de 1949, Argentina ya había agotado el cupo de 80 millones de dólares establecido en los acuerdos del año anterior.[71] Este aspecto seguiría siendo motivo de constante preocupación para las autoridades argentinas, alarmadas por la “reticencia de los importadores italianos” a adquirir productos argentinos.[72]
La crisis económica y sistémica de 1949-1952 afectó profundamente el comercio ítalo-argentino. La disminución de las exportaciones, el aumento de las importaciones y las presiones inflacionarias provocaron, entre 1949 y 1952, una crisis económica y cambiaria de la cual Argentina solo se recuperó, con dificultad, en 1953-1954.[73] La crisis expuso por un lado los límites del peronismo y, por otro, las restricciones estructurales de Argentina. Frente a la restricción de la balanza de pagos, durante su segundo mandato Perón implementó un verdadero cambio de rumbo, centrado en particular en una parcial vuelta al campo y en una política de apertura al capital extranjero.[74] Si la modernización agrícola era considerada la clave para aumentar las exportaciones, el capital extranjero se juzgaba como neurálgico para la transición de una ISI fácil a una difícil, es decir, para el desarrollo de una industria pesada en el país (Hirshman, 1968).
Por lo tanto, Perón volvió a retomar, en parte, los pasos típicos de la historia económica argentina: exportar lo más posible y atraer los flujos extranjeros. En este contexto deben entenderse tanto el acercamiento de Perón a los Estados Unidos (Bertuccio y Sabatini, 2026), culminado en el conocido preacuerdo con Standard Oil en 1955, como la Ley de Inversiones Extranjeras de 1953, mediante la cual se concedió al capital y al crédito extranjero un papel complementario en el desarrollo económico e industrial del país (Rapoport, 2020: 397).
El capital italiano se benefició particularmente, considerando que en 1954 representaba el 39% del total de autorizaciones. La misma Dalmine-Safta de Rocca pudo aprovechar las ventajas de dicha ley (Altimir et al., 1967: 372).
Tra 1949 y 1952 se asistió a un verdadero colapso en el transporte de mercancías hacia Argentina: las exportaciones hacia Buenos Aires, que ascendían a 77,9 mil millones de liras en 1949 (Istituto Centrale di Statistica, 1952: 277), habían caído a 10,6 mil millones en 1952 (Istituto Centrale di Statistica, 1955: 248). Esto ocurría justamente cuando el mercado argentino habría cobrado una importancia mayor para Italia. La caída de la demanda internacional tras el fin del auge coreano a finales de 1951, así como el endurecimiento de los contingentes y las medidas restrictivas sobre las importaciones por parte de dos socios comerciales clave para Italia, Francia y el Reino Unido, en 1952, estaban afectando gravemente la balanza comercial italiana (Fauri, 1996: 206-208).
Entre 1950 y 1953, las dificultades internas argentinas afectaron directamente también las relaciones comerciales entre el IRI y Buenos Aires. Los problemas monetarios de Argentina y el fuerte desequilibrio de la balanza comercial entre ambos países tuvieron, con toda probabilidad, un impacto directo en la atenuación de la intensidad de la acción de las empresas del Instituto en el país. El último pedido de cierta relevancia en Argentina para la empresa Ansaldo, por ejemplo, fue el correspondiente a la central hidroeléctrica "César Cipolletti", en Río Negro, adjudicado el 18 de noviembre de 1949 por la Dirección General de Agua y Energía Eléctrica (DGAEE).[75] Por lo demás, la empresa del IRI pareció centrarse en la finalización de los pedidos argentinos en curso, posponiendo para tiempos más propicios la adquisición de nuevos contratos.[76] En cuanto al sector mecánico, solo la exportación italiana de tractores, favorecida por la vuelta al campo peronista, experimentaba un crecimiento sustancial, del cual el grupo IRI estaba prácticamente excluido debido al casi monopolio de FIAT en el país (Robertini, 2020)[77] y a la fuerte competencia extranjera.[78]
También el sector siderúrgico del Grupo estaba sufriendo las dificultades económicas de Buenos Aires. En un informe de Finsider sobre las exportaciones del sector se destacaba precisamente este aspecto, subrayando como “l’Argentina, che fino al 1950 era stato un buon mercato per la siderurgia italiana, si è ridotto al solo 2%” entre los países de destinación.[79] Argentina ya no figuraba entre los siete principales destinos de la producción de Dalmine, que por sí sola representaba el 37% de las exportaciones siderúrgicas del IRI, ni en 1952 ni en 1953, después de haberlo sido cómodamente hasta 1951. Con la excepción de las 6 mil toneladas de productos siderúrgicos diversos de otra empresa siderúrgica del IRI, Ilva, en estos últimos años del peronismo no se registró un flujo comercial significativo en el sector siderúrgico del Instituto hacia Argentina.[80]
En 1954 la situación parecía mejorar rápidamente[81], pero el derrocamiento de Perón en septiembre de 1955 asestó un duro golpe a las relaciones políticas y económicas que Italia y Argentina habían tejido durante esos años. La gradual recuperación de la economía argentina facilitó un renovado dinamismo en el comercio ítalo-argentino, aunque no alcanzó los niveles logrados durante el primer mandato de Perón. Las exportaciones italianas a Argentina aumentaron a 20,6 mil millones de liras en 1953, alcanzando aproximadamente los 36 mil millones en 1955 (Istituto Centrale di Statistica, 1956: 93). Durante 1953-1954, probablemente como reflejo de los efectos del acuerdo de 1952 y del crecimiento simultáneo del consumo interno en Italia, las importaciones procedentes de Argentina superaron las exportaciones italianas a Buenos Aires, invirtiendo así el patrón comercial anterior (Istituto Centrale di Statistica 1956: 293).
Para 1955, Italia se había convertido en el segundo acreedor europeo de Buenos Aires (BCRA, 1958: 75) y en el sexto país del mundo en términos de inversión en Argentina (Bertagna, 2016: 618). Sin embargo, durante el último año de su presidencia, el favor de Perón hacia Italia pareció mantenerse más en términos retóricos que efectivos. El acercamiento con Estados Unidos estaba, de hecho, relegando la relación con otros países a un papel menos fundamental, incluida la relación especial con Italia. Así, a la continua retórica pro-italiana se contraponía una realidad marcada por las acusaciones italianas de discriminación hacia los emigrantes del sur de Italia y la no renovación del acuerdo comercial, sobre el cual la delegación argentina que llegó a Roma en 1955 mantuvo una actitud negativa (Bertuccio y Sabatini, 2026). En conjunto, Italia y Argentina mantuvieron excelentes relaciones durante las dos presidencias de Perón, situación que Italia sufrió durante el proceso de des-peronización impulsado por la Revolución Libertadora (Bertuccio y Sabatini, 2026).
Conclusiones
Los acontecimientos descritos nos ofrecen una imagen clara de las relaciones italo-argentinas, mediadas por la acción del IRI. Estas relaciones se situaron en el centro de una triple intersección de intereses convergentes: 1) el proceso de industrialización “independiente” de Argentina, tal como fue narrado por Perón; 2) la necesidad de Italia de utilizar un instrumento capaz de abrir mercados extranjeros para sus exportaciones industriales; 3) la necesidad del IRI de encontrar su propia acomodación dentro de la nueva estructura republicana.
La necesidad de importar instrumentos y tecnología industrial desde países con un nivel más desarrollado de industrialización, en un período de distensión en las relaciones con Estados Unidos, convirtió a Italia en un socio comercial privilegiado para los objetivos de desarrollo peronistas. En este sentido, el caso Dalmine-Safta encarnó el encuentro entre una necesidad infraestructural y estratégica del gobierno argentino y la oferta tecnológica y productiva de un sector clave del IRI, todo ello mediado por la intervención privada de Techint, que se impuso como un vínculo fundamental entre lo público y lo privado, entre Italia y Argentina.
Por decisión de las autoridades políticas y económicas del país –que hicieron de la baja inflación y la estabilidad monetaria los pilares de la política económica italiana– la reconstrucción del sistema industrial, al finalizar la guerra, debía llevarse adelante tratando de limitar el crecimiento del mercado interno. El mercado externo se convirtió, entonces, en una solución óptima para armonizar el crecimiento de la producción industrial con los objetivos de estabilidad interna. El proceso de industrialización argentino atrajo de inmediato los intereses italianos. Los fuertes vínculos “humanos”, derivados de la larga historia de emigración italiana hacia el Río de la Plata (De Rosa 2007), allanaron el camino a los intereses más propiamente económicos, basados en la situación de complementariedad que vivían los mercados italiano y argentino en ese momento.
Para el Istituto di Ricostruzione Industriale era indispensable dirigirse al mercado externo por diversas razones: dada la intencionada limitación del mercado interno italiano, la capacidad de absorción de este último no lograba satisfacer las necesidades de reactivación de toda la capacidad productiva de sus empresas, especialmente en el período inmediato de posguerra, con la reducción parcial de los pedidos militares; el uso del IRI como instrumento para combatir el alto desempleo impulsó al Instituto a buscar contratos también fuera de las fronteras nacionales; además, para el IRI era fundamental encontrar un espacio legítimo dentro de la nueva estructura republicana, y su relación con el mercado externo, potencial y efectivo, representó sin duda un elemento que facilitó la reinserción orgánica del IRI en el universo institucional italiano.
Los acontecimientos vinculados a los contratos relacionados con el lanzamiento del primer plan quinquenal peronista reflejan claramente la creciente importancia que adquirió el mercado externo para Italia y para el IRI. En ese momento, Argentina representó un campo de prueba privilegiado para el IRI. Allí, también, los factores humanos, ligados al intento de depuración de la burocracia fascista, se combinaron con factores económicos y políticos, estos últimos derivados de la voluntad de las autoridades italianas de utilizar al IRI como instrumento de política económica exterior.
Hacia finales de 1955, era evidente cómo el “esfuerzo exportador” del Instituto era capaz de alimentar los procesos de industrialización, tanto italiano como argentino. La relación triangular entre Italia, Argentina e IRI se había desarrollado intensamente entre 1946 y 1949, apoyando el proceso de desarrollo peronista y la reconstrucción italiana. Esta triangulación virtuosa entró en crisis únicamente con la crisis sistémica de la Argentina peronista. Dado el estrecho vínculo mantenido durante esos años, la caída de Perón afectó duramente las relaciones italo-argentinas, situándose en el centro del proceso de des-peronización del país promovido por la autoproclamada Revolución Libertadora. La conclusión de esta etapa, sin embargo, daría paso de inmediato a otra marcada por los años del desarrollismo, en la cual se presenció un rápido acercamiento entre ambos países. Pero estos acontecimientos excederían el alcance de este trabajo.
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Notas
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