Sección Especial
Manos Diversas, Tintas Comunes. Esclavizados, indígenas y españoles en la imprenta del turinés Antonio Ricardo (Lima, 1581-1586)
Diverse Hands, Shared Ink. Enslaved people, Indigenous people, and Spaniards in the printing press of the Turinese printer Antonio Ricardo (Lima, 1581-1586)
Manos Diversas, Tintas Comunes. Esclavizados, indígenas y españoles en la imprenta del turinés Antonio Ricardo (Lima, 1581-1586)
Prohistoria. Historia, políticas de la historia, núm. 44, 1-22, 2025
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)
Recepción: 01 Abril 2025
Aprobación: 02 Julio 2025
Publicación: 22 Diciembre 2025
Resumen: Este artículo analiza la primera imprenta de Lima para cuestionar la idea de que la producción de libros, como el Vocabulario en la lengua general del Perú (1586), fue un proyecto exclusivamente europeo. A partir del análisis de los impresos y de la documentación notarial de Antonio Ricardo, se reconstruye la organización laboral de su taller y se identifican doce trabajadores de orígenes africanos, indígenas y castellanos. El hallazgo revela una producción multirracial apenas considerada por la historiografía. El estudio propone que la imprenta limeña funcionó como un laboratorio colonial de convergencia socio-racial, clave para entender la temprana globalización.
Palabras clave: Cultura Impresa Colonial, Historia del Libro, Trabajo Racializado, Hibridez Cultural, Andes Coloniales.
Abstract: This article examines the first printing press in Lima to question the idea that the production of books, such as the Vocabulario en la lengua general del Perú (1586), was an exclusively European project. Based on the analysis of the printed works and the notarial documents of Antonio Ricardo, the study reconstructs the labor organization of his workshop and identifies twelve workers of African, Indigenous, and Castilian origin. The findings reveal a multiracial production process largely overlooked by historiography. The article argues that the Lima press functioned as a colonial laboratory of socioracial convergence, essential for understanding early globalization.
Keywords: Colonial Print Culture, Book History, Racialized Labor, Cultural Hybridity, Colonial Andes.
Introducción[1]
La llegada de la imprenta a la Lima virreinal en 1584 marcó un hito en la historia cultural de los Andes coloniales. Tras el gobierno del virrey Francisco de Toledo (1515-1582), cuando la corona española buscaba afirmar su control institucional y territorial sobre el virreinato del Perú, la imprenta de Antonio Ricardo desempeñó un papel decisivo en dicha labor. Su taller apoyó la evangelización hispanocatólica al publicar en letras de molde los textos estandarizados destinados a las misiones andinas. Entre ellos destacó el Vocabulario en la lengua general del Perú, llamada Quichua, y en la lengua española (1586), que fue parte de un esfuerzo conjunto del arzobispo de Lima, Toribio de Mogrovejo (1538-1606), de los demás prelados sudamericanos y de las órdenes religiosas, en especial de los jesuitas. Reunidos en el III Concilio Limense (1583), los líderes eclesiásticos buscaron traducir y sistematizar el catolicismo tridentino para adaptarlo al contexto americano y difundirlo en lenguas indígenas como el quechua y el aimara (Tudini, 2024: 88; Van Loon, 2025: 85). El taller de Ricardo materializó esa empresa editorial.
Antonio Ricardo, impresor originario del ducado de Saboya (Italia), llegó a Lima en 1581 tras haber trabajado como maestro de su propio taller en México (1578-1580), donde imprimió catecismos y vocabularios en lenguas indígenas para las misiones de Nueva España.[2] Su traslado al Perú enfrentó varios obstáculos. El virrey Martín Enríquez de Almansa le impidió ejercer su oficio por haber viajado sin licencia virreinal. Sin embargo, la contingencia del Concilio Limense, que generó la necesidad inmediata de elaborar un proyecto editorial estandarizado para las nuevas misiones, permitió a Ricardo instalar su taller en el Colegio de los Jesuitas (Guibovich, 2019: 22-30).
El funcionamiento de la imprenta ricardiana plantea un problema más amplio que la historia técnica del libro o la mera difusión de la palabra escrita. La historiografía la ha analizado como una empresa europea al servicio del poder político español y de la evangelización. Sin embargo, un estudio detallado de otro tipo de documentación, como la generada por Ricardo y sus escribanos, ofrece al investigador un escenario distinto. Argumento que su taller fue un espacio de trabajo compartido por actores cuyas funciones estaban dispuestas en una jerarquía, desde el maestro hasta el tirador de la imprenta manual, y que, además, tenían orígenes diversos, lo que demuestra la naturaleza multirracial del mercado laboral colonial. Esa constatación abre un campo nuevo de preguntas: ¿cómo incidieron los trabajadores subalternos en la creación de libros bilingües en la Lima virreinal? ¿de qué manera este fenómeno obliga a revisar la hegemonía europea sobre la cultura escrita y, en particular, la impresa? Este estudio propone leer la imprenta limeña no como un instrumento técnico impuesto desde Europa, sino como un laboratorio de interacción cultural que trasciende los límites del modelo europeo.
Para sostener esta hipótesis, el análisis parte de la identificación de los trabajadores que participaron en el taller de Ricardo. Comprender quiénes fueron, cómo se organizaron y qué tareas desempeñaron permite reconocer que la imprenta de Lima no fue una empresa aislada, sino un espacio donde confluyeron personas de orígenes diversos: esclavos africanos, indígenas, mestizos, religiosos y funcionarios. Juntos colaboraron en la producción de libros destinados a la mediación entre lenguas y culturas en el nuevo proceso de evangelización posconciliar. Desde esta perspectiva, la imprenta como taller y el libro colonial como objeto material emergen como artefactos híbridos fruto de una red interactiva de trabajo compartido más amplia y compleja que la del mero impresor europeo.
Este enfoque temático permite avanzar en el conocimiento colonial de dos historiografías que se tienden a observar desde el canon europeo, como la de la cultura escrita en general y la del libro en particular. Los estudiosos han analizado cómo el prototipo de Gutenberg generó una verdadera “revolución” en las formas de circulación y difusión del conocimiento en dos momentos cruciales: la reforma religiosa y la revolución científica (Eisenstein, 1979). Los estudios posteriores han continuado analizando espacios geográficos y temporales bajo la lupa de importantes ciudades imprentas, como Venecia o Lyon, durante el siglo XVI (Behringer, 2006; Dover, 2021). De ahí que imprentas periféricas, como la limeña, no hayan sido consideradas en el centro de dicha revolución tecnológica.
Los investigadores han señalado que la imprenta fue trasladada al Nuevo Mundo como una herramienta indispensable, aunque siempre estuvo sujeta a un estricto control ideológico (Guibovich, 2004). Tal vez sea resultado de la fortuna que ha tenido el concepto de “ciudad letrada”, formulado por Ángel Rama. Para este autor, las élites hispanohablantes, como los religiosos, administradores, escribanos y funcionarios, emplearon la escritura para legitimar el orden social y político europeo, relegando a los pueblos indígenas y a las poblaciones africanas al margen de la producción cultural (Rama,1998).
Entonces se daría una contradicción entre una revolución que permite desarrollar múltiples esquemas comunicativos en Europa y un simple taller sometido a un control reduccionista, originado por el poder colonial y, por lo tanto, no moderno en los Andes. Estos parámetros, sin embargo, han reducido el análisis de la historia del libro y han ocultado la diversidad de actores y medios que participan, con estrategias y materiales diversos, en los procesos de comunicación a nivel imperial y global (Araneda, 2023: 21-22). Conviene ir más allá del modelo de la “ciudad letrada”, como proponen Joanne Rappaport y Tom Cummins, para mostrar cómo otros actores coloniales, de distintas calidades socio-raciales, participaron en la cultura escrita de maneras diversas (Cummins & Rappaport, 2011; Dueñas, 2010; Jouve Martín, 2005; Ramos & Yannakakis, 2014).
La historiografía de la cultura impresa, en particular la del libro en Nueva España, además de los valiosos aportes de Pedro Guibovich en Perú, ha avanzado en la comprensión de los diversos agentes que intervinieron en la producción y circulación del libro. Esto ha desafiado la idea de que los talleres funcionaban solo con trabajadores europeos y ha puesto de relieve la participación de personas esclavizadas, indígenas y pertenecientes a otras castas, lo que ha abierto nuevas perspectivas de análisis (García, 2015). También se ha reconocido el papel activo de las mujeres en el negocio del libro, lo que ha permitido visibilizar su conocimiento técnico dentro de auténticas dinastías de impresores a ambos lados del Atlántico (Maillard & Cachero, 2024; Gehbald, 2024). Sin embargo, todavía se sabe poco sobre la vida interna de los talleres coloniales y sobre la interacción cotidiana entre los distintos actores que los conformaban. Este estudio explora ese vacío a través del caso de la imprenta de Antonio Ricardo en Lima, con la intención de entender cómo la colaboración entre trabajadores de diferentes orígenes enriqueció la producción del libro colonial.
Este artículo aborda la imprenta limeña como un laboratorio de interacción social y técnica entre diversos actores-trabajadores. Metodológicamente, combina la lectura de material y paratextual de los impresos con documentación notarial para restituir a escena a quienes movieron la prensa, corrigieron las pruebas y sostuvieron el taller. La primera sección reconstruye la composición del taller de Antonio Ricardo y su inserción en los regímenes coloniales de trabajo; la segunda, examina las posibles tareas y las competencias técnicas de esos agentes, así como su aporte a los libros surgidos del debate conciliar. Con ello, el estudio cuestiona una narrativa exclusivamente europea de la cultura impresa y propone entender el libro colonial como un objeto híbrido, fruto de la creación de un trabajo compartido entre actores de diversos orígenes en la Lima virreinal.
La imprenta como espacio de convergencia socio-racial
Todo libro guarda las huellas de quienes participaron en su creación. En sus páginas y paratextos se entrelazan privilegios de imprenta, marcas textuales y decisiones técnicas que permiten reconstruir la red de agentes implicados en su producción (Sherman, 2018). Este principio resulta especialmente útil para examinar el Vocabulario en la lengua general del Perú, llamada quichua, y en la lengua española, impreso por Antonio Ricardo en 1586, uno de los primeros testimonios del trabajo tipográfico en el virreinato del Perú. Si bien la autoría del texto continúa siendo objeto de debate debido a su anonimato (Van Loon, 2020), el único nombre que figura en la obra es el de Antonio Ricardo, identificado como impresor. Además, escribió el proemio dedicado al virrey Fernando de Torres y Portugal (1585-1589). El libro muestra, al mismo tiempo, que su taller funcionaba bajo el sistema de control impuesto por las autoridades coloniales sobre los textos mandados imprimir por el III Concilio Limense, como el Cathecismo y el Confessionario publicados el año anterior. En ese marco, la “Provisión Real” del Vocabulario menciona a otros participantes en el proceso de impresión:
“a la impresión asistan el padre Ioan de Atienza, rector de la Compañía de Iesus, y el padre Ioseph de Acosta de la dicha Compañía, con dos de los que se hallaron a la traduction della nuestra lengua castellana, en las lenguas de los indios; con que assi mismo assista uno de los secretarios de la Real Audiencia, para que den testimonio de los cuerpos que se imprimieren, y de como ninguna otra cosa se imprimió mas del dicho Catecismo, y Confesionario y preparación de las dichas lenguas”[3]
Por un lado, debían estar los dos autores de la traducción, probablemente por cada lengua (aimara y quechua) además de dos autoridades religiosas y una civil. La disposición real responde al interés por vigilar la impresión de los textos religiosos y garantizar la fidelidad doctrinal de los ejemplares. Por esa razón, la Real Cédula autorizó la presencia de miembros de la Compañía de Jesús y de un secretario de la Audiencia con el fin de certificar las obras impresas y asegurarse de que se publicaran únicamente los textos aprobados por el Concilio. Los traductores, Atienza, Acosta y los secretarios ejercieron un control ideológico sobre la impresión, pero no tuvieron injerencia técnica en la producción (Chartier, 2018: 50-51). Esa tarea correspondía a Antonio Ricardo, maestro impresor, encargado de coordinar los recursos humanos necesarios para elaborar estos primeros libros del taller. Sin embargo, poco se sabe sobre quiénes fueron esos trabajadores y qué funciones desempeñaron en la imprenta limeña.[4]
Una primera aproximación al interés que tuvo Ricardo al organizar a los trabajadores para su propio taller se observa en su viaje desde Acapulco hasta El Callao de Lima en 1581, junto con los castellanos Pedro Pareja y Gaspar de Almazán, oficiales de su imprenta novohispana. Sin embargo, como Ricardo no era súbdito español y el traslado se realizó en contra de las disposiciones del virrey Martín Enríquez, no obtuvo licencia para imprimir en Lima hasta 1583 (Guibovich, 2019: 24-25). Pareja, en cambio, sí contaba con autorización virreinal para viajar y, gracias a su condición de castellano, presentó una petición al Consejo de Indias, respaldada por el Cabildo y la Universidad de Lima, con el propósito de establecer la imprenta de Ricardo. En la solicitud se señalaba que:
“para que pueda imprimir las obras que Vuestra Magestad fuere servido mandarle dar privilegio por algún tiempo y ha haziendole alguna merced de algunos indios hasta cantidad de cuarenta o cinquenta para ayuda la costa de la dicha imprenta y para el servicio de ella”[5]
Pareja solicitaba el privilegio para imprimir junto con la concesión de entre cuarenta y cincuenta indígenas destinados al servicio de la imprenta. La fuerza de trabajo se dividía en dos funciones. Por un lado, una parte de los trabajadores debían contribuir al sostenimiento económico del taller como activos financieros. Por lo que podían ser enviados a otras actividades con el objetivo de generar un ingreso que permitiera a la imprenta sostenerse económicamente. Por otro lado, los demás debían trabajar en la producción técnica de los libros. Esta propuesta en general evidencia que la instalación de la imprenta debía sustentarse en el trabajo indígena y, en particular, utilizando los mecanismos coloniales de asignación y contrato de mano de obra.
Este detalle permite situar la imprenta en el sistema laboral del mundo andino, lo que resultó esencial para comprender su funcionamiento y su papel en la sociedad colonial. Hasta ahora, la historiografía ha tendido a analizarla como un espacio técnico o intelectual, desvinculado de las relaciones de trabajo que lo sustentaban. Sin embargo, la imprenta también fue un taller artesanal, sujeto a las mismas condiciones que otros oficios urbanos del virreinato. Durante el siglo XVI, en el Perú coexistieron distintas formas de trabajo. Era un sistema basado en un continuo que abarcaba desde la esclavitud, basada en la propiedad de personas, principalmente de origen africano e indígena (Bowser, 1974: 110-124; Revilla Orías, 2020: 77-80), hasta el trabajo asalariado, formalmente libre pero condicionado por la dependencia económica y las jerarquías gremiales (Salas Olivari, 2004: 97-100; Gil Montero, 2011).
Entre ambos extremos existieron regímenes intermedios con ámbitos de acción específicos. La encomienda, vinculada sobre todo al medio rural y minero, otorgaba derechos de tributo y servicio sobre las comunidades indígenas sin implicar propiedad sobre las personas, aunque en la práctica funcionó como una forma encubierta de trabajo forzado (Presta, 1997). El servicio personal, de carácter urbano y doméstico, también imponía labores obligatorias sin mediación contractual (Zavala, 1978: 115-146). Finalmente, la mita toledana reclutaba de manera rotativa y obligatoria a los varones indígenas para el trabajo en la minería y las obras públicas (Cole, 1985: 1-22; Gil Montero, 2011: 307). Todas estas modalidades no operaban de forma aislada: se entrelazaban en la vida cotidiana y configuraban una red compleja de relaciones laborales y sociales (Quiroz, 2022: 88-101). Además, en las ciudades, este tipo de oficios artesanales reunía en un mismo espacio a personas de orígenes socio-raciales diversos: indígenas, africanas, mestizas y europeas, agregando una nueva variable al fenómeno laboral.
Esta diversidad no era ajena a la experiencia laboral de Ricardo que conoció en Castilla y en Nueva España. Junto con el contrato de aprendizaje y las asociaciones comerciales, en Castilla coexistían diversas formas de trabajo que eran adaptables a los distintos contextos. La escasez de regulación permitió emplear a numerosos obreros, incluidos esclavos, sin que hubieran completado su formación (Griffin, Clive, 2005: 175; González Arévalo, 2022). Un ejemplo temprano se registró en 1539, cuando Juan de Cromberger envió a cinco esclavos, junto con Juan Pablos, desde Sevilla para fundar el primer taller novohispano (García, 2015: 114; Millares & Calvo, 1953: 18 y 24). El empleo de personas esclavizadas en la imprenta, por tanto, formaba parte de las prácticas habituales de la época. Antes de abandonar la Ciudad de México, el propio Ricardo cedió al contador mayor Julián Dávila los servicios personales de una indígena chichimeca llamada María, lo que ilustra la naturalización de estas formas de trabajo en la economía colonial (Pascoe, 2019: Sec.v).
El taller de Antonio Ricardo en Lima puede entenderse como un espacio de convergencia socio-racial, donde la interacción entre distintas formas de dependencia y de libertad moldeó una producción editorial y material híbrida. Las fuentes conservadas en el Archivo General de la Nación en Perú permiten identificar a varias personas vinculadas con Ricardo en la imprenta, lo que nos abre una ventana al pasado. A través de estos registros, es posible reconstruir parcialmente la organización del trabajo entre 1583 y 1586, justo cuando se gestaron los libros bilingües promovidos por el III Concilio Limense. Aunque las fuentes no revelan la experiencia concreta de quienes trabajaron junto a Ricardo, sí permiten delinear las dinámicas que dieron forma a ese momento decisivo.
Los contratos y compraventas realizadas ante escribano público, además del testamento de Ricardo, revelan, ante todo, la diversidad social y étnica de quienes trabajaron en su imprenta, un aspecto poco abordado por la historiografía (Fig. 1). La presencia de personas africanas, indígenas, mestizas y europeas evidencia la compleja red de relaciones laborales que sostuvo la producción de libros coloniales. Esto nos permite apreciar cómo los actores subalternos desempeñaron un papel clave en la creación material del conocimiento en el mundo urbano colonial.
| Año | Tipología | Nombre | Identidad | Precio (pesos de plata ensayados) |
| 1584 | Esclavo | Melchor | Persona esclavizada de tierra Bioho | 380 |
| 1584 | “Oficial de Naipes”/ Depósito (1584 y 1598) | Pedro | Persona esclavizada de África | |
| 1584 | Aprendiz | Domingo de Carvajal | Posiblemente castellano (Sabe escribir) | |
| 1584 | Aprendiz | Francisco Martín | Posiblemente castellano (No sabe escribir) | |
| 1585 | Esclava/Depósito (1586) | Antonia con dos hijos (Pasqual y Phelipe) | Persona esclavizada de tierra Bran | 650 |
| 1585 | Esclavo | Francisco Biáfara | Persona esclavizada de África | 450 |
| 1586 | Deposito | Dos anónimos | Persona esclavizada de África | |
| 1586 | Trabajador de la imprenta | Antón | Indígena | |
| 1586 | Sin información | Alonso | Indígena de Taray, mércali del Cuzco | |
| 1586 | Sin información | Juan | Indígena | |
| 1586 | Esclavo | Ana | Persona esclavizada de África | |
| 1586 | Oficial de Imprenta | Francisco del Canto | Castellano |
Entre 1584 y 1586, el taller de Antonio Ricardo contó con una marcada presencia de personas esclavizadas, cuya participación fue decisiva tanto en el trabajo cotidiano como en la estabilidad económica de la imprenta. De los doce trabajadores identificados, el 50% eran de origen africano, el 25% eran indígenas y el 25% eran castellanos. La mayoría de estos trabajadores eran africanos, lo que refleja la dependencia de Lima, en ese periodo, de la trata atlántica como principal fuente de mano de obra.[7] El caso de Ricardo se inscribe así en una tendencia general observada en otros espacios urbanos del virreinato meridional (Jáuregui, 2023; Tardieu, 2001).
Los trabajadores africanos tenían diversos origines. Para el año 1584, Ricardo compró a Melchor, originario de la tierra Bioho y tasado en 380 pesos, junto con Pedro, a quien enseñó el oficio de fabricar naipes. Al año siguiente aparecen Antonia, procedente de tierra Bran, y sus hijos Pasqual y Phelipe, valorados en 650 pesos. En los registros de 1586 figuran Francisco Biáfara, también de origen africano y tasado en 450 pesos, además de dos personas anónimas y una mujer llamada Ana, sin detalle de sus actividades.
Los esclavizados procedentes de las tierras de Bioho, Bran y Biáfara representan tres zonas clave del tráfico atlántico del siglo XVI. Tierra Bioho se ubicaba en el archipiélago de Bijagos, en Guinea-Bissau, cerca del puerto de Cacheu, un punto estratégico del comercio en Senegambia. Tierra Bran correspondía a la actual Costa de Marfil, habitada por grupos akan como los branes, capturados en rutas controladas por los portugueses. Los Biáfaras provenían de la región del río Camerún, vinculada al Golfo de Guinea y a puertos como Calabar, centros activos del comercio transatlántico (Tardieu, 2001: 87-89). La presencia de personas de orígenes tan diversa evidencia el alcance global de las redes esclavistas desde África y su inserción en un pequeño taller tipográfico del Perú.
La imprenta también incorporó a trabajadores indígenas, aunque su participación contractual sigue siendo poco conocida. En 1586 aparece un contrato con el indígena Antón, mientras que Alonso, natural de Taray y probable hablante de quechua cuzqueño, y Juan, ambos sin detalle de sus funciones dentro del taller. Algunos años después, en 1594, Ricardo contrata como aprendiz de la imprenta a Francisco, natural de Huamanga (actual Ayacucho). Su caso indica una probabilidad significativa, aunque limitada dado que no es español, de avanzar en la jerarquía natural del oficio tipográfico.
No obstante, fueran trabajadores contratados en el mundo artesanal,[8] en la práctica las personas de origen indígena podían quedar sujetas a patrones de esclavitud. En el caso de Alonso y Juan, aunque figuran en el testamento como trabajadores indígenas, la falta de detalles sobre su situación sugiere que pudieron estar sometidos a formas de coerción similares a las de los esclavizados como servicio personal. Este panorama muestra cómo las fronteras entre el trabajo contratado y el forzoso resultaban porosas, reflejo de la complejidad de las dinámicas laborales coloniales.[9]
La participación mestiza en el taller es menos visible, aunque significativa. En 1592 se documenta a Pedro López, aprendiz de imprenta y mestizo natural de Huamanga. Su caso sugiere que los mestizos también podrían acceder a funciones técnicas en las imprentas coloniales, e incluso actuar como mediadores lingüísticos y culturales en espacios de gran diversidad étnica. Sin embargo, los cargos de mayor especialización técnica en el taller de Antonio Ricardo parecen haber recaído principalmente en trabajadores castellanos. Junto con Pedro Pareja y Gaspar de Almazán, quienes probablemente murieron antes de 1586, posiblemente hubo otros oficiales formados en ese entorno laboral. En 1584, Ricardo contrató a dos aprendices, Domingo de Carvajal y Francisco Martín, quien era analfabeto; aunque se desconoce la función exacta de cada uno.[10]
Sin lugar a dudas, entre los colaboradores del taller sobresale Francisco del Canto, quien ocupaba el puesto de oficial, cargo que requería dominio del proceso tipográfico y experiencia en la manufactura del libro. La trayectoria de Del Canto ilustra la colaboración entre tipógrafos durante el periodo colonial. Natural de Medina del Campo, un importante centro editorial castellano, provenía de una familia vinculada al oficio del libro. Su padre, también llamado Francisco, tuvo tres hijos: Alonso, heredero en Medina del Campo; Santiago, fallecido en Lima; y Francisco, colaborador de Ricardo en 1586 (Pérez Pastor, 1895: 497). La asociación entre Ricardo y Del Canto fortaleció la capacidad técnica del taller y garantizó un flujo continuo de recursos y saberes provenientes de los libreros de Castilla. Al final de su vida, Ricardo legó su imprenta limeña al joven Francisco (1606). Es así como las jerarquías laborales marcadas por el origen social y étnico generaban que los europeos concentraran los cargos de mayor prestigio.
En la Lima virreinal, la imprenta y otros talleres artesanales actuaron como espacios de convergencia socio-racial dentro de un régimen en el que la jerarquía tenía un peso tanto legal como étnico. La alta demanda de mano de obra impulsó la integración de personas esclavizadas, indígenas y de castas libres en múltiples oficios urbanos (Quiroz Chueca, 2022: 92-98). Las categorías coloniales de casta, que definían a los indígenas como “indios” y a los africanos como “negros”, regulaban el acceso a derechos y protecciones legales y, al mismo tiempo, establecían jerarquías laborales. Aun así, africanos e indígenas participaron activamente en la redefinición de esas categorías impuestas por el orden colonial (OʹToole, 2012: 1-16; Fisher & O’Hara, 2009: 1-37; Floyd, 2025: 115-147). En talleres como el de Antonio Ricardo, podemos imaginar que la convivencia entre estos grupos generó relaciones complejas en las que la cooperación y el conflicto se entretejían en la vida urbana.
Un aspecto poco analizado respecto al inicio de la imprenta en Lima fue el papel de las mujeres. Solo en los últimos años ha empezado a recibir atención crítica por parte de especialistas (Garone, 2008;Gehbald, 2023, 2024). Catalina de Agudo, casada con Antonio Ricardo, es un caso que permite observar este tipo de participación en el mundo tipográfico colonial. Viuda del renombrado librero Melchor Trechsel e hija de Francisco Agudo, un destacado comerciante de libros en Toledo, Catalina heredó una vasta experiencia en el mundo del libro y construyó una red de contactos que fortaleció significativamente la trayectoria de Antonio Ricardo.[11] Aunque las fuentes no detallan explícitamente su labor en los talleres de México y Lima, Catalina llegó a la capital peruana después de 1586 y, dada su experiencia y sus vínculos, es razonable inferir que desempeñó un papel activo en la imprenta del turinés (Establés Susán, 2018: 176). Su intervención trasciende los límites asignados a las mujeres de la época: fue una agente estratégica en la expansión de la imprenta colonial, cuya influencia merece ser reconocida y estudiada con mayor profundidad.
En definitiva, diferentes personas de orígenes diversos compartieron ese espacio tipográfico, al igual que en Europa. Sin embargo, aquí se sintió la influencia de la compleja jerarquía socio-racial del virreinato, de donde el mercado editorial no estaba excluido. Esta red de trabajadores evidencia el carácter colectivo de la imprenta y las tensiones raciales, sociales y económicas que la atravesaban. Comprender esa estructura es el primer paso para acercarse a las manos que imprimieron las letras.
Manos que imprimen letras
La documentación notarial ofrece pocas pistas sobre el papel que desempeñaron los trabajadores en la imprenta de Ricardo. La tipografía, como un arte arquitectónico,[12] requería de estos agentes para realizar las tareas manuales: mover las hojas, preparar la tinta, accionar el torno, colgar los pliegos, compilar las páginas y encuadernar los volúmenes. Estas labores suelen asociarse a personas consideradas “analfabetas”, aunque no es algo que se pueda extrapolar a simple vista. La presencia de individuos subalternos por su condición socio-racial en espacios vinculados a la escritura muestra que los libros de Ricardo no fueron productos exclusivamente europeos, sino también andinos y africanos, lo que es testimonio de la diversidad cultural de la Lima virreinal.
La trayectoria de Ricardo se basó en su movilidad como tipógrafo itinerante por Europa. En primer lugar, sus primeros patrones, los hermanos Farina de Turín, colaboraban con impresores de renombre como Guillaume Rovillé, en cuyo taller en Lyon Ricardo aprendió las habilidades necesarias para convertirse en maestro.[13] Las imprentas lionesas reunían trabajadores e impresores de distintos orígenes, en su mayoría inmigrantes europeos, sobre todo de los estados italianos, y producían libros en varios idiomas, entre ellos el francés, el italiano y el castellano (Davis, 1966). Además, su experiencia como apoderado comercial de Rovillé le permitió viajar por un amplio territorio: Venecia, Turín, Lyon, Medina del Campo y Toledo. Desde sus inicios, Ricardo se formó en diversos entornos laborales y lingüísticos, experiencia que le permitió adaptarse con facilidad al mundo colonial.
Además, su conocimiento técnico formaba parte de esa experiencia intercultural. Guillaume Rovillé, maestro tipógrafo en Lyon, fue descrito por Nathalie Zemon Davis como un artesano meticuloso y comprometido con cada etapa del proceso editorial. Su taller estableció un estándar de calidad que dejó una huella duradera en el aprendiz Antonio Ricardo, quien se formó en ese entorno exigente y cosmopolita.[14] Pero la consolidación de su carrera no puede entenderse sin Catalina de Agudo. Ricardo obtuvo su primera imprenta justo cuando Catalina llegó a México en 1577. Su experiencia en el oficio fue tan decisiva que se ha sugerido que la instalación del taller novohispano pudo haberse pospuesto hasta contar con su participación (Garone Gravier, 2007: 465).
Ya en Lima, Ricardo debió enfrentar la impresión del Vocabulario bilingüe sin el apoyo de Catalina y, posiblemente, sin el de uno de sus oficiales, fallecido poco antes.[15] Para el impresor, este proyecto representaba una tarea decisiva, aunque no era su primera experiencia en el género: en 1578 había publicado un vocabulario similar en México. De hecho, cuando Ricardo explicó que su viaje al Perú era para establecer una imprenta destinada a servir a la evangelización, señaló: “[el] usar el dicho oficio é imprimir libros de Doctrina Christiana, ansi en lengua natural como latina, y de español, y otras cualesquier lenguas, de que resultara utilidad a los naturales de aquella tierra”.[16]
En su discurso, la imprenta se presentaba como una herramienta para la conversión y la enseñanza cristiana. El libro, producto material del taller, debía reflejar esa misión mediante su calidad técnica, como lo anuncia el frontispicio del Vocabulario: “el más copioso y elegante que hasta agora se ha impresso.” En el proemio, escrito por el propio Ricardo, afirmaba que:
“con mucha solicitud y costa mia he procurado imprimir los decretos del Concilio Provincial […] [además] se hiziesse una Cartilla, y Cathecismo, Confessionario y Sermonario, con todo lo concerniente y necesario, para el entendimiento de todo ello, assi en las lenguas Indicas, Quichua y Aymara, como en la lengua española para que los Naturales pudiessen yr aprendiendo nuestra lengua, y los españoles juntamente aprendiesen la dellos. Todo lo qual se ha puesto hasta agora en essecusion”[17]
Imprimir un libro en la Lima colonial requería la coordinación de un equipo de trabajo tan diverso, como el que Ricardo logró reunir entre los trabajadores que adquirió y contrató. Los oficios en un taller tipográfico se pueden dividir en dos. Por un lado, está el maestro-impresor, garante de todo el proceso, y el corrector, quien debía corregir las pruebas de la imprenta. Por otro lado, se encontraban el componedor, el batidor y el tirador, quienes realizaban una tarea manual y, por lo tanto, más física (García, 2015). Los correctores, en el caso del Vocabulario, estaban ya establecidos en la Real Provisión de 1584. Las traducciones a las lenguas quechua y aimara exigían correctores especializados, imposibles de hallar fuera del virreinato. De hecho, se justifica la impresión en Lima por:
“no ser poder llevar para lo imprimir a los nuestros Reynos de Castilla por no poder yr allá los Correctores de las dichas lenguas Quichua y Aymara, como por el irreparable y grave daño, que se seguiría de venir viciosa la dicha impresión, y los errores, que se podrían mostrar a los dichos naturales”[18]
El corrector era responsable de revisar las pruebas y de verificar cada página compuesta en la imprenta manual. Su trabajo requería dominio de la gramática, la ortografía, la etimología, la puntuación y el uso de las tildes. También debía conocer autores que escribían en griego y hebreo, y distinguir barbarismos o solecismos.[19] En el contexto limeño, esa labor implicaba, además, familiaridad con el quechua y el aimara, lenguas esenciales para la tarea evangelizadora del taller de Ricardo.
No existe información sobre los traductores que realizaron el Vocabulario, quienes debían estar dentro del taller al momento de su corrección. Pero sí sabemos que José de Acosta (1540-1600) y Juan de Atienza (1546-1592) revisaron cada página y cada libro editado con el objetivo de asegurar la ortodoxia de los textos. Acosta, jesuita nacido en Medina del Campo, llegó a los Andes en 1572 y se convirtió en un referente de la evangelización con De Procuranda Indorum Salute (Salamanca, 1589), obra fundamental de la modernidad misional (Torres Saldamando, 1882: 2-23). Atienza, también jesuita y natural de Valladolid, arribó al Perú en 1581, donde destacó como teólogo y consejero del virreinato y de la Inquisición virreinal (Torres Saldamando, 1882: 24-31). Ambos participaron activamente en los Concilios de Lima, que marcaron el cierre del primer ciclo de evangelización liderado por las órdenes mendicantes. Desde entonces, promovieron una nueva etapa, más doctrinal y encabezada por los jesuitas, centrada en la elaboración de catecismos estandarizados para los territorios del antiguo imperio incaico (Estenssoro, 2003, párrs. 90-99).
No menos importantes eran los tres trabajadores manuales: el componedor, el batidor y el tirador. Siguiendo el relato del corrector madrileño Gonzalo de Ayala realizado en 1619 (Infante, 1982), el componedor o cajista era el encargado de “juntar y componer las letras” y debía dominar la gramática castellana, el cálculo y el orden tipográfico para garantizar la claridad del texto impreso. Era el artesano que convertía el manuscrito en formato impreso, ajustando los tipos según el formato (folio, cuarto u octavo) y cuidando la alineación, la legibilidad y la proporción de la página. Aunque parecía una tarea mecánica, Ayala subraya que requería concentración, cálculo y sentido visual: el tipógrafo debía prever el diseño final y retener en la memoria la disposición de las letras y los espacios antes de cerrar la plancha para la impresión. Con la matriz hecha, era el batidor quien aplicaba la tinta a los tipos tipográficos, mientras que el tirador accionaba el torno para presionar los moldes contra el papel y asegurar la impresión. A estas labores se sumaban la organización y el secado de los pliegos, que completaban el flujo de trabajo. Ayala comparó la impresión con una forma de “arquitectura”, una metáfora que refleja la precisión y la disciplina técnica que Ricardo impuso en su taller.
Hacia mediados de 1586, probable fecha de impresión del Vocabulario,[20] el taller reunía a varios trabajadores esclavizados de origen africano (Melchor, Pedro, Antonia, Francisco Biáfara y Ana), a otros trabajadores indígenas (Antón, Alonso de Cusco y Juan) y al oficial castellano Francisco del Canto. Aunque la documentación permite reconocer algunas funciones concretas, las labores del resto pueden deducirse del contexto y de las dinámicas cotidianas del trabajo tipográfico. En el caso de Antonia y Ana, ambas esclavizadas, es probable que se ocuparan de tareas domésticas vinculadas al mantenimiento del taller. En la Lima virreinal, muchos espacios de impresión se ubicaban dentro de las viviendas de sus propietarios, lo que fusionaba el ámbito doméstico con el laboral (Quiroz Chueca, 2022: 35). Esta cercanía debió intensificar los roles de género, especialmente porque la imprenta de Ricardo operaba en un espacio reducido dentro del Colegio de San Pablo (Guibovich, 2019: 62). Antonia y Ana, en ese marco, habrían asumido labores indispensables para el funcionamiento material y humano de la imprenta.
En el caso de Melchor y Francisco Biáfara, esclavizados, no es posible conocer con exactitud sus funciones, pero todo apunta a que participaron en el proceso físico que permitía la producción de libros. Probablemente fueron tiradores, un oficio que exigía accionar la prensa y mantener un ritmo constante de impresión. En Sevilla y México se documenta el uso de africanos esclavizados en esta tarea, una de las más demandantes por requerir fuerza y precisión a la vez (Griffin, 2005: 156). Sin embargo, no todos los trabajadores esclavizados ocuparon los mismos roles: el caso de Pedro, oficial de naipes, sugiere un mayor grado de especialización.[21] Según Pardo Sandoval (1990: 223), pudo haberse desempeñado como grabador, una habilidad esencial para elaborar el escudo del virrey del Perú, conde de Villardompardo, que adorna el frontispicio del Vocabulario impreso por Ricardo.
Además, estos trabajadores esclavizados no solo realizaban el trabajo tipográfico, sino que también formaban parte de su capital comercial. Pedro, esclavo y oficial de naipes, fue hipotecado en 1584 como garantía de una deuda de 800 pesos, lo que revela su doble condición de artesano especializado y de activo financiero. De modo similar, Antonia, junto con sus dos hijos, fue embargada para cubrir una deuda de 420 pesos. Estos casos muestran cómo la esclavitud se integraba al sistema crediticio y productivo del taller, donde las personas eran tratadas cruelmente como instrumentos financieros dentro de la maquinaria colonial (Quiroz Chueca, 2022: 89).
Además, esta dimensión ya había sido explorada como forma de financiar la imprenta. Como se señaló al inicio, la imprenta de Ricardo había solicitado cincuenta indígenas como trabajadores y como ayudas de costa.[22] La cifra registrada en esa petición difiere ampliamente de la reconstrucción obtenida a partir de los protocolos notariales, pero revela un patrón constante: los esclavizados aparecen con frecuencia en las operaciones económicas de Ricardo, incluso como intermediarios en actos de compraventa.[23]
Sobre los trabajadores indígenas vinculados a Ricardo (Antón, Alonso de Taray y Juan) no se conservan registros claros de sus funciones, por lo que pudieron desempeñar cualquiera de las tareas ya descritas. En el testamento del impresor (1586), Antón aparece como un indígena que lo “sirvió”, quizá en calidad de aprendiz de la imprenta, aunque al momento de testar trabajaba en el monasterio de San Francisco de Lima. Ricardo declara una deuda con él de ciento cincuenta pesos, lo que indica una relación laboral formal y, posiblemente, remunerada, poco habitual para un trabajador indígena en ese contexto.[24] También figura Alonso, indígena del Cuzco y hablante de quechua, quien pudo haber sido el cajista de las secciones en lengua indígena del Vocabulario, aunque esta colaboración no está documentada de forma explícita. Van Loon (2025: 37-94) ha destacado el papel de las imprentas como mediadoras de vocabularios y manuales, en los que la colaboración entre impresores y correctores requería cierta competencia lingüística. En muchas de ellas, el corrector leía en voz alta mientras el cajista realizaba las enmiendas, una práctica también descrita por Anthony Grafton (2011: 8; Van Loon, 2024: 210). No significa que Alonso actuara como corrector, sino que participaba en un entorno sociolaboral en el que su propia lengua estaba en evaluación, especialmente al corregir las primeras páginas impresas de los libros, por lo que no es probable que fuera indiferente. Esto ayuda a ilustrar cómo los impresos coloniales integraban saberes locales en su proceso de producción, un fenómeno que estudios recientes, como el de Laura León Llerena (2023), han comenzado a destacar.
Eso es lo que podemos decir sobre la división del trabajo en la imprenta ricardiana. Otro elemento para destacar es que este taller mostraba una alta rotación laboral: aprendices que desaparecían de los registros tras un año de formación o trabajadores vendidos a terceros. Esta inestabilidad plantea dudas sobre la capacidad del maestro impresor para retener su capital humano y sostener la empresa en términos económicos.[25] Es probable que Ricardo no haya podido liberar a las personas esclavizadas en su testamento, ya que, al estar endeudado, debía mantenerlas como parte de su patrimonio para garantizar el pago de sus acreedores. El hecho revela el carácter profundamente violento del sistema esclavista, en el que los cuerpos se convertían en recursos financieros indispensables para mantener en pie la imprenta.[26]
En síntesis, al igual que otros oficios artesanales del periodo colonial, el trabajo tipográfico reunió identidades raciales y sociales diversas, cuyas interacciones generaron efectos que aún no alcanzamos a dimensionar (Fisher & O’Hara, 2009; OʹToole, 2012; Verdi Webster, 2017). Los contratos y actas notariales revelan la participación de africanos esclavizados, indígenas y mestizos, quienes aportaron experiencia laboral y cultural en la producción de libros. Estas categorías, lejos de ser estáticas, definían derechos y jerarquías, pero también abrían margen para negociar posiciones dentro del orden colonial. En ese entramado, las relaciones laborales impulsaron la creación de experiencias compartidas en torno a los libros que como artefacto era profundamente híbrido.
Conclusión
En Hybridity and Its Discontents, Carolyn Dean y Dana Leibsohn (2003) cuestionan los esquemas binarios empleados para clasificar los objetos culturales en contextos coloniales. Quisiera retomar esa discusión para preguntar si los libros producidos en la Lima virreinal pueden considerarse exclusivamente europeos, cuando su elaboración involucró a actores de orígenes sociales y raciales diversos (Floyd, 2025: 146-147). A partir del caso de la imprenta de Antonio Ricardo, la respuesta apunta a una realidad más compleja: los impresos limeños del siglo XVI fueron artefactos híbridos, moldeados por la participación de personas esclavizadas de origen africano, junto con trabajadores indígenas, mestizos y europeos. Esta dimensión material no fue secundaria frente a la ideológica. La labor física y técnica de quienes componían, imprimían o corregían coexistió con el esfuerzo intelectual de codificar una lengua extranjera a partir del contacto directo con sus hablantes. Ambas esferas se entrelazaron en un mismo proceso de creación cultural.
Aunque los vacíos documentales impiden precisar el papel de cada trabajador, los nombres conservados en los protocolos notariales (Melchor, Pedro, Antonia, Francisco Biáfara, Ana, Antón, Alonso de Taray, Juan, Pedro López y Francisco del Canto) revelan la diversidad de manos que participaron en la producción de los libros, tanto en lenguas indígenas como en castellano. Más allá de las jerarquías y desigualdades del orden colonial, la imprenta limeña operó como un espacio de interacción. Lejos de ser una simple transferencia tecnológica desde Europa, la tipografía se adaptó a las realidades locales, integrando el trabajo de personas indígenas y africanas esclavizadas en distintas etapas de la producción.
En última instancia, el estudio de la imprenta de Antonio Ricardo invita a reconsiderar las categorías tradicionales desde una perspectiva más amplia. La noción de “revolución de la imprenta”, concebida como fenómeno exclusivamente europeo, necesita de estas imprentas periféricas para reconocer la participación de actores subalternos en la fabricación de impresos misionales. De igual modo, la “ciudad letrada” se vuelve más compleja al visibilizar el papel de quienes movieron prensas y prepararon tintas, aunque su trabajo quedó fuera del registro escrito. Cada folio que salía del taller de Ricardo fue, en ese sentido, testimonio material de múltiples manos que, al entrelazarse, configuraron la cultura impresa del virreinato peruano.
Agradecimientos
Agradezco profundamente las enriquecedoras conversaciones y el valioso apoyo de las historiadoras Kate Mills, Michelle McKinley y Carolina González Undurraga. Asimismo, agradezco a Caroline Cunill y Germán Morong Reyes la oportunidad de presentar una versión preliminar de este trabajo en las XIV Jornadas de Estudios Coloniales y Modernos y a los evaluadores de Revista Prohistoria.
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Notas
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