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La institucionalización del saber historiográfico en Córdoba entre 1926 y la década de 1940 vista a partir de los intercambios entre dos comunidades intelectuales

The institutionalization of historiographical knowledge in Córdoba between 1926 and the 1940s as seen through interactions between two intellectual communities

Pablo Manuel Requena
Universidad Nacional de Córdoba, Argentina

La institucionalización del saber historiográfico en Córdoba entre 1926 y la década de 1940 vista a partir de los intercambios entre dos comunidades intelectuales

Prohistoria. Historia, políticas de la historia, núm. 44, 1-32, 2025

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)

Recepción: 17 Abril 2025

Aprobación: 19 Mayo 2025

Publicación: 22 Diciembre 2025

Resumen: El artículo reconstruye parte del proceso de institucionalización de la escritura historiográfica en la ciudad de Córdoba entre la década de 1920 y la de 1940. Se concentra en dos momentos: la fundación de la Filial Córdoba de la Junta de Historia y Numismática Americana en 1926 y la inauguración del Instituto de Estudios Americanistas de la Universidad Nacional de Córdoba en 1936; entre ambos se detecta la vital actividad de una comunidad de académicos –con lazos e intercambios con una comunidad de historiadores constelada en torno a la Junta de Historia y Numismática Americana y a Ricardo Levene en la Capital Federal– aunque la creación de 1936 marcó una novedad: fue la primera vez que la historiografía se institucionalizó en el marco de la Casa de Trejo.

Palabras clave: Historia de la Historiografía, Córdoba, Institucionalización de la Historia, Universidad Nacional de Córdoba, Nueva Escuela Histórica.

Abstract: This article reconstructs part of the process of institutionalization of historiographical writing in Córdoba between the 1920s and the 1940s. It focuses on two key moments: the founding of the Córdoba Branch of the Junta de Historia y Numismática Americana in 1926 and the inauguration of the Instituto de Estudios Americanistas at the Universidad Nacional de Córdoba in 1936. Between these two events, a vibrant community of scholars emerged that maintained exchanges with a network of historians clustered around the Junta de Historia y Numismática Americana and Ricardo Levene in Argentina’s city capital. However, the 1936 creation marked a turning point: for the first time, historiography was institutionalized within the framework of the Casa de Trejo.

Keywords: History of Historiography, Córdoba, Institutionalization of History, Universidad Nacional de Córdoba, Nueva Escuela Histórica.

El lugar donde nació el historiador Funes, el pensador que abarcó la extensión del horizonte y el tránsito del antiguo al nuevo régimen, es el mismo en el que vieron la luz el general Paz, el soldado técnico inflamado por la pasión de la libertad contra la tiranía de Rosas, que representa la unión de Buenos Aires y las Provincias, y el viejo Vélez, el jurisconsulto que encarna la tradición del Derecho Patrio y la Codificación del Derecho privado para consolidar la estructura jurídica de la nacionalidad.

Figuras provincianas por su ascendencia, por su entrañable arraigo en la madre tierra, por las originalidades y la luz del paisaje que llevaron para siempre consigo y retrataban fielmente aun en el semblante, pero grandes figuras nacionales por la acción esforzada, por las proyecciones del pensamiento civilizador concebido en este centro geográfico de la Nación y por el ejemplo que dieron estas vidas cordobesas consagradas al bien público…

Ricardo Levene (1941)

Introducción

Este artículo reconstruye dos episodios del proceso de institucionalización de la práctica y el saber historiográficos en la ciudad de Córdoba: por un lado, la fundación de la Filial Córdoba de la Junta de Historia y Numismática Americana (en adelante, JHNA) que a mediados de los años veinte supuso la consagración nacional de una comunidad de historiadores locales que no tenían a mano instancias de reconocimiento y, por otro, la fundación del Instituto de Estudios Americanistas (en adelante, IEA) de la Universidad Nacional de Córdoba (en adelante, UNC) en 1936, primera experiencia de institucionalización historiográfica en el ámbito universitario local. Nuestro argumento es que el vínculo de un grupo de historiadores cordobeses conformado, entre otros, por Raúl Orgaz, Enrique Martínez Paz y Pablo Cabrera[1] con el grupo de historiadores que, encabezado por Ricardo Levene e identificados con la Nueva Escuela Histórica, estaba colonizando en la ciudad de Buenos Aires la JHNA, se tradujo en la creación de la mencionada Filial y desde entonces en intensos intercambios intelectuales entre las dos comunidades: designaciones como académicos correspondientes por Córdoba en la Junta, publicación de estudios en el Boletín de la JHNA, conferencias de porteños en la ciudad mediterránea y el proyecto de editar sendos libros de Orgaz, Cabrera y Martínez Paz (Requena y Grisendi, 2013a). De modo que cuando Cabrera falleció en 1936 y el rector Sofanor Novillo Corvalán encomendó a una comisión la elaboración de un proyecto de Instituto que se consolidase sobre la base de la colección documental y la biblioteca del extinto, los nombres que aparecieron como más autorizados para llevar adelante tal empeño fueron precisamente sus ex compañeros de la Filial[2] y cuando se inauguró el Instituto en 1936, Martínez Paz fue el director y Orgaz, uno de los vocales.[3]

La indagación supone continuar desbrozando el sendero de la historia de la escritura de la historia en Córdoba.[4] Nos interesa seguir las derivas de un grupo de historiadores a partir de aquello que planteaba hace casi cincuenta años Michel De Certeau en su clásico artículo “La operación historiográfica”, esto es, que el saber historiográfico es el resultado precisamente de una operación de montaje en la que intervienen “un lugar (un reclutamiento, un medio, un oficio, etcétera), varios procedimientos de análisis (una disciplina) y la constitución de un texto (una literatura)” (De Certeau, 2006: 68, cursivas en el original).

La Junta de Historia y Numismática Americana. Filial Córdoba, 1926-1941

La evidencia documental indica que a partir del contacto entre un grupo de la elite letrada universitaria cordobesa y la JHNA de la ciudad de Buenos Aires se desarrolló un proceso de institucionalización de la práctica historiográfica en Córdoba. Su punto de partida fue el proyecto de fundar una Junta Filial en la ciudad mediterránea a mediados de la década de 1920. En su historia, como sostenemos, pueden seguirse los vínculos que se tejieron entre historiadores de ambas ciudades: a partir de su fundación en 1926 encontramos conferencias, emprendimientos editoriales y eventos científicos en los que miembros de ambas comunidades intelectuales –principalmente, Orgaz y Martínez Paz– participaron activamente. Resultan marcas de estos intercambios la participación de historiadores de la Filial en el Boletín de la JHNA,[5] en la Biblioteca de Historia Argentina y Americana,[6] en la monumental colección Historia de la Nación Argentina[7] y, quizás el punto más alto de integración, la organización del Primer Congreso de Historia del Centro y Norte del País realizado en la ciudad de Córdoba del 12 al 16 de octubre de 1941 bajo la presidencia de Enrique Martínez Paz y Raúl Orgaz y con el aval institucional de la ANH[8] (amén de la intervención de cordobeses en el Segundo Congreso Internacional de Historia de América que se celebró con motivo del cuarto centenario de la fundación de la ciudad de Buenos Aires en 1937).[9]

La parte de la comunidad local que participó era heterogénea: la conformaban tanto juristas de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales interesados en el estudio de lo social (lo cual iba desde el derecho comparado hasta la sociología, pasando por la historia) como un sacerdote con amplios intereses (que iban desde la lingüística hasta la etnología, pasando por la historia); este último rasgo era común en los miembros de ambas comunidades: los principales miembros de la Junta en Buenos Aires tampoco eran historiadores de formación aunque habían montado un efectivo dispositivo institucional, político y simbólico que pretendía monopolizar el dispendio de signos de consagración. El vínculo puede ser leído como parte de un juego de alianzas a nivel nacional que fue fructífero para ambas comunidades: la circulación hacia Buenos Aires resultó legitimante para los historiadores locales puesto que los consagró en tanto tales ya que –pese a que ya eran juristas, sociólogos, etnólogos o lingüistas– fue su vínculo con la JHNA el que les otorgó prestigio como historiadores al punto que varios de ellos fueron los protagonistas de la entrada de la historiografía al ámbito universitario mientras que los historiadores de la Nueva Escuela Histórica filiados en la Junta Central pudieron aprovechar el vínculo con el interior para ganar la disputa por la primacía en el ámbito historiográfico porteño a otras instituciones como la propia Universidad de Buenos Aires. Desde su fundación, la JHNA fue construyendo un espacio simbólico de alcance nacional e internacional mediante la incorporación de miembros correspondientes tanto por las provincias como por otros países. Durante la década de 1920 tal construcción tuvo por objetivos contrapesar la presencia del Departamento de Historia de la Universidad de Buenos Aires –su competidor directo–, generar un conjunto de prácticas congruentes con la representación que la Junta tenía de sí misma como guardiana de la historia nacional y, por lo tanto, de la nacionalidad, y finalmente producir vínculos continentales que le diesen una proyección americanista (Requena, 2015). Noemí Girbal de Blacha observaba la transformación de la JHNA en Academia Nacional de la Historia (ANH) durante la década de 1930 como un proceso de nacionalización, posible a partir de la construcción de redes institucionales y de la efectiva vinculación con el poder político (Girbal de Blacha, 1993: 39). Durante las presidencias del cordobés Ramón J. Cárcano (1919-1923) y el entrerriano Martiniano Leguizamón (1923-1927), se fue perfilando esa gradual transformación de la Junta: el primero abrió lugar a los miembros más jóvenes mientras que durante la presidencia del segundo se designó gran cantidad de correspondientes al punto que en el año 1925 se nombró la mayor cantidad de ellos.[10] Parafraseando un acta de la época, Girbal de Blacha escribe que durante la presidencia de Leguizamón la Junta se propuso como objetivos “‘mantener la autoridad y los prestigios’ de la institución dentro y fuera del país, estimular ‘las relaciones espirituales con las asociaciones similares de las naciones hermanas vinculadas por un común origen’ e incorporar nuevos y activos miembros numerarios y, especialmente, correspondientes en el interior del país” (Girbal de Blacha, 1993: 31 y 32). Al respecto, en su discurso de asunción a la presidencia de la Junta, Levene[11] decía que

“Entre nosotros figuran en carácter de socios activos o correspondientes, profesores de historia de las Universidades del país, directores o miembros honorarios de los Archivos de la Nación, del Museo Mitre, del Archivo de la Provincia, de los Institutos de investigaciones históricas y geográficas de la Facultad de Filosofía y Letras, así como también de los Museos de La Plata, del de Historia Natural Bernardino Rivadavia, del Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires y de los Museos Históricos de Buenos Aires, Luján y Córdoba, entre otros […] Si la Junta promueve con más intensidad, si cabe, la acción de vinculación con las academias de la Historia de América, como lo viene realizando con la Sociedad de Historia y Geografía de Chile y los Institutos Históricos del Uruguay, Perú y Río de Janeiro, entre otros, se podría formular en cierto momento un plan o programa sintético de problemas históricos generales, con el fin de armonizar la enseñanza de la historia americana, valorando su contenido con el criterio de la solidaridad de los pueblos de América entre sí” (Levene, 1927a: 6)

Jorge Myers escribe que la Junta/ Academia “logró convertirse en una de las pocas instituciones extrauniversitarias con capacidad de dispensar signos de legitimidad a los practicantes de la disciplina” (Myers, 2004: 71). Si observamos a la Sección de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras fundada en 1906 –rebautizada como Instituto de Investigaciones Históricas en los años veinte[12]– y contracara de la Junta dado su carácter universitario, podemos constatar que no incorporó mayormente a historiadores del interior;[13] podemos considerar a ambas como las principales instituciones historiográficas de la época: de hecho, comenzaron a editar sus respectivos Boletines en 1922 y 1924 y, si bien estaban dirigidas por historiadores filiados en lo que usualmente se llama Nueva Escuela Histórica (Emilio Ravignani, Diego Luis Molinari y Rómulo Carbia en el Instituto y Ricardo Levene en la Junta), ambas disputaron “…un lugar en la reciente en la reciente estructura de la historia profesional” compitiendo por “la obtención de recursos, la organización de sistemas de consagración autónomos, el control del acceso a los cargos de las distintas alternativas laborales, los contactos con el exterior, la autoridad científica” (Cattaruzza, 2003: 113; véase también Pagano y Galante, 2006). La competencia se terminó resolviendo en favor de la JHNA puesto que fue la que logró consolidarse como un espacio oficial de la historia nacional (en 1938 se convierte en la Academia Nacional de la Historia) y consiguió en 1934 la financiación necesaria para publicar a partir de 1936 su monumental obra Historia de la Nación Argentina. La oficialización de la Junta en Academia y la elaboración del discurso historiográfico oficial y definitivo fueron posibles gracias a los estrechos vínculos que unían a figuras del elenco gobernante con historiadores de la Junta; sin embargo, en este contexto de competencia, el motivo de la opción de parte del Estado de oficializar y favorecer a una y no a otra puede haber tenido directamente que ver con una política mucho más efectiva de expansión hacia todo el país de parte de la Junta.[14]

En este contexto de políticas expansivas, durante 1926 Martínez Paz y Orgaz fueron nombrados miembros correspondientes por Córdoba. No sabemos si aquel leyó alguna clase de conferencia con motivo de su incorporación, al menos el Boletín no la publicó; este, en cambio, leyó el 27 de agosto de 1927 una conferencia inaugural sobre la “Historia de las ideas sociales en la Argentina”, ocasión en la que Ricardo Levene pronunció las siguientes palabras: “Al recibir en la Junta al doctor Orgaz, saludo en él a uno de los más serios estudiosos de Córdoba, que ha sellado sus trabajos de fuerte vocación espiritual”.[15] Tales designaciones formaban parte de un plan más extenso: una política de fundación de Juntas Filiales a partir de 1925. Se fundaron filiales en Córdoba, Rosario y Entre Ríos: la primera en 1926 presidida por Pablo Cabrera y luego de su muerte por Enrique Martínez Paz, la segunda por Juan Alvarez[16] y la tercera por César Pérez Colman. Esta opción por las tres ciudades encerraba una imaginación geográfica: “…acometimos la empresa de plantar su simiente y fundamos las entidades filiales en Córdoba, bajo la presidencia de Pablo Cabrera y en Rosario, bajo la presidencia de Juan Álvarez. En la ciudad histórica y en la ciudad nueva, las juntas filiales, están desempeñando una brillante acción cultural reveladora de las fuerzas espirituales con que cuenta el país”; Levene proseguía “la Junta auspicia la formación de núcleos de estudiosos, para intensificar las investigaciones regionales y originales [...] y fomenta las vinculaciones entre ellos y con esta Junta Central, imprimiendo a los estudios los caracteres de unidad y nacionalidad que constituyen su fundamento” (Levene, 1931-1933: 430).

La primera sede en la que funcionó la Filial fue en el Museo Colonial que dirigía Cabrera. Sus miembros fueron: Cabrera (presidente) nombrado miembro correspondiente en 1915, Henoch Aguiar (correspondiente en 1928),[17] Ernesto Celesia (correspondiente en 1933, de número en 1939),[18] Santiago Díaz (correspondiente en 1916),[19] Juan B. González (correspondiente en 1916),[20] RP Pedro Grenón (correspondiente en 1928),[21] Jorge Magnín (correspondiente en 1937),[22] Martínez Paz (correspondiente en 1926 e ingresa como miembro de número en 1947), Orgaz (correspondiente en 1926) y J. Franscisco V. Silva (correspondiente en 1936);[23] no todos los miembros correspondientes por Córdoba se convertían automáticamente en miembros de la Junta Filial (no lo fueron Martín Gil ni Zenón Bustos), del mismo modo que todos estos se convirtieron en académicos correspondientes de la Academia Nacional de la Historia en 1941 con motivo de la celebración del Primer Congreso de Historia del Centro y Norte del País.[24] La Filial nació casi con un mandato programático:

“…la entidad filial, con su presidente y el núcleo de hombres de positivo valer que la integra, será la institución encargada de promover la investigación sobre los temas de la historia de la provincia –una de cuyas formas sería la reedición facsimilar de periódicos locales– y lo que tiene un alto valor, serán sus miembros, en colaboración con los de esta Junta Central y hombres de estudio de otras corporaciones los que formularán las ideas generales en la interpretación de la Historia de la Nación y de la Provincia” (Levene, 1928: 2)

Próximo a cumplirse el centenario de la muerte de Funes, la filial –que había adoptado algunas resoluciones en pos de la publicación de sus obras completas– delegó su representación en Martínez Paz, quien hizo en la Junta una exposición sobre “El Dean Funes y la Iglesia Argentina”, mientras que Mariano de Vedia y Mitre dictó una conferencia en Córdoba (Levene, 1928, Martínez Paz, 1928). En la presentación, Levene dijo: “Corresponde decir, con brevedad pero con justicia, que esta presencia de Enrique Martínez Paz en la cátedra de la Junta ha sido recibida con las muestras de la devoción intelectual que profesamos a quien como él, ha cimentado en el país, con su obra original, un sólido prestigio de jurista, sociólogo e historiador” (Martínez Paz, 1928: 147, nota al pie). En el informe de las actividades de 1928, el presidente reflexionaba:

“La conferencia del doctor Martínez Paz, en representación de la entidad local y el discurso que en otra sesión, leyó su presidente, el doctor Cabrera, han contribuido desde el comienzo a hacer más estrechas las relaciones intelectuales entre los miembros de una y otra Junta” (Levene, 1928: 2)

En julio de 1928, Levene visita Córdoba para la constitución de la Filial. Según la crónica de La Voz del Interior que retomó directamente el Boletín, se realizó un acto en los salones del Museo Histórico en el que estuvieron presentes entre otros el Obispo de Córdoba, el Rector de la Universidad y funcionarios provinciales y municipales. En su discurso, dijo que:

“La primera entidad filial que la Junta de Historia y Numismática ha aspirado a fundar ha sido en Córdoba, y huelga decir que no podía ser de otro modo, no sólo porque Córdoba ha estado en la elaboración de la corriente central de los hechos de nuestro pasado, desde los comienzos de la Colonia, en el momento revolucionario y en la explosión del federalismo, en el de la organización institucional y éste de su esplendor económico, sino porque es índice de la cultura del país y la fisonomía de Córdoba se refleja en la personalidad moral de la Argentina contemporánea.

En esta histórica ciudad con sus institutos universitarios, la Academia de Ciencias, los Archivos, el Museo y otros organismos, la filial de la Junta de Historia tiene una misión que cumplir, investigando hondo para descubrir la verdadera naturaleza de los hechos e interpretando desde un alto mirador él proceso genético del pasado.”[25]

A su vez, el flamante presidente de la Filial dijo:

“Nos veis aquí reunidos en un recinto que pregona de suyo con incomparable elocuencia las condiciones de unión, de comunidad de propósitos que la Junta ha deseado promover, para mayor medra de la ciencia histórica argentina. Este museo, que me cuenta por director, será sede del cuerpo que fundáis, así como es testimonio (vivo, iba a decir) del culto de veneración que le merecen a este pueblo sus tradiciones y de los que puede esperarse del mismo en lo que atañe a los estudios del pretérito argentino […] el intento de la Junta habría carecido de las proporciones naturales dentro del país si ella se hubiese limitado a coligar las personalidades residentes en la Capital, descuidando el aporte provinciano […] Córdoba ha sido la escogida entre todas las capitales hermanas para nutrir la primera rama de aquella sabia corporación; y a nosotros nos toca, señores, comprobar el acierto de tal elección, mediante la cordialidad de nuestra participación en la obra de la Junta y la eficacia de nuestros aportes”[26]

Para ese momento, la figura anciana de Cabrera tenía venerabilidad tanto entre los historiadores locales como entre sus pares porteños: en 1928 fue homenajeado por la JHNA (Cabrera, 1928).[27] Su figura ofició de eslabón que vinculó largamente a ambas comunidades y cuando murió en 1936, Martínez Paz leyó en la ciudad de Buenos Aires una conferencia titulada “La personalidad de Monseñor Pablo Cabrera” (Martínez Paz, 1937c) y Levene tuvo palabras elogiosas: “figura entre los primeros que se internaron con temeridad en la vieja historia, ensanchando sus dominios en los sectores inexplorados, la terra incognita, de la Lingüística, la Etnografía, la Geografía Histórica y la Historiografía cultural primitiva” (Levene, 1937d: 159). Balance similar hizo de su obra Martínez Paz:

“Sus afanes de historiador, no llegaron nunca a plantearle el problema de la historia como especie metafísica, a la manera croceana, no se inquietó jamás por resolver de qué lado estaba la razón en la contienda en que se debaten Valery y Fustel de Coulanges… La generalización histórica, como escribió alguna vez, de la que tanto se ha abusado en nuestro país, no es posible sino a través de comprobaciones fehacientes, reclama el antecedente documental, la base concreta del hecho” (Martínez Paz, 1937c: 160-165)

A la muerte del presidente de la Filial, el rector de la UNC en resolución del 4 de junio de 1936 escribe que

“…realizar el homenaje mediante las formas usuales de los actos recordatorios, del discurso que ensalce sus méritos y el retrato o el busto que haga sensible su noble figura, parece insuficiente si fuesen a interpretarse sus propios gustos, la vocación intelectual de su espíritu; crear un instituto de estudios históricos americanistas que lleve su nombre, dependiente de esta Universidad, constituido sobre la base de su biblioteca y museo, que puede proseguir trabajos de investigación y crítica…” (Novillo Corvalán, 1937a: 202 y ss.)

Esa misma resolución designaba como miembros de una comisión asesora a Martínez Paz, Orgaz, Juan Carlos Vera Vallejos, J. Francisco V. Silva y Ernesto Gavier. Nótese que de los cinco miembros de la comisión asesora, tres habían participado de la experiencia de la Junta Filial: salvo Gavier –presente por ser el secretario general de la Universidad, es decir en un rol administrativo– y Vera Vallejos –sacerdote docente de Sociología en el Seminario de Loreto–. Dicha comisión asesora debía expedirse sobre: “a) Conveniencia y modo de adquisición de la biblioteca que fue de Monseñor Dr. Pablo Cabrera y de su museo, en todo o en parte; b) Determinar las tareas a las que se ajustará el Instituto de Estudios Americanistas” (Novillo Corvalán, 1937a: 202 y ss.).

El Instituto de Estudios Americanistas de la Universidad Nacional de Córdoba, 1936-1947

Proponemos en esta sección estudiar al IEA a través de los documentos oficiales sobre su fundación y funcionamiento como a los que se refieren a su política editorial. Tulio Halperín Donghi caracteriza a los años siguientes a 1918 como de “triunfo parcial de la Reforma” (Halperin Donghi, 2002: 111), Pablo Buchbinder va más allá al describir el periodo 1918-1943 como de vigencia de los postulados reformistas y señala que una de sus características centrales, aunque escasamente atendidas, es la emergencia de una nueva concepción sobre la relación entre Universidad e investigación científica. Esta nueva concepción se encuentra íntimamente relacionada con la crítica al profesionalismo que había marcado a las programáticas reformistas en la década de 1910. Es en este marco de transformación que debemos comprender las políticas llevadas adelante desde los cuerpos directivos de las universidades argentinas tendientes a fundar nuevos institutos de investigación (Buchbinder, 2005: 122 y ss.). Precisamente a lo largo de la segunda mitad de la década de 1930 –durante las dos gestiones rectorales de Sofanor Novillo Corvalán– se desarrolló en la UNC una política de fundación de institutos que se sostenía en la necesidad de impulsar por un lado a la investigación científica y por el otro a las humanidades como antídotos contra el profesionalismo. Esta política fue continuada durante el rectorado de su sucesor Rodolfo Martínez a principios de los años cuarenta y se sostuvo pese a la inestabilidad institucional generada por las intervenciones que la UNC vivió desde 1943:[28] en ese arco temporal se crearon, además del IEA, el Instituto de Filosofía (1934), el Instituto de Humanidades (1940), el Instituto de Antropología, Lingüística y Folklore (1941) y la Facultad de Filosofía y Humanidades (1946).

La comisión se expidió el 17 de julio de 1936, remitiendo al rector un documento titulado Bases para la creación del ‘Instituto de Estudios Americanistas de la Universidad Nacional de Córdoba’. En él la comisión propone que el objetivo del IEA sería “promover e intensificar las investigaciones de carácter histórico”;[29] dicho objetivo se precisa más en el mismo documento: catalogación bibliográfica y documental; investigación; publicación (de boletines, documentos, monografías o reimpresiones) utilizando la imprenta de la Universidad; estímulo a la investigación, dictado de cursos y conferencias sobre temas históricos; y, finalmente, construir vínculos con institutos similares del país y el extranjero. La comisión recomienda una estructura de un director, dos miembros ad-honorem y un secretario que serán designados por el rector con acuerdo del Honorable Consejo Superior (HCS). Sobre la base de este documento, el rector elevó al HCS el proyecto de creación del IEA, que la aprobó el 14 de agosto de 1936. En el proyecto el rector explicaba las razones por las cuales era pertinente la apertura de un centro de investigaciones históricas en la ciudad de Córdoba para lo que, por un lado, deslizaba un diagnóstico sobre los estudios históricos en nuestro país y, por el otro, ubicaba a Córdoba en la geografía cultural nacional:

“Harto sabido es cómo la historia patria y la precolonial que le antecede están saliendo recién de la bruma en que las envolvió la pasión de los primeros historiadores; qué escaso material documental utilizaron nuestros cronistas y biógrafos, si se exceptúan algunas pocas obras, y cómo desde hace muy poco se observa una rectificación profunda en los métodos para el conocimiento de los hechos y de los actores de los sucesos históricos.

Fuente grande y rica posee Córdoba en archivos oficiales y particulares que pueden arrojar luz intensa sobre nuestro pasado: solo falta el trabajo coordinado, bajo una dirección alta y competente, con los medios que puede suministrar un Instituto para que se alleguen aportes interesantes a la reconstrucción de la historia nacional y del doloroso proceso colonial en el que se descubren la raíz de muchas instituciones patrias y del espíritu de nuestra sociabilidad”[30]

Primeramente, encontramos esa especie de sentido común historiográfico impuesto por la NEH que sostenía que recién a partir de la segunda década del siglo XX era posible escribir una historia definitiva de la Argentina, principalmente debido a la objetividad que suponía el hecho de que los historiadores encargados de escribirla no tenían compromisos con el pasado. Al mismo tiempo, en el párrafo insertado, aparece Córdoba representada como un espacio significativo para la construcción de un relato histórico, justamente por poseer un pasado colonial más rico que las ciudades del litoral argentino: si aceptamos el planteo de Juan Agustín García –como lo hace Novillo Corvalán– sobre el papel de la colonia en la formación de las sociedades nacionales en nuestro país, descubriremos que la única región del país que posee una historia mayor de una centuria es el noroeste argentino.

La inauguración del IEA se realizó el 23 de noviembre de 1936. Siendo designados director Martínez Paz, Orgaz y Carlos R. Melo como miembros y J. Francisco V. Silva como secretario. Asimismo, se designa un encargado de publicaciones y un ayudante: Luís Roberto Altamira y José Peña, respectivamente. Con ocasión de la inauguración, el rector, el presidente de la JHNA y el flamante director del Instituto leyeron sendos discursos. Es completamente sintomática la presencia de Levene confiriendo autoridad y legitimidad al nuevo emprendimiento historiográfico en el que en cierto modo la JHNA era partícipe pues varios de sus miembros correspondientes formaban parte de su red: “el nuevo Instituto se incorpora con renovada fuerza a impulsar las grandes empresas culturales de este momento” (Levene, 1937b: 15), dice en alusión a la Historia de la Nación Argentina y al II Congreso Internacional de Historia de América.[31] El vínculo entre la Junta Central y la Filial incorporada a la Universidad como Instituto de Estudios Americanistas, dio como resultado como ya mencionamos a finales de la década de 1930 la colaboración de Martínez Paz y Orgaz en la monumental colección dirigida por la Junta; y la participación en el II CIHA en la ciudad de Buenos Aires.

“…su voto ha de dotar a la Universidad de Córdoba, a la que tanto amó, de su opulenta biblioteca histórica está cumplido, y yo he recogido su voluntad, expresada con la fuerza de una cláusula testamentaria, según su propio lenguaje, de buscar el sucesor o los sucesores de sus trabajos, fundando el Instituto de Estudios Americanistas bajo la dirección de un dilecto y prestigioso discípulo suyo, el doctor Enrique Martínez Paz, y con la asistencia del Presidente de la Junta de Historia y Numismática de la Nación [sic!], doctor Ricardo Levene, que es realce del acto y aporte de circunspección científica, de saber y de responsabilidad intelectual.

Lo declaro inaugurado con el voto, señores miembros del instituto, de que extraigáis de los viejos legajos nuevas verdades…” (Novillo Corvalán, 1937b: 13)

La presencia de Levene –figura legitimante del nuevo emprendimiento cultural universitario en pleno ritual de inauguración, tal como lo reconoce Novillo Corvalán– se completa con el trabajo que lee, la conferencia “Pensamiento y acción política del Deán Funes en 1811” (Levene, 1937b). La recurrencia a la figura político-eclesial de Gregorio Funes en la ciudad de Córdoba, y en su Universidad, forma parte de la compleja trama de intercambios simbólicos que sucede en el acto fundacional: “He escrito la Historia de la Revolución de Mayo y Mariano Moreno y por eso me decido a hablar del Deán Gregorio Funes en la tierra de su nacimiento y en la escena donde desplegó sus dotes excepcionales, espíritu animador de las más fecundas transformaciones de la Universidad de Córdoba como ha dicho el Dr. Martínez Paz” (Levene, 1937b: 16). Finalmente, la conferencia de Martínez Paz –“El sentido político moderno de la historia” (Martínez Paz, 1937a)– efectúa un estado de los estudios históricos en nuestro país proclamando la necesidad de repensar la noción de historia y de documentos.

Un análisis de las Memorias Anuales que el director del IEA elaboró para informar al rector de la UNC sobre las actividades del Instituto puede darnos una idea del funcionamiento institucional y académico del nuevo ámbito: de las áreas de investigación que se privilegiaron en esos años y de los límites del emprendimiento. Para el período recortado disponemos de un total de ocho, elaboradas por el director entre los años 1938 y 1947 (una por año, salvo las correspondientes a los años 1938 y 1941). Una primera certeza que surge de su lectura es que el Instituto concebía su actividad en dos ámbitos: por un lado, el editorial y por el otro, el de la conformación de su archivo y biblioteca. Observándolos podemos establecer una apreciación un poco más general respecto de la noción de pasado histórico para los miembros del IEA: si había algo de lo que estaban seguros que era necesario estudiar privilegiadamente era la Universidad de Córdoba y su pequeño círculo letrado en el periodo comprendido entre su fundación en 1613 y la primera mitad del siglo XIX. El IEA se sintió llamado –y mandatado– a construir y mantener la memoria histórica de la Universidad. No nos interesa considerar autónomamente su labor editorial del IEA, sino que queremos tomarla como índice de los temas/ problemas/ objetos que sus historiadores consideraban relevantes de ser investigados; igualmente, la conformación de su archivo actúa como indicio de aquella misión a la que se siente mandatado.

a) Política editorial

El primer y más ambicioso emprendimiento editorial del IEA fue la “Colección de la Imprenta Jesuítica del Colegio de Monserrat”, que pretendía reimprimir y poner en circulación el primer conjunto de impresos realizados en Córdoba a mediados del siglo XVIII. Martínez Paz propuso un programa editorial de cuatro “publicaciones hechas en el siglo XVIII en la primitiva imprenta del Colegio, las que son de una indudable rareza bibliográfica”: las Laudationes quinque en honor de Ignacio Duarte y Quirós, Reglas y constituciones que han de guardar los colegiales, Manual de Ejercicios Espirituales del padre Tomás de Villacastín e Instrucción pastoral del Arzobispo de París.[32] En el primero de los tomos publicados, el director elaboraba una justificación del porqué de la selección:

“Si los consideramos desde el punto de vista de la cultura general no cabe duda que no podemos atribuir a esos primitivos impresos de Córdoba un valer positivo; pero, apreciados en relación a nuestra propia cultura, son documentos históricos preciosos, reveladores de nuestras preocupaciones. Las cinco Oraciones Laudatorias, por su tono, por las inquietudes que evidencias, por los elementos de erudición que empeñan, por el juicio histórico que trasuntan son un documentos de gran mérito; la ‘Instrucción Pastoral’ muestra la rapidez con que circulaban las cuestiones que se debatían en Europa y la extensión que había tomado la defensa de la causa de los jesuitas en la lucha, en la que les esperaba un desenlace tan doloroso; el ‘Manual’ de Villacastin puede ser tenido por un índice de la manera particular de la ascética religiosa, con el que acaso quepa intentarse una rectificación al juicio histórico que ve en ciertos devocionarios, novenas y biografías de santos, de una sencillez primitiva, el único alimento de la vida piadosa de aquellas gentes, y, por fin, las ‘Reglas’ que servirán a fin de confirmar el sentido profundo de la educación, clave indispensable para interpretar los acontecimientos históricos posteriores, y todo esto sin considerar la sugestión que provocan los libros procedentes de la cuna de nuestra imprenta y su valor bibliográfico tratándose de ejemplares desconocidos para los más diligentes bibliófilos” (Martínez Paz, 1937b: XIII y XIV).

Así, ve la luz en septiembre de 1937 el tomo Cinco oraciones laudatorias en honor del Dr. D. Ignacio Duarte y Quirós, para el cual se utilizó un “raro ejemplar” que existía en la biblioteca del Convento de San Francisco de la ciudad de Córdoba. La traducción del latín fue realizada por el profesor del Colegio de Monserrat, Benito Ochoa; el tomo contó con una introducción a la colección escrita por Martínez Paz y una introducción al tomo realizada por Guillermo Furlong Cardiff.[33] El segundo tomo de la colección, vio la luz en junio de 1940: su título, Reglas y constituciones; incluía notas preliminares de Martínez Paz, un estudio de Buenaventura Oro y notas de Luís Roberto Altamira. Después de estos dos tomos, no se editaron los otros dos que se habían previsto originalmente. Sobre la reimpresión de la Instrucción pastoral del Arzobispo de París no vuelve a haber mención alguna de parte del director del IEA al rector; si, en cambio, se trata a lo largo de varios años la reedición del Manual de Ejercicios espirituales (también aparece mencionado como Meditaciones espirituales) de Tomás de Villacastín. Se dice en 1943 que “se ha preparado la serie fotocópica de lo más interesante […] habiendo sido copiado todo el texto además para la impresión, y reimpresión facsimilar parcialmente”, si bien no se menciona de dónde se ha obtenido tan raro ejemplar sí se menciona que el estudio crítico lo escribiría el sacerdote Filemón Castellano, rector del Seminario y profesor del Instituto de Humanidades de la UNC. Algunos meses después, Martínez Paz le escribe al rector que “la exagerada extensión de este libro” volvía imposible su reproducción facsimilar íntegra.[34] Finalmente en la Memoria Anual correspondiente al año 1944, Martínez Paz anota que “dificultades ahora insalvables relativas a una impresión facsimilar de una obra extensa”, esto es a los costos materiales, han impedido la impresión de la obra.[35]

Las restantes colecciones que el IEA editó a partir de mediados de la década de 1930 fueron la “Serie Histórica” y los “Cuadernos de Historia”. Ambas fueron completándose entre 1937 y 1947 hasta editar un total de once volúmenes la “Serie Histórica” y trece los “Cuadernos de Historia” –si bien continuaron hasta principios de los años ochenta–; tal como lo estipulaba el proyecto de base del IEA, todas sus publicaciones aparecieron a través de la Imprenta de la Universidad.[36] Sin embargo, pese a esta continuada tarea editorial, no logró publicar un boletín como el que las más importantes instituciones dedicadas a la historiografía poseían (principalmente el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad de Buenos Aires, la Junta de Historia y Numismática Americana o la Sociedad de Historia Argentina); la opción editorial durante los primeros diez años se concentró en los “Cuadernos de historia” (predominantemente con el formato de folleto in 8vo. mayor), “Que comprende los trabajos monográficos más breves de investigación”, y la “Serie Histórica” (en su mayoría, volúmenes in 4to.), que reunía “las investigaciones históricas más extensas”.[37] Los nombres que publicaron en ambas colecciones son recurrentes: si tenemos en cuenta ambas colecciones quienes más publicaron fueron Martínez Paz, Luque Colombres y Altamira; es decir el director, encargado de documentación y encargado de publicaciones respectivamente del Instituto.[38] Ambas colecciones eran una herramienta que permitía al IEA mostrar aquello que se estaba investigando, para poner en contacto a los investigadores y sus productos mediante el canje y la donación de impresos tanto con la comunidad académica local como nacional e internacional: muchos de los trabajos publicados son presentaciones a congresos,[39] anticipos de colaboraciones[40] o conferencias.[41]

b) Colecciones documentales

La construcción de un gran fondo documental a partir de la colección de Cabrera era uno de los objetivos que la Comisión que escribió las bases para el IEA se planteó en 1936. Altamira, personal del IEA, anotaba en un folleto que los documentos del finado rondaban las sesenta mil hojas y que habían llegado desordenados pues el sacerdote no los tenía catalogados, sino que los guardaba “en un desván, confundidos con alfarerías indianas” (Altamira, 1939: 27). Más allá de eso, en el acto de inauguración del IEA, Levene decía que

“Es un hecho de excepcional importancia, que interesa a la comunidad toda, el destino de los tesoros únicos del saber, que son las grandes bibliotecas y las colecciones particulares. Desde este punto de vista podemos sentirnos halagados porque la Argentina de hoy figura entre los pueblos conscientes en el cumplimiento de tales deberes morales.

Últimamente se han adquirido las Bibliotecas de Juan A. Farini para la Universidad de La Plata y la de Martiniano Leguizamón por donación, para el Instituto que lleva su nombre en Paraná. Ahora la Universidad de Córdoba hace suya la notable colección del Padre Cabrera y entrega a los estudiosos estas herramientas de trabajo, con las cuales se ayuda a forjar la cultura histórica del país” (Levene, 1937b: 16).

La posibilidad de construir archivos históricos en un país nuevo, es decir de dotar a la Argentina de una identidad nacional a partir del desarrollo de la cultura histórica es, como ya ha sido estudiado ampliamente, un eje que atraviesa la noción de historia de Levene. El propio Martínez Paz reconocía que el naciente interés que se vivía en el país por el ordenamiento, la conservación y la publicación de archivos era “un síntoma de la preocupación histórica que se orienta con decisión hacia la historia documental”, esto es, que abandonaba los vicios de la historia literaria.

Las Memorias Anuales son de lo más escuetas en lo referido a las adquisiciones documentales y bibliográficas de parte del Instituto. De hecho, en ellas solo encontramos que una vez durante el periodo estudiado el director del IEA informa al rector de la UNC sobre dos donaciones de documentos: por un lado, la colección de Ignacio Garzón y, por el otro, la colección de Juan Manuel Garro.[42] Sobre el primero, Alberto, Rodolfo y Luís Garzón Funes –hijos de Ignacio Garzón–, ofrecieron donar al IEA los originales de la Crónica de Córdoba y “variada documentación que fue de su propiedad particular”.[43] La colección de Juan Manuel Garro es donada por su esposa, quien cede a la Universidad los papeles utilizados en la elaboración de su Bosquejo histórico de la Universidad.

Además de ambos cuerpos documentales, en la correspondencia entre el director del Instituto y el rectorado se mencionan otras ofertas de venta que hacen privados al IEA, los mencionados son: Felipa y Ramona Maders Paz,[44] Isabel y Lola Bustamante,[45] José R. Román,[46] Cora Saravia de Altamira[47] Sin embargo, amén de las ofertas de particulares a la Universidad, el director del IEA fue más allá intentando centralizar toda la documentación histórica existente en la UNC

“Existen en el Archivo de la Universidad algunos documentos que fueron incorporados a él cuando no había sido creado aún un Instituto para las investigaciones históricas. Estos documentos no se refieren directamente a la historia de la Universidad, sino al orden general histórico de Córdoba y su cultura […] Este Instituto cree de su deber hacer presente al señor rector, salvo su más acertado juicio, que estos documentos deberían ser entregados a la custodia y utilización de la dependencia a mi cargo”[48]

Aunque este intento por centralizar la documentación existente en la UNC no termina saliendo del todo bien al director del Instituto: como respuesta el rector ordena

“Disponer que dichos volúmenes y piezas documentales anteriormente referidas, pasen a formar parte del acervo de documentos que se custodian en nuestro Instituto de Estudios Americanistas, a cuyos efectos serán entregados al mismo, bajo recibo y debidamente inventariados y, recíprocamente, los que este Instituto poseyese referentes a la historia de la Universidad, serán a su vez entregados al archivo, con iguales formalidades”[49]

A lo largo de los años estudiados se informa que la obra de fichaje de documentos y libros se realiza sostenidamente: se solicita a la Universidad la asignación de personal especializado, por lo que se designa a Francisco Jurado Padilla para el fichaje de la Biblioteca, mientras que José Peña se ocupa del fichaje documental. En el informe de 1942 fechado el 4 de mayo de 1943, el director informa que Peña ha alcanzado 10.000 fichas de documentos y Jurado Padilla, 3.000 fichas de libros.

Cierre: cortes y continuidades

Podemos detectar una continuidad entre la creación de la Filial Córdoba de la JHNA en 1926 y la inauguración del IEA diez años después, que puede seguirse tanto en el personal que protagonizó ambos emprendimientos como también en el proceso de acumulación de reconocimiento nacional que ese grupo realizó desde los albores mismos de la Filial. Respecto de esto último hay que decir que tal como lo hemos visto en la primer sección de este artículo, el proceso de institucionalización de la práctica historiográfica en Córdoba fue posible gracias a un andamiaje nacional que, en un medio donde las instancias de consagración en tanto historiadores eran inexistentes, confirió credenciales que no podían obtenerse en Córdoba toda vez que allí el tipo letrado existente era el del abogado con inserción tanto en la cátedra universitaria como en el foro local/ poder judicial de la provincia. De un lado, ese personal practicaba una disciplina extendida e instalada en el medio local –les antecedía una profunda conciencia histórica en las elites sociales y letradas cordobesas del giro de siglo, un espacio de experiencia sostenido tanto en la nostalgia de un pasado glorioso de la UNC como en la melancolía de la tranquila ciudad previa al paso arrasador del progreso y en la añoranza de los blasones irremediablemente perdidos en manos de la flamante Capital Federal, sobre el que se puede entender la proliferación de investigaciones de la cual son apenas ejemplo la labor de Zenón Bustos,[50] Juan Garro[51] o Manuel Río[52] (además del propio Cabrera)[53]– y, del otro, aun en los veinte, treinta y cuarenta la escritura de la historia era considerada subsidiaria de otras prácticas como el sacerdocio (Cabrera, Grenón), la prensa (Luis Roberto Altamira) o el derecho (Melo,[54] Orgaz y Martínez Paz). Si se repasan las publicaciones del IEA, las compras documentales o los textos con los que los miembros de la Filial participaron en la JHNA/ ANH, se puede apreciar un programa más amplio de construcción de conocimiento sobre el carácter letrado de la cultura colonial cordobesa y las culturas aborígenes;[55] ambos campos temáticos centrados en el periodo anterior a la emancipación en el que, a diferencia de la región del litoral pampeano, el centro y norte del país poseía un pasado extenso y rico. Es decir que a este proceso de construcción de un discurso historiográfico local debemos sumarle otro, aún por estudiar, que es el de la construcción del oficio de historiador. Es decir que el proceso de institucionalización de la práctica historiográfica reseñado a lo largo de este trabajo no tuvo un proceso simétrico de profesionalización de los historiadores que sucedió fuera de los bordes temporales de este trabajo a partir de la década de 1950.

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ANEXO

Tabla
Catálogo de ediciones del Instituto de Estudios Americanistas
Catálogo de ediciones del Instituto de Estudios Americanistas
SERIE HISTÓRICA1. Instituto de Estudios Americanistas. Acto inaugural y antecedentes, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1937
2. Enrique Martínez Paz; Un episodio eclesiástico en Cuyo (1824). Relación documental presentada al Congreso de Historia de Cuyo, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1938
3. Ricardo Rojas; Echenique, autor de las ‘Laudationes’, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1938 [advertencia de J. Francisco V. Silva]
4. Guillermo Furlong Cardiff; Bio- bibliografía del Deán Funes, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1939 [introducción de Enrique Martínez Paz]
5. Enrique Martínez Paz; La formación histórica de la Provincia de Córdoba (1810- 1862), Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1941 [anotado por Luís Roberto Altamira]
6. Luís Roberto Altamira; El Seminario Conciliar de Nuestra Señora de Loreto. Colegio Mayor de la Universidad de Córdoba, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1943 [introducción de Enrique Martínez Paz]
7. Constituciones de la Universidad de Córdoba, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1944 [introducción Enrique Martínez Paz. Colaboradores: Carlos A. Luque Colombres, Luís Roberto Altamira y José R. Peña]
8. Ángel Clavero; Fray José Antonio de San Alberto. Obispo de Córdoba, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1944 [introducción de Enrique Martínez Paz]
9. Carlos A. Luque Colombres; Don Juan Alonso de Vera y Zárate. Adelantado del Río de la Plata, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1944
10. Luís Roberto Altamira; José Felipe Funes. Una vida breve y fecunda, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1947 [estudio preliminar de Enrique Martínez Paz]
11. Enrique Martínez Paz; El nacimiento de Obispo Trejo y Sanabria. Fundador de la Universidad, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1948
COLECCIÓN DE LA IMPRENTA JESUÍTICA DEL COLEGIO DE MONSERRAT1. Cinco oraciones laudatorias en honor del Dr. Dn. Ignacio Duarte y Quiros, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1937 [advertencia de Enrique Martínez Paz, introducción de Guillermo Furlong Cardiff, traducción de Benito Ochoa]
2. Reglas y constituciones que han de guardar los colegiales del Colegio de N. S. de Monserrat, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1940 [notas preliminares de Enrique Martínez Paz, estudio de Buenaventura Oro, notas de Luís Roberto Altamira]
CUADERNOS DE HISTORIA1. Enrique Martínez Paz; La misión histórica de Córdoba, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1941
2. Raúl A. Orgaz; La filosofía en Córdoba a finales del siglo XVIII, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1942
3. Rafael Moyano López; El doctor Jenaro Pérez. Magistrado y artista cordobés, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1942
4. Carlos R. Melo; La escuela jurídico política de Córdoba, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1942
5. Carlos A. Luque Colombres; Abogados en Córdoba del Tucumán, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1943 [nota preliminar de Enrique Martínez Paz]
6. Carlos A. Luque Colombres; El Deán Doctor Don Gregorio Funes. Arraigo de su familia en América, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1943
7. Luís Roberto Altamira; Juan de la Cruz Varela en la Universidad de Córdoba. Su despertar poético, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1944 [introducción de Enrique Martínez Paz]
8. Enrique Martínez Paz; El significado de la conquista, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1943
9. Carlos A. Luque Colombres; Libros de derecho en bibliotecas particulares cordobesas (1573- 1810), Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1945 [notas preliminares de Enrique Martínez Paz]
10. Carlos A. Luque Colombres; El Doctor Victorino Rodríguez, primer catedrático de Instituta en la Universidad de Córdoba, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1947
11. Enrique Martínez Paz; Guerra de Mendoza contra Córdoba (una interpretación de las guerras civiles argentinas), Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1945
12. Luís Roberto Altamira; Primeras capillas y templos de las islas Sanson y Patos (Malvinas). Sus capellanes y párrocos, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1947 [introducción de Néstor Pizarro]
13. Carlos A. Luque Colombres; El primer plan de estudios de la Real Universidad de San Carlos (1808- 1815), Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1945

Notas

1 Martínez Paz (Córdoba, 1882) fue vicerrector de la UNC (asumió en 1918) y decano de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales (asumió en 1937) y Orgaz (Santiago del Estero, 1888), decano de la misma unidad académica (1942- 1943), vicerrector (1943) y rector interino (1945): ambos ocuparon posiciones institucionales de primer orden en la Casa de Trejo. Los dos fueron docentes de la Facultad de Derecho: mientras que el primero fue titular de la Cátedra de Sociología (1911- 1918) y organizador de la nueva Cátedra de Derecho Civil Comparado (desde 1918), Orgaz fue docente suplente en Sociología desde 1916 y su titular luego de 1918. Así como Martínez Paz fundó y dirigió la Revista de la Universidad Nacional de Córdoba (entre 1914 y 1917 bajo el rectorado de Julio Deheza), ambos estuvieron asociados a experiencias nuevas: la sociología y la refundación de los estudios sobre derecho civil sobre la base científica que proveía el comparatismo. Para mediados de la década de 1930 ambos eran docentes titulares en las cátedras de Derecho Civil y Sociología y juristas –ambos jueces del Superior Tribunal de Justicia de la provincia de Córdoba y miembros de número de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales– devenidos en cuadros funcionariales universitarios y miembros de un grupo de poder institucional que hasta la intervención federal y las cesantías masivas de 1946 fue central en la gestión universitaria. Véase Aguiar (1960); Capdevila (1950 y 1965); Grisendi (2011, 2024a); Martínez Paz (1949); Poviña (1941); Requena (2018, 2021, 2024); véase también Homenaje a Enrique Martínez Paz, 1938.

Pablo Cabrera nació en San Juan en 1857, fue director del Museo Histórico de la Provincia de Córdoba (1919) y del Archivo de la UNC. “Vive alejado del bullicio y de la vana figuración, entre óleos desvanecidos por las centurias, bargueños que todavía exhalan perfumes de antiguos salones aristocráticos y alfarerías que denuncian la mano ingenua del soñador indiano. Estudia desde el alba hasta que muere el sol y aun a medianoche. Es de noble apostura y de cabeza blanca. Es de andar pausado y grave, casi ciego por su afán de leer borrosos manuscritos” (Altamira, 1939: 19 y 20). Una reconstrucción de su trayectoria intelectual en Altamira (1939: 21 y ss.); Luque Colombres (1995: 35-36); Reyna Berrotarán (2011, 2013, 2016) y Zabala (2010 y 2013).

2 Sobre el contexto de nuevos desarrollos institucionales en la UNC: Requena (2013); Requena y Grisendi, (2013b); Angelini (2022); Mattoni (2023).
3 Podemos hablar de un proceso de institucionalización puesto que la fundación del IEA culminó a finales de la década de 1950 en la del Departamento de Historia en el marco ya de la flamante Facultad de Filosofía y Humanidades (Mattoni, 2023; Requena, 2013).
4 Entre los estudios desarrollados en las últimas décadas caben mencionarse: un panorama general en Luque Colombres (1996), las investigaciones de Reyna Berrotarán y de Zabala citadas más arriba sobre Cabrera, una exploración sobre Carlos S. A. Segreti en Rojas (2013 y 2021) y una indagación sobre la renovación historiográfica a comienzos de los años sesenta en Devoto y Pagano (2009) y García (2010). Recientemente, Reyna Berrotarán (2020 y 2022) se ha ocupado del IEA. Una mirada verdaderamente nacional de la historia de la historiografía argentina que no cae en generalizar hipótesis y periodizaciones que solo funcionan para la ciudad de Buenos Aires se puede encontrar en: Philp, Leoni y Guzmán (2022) y en Escudero y Quiñonez (2020).
5 “Historia de las ideas sociales en la República Argentina” (Raúl Orgaz, IV, 4, 1927), “El Dean Funes y la iglesia argentina” (Enrique Martínez Paz, V, 5, 1928), “Don Mariano Fragueiro” (VII, 7, 1930), “Elogio de monseñor Pablo Cabrera” (Martínez Paz, XIII, 10, 1936- 1937), “Significado de la conquista” (Martínez Paz, XVII, 20, 1943), “Coussin y la teoría del grande hombre” (Orgaz, XVII, 14, 1940), “Las influencias doctrinarias en Facundo” (Orgaz, XVII, 14, 1940), “La misión histórica de Córdoba” (Martínez Paz, XVIII, 15, 1941), “Discurso del Dr. Enrique Martínez Paz” (XVIII, 15, 1941), “Discurso del presidente del congreso, Raúl Orgaz” (XVIII, 15, 1941), “Informe del señor presidente de la filial de Córdoba” (Martínez Paz, XX, 17, 1943), “La personalidad del Dean Funes” (Martínez Paz, XXV, 23, 1949), “Ramón J. Cárcano. Un historiador romántico” (Martínez Paz, XXVI, 24- 25, 1950-1951).
6 El tomo IX, Ensayos sobre etnología argentina. Onomástica indiana del Tucumán de Pablo Cabrera publicado en 1931. En un primer momento, los tomos X y XI de la colección iban a estar a cargo de Martínez Paz (El Dean Funes) y de Orgaz (Historia de las ideas sociales en la Argentina) respectivamente, sin embargo, finalmente no se publicaron ninguno de los dos. Hemos reconstruido algunos de los avatares que rodearon a estos libros no publicados en Requena y Grisendi (2013a: XXVIII).
7 En el volumen IV, titulado El momento histórico del Virreinato del Río de la Plata. Segunda sección (1938. Imprenta de la Universidad), publicaron: Raúl Orgaz (“La enseñanza de la filosofía” y “La enseñanza del derecho”), Félix Garzón Maceda (“La enseñanza de la medicina”) y Pedro Grenón (“El obispado de Tucumán, en la época del coloniaje”). En el volumen X, Historia de las provincias (1942. Buenos Aires, Imprenta de la Universidad), publicó Enrique Martínez Paz su “Córdoba”. Originalmente estuvieron previstas otras contribuciones que no se concretaron: “La fundación de Córdoba” (que Pablo Cabrera no pudo escribir pues falleció meses después), “Córdoba en el Virreinato” (Francisco V. Silva), “La Universidad Mayor de San Carlos” (Santiago Díaz) y “El Dean Funes” (Enrique Martínez Paz).
8 “...uno de los eventos historiográficos más significativos de los celebrados en Córdoba en el siglo XX”, (Escudero, 2017: 65).
9 Celebrado en la ciudad de Buenos Aires entre el 5 y el 13 de julio de ese año. Orgaz se desempeñó como conferencista (expuso sobre la historiografía de Vicente Fidel López) y como relator en la comisión sobre “Historia filosófica e historia científica”. En la comisión organizadora revistaban Martínez Paz como presidente de la Filial y Grenón como académico correspondiente por Córdoba. Además, miembros de la Filial aparecían a veces de manera superpuesta como delegados del Gobierno de la Provincia de Córdoba, de la Universidad Nacional de Córdoba. Véase Junta de Historia y Numismática Americana (1937).
10 Durante la gestión de Leguizamón se designaron un total de 21 miembros correspondientes, distribuidos del siguiente modo: 3 en 1923, 1 en 1924, 14 en 1925 y 3 en 1926 (Girbal de Blacha, 1995: 105).
11 Otro punto de contacto entre Martínez Paz, Orgaz y Levene durante los años treinta: los tres eran funcionarios universitarios (Levene fue presidente de la UNLP).
12 A partir de 1921 se llamó Instituto de Investigaciones Históricas; véase al respecto Cattaruzza (2003: 110 y ss.); Myers, (2004: 69 y ss.); Quatrocchi Woisson (1995: 75 y ss.). Sobre Emilio Ravignani, véase Buchbinder (2006).
13 De hecho, en relación con los historiadores cordobeses a los que nos referiremos, el Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas sólo publicó una reseña de La sinergia social argentina (1924) de Raúl Orgaz realizada por Ernesto Quesada.
14 Esta alianza entre Estado e historiadores se corresponde plenamente con el modo en que la JHNA consideraba a la historiografía: una labor pedagógica tendiente a construir la nacionalidad. Su concepción de la historia y los historiadores excedía el simple pragmatismo de las prácticas académicas para inscribir a ambos en el ámbito espiritual de la cultura nacional. En la línea del nacionalismo cultural preconizado por Ricardo Rojas en La restauración nacionalista (1909), consideraban a la historia como un dispositivo tendiente a “empatriotar” a la sociedad civil a la vez que se representaba a sí misma como la guardiana de la nacionalidad, creándose así “un lugar para la historia en la acción estatal sobre la sociedad” (Cattaruzza, 2003: 107) y convirtiéndose en “una herramienta central para la construcción del orden político” (Myers, 2004: 72). La labor pedagógica se tradujo en dos grandes proyectos: por un lado, la conformación de Museos, Archivos y Monumentos –esto es, instituciones de la memoria nacional– y, por el otro, la producción de un corpus escrito que iba desde manuales de escuela hasta la monumental Historia de la Nación Argentina pasando por las múltiples colecciones documentales que la Junta emprendió a partir de principios del siglo XX.
15 “Muy grato es a mi espíritu saludarlo en nombre de la Junta, y no precisamente presentarlo, por lo mismo que su obra de estudioso y pensador, además de ser conocida, fue tenida en cuenta en el momento de su designación. Sociólogo e historiador, Raúl Orgaz ha evidenciado en libros y colaboraciones periodísticas, que atesora una vasta cultura, que ha logrado la perfección de las ideas claras y generales y que ha trabajado el instrumento de su estilo hasta dotarlo de gran claridad y precisión. Sus meditaciones le impulsan a continuar, ahondando en una escuela de ideas que tiene ilustre abolengo en la Argentina, los estudios de la sociología nacional, que de tal podrían titularse los escritos fragmentarios de los hombres de la generación de Mayo de 1810 y los orgánicos de la generación constituyente, estudios que en nuestra Junta tienen cultores de la nombradía de Quesada, Rivarola, Dellepiane y Ayarragaray” (Orgaz, 1927: 165, nota al pie).
16 Glück (2015) permite suponer elementos comunes en las trayectorias de, al menos, Raúl Orgaz y Juan Álvarez. El primero, de varios, es el hecho de que Estanislao Zeballos fue padrino de tesis de ambos.
17 Nació en San Juan en 1871 y falleció en Córdoba en 1959. Una semblanza biográfica: Grisendi (2024b).
18 Nació en Buenos Aires en 1874, donde falleció en 1957. “...permanece transitoriamente en la ciudad de Córdoba. Agrega a su bibliografía histórica una obra de enjundia, en la que discurre con intuición de sociólogo: Federalismo argentino - Apuntes históricos - 1815/1921 - Córdoba (1932)” (Altamira, 1939: 19).
19 Nació y falleció en la ciudad de Córdoba en 1879 y1969. “...prepara una historia de la institución máxima de Trejo y Sanabria, de la que ofrece un anticipo en los Anales de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, intitulado así: “Orígen de la Universidad de Córdoba” (Altamira, 1939: 17).
20 1868-1960. “...autor de Removiendo el pasado (1914) y de Córdoba colonial. Conservación de monumentos. La tumba de Trejo (1917). En la primera de sus obras, revela aspectos de “La sociedad de Córdoba vieja”; refiere tragedias como la de ‘Barranca Yaco’; describe estados colectivos como el suscitado al penetrar ‘El Gral. Oribe en Córdoba’, y evoca, emocionadamente, la humilde figura de un lego, ejemplo de santidad, ‘Fray Javier’” (Altamira, 1939: 18; véase también Agüero, 2024b).
21 Nació en Esperanza (provincia de Santa Fe) en 1878 y falleció en la ciudad de Córdoba en 1974. “…sobresale por su producción abundante y por el dominio de sus acervos. Ora discurre entre los legajos del Archivo de Tribunales, ora entre los gruesos tomos del Archivo de Gobierno, ora, finalmente, por la riquísima colección del Arzobispado local. Es paciente, laborioso, paleógrafo distinguido. Alterna las funciones de su ministerio con estas incursiones. Traslada documentos ignorados y los ofrece bajo títulos como estos: Cartas coloniales (1925), Leyendas episódicas (1924), Aventuras de Laerte (1927), Cartografía cordobesa (1925), Libro de égidos (1931), Libro de mercedes (1930); otras veces dispuestos por orden cronológico y encaminados a un tema central: Alta Gracia (1929), Villa del Rosario (1930), Mártires de la patria cordobeses (1924), Sables históricos (1933), etc.” (Altamira, 1939: 16 y 17). Véase también Agüero (2024a); Luque Colombres (1995: 38-39) (“...un estilo muy personal, si se quiere ingenuo, sencillo, diáfano, sin vuelo literario, pero con sentido didáctico y acopio de fuentes documentales”) y Reyna Berrotarán (2022b).
22 De profesión médico, falleció en 1950. Agrega Altamira: “...arqueólogo y coleccionista de monedas americanas, que en la cuenca del lago San Roque busca sedimentos de la extinguida civilización comechingónica, exhumando piezas admirables, reveladoras de las costumbres, del sentido artístico y de los mitos religiosos del bárbaro. El vestido y el adorno de las figuras iconográficas indianas de San Roque (Punilla) (1937), es fruto sazonado de aquellas andanzas” (Altamira, 1939: 16).
23 1890-1978. “...publica La Argentina en el siglo XVI, El Libertador Bolívar y el Deán Funes (1917), Elogio de Vaca de Castro por Antonio de Herrera (1918), etc. y que, al regresar de España, donde trabaja, ofrece La constitución de 1826 (1926), Centenario del Deán Funes (1928), Centenario de Laprida (1929), Federalismo del Norte y Centro de 1820 (1931) y Formas federales de Tucumán y Córdoba en 1820 (1931)” (Altamira, 1939: 18). Luque Colombres: “se había graduado en España [de Doctor en Jurisprudencia por la Universidad de Madrid] donde residió varios años como discípulo de eminentes historiadores. Sus obras fueron muy comentadas por la originalidad de los temas tratados y de sus tesis” (Luque Colombres, 1995: 41; véase también Escudero, 2018).
24 Contrástese la prolífica presencia de Martínez Paz y Orgaz en el Boletín de la JHNA/ ANH reseñada en la nota 5 con la de los otros miembros de la Junta Filial: Cabrera, Celesia, Grenón y Magnín publicaron un artículo cada uno y González, dos.
25 “Constitución de la Filial en Córdoba de la Junta de Historia y Numismática Americana”, en Boletín de la Junta de Historia y Numismática Americana, V, 5, Buenos Aires, mayo- noviembre de 1928, p. 264.
26 “Constitución de la Filial en Córdoba de la Junta de Historia y Numismática Americana”, en Boletín de la Junta de Historia y Numismática Americana, V, 5, Buenos Aires, mayo- noviembre de 1928, pp. 265-266.
27 Ese mismo año recibió el Doctorado Honoris Causa de manos de la UNC, que en mayo de 1933 nuevamente lo homenajeó con motivo de sus bodas de oro sacerdotales. En 1941, durante el Congreso del Centro y Norte, se le acuñó una medalla conmemorativa.
28 Una breve cronología del periodo de inestabilidad institucional abierto en 1943 en la UNC: el 26 de octubre de 1943 el rector Ing. Rodolfo Martínez renuncia a su cargo y dos días después la UNC es intervenida por el Poder Ejecutivo Nacional y designado Interventor el Dr. Lisardo Novillo Saravia quien da por terminadas las funciones del Consejo Superior y de los Consejos Directivos y nombra Interventores en las tres Facultades de la Universidad. El 16 de marzo de 1945, a partir de la voluntad de normalizar la UNC, el Consejo Superior designa como Vicerrector al Dr. Raúl A. Orgaz (que había cesado en sus funciones con la intervención nacional un año y medio antes) y el 5 de abril de 1945, la Asamblea Universitaria elige a Rodolfo Martínez como Rector por el plazo reglamentario de cuatro años. El 27 de septiembre de 1945, el Rector, el Decano de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, el Vicedecano de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales y el Director de la Escuela de Ciencias Económicas son detenidos por la policía. El 16 de enero de 1946 renuncia definitivamente Martínez y es sucedido interinamente por el decano de Ciencias Médicas, Dr. León Morra; la Asamblea Universitaria eligió Rector nuevamente en abril, pero el 3 de mayo de 1946 el Poder Ejecutivo Nacional vuelve a intervenir la UNC, designando como Interventor al Dr. Felipe Pérez. Un panorama general de los vínculos entre la Universidad argentina y el gobierno nacional durante esos años puede encontrarse en el trabajo de Buchbinder (2005: 144 y ss.).
29 Archivo institucional del Instituto de Estudios Americanistas (FFyH, UNC) [IEA], Carpeta Correspondencia de y hacia Rectorado 1937-1947, “Bases para la creación del Instituto de Estudios Americanistas de la Universidad Nacional de Córdoba” (17 de julio de 1936).
30 IEA, Correspondencia de y hacia Rectorado 1937-1947, “Al H. Consejo Superior de la Universidad (nota del rector Sofanor Novillo Corvalán)” (22 de julio de 1936) (reproducida en Instituto de Estudios Americanistas, 1937).
31 “La Junta Filial de Córdoba, presidida ahora por el Dr. Enrique Martínez Paz, tributó un nuevo homenaje a la memoria de Monseñor Pablo Cabrera: el primero se realizó en Buenos Aires por esta Junta Central. Se inauguró en Córdoba el Instituto de Estudios Americanistas sobre la base de la Biblioteca y el Archivo de Monseñor Cabrera y con la colaboración de los miembros de la Junta Filial de aquella ciudad. En el gran acto celebrado con tal fin, en el salón de grados de la Universidad, hablaron el Rector de la Universidad Nacional de Córdoba, Dr. Sofanor Novillo Corvalán, el Presidente de la Junta Filial y Director del Instituto Dr. Enrique Martínez Paz y el subscripto, siéndome muy grato tratar el tema ‘Pensamiento y acción política del Deán Funes en 1811’” (Levene, 1937a: 5). Del mismo modo, Levene durante la década de 1940 será el director del Instituto de Sociología de la Universidad de Buenos Aires, cuya publicación dará lugar al sociólogo cordobés Raúl A. Orgaz.
32 IEA, Correspondencia de y hacia Rectorado 1937-1947, “Nota de Enrique Martínez Paz al rector de la UNC” (20 de mayo de 1937). En su discurso al HCS Novillo Corvalán dice: “Fuera del valor bibliográfico de dichas obras por su antigüedad y singular escasez, así como por el de su contenido, tienen el especialísimo de haber provenido de la vieja imprenta del colegio”. Se resuelve en la Ordenanza del HCS del 24 de mayo de 1937 “reimprimir facsimilarmente, en la imprenta de la Universidad las siguientes obras publicadas por la primitiva imprenta del Colegio de Monserrat”.
33 IEA, Correspondencia de y hacia Rectorado 1937-1947, “Memoria Anual de 1937” (14 de mayo de 1938).
34 IEA, Correspondencia de y hacia Rectorado 1937-1947, “Memoria Anual de 1942” (para 1942, hay dos “Memorias Anuales”: la primera, fechada el 2 de febrero de 1943 [que tiene anotado manuscrito en el margen superior izquierdo “Se deja sin efecto”] y la segunda, fechada el 4 de mayo de 1943).
35 IEA, Correspondencia de y hacia Rectorado 1937-1947, “Memoria Anual de 1944” (30 de mayo de 1945).
36 Lo cual trajo una serie de problemas dada la lentitud con la que la Imprenta desarrollaba su trabajo.
37 IEA, Correspondencia de y hacia Rectorado 1937-1947, “Memoria Anual de 1945” (19 de junio de 1946).
38 Véase el catálogo completo en el anexo.
39 Martínez Paz publicó “una relación documental ocasionada por el viaje del Vicario Apostólico Mons. Munzi en 1824, utilizándose el fondo manuscrito del Instituto…”, dicha relación documental fue la colaboración que llevó al Congreso de Historia de Cuyo, organizado por la Junta de Historia de Mendoza en el mes de mayo de 1937 (Martínez Paz, 1938). Se trata del tomo II de la “Serie Histórica”.
40 En 1941 Martínez Paz publicó un trabajo titulado La formación histórica de la provincia de Córdoba (Martínez Paz, 1941), dicho texto era la colaboración escrita para el tomo X (Historia de las provincias) de la Historia de la Nación Argentina publicada allí bajo el título “Córdoba”. Se trata del tomo V de la “Serie Histórica”. La historia en torno a ese trabajo: Escudero (2013).
41 El significado de la conquista (número VII de los “Cuadernos de Historia”, Martínez Paz, 1943) es el resultado de una conferencia que el director del IEA dictó en la Academia Nacional de la Historia en agosto de 1943.
42 IEA, Correspondencia de y hacia Rectorado 1937-1947, “Memoria Anual de 1939” (30 de marzo de 1940).
43 IEA, Correspondencia de y hacia Rectorado 1937-1947, “Nota al rector” (8 de setiembre de 1938) y “Nota 2174” del rector al director (14 de setiembre de 1939).
44 Ambas ofrecen “un conjunto de sesenta y tres piezas documentales que pertenecieron a los herederos del Gral. Dn. José María Paz” que es valuado en $200. IEA, Correspondencia de y hacia Rectorado 1937-1947, Nota del director del IEA al rector (19 de abril de 1938).
45 Otras hermanas que ofrecen “4 piezas documentales, a saber: 2 originales: 1 carta del Dr. Velez Sarsfield al Sr. Gaspar Brabo, de Buenos Aires, 26 E. 1826, y salvoconducto del Presidente Derqui para los Hermanos Sres. Escuti, del 18 Jn. 1861; 1 copia simple de 7 fxs. f.- de la época, del ‘Reglamento de propios y arbitrios’ para la ciudad de Córdoba, -según dice- de 1 E. 1792; y 1 ej. de la reimpresión facsimilar de la ‘Exposición’ del Gral. Alvear, Buenos Aires, 1815”. Orgaz y Melo lo valúan el paquete documental en $250. IEA, Correspondencia de y hacia Rectorado 1937-1947, Nota del director del IEA al rector (11 de julio de 1938).
46 Ofrece “un conjunto de 7 documentos: 2 cfs. del Gral. Bustos al Gobernador Intendente de Córdoba, de 21E y 24F 1820, 1 cf. del Presidente del Congreso General Constituyente al Gobernador Bustos, de 24 My. 1825, 2 recibos del Gral. Oribe y F. Reinafé de 3 Ag. 1841 y 5 My. 1833 respectivamente por 6 mulas y 350 reses; 1 solicitud de baja de C. Sosa de Ab. 1838, y 1 copia simple del Tratado entre Buenos Aires y Córdoba de 27 O. 1829, (del Dr. Sarachaga)”. La oferta es por $120. IEA, Correspondencia de y hacia Rectorado 1937-1947, Nota del director del IEA al rector (2 de agosto de 1938).
47 Ofrece “un lote de libros, formado por 267 volúmenes, de obras que en su mayoría serían de interés para este Instituto” por un total de $509,50. IEA, Correspondencia de y hacia Rectorado 1937-1947, Nota del director del IEA al rector (11 de marzo de 1940).
48 IEA, Correspondencia de y hacia Rectorado 1937-1947, Nota del director del IEA al rector (20 de julio de 1942).
49 IEA, Correspondencia de y hacia Rectorado 1937-1947, Resolución rectoral Serie B 459 (14 de agosto de 1942).
50 Los Anales de la Universidad Nacional de Córdoba publicados entre 1901 y 1910.
51 Bosquejo histórico de la Universidad de Córdoba (1882). Que desata una réplica por parte de fray Abraham Argañaraz –Rectificaciones críticas acerca de la reciente historia de la Universidad de Córdoba del Tucumán (1883)– y una contrarréplica de Garro titulada La Universidad de Córdoba bajo la dirección de los religiosos de San Francisco.
52 La Universidad Nacional de Córdoba (1910).
53 Universitarios de Córdoba: los del Congreso de Tucumán (1916) y Trejo y su obra (1920).
54 Profesor de Derecho Público Provincial y Municipal en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UNC.
55 Piénsese en la afirmación citada de Novillo Corvalán que proponía la posibilidad de abordar el pasado colonial sin los prejuicios con los que había sido abordado a lo largo del siglo XIX, notorio si se piensa que el objetivo científico de la NEH era, por fin, lograr un relato desapasionado del rosismo y las llamadas guerras civiles

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