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La institucionalización del saber historiográfico en Córdoba entre 1926 y la década de 1940 vista a partir de los intercambios entre dos comunidades intelectuales
The institutionalization of historiographical knowledge in Córdoba between 1926 and the 1940s as seen through interactions between two intellectual communities
La institucionalización del saber historiográfico en Córdoba entre 1926 y la década de 1940 vista a partir de los intercambios entre dos comunidades intelectuales
Prohistoria. Historia, políticas de la historia, núm. 44, 1-32, 2025
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)
Recepción: 17 Abril 2025
Aprobación: 19 Mayo 2025
Publicación: 22 Diciembre 2025
Resumen: El artículo reconstruye parte del proceso de institucionalización de la escritura historiográfica en la ciudad de Córdoba entre la década de 1920 y la de 1940. Se concentra en dos momentos: la fundación de la Filial Córdoba de la Junta de Historia y Numismática Americana en 1926 y la inauguración del Instituto de Estudios Americanistas de la Universidad Nacional de Córdoba en 1936; entre ambos se detecta la vital actividad de una comunidad de académicos –con lazos e intercambios con una comunidad de historiadores constelada en torno a la Junta de Historia y Numismática Americana y a Ricardo Levene en la Capital Federal– aunque la creación de 1936 marcó una novedad: fue la primera vez que la historiografía se institucionalizó en el marco de la Casa de Trejo.
Palabras clave: Historia de la Historiografía, Córdoba, Institucionalización de la Historia, Universidad Nacional de Córdoba, Nueva Escuela Histórica.
Abstract: This article reconstructs part of the process of institutionalization of historiographical writing in Córdoba between the 1920s and the 1940s. It focuses on two key moments: the founding of the Córdoba Branch of the Junta de Historia y Numismática Americana in 1926 and the inauguration of the Instituto de Estudios Americanistas at the Universidad Nacional de Córdoba in 1936. Between these two events, a vibrant community of scholars emerged that maintained exchanges with a network of historians clustered around the Junta de Historia y Numismática Americana and Ricardo Levene in Argentina’s city capital. However, the 1936 creation marked a turning point: for the first time, historiography was institutionalized within the framework of the Casa de Trejo.
Keywords: History of Historiography, Córdoba, Institutionalization of History, Universidad Nacional de Córdoba, Nueva Escuela Histórica.
El lugar donde nació el historiador Funes, el pensador que abarcó la extensión del horizonte y el tránsito del antiguo al nuevo régimen, es el mismo en el que vieron la luz el general Paz, el soldado técnico inflamado por la pasión de la libertad contra la tiranía de Rosas, que representa la unión de Buenos Aires y las Provincias, y el viejo Vélez, el jurisconsulto que encarna la tradición del Derecho Patrio y la Codificación del Derecho privado para consolidar la estructura jurídica de la nacionalidad.
Figuras provincianas por su ascendencia, por su entrañable arraigo en la madre tierra, por las originalidades y la luz del paisaje que llevaron para siempre consigo y retrataban fielmente aun en el semblante, pero grandes figuras nacionales por la acción esforzada, por las proyecciones del pensamiento civilizador concebido en este centro geográfico de la Nación y por el ejemplo que dieron estas vidas cordobesas consagradas al bien público…
Ricardo Levene (1941)
Introducción
Este artículo reconstruye dos episodios del proceso de institucionalización de la práctica y el saber historiográficos en la ciudad de Córdoba: por un lado, la fundación de la Filial Córdoba de la Junta de Historia y Numismática Americana (en adelante, JHNA) que a mediados de los años veinte supuso la consagración nacional de una comunidad de historiadores locales que no tenían a mano instancias de reconocimiento y, por otro, la fundación del Instituto de Estudios Americanistas (en adelante, IEA) de la Universidad Nacional de Córdoba (en adelante, UNC) en 1936, primera experiencia de institucionalización historiográfica en el ámbito universitario local. Nuestro argumento es que el vínculo de un grupo de historiadores cordobeses conformado, entre otros, por Raúl Orgaz, Enrique Martínez Paz y Pablo Cabrera[1] con el grupo de historiadores que, encabezado por Ricardo Levene e identificados con la Nueva Escuela Histórica, estaba colonizando en la ciudad de Buenos Aires la JHNA, se tradujo en la creación de la mencionada Filial y desde entonces en intensos intercambios intelectuales entre las dos comunidades: designaciones como académicos correspondientes por Córdoba en la Junta, publicación de estudios en el Boletín de la JHNA, conferencias de porteños en la ciudad mediterránea y el proyecto de editar sendos libros de Orgaz, Cabrera y Martínez Paz (Requena y Grisendi, 2013a). De modo que cuando Cabrera falleció en 1936 y el rector Sofanor Novillo Corvalán encomendó a una comisión la elaboración de un proyecto de Instituto que se consolidase sobre la base de la colección documental y la biblioteca del extinto, los nombres que aparecieron como más autorizados para llevar adelante tal empeño fueron precisamente sus ex compañeros de la Filial[2] y cuando se inauguró el Instituto en 1936, Martínez Paz fue el director y Orgaz, uno de los vocales.[3]
La indagación supone continuar desbrozando el sendero de la historia de la escritura de la historia en Córdoba.[4] Nos interesa seguir las derivas de un grupo de historiadores a partir de aquello que planteaba hace casi cincuenta años Michel De Certeau en su clásico artículo “La operación historiográfica”, esto es, que el saber historiográfico es el resultado precisamente de una operación de montaje en la que intervienen “un lugar (un reclutamiento, un medio, un oficio, etcétera), varios procedimientos de análisis (una disciplina) y la constitución de un texto (una literatura)” (De Certeau, 2006: 68, cursivas en el original).
La Junta de Historia y Numismática Americana. Filial Córdoba, 1926-1941
La evidencia documental indica que a partir del contacto entre un grupo de la elite letrada universitaria cordobesa y la JHNA de la ciudad de Buenos Aires se desarrolló un proceso de institucionalización de la práctica historiográfica en Córdoba. Su punto de partida fue el proyecto de fundar una Junta Filial en la ciudad mediterránea a mediados de la década de 1920. En su historia, como sostenemos, pueden seguirse los vínculos que se tejieron entre historiadores de ambas ciudades: a partir de su fundación en 1926 encontramos conferencias, emprendimientos editoriales y eventos científicos en los que miembros de ambas comunidades intelectuales –principalmente, Orgaz y Martínez Paz– participaron activamente. Resultan marcas de estos intercambios la participación de historiadores de la Filial en el Boletín de la JHNA,[5] en la Biblioteca de Historia Argentina y Americana,[6] en la monumental colección Historia de la Nación Argentina[7] y, quizás el punto más alto de integración, la organización del Primer Congreso de Historia del Centro y Norte del País realizado en la ciudad de Córdoba del 12 al 16 de octubre de 1941 bajo la presidencia de Enrique Martínez Paz y Raúl Orgaz y con el aval institucional de la ANH[8] (amén de la intervención de cordobeses en el Segundo Congreso Internacional de Historia de América que se celebró con motivo del cuarto centenario de la fundación de la ciudad de Buenos Aires en 1937).[9]
La parte de la comunidad local que participó era heterogénea: la conformaban tanto juristas de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales interesados en el estudio de lo social (lo cual iba desde el derecho comparado hasta la sociología, pasando por la historia) como un sacerdote con amplios intereses (que iban desde la lingüística hasta la etnología, pasando por la historia); este último rasgo era común en los miembros de ambas comunidades: los principales miembros de la Junta en Buenos Aires tampoco eran historiadores de formación aunque habían montado un efectivo dispositivo institucional, político y simbólico que pretendía monopolizar el dispendio de signos de consagración. El vínculo puede ser leído como parte de un juego de alianzas a nivel nacional que fue fructífero para ambas comunidades: la circulación hacia Buenos Aires resultó legitimante para los historiadores locales puesto que los consagró en tanto tales ya que –pese a que ya eran juristas, sociólogos, etnólogos o lingüistas– fue su vínculo con la JHNA el que les otorgó prestigio como historiadores al punto que varios de ellos fueron los protagonistas de la entrada de la historiografía al ámbito universitario mientras que los historiadores de la Nueva Escuela Histórica filiados en la Junta Central pudieron aprovechar el vínculo con el interior para ganar la disputa por la primacía en el ámbito historiográfico porteño a otras instituciones como la propia Universidad de Buenos Aires. Desde su fundación, la JHNA fue construyendo un espacio simbólico de alcance nacional e internacional mediante la incorporación de miembros correspondientes tanto por las provincias como por otros países. Durante la década de 1920 tal construcción tuvo por objetivos contrapesar la presencia del Departamento de Historia de la Universidad de Buenos Aires –su competidor directo–, generar un conjunto de prácticas congruentes con la representación que la Junta tenía de sí misma como guardiana de la historia nacional y, por lo tanto, de la nacionalidad, y finalmente producir vínculos continentales que le diesen una proyección americanista (Requena, 2015). Noemí Girbal de Blacha observaba la transformación de la JHNA en Academia Nacional de la Historia (ANH) durante la década de 1930 como un proceso de nacionalización, posible a partir de la construcción de redes institucionales y de la efectiva vinculación con el poder político (Girbal de Blacha, 1993: 39). Durante las presidencias del cordobés Ramón J. Cárcano (1919-1923) y el entrerriano Martiniano Leguizamón (1923-1927), se fue perfilando esa gradual transformación de la Junta: el primero abrió lugar a los miembros más jóvenes mientras que durante la presidencia del segundo se designó gran cantidad de correspondientes al punto que en el año 1925 se nombró la mayor cantidad de ellos.[10] Parafraseando un acta de la época, Girbal de Blacha escribe que durante la presidencia de Leguizamón la Junta se propuso como objetivos “‘mantener la autoridad y los prestigios’ de la institución dentro y fuera del país, estimular ‘las relaciones espirituales con las asociaciones similares de las naciones hermanas vinculadas por un común origen’ e incorporar nuevos y activos miembros numerarios y, especialmente, correspondientes en el interior del país” (Girbal de Blacha, 1993: 31 y 32). Al respecto, en su discurso de asunción a la presidencia de la Junta, Levene[11] decía que
“Entre nosotros figuran en carácter de socios activos o correspondientes, profesores de historia de las Universidades del país, directores o miembros honorarios de los Archivos de la Nación, del Museo Mitre, del Archivo de la Provincia, de los Institutos de investigaciones históricas y geográficas de la Facultad de Filosofía y Letras, así como también de los Museos de La Plata, del de Historia Natural Bernardino Rivadavia, del Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires y de los Museos Históricos de Buenos Aires, Luján y Córdoba, entre otros […] Si la Junta promueve con más intensidad, si cabe, la acción de vinculación con las academias de la Historia de América, como lo viene realizando con la Sociedad de Historia y Geografía de Chile y los Institutos Históricos del Uruguay, Perú y Río de Janeiro, entre otros, se podría formular en cierto momento un plan o programa sintético de problemas históricos generales, con el fin de armonizar la enseñanza de la historia americana, valorando su contenido con el criterio de la solidaridad de los pueblos de América entre sí” (Levene, 1927a: 6)
Jorge Myers escribe que la Junta/ Academia “logró convertirse en una de las pocas instituciones extrauniversitarias con capacidad de dispensar signos de legitimidad a los practicantes de la disciplina” (Myers, 2004: 71). Si observamos a la Sección de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras fundada en 1906 –rebautizada como Instituto de Investigaciones Históricas en los años veinte[12]– y contracara de la Junta dado su carácter universitario, podemos constatar que no incorporó mayormente a historiadores del interior;[13] podemos considerar a ambas como las principales instituciones historiográficas de la época: de hecho, comenzaron a editar sus respectivos Boletines en 1922 y 1924 y, si bien estaban dirigidas por historiadores filiados en lo que usualmente se llama Nueva Escuela Histórica (Emilio Ravignani, Diego Luis Molinari y Rómulo Carbia en el Instituto y Ricardo Levene en la Junta), ambas disputaron “…un lugar en la reciente en la reciente estructura de la historia profesional” compitiendo por “la obtención de recursos, la organización de sistemas de consagración autónomos, el control del acceso a los cargos de las distintas alternativas laborales, los contactos con el exterior, la autoridad científica” (Cattaruzza, 2003: 113; véase también Pagano y Galante, 2006). La competencia se terminó resolviendo en favor de la JHNA puesto que fue la que logró consolidarse como un espacio oficial de la historia nacional (en 1938 se convierte en la Academia Nacional de la Historia) y consiguió en 1934 la financiación necesaria para publicar a partir de 1936 su monumental obra Historia de la Nación Argentina. La oficialización de la Junta en Academia y la elaboración del discurso historiográfico oficial y definitivo fueron posibles gracias a los estrechos vínculos que unían a figuras del elenco gobernante con historiadores de la Junta; sin embargo, en este contexto de competencia, el motivo de la opción de parte del Estado de oficializar y favorecer a una y no a otra puede haber tenido directamente que ver con una política mucho más efectiva de expansión hacia todo el país de parte de la Junta.[14]
En este contexto de políticas expansivas, durante 1926 Martínez Paz y Orgaz fueron nombrados miembros correspondientes por Córdoba. No sabemos si aquel leyó alguna clase de conferencia con motivo de su incorporación, al menos el Boletín no la publicó; este, en cambio, leyó el 27 de agosto de 1927 una conferencia inaugural sobre la “Historia de las ideas sociales en la Argentina”, ocasión en la que Ricardo Levene pronunció las siguientes palabras: “Al recibir en la Junta al doctor Orgaz, saludo en él a uno de los más serios estudiosos de Córdoba, que ha sellado sus trabajos de fuerte vocación espiritual”.[15] Tales designaciones formaban parte de un plan más extenso: una política de fundación de Juntas Filiales a partir de 1925. Se fundaron filiales en Córdoba, Rosario y Entre Ríos: la primera en 1926 presidida por Pablo Cabrera y luego de su muerte por Enrique Martínez Paz, la segunda por Juan Alvarez[16] y la tercera por César Pérez Colman. Esta opción por las tres ciudades encerraba una imaginación geográfica: “…acometimos la empresa de plantar su simiente y fundamos las entidades filiales en Córdoba, bajo la presidencia de Pablo Cabrera y en Rosario, bajo la presidencia de Juan Álvarez. En la ciudad histórica y en la ciudad nueva, las juntas filiales, están desempeñando una brillante acción cultural reveladora de las fuerzas espirituales con que cuenta el país”; Levene proseguía “la Junta auspicia la formación de núcleos de estudiosos, para intensificar las investigaciones regionales y originales [...] y fomenta las vinculaciones entre ellos y con esta Junta Central, imprimiendo a los estudios los caracteres de unidad y nacionalidad que constituyen su fundamento” (Levene, 1931-1933: 430).
La primera sede en la que funcionó la Filial fue en el Museo Colonial que dirigía Cabrera. Sus miembros fueron: Cabrera (presidente) nombrado miembro correspondiente en 1915, Henoch Aguiar (correspondiente en 1928),[17] Ernesto Celesia (correspondiente en 1933, de número en 1939),[18] Santiago Díaz (correspondiente en 1916),[19] Juan B. González (correspondiente en 1916),[20] RP Pedro Grenón (correspondiente en 1928),[21] Jorge Magnín (correspondiente en 1937),[22] Martínez Paz (correspondiente en 1926 e ingresa como miembro de número en 1947), Orgaz (correspondiente en 1926) y J. Franscisco V. Silva (correspondiente en 1936);[23] no todos los miembros correspondientes por Córdoba se convertían automáticamente en miembros de la Junta Filial (no lo fueron Martín Gil ni Zenón Bustos), del mismo modo que todos estos se convirtieron en académicos correspondientes de la Academia Nacional de la Historia en 1941 con motivo de la celebración del Primer Congreso de Historia del Centro y Norte del País.[24] La Filial nació casi con un mandato programático:
“…la entidad filial, con su presidente y el núcleo de hombres de positivo valer que la integra, será la institución encargada de promover la investigación sobre los temas de la historia de la provincia –una de cuyas formas sería la reedición facsimilar de periódicos locales– y lo que tiene un alto valor, serán sus miembros, en colaboración con los de esta Junta Central y hombres de estudio de otras corporaciones los que formularán las ideas generales en la interpretación de la Historia de la Nación y de la Provincia” (Levene, 1928: 2)
Próximo a cumplirse el centenario de la muerte de Funes, la filial –que había adoptado algunas resoluciones en pos de la publicación de sus obras completas– delegó su representación en Martínez Paz, quien hizo en la Junta una exposición sobre “El Dean Funes y la Iglesia Argentina”, mientras que Mariano de Vedia y Mitre dictó una conferencia en Córdoba (Levene, 1928, Martínez Paz, 1928). En la presentación, Levene dijo: “Corresponde decir, con brevedad pero con justicia, que esta presencia de Enrique Martínez Paz en la cátedra de la Junta ha sido recibida con las muestras de la devoción intelectual que profesamos a quien como él, ha cimentado en el país, con su obra original, un sólido prestigio de jurista, sociólogo e historiador” (Martínez Paz, 1928: 147, nota al pie). En el informe de las actividades de 1928, el presidente reflexionaba:
“La conferencia del doctor Martínez Paz, en representación de la entidad local y el discurso que en otra sesión, leyó su presidente, el doctor Cabrera, han contribuido desde el comienzo a hacer más estrechas las relaciones intelectuales entre los miembros de una y otra Junta” (Levene, 1928: 2)
En julio de 1928, Levene visita Córdoba para la constitución de la Filial. Según la crónica de La Voz del Interior que retomó directamente el Boletín, se realizó un acto en los salones del Museo Histórico en el que estuvieron presentes entre otros el Obispo de Córdoba, el Rector de la Universidad y funcionarios provinciales y municipales. En su discurso, dijo que:
“La primera entidad filial que la Junta de Historia y Numismática ha aspirado a fundar ha sido en Córdoba, y huelga decir que no podía ser de otro modo, no sólo porque Córdoba ha estado en la elaboración de la corriente central de los hechos de nuestro pasado, desde los comienzos de la Colonia, en el momento revolucionario y en la explosión del federalismo, en el de la organización institucional y éste de su esplendor económico, sino porque es índice de la cultura del país y la fisonomía de Córdoba se refleja en la personalidad moral de la Argentina contemporánea.
En esta histórica ciudad con sus institutos universitarios, la Academia de Ciencias, los Archivos, el Museo y otros organismos, la filial de la Junta de Historia tiene una misión que cumplir, investigando hondo para descubrir la verdadera naturaleza de los hechos e interpretando desde un alto mirador él proceso genético del pasado.”[25]
A su vez, el flamante presidente de la Filial dijo:
“Nos veis aquí reunidos en un recinto que pregona de suyo con incomparable elocuencia las condiciones de unión, de comunidad de propósitos que la Junta ha deseado promover, para mayor medra de la ciencia histórica argentina. Este museo, que me cuenta por director, será sede del cuerpo que fundáis, así como es testimonio (vivo, iba a decir) del culto de veneración que le merecen a este pueblo sus tradiciones y de los que puede esperarse del mismo en lo que atañe a los estudios del pretérito argentino […] el intento de la Junta habría carecido de las proporciones naturales dentro del país si ella se hubiese limitado a coligar las personalidades residentes en la Capital, descuidando el aporte provinciano […] Córdoba ha sido la escogida entre todas las capitales hermanas para nutrir la primera rama de aquella sabia corporación; y a nosotros nos toca, señores, comprobar el acierto de tal elección, mediante la cordialidad de nuestra participación en la obra de la Junta y la eficacia de nuestros aportes”[26]
Para ese momento, la figura anciana de Cabrera tenía venerabilidad tanto entre los historiadores locales como entre sus pares porteños: en 1928 fue homenajeado por la JHNA (Cabrera, 1928).[27] Su figura ofició de eslabón que vinculó largamente a ambas comunidades y cuando murió en 1936, Martínez Paz leyó en la ciudad de Buenos Aires una conferencia titulada “La personalidad de Monseñor Pablo Cabrera” (Martínez Paz, 1937c) y Levene tuvo palabras elogiosas: “figura entre los primeros que se internaron con temeridad en la vieja historia, ensanchando sus dominios en los sectores inexplorados, la terra incognita, de la Lingüística, la Etnografía, la Geografía Histórica y la Historiografía cultural primitiva” (Levene, 1937d: 159). Balance similar hizo de su obra Martínez Paz:
“Sus afanes de historiador, no llegaron nunca a plantearle el problema de la historia como especie metafísica, a la manera croceana, no se inquietó jamás por resolver de qué lado estaba la razón en la contienda en que se debaten Valery y Fustel de Coulanges… La generalización histórica, como escribió alguna vez, de la que tanto se ha abusado en nuestro país, no es posible sino a través de comprobaciones fehacientes, reclama el antecedente documental, la base concreta del hecho” (Martínez Paz, 1937c: 160-165)
A la muerte del presidente de la Filial, el rector de la UNC en resolución del 4 de junio de 1936 escribe que
“…realizar el homenaje mediante las formas usuales de los actos recordatorios, del discurso que ensalce sus méritos y el retrato o el busto que haga sensible su noble figura, parece insuficiente si fuesen a interpretarse sus propios gustos, la vocación intelectual de su espíritu; crear un instituto de estudios históricos americanistas que lleve su nombre, dependiente de esta Universidad, constituido sobre la base de su biblioteca y museo, que puede proseguir trabajos de investigación y crítica…” (Novillo Corvalán, 1937a: 202 y ss.)
Esa misma resolución designaba como miembros de una comisión asesora a Martínez Paz, Orgaz, Juan Carlos Vera Vallejos, J. Francisco V. Silva y Ernesto Gavier. Nótese que de los cinco miembros de la comisión asesora, tres habían participado de la experiencia de la Junta Filial: salvo Gavier –presente por ser el secretario general de la Universidad, es decir en un rol administrativo– y Vera Vallejos –sacerdote docente de Sociología en el Seminario de Loreto–. Dicha comisión asesora debía expedirse sobre: “a) Conveniencia y modo de adquisición de la biblioteca que fue de Monseñor Dr. Pablo Cabrera y de su museo, en todo o en parte; b) Determinar las tareas a las que se ajustará el Instituto de Estudios Americanistas” (Novillo Corvalán, 1937a: 202 y ss.).
El Instituto de Estudios Americanistas de la Universidad Nacional de Córdoba, 1936-1947
Proponemos en esta sección estudiar al IEA a través de los documentos oficiales sobre su fundación y funcionamiento como a los que se refieren a su política editorial. Tulio Halperín Donghi caracteriza a los años siguientes a 1918 como de “triunfo parcial de la Reforma” (Halperin Donghi, 2002: 111), Pablo Buchbinder va más allá al describir el periodo 1918-1943 como de vigencia de los postulados reformistas y señala que una de sus características centrales, aunque escasamente atendidas, es la emergencia de una nueva concepción sobre la relación entre Universidad e investigación científica. Esta nueva concepción se encuentra íntimamente relacionada con la crítica al profesionalismo que había marcado a las programáticas reformistas en la década de 1910. Es en este marco de transformación que debemos comprender las políticas llevadas adelante desde los cuerpos directivos de las universidades argentinas tendientes a fundar nuevos institutos de investigación (Buchbinder, 2005: 122 y ss.). Precisamente a lo largo de la segunda mitad de la década de 1930 –durante las dos gestiones rectorales de Sofanor Novillo Corvalán– se desarrolló en la UNC una política de fundación de institutos que se sostenía en la necesidad de impulsar por un lado a la investigación científica y por el otro a las humanidades como antídotos contra el profesionalismo. Esta política fue continuada durante el rectorado de su sucesor Rodolfo Martínez a principios de los años cuarenta y se sostuvo pese a la inestabilidad institucional generada por las intervenciones que la UNC vivió desde 1943:[28] en ese arco temporal se crearon, además del IEA, el Instituto de Filosofía (1934), el Instituto de Humanidades (1940), el Instituto de Antropología, Lingüística y Folklore (1941) y la Facultad de Filosofía y Humanidades (1946).
La comisión se expidió el 17 de julio de 1936, remitiendo al rector un documento titulado Bases para la creación del ‘Instituto de Estudios Americanistas de la Universidad Nacional de Córdoba’. En él la comisión propone que el objetivo del IEA sería “promover e intensificar las investigaciones de carácter histórico”;[29] dicho objetivo se precisa más en el mismo documento: catalogación bibliográfica y documental; investigación; publicación (de boletines, documentos, monografías o reimpresiones) utilizando la imprenta de la Universidad; estímulo a la investigación, dictado de cursos y conferencias sobre temas históricos; y, finalmente, construir vínculos con institutos similares del país y el extranjero. La comisión recomienda una estructura de un director, dos miembros ad-honorem y un secretario que serán designados por el rector con acuerdo del Honorable Consejo Superior (HCS). Sobre la base de este documento, el rector elevó al HCS el proyecto de creación del IEA, que la aprobó el 14 de agosto de 1936. En el proyecto el rector explicaba las razones por las cuales era pertinente la apertura de un centro de investigaciones históricas en la ciudad de Córdoba para lo que, por un lado, deslizaba un diagnóstico sobre los estudios históricos en nuestro país y, por el otro, ubicaba a Córdoba en la geografía cultural nacional:
“Harto sabido es cómo la historia patria y la precolonial que le antecede están saliendo recién de la bruma en que las envolvió la pasión de los primeros historiadores; qué escaso material documental utilizaron nuestros cronistas y biógrafos, si se exceptúan algunas pocas obras, y cómo desde hace muy poco se observa una rectificación profunda en los métodos para el conocimiento de los hechos y de los actores de los sucesos históricos.
Fuente grande y rica posee Córdoba en archivos oficiales y particulares que pueden arrojar luz intensa sobre nuestro pasado: solo falta el trabajo coordinado, bajo una dirección alta y competente, con los medios que puede suministrar un Instituto para que se alleguen aportes interesantes a la reconstrucción de la historia nacional y del doloroso proceso colonial en el que se descubren la raíz de muchas instituciones patrias y del espíritu de nuestra sociabilidad”[30]
Primeramente, encontramos esa especie de sentido común historiográfico impuesto por la NEH que sostenía que recién a partir de la segunda década del siglo XX era posible escribir una historia definitiva de la Argentina, principalmente debido a la objetividad que suponía el hecho de que los historiadores encargados de escribirla no tenían compromisos con el pasado. Al mismo tiempo, en el párrafo insertado, aparece Córdoba representada como un espacio significativo para la construcción de un relato histórico, justamente por poseer un pasado colonial más rico que las ciudades del litoral argentino: si aceptamos el planteo de Juan Agustín García –como lo hace Novillo Corvalán– sobre el papel de la colonia en la formación de las sociedades nacionales en nuestro país, descubriremos que la única región del país que posee una historia mayor de una centuria es el noroeste argentino.
La inauguración del IEA se realizó el 23 de noviembre de 1936. Siendo designados director Martínez Paz, Orgaz y Carlos R. Melo como miembros y J. Francisco V. Silva como secretario. Asimismo, se designa un encargado de publicaciones y un ayudante: Luís Roberto Altamira y José Peña, respectivamente. Con ocasión de la inauguración, el rector, el presidente de la JHNA y el flamante director del Instituto leyeron sendos discursos. Es completamente sintomática la presencia de Levene confiriendo autoridad y legitimidad al nuevo emprendimiento historiográfico en el que en cierto modo la JHNA era partícipe pues varios de sus miembros correspondientes formaban parte de su red: “el nuevo Instituto se incorpora con renovada fuerza a impulsar las grandes empresas culturales de este momento” (Levene, 1937b: 15), dice en alusión a la Historia de la Nación Argentina y al II Congreso Internacional de Historia de América.[31] El vínculo entre la Junta Central y la Filial incorporada a la Universidad como Instituto de Estudios Americanistas, dio como resultado como ya mencionamos a finales de la década de 1930 la colaboración de Martínez Paz y Orgaz en la monumental colección dirigida por la Junta; y la participación en el II CIHA en la ciudad de Buenos Aires.
“…su voto ha de dotar a la Universidad de Córdoba, a la que tanto amó, de su opulenta biblioteca histórica está cumplido, y yo he recogido su voluntad, expresada con la fuerza de una cláusula testamentaria, según su propio lenguaje, de buscar el sucesor o los sucesores de sus trabajos, fundando el Instituto de Estudios Americanistas bajo la dirección de un dilecto y prestigioso discípulo suyo, el doctor Enrique Martínez Paz, y con la asistencia del Presidente de la Junta de Historia y Numismática de la Nación [sic!], doctor Ricardo Levene, que es realce del acto y aporte de circunspección científica, de saber y de responsabilidad intelectual.
Lo declaro inaugurado con el voto, señores miembros del instituto, de que extraigáis de los viejos legajos nuevas verdades…” (Novillo Corvalán, 1937b: 13)
La presencia de Levene –figura legitimante del nuevo emprendimiento cultural universitario en pleno ritual de inauguración, tal como lo reconoce Novillo Corvalán– se completa con el trabajo que lee, la conferencia “Pensamiento y acción política del Deán Funes en 1811” (Levene, 1937b). La recurrencia a la figura político-eclesial de Gregorio Funes en la ciudad de Córdoba, y en su Universidad, forma parte de la compleja trama de intercambios simbólicos que sucede en el acto fundacional: “He escrito la Historia de la Revolución de Mayo y Mariano Moreno y por eso me decido a hablar del Deán Gregorio Funes en la tierra de su nacimiento y en la escena donde desplegó sus dotes excepcionales, espíritu animador de las más fecundas transformaciones de la Universidad de Córdoba como ha dicho el Dr. Martínez Paz” (Levene, 1937b: 16). Finalmente, la conferencia de Martínez Paz –“El sentido político moderno de la historia” (Martínez Paz, 1937a)– efectúa un estado de los estudios históricos en nuestro país proclamando la necesidad de repensar la noción de historia y de documentos.
Un análisis de las Memorias Anuales que el director del IEA elaboró para informar al rector de la UNC sobre las actividades del Instituto puede darnos una idea del funcionamiento institucional y académico del nuevo ámbito: de las áreas de investigación que se privilegiaron en esos años y de los límites del emprendimiento. Para el período recortado disponemos de un total de ocho, elaboradas por el director entre los años 1938 y 1947 (una por año, salvo las correspondientes a los años 1938 y 1941). Una primera certeza que surge de su lectura es que el Instituto concebía su actividad en dos ámbitos: por un lado, el editorial y por el otro, el de la conformación de su archivo y biblioteca. Observándolos podemos establecer una apreciación un poco más general respecto de la noción de pasado histórico para los miembros del IEA: si había algo de lo que estaban seguros que era necesario estudiar privilegiadamente era la Universidad de Córdoba y su pequeño círculo letrado en el periodo comprendido entre su fundación en 1613 y la primera mitad del siglo XIX. El IEA se sintió llamado –y mandatado– a construir y mantener la memoria histórica de la Universidad. No nos interesa considerar autónomamente su labor editorial del IEA, sino que queremos tomarla como índice de los temas/ problemas/ objetos que sus historiadores consideraban relevantes de ser investigados; igualmente, la conformación de su archivo actúa como indicio de aquella misión a la que se siente mandatado.
a) Política editorial
El primer y más ambicioso emprendimiento editorial del IEA fue la “Colección de la Imprenta Jesuítica del Colegio de Monserrat”, que pretendía reimprimir y poner en circulación el primer conjunto de impresos realizados en Córdoba a mediados del siglo XVIII. Martínez Paz propuso un programa editorial de cuatro “publicaciones hechas en el siglo XVIII en la primitiva imprenta del Colegio, las que son de una indudable rareza bibliográfica”: las Laudationes quinque en honor de Ignacio Duarte y Quirós, Reglas y constituciones que han de guardar los colegiales, Manual de Ejercicios Espirituales del padre Tomás de Villacastín e Instrucción pastoral del Arzobispo de París.[32] En el primero de los tomos publicados, el director elaboraba una justificación del porqué de la selección:
“Si los consideramos desde el punto de vista de la cultura general no cabe duda que no podemos atribuir a esos primitivos impresos de Córdoba un valer positivo; pero, apreciados en relación a nuestra propia cultura, son documentos históricos preciosos, reveladores de nuestras preocupaciones. Las cinco Oraciones Laudatorias, por su tono, por las inquietudes que evidencias, por los elementos de erudición que empeñan, por el juicio histórico que trasuntan son un documentos de gran mérito; la ‘Instrucción Pastoral’ muestra la rapidez con que circulaban las cuestiones que se debatían en Europa y la extensión que había tomado la defensa de la causa de los jesuitas en la lucha, en la que les esperaba un desenlace tan doloroso; el ‘Manual’ de Villacastin puede ser tenido por un índice de la manera particular de la ascética religiosa, con el que acaso quepa intentarse una rectificación al juicio histórico que ve en ciertos devocionarios, novenas y biografías de santos, de una sencillez primitiva, el único alimento de la vida piadosa de aquellas gentes, y, por fin, las ‘Reglas’ que servirán a fin de confirmar el sentido profundo de la educación, clave indispensable para interpretar los acontecimientos históricos posteriores, y todo esto sin considerar la sugestión que provocan los libros procedentes de la cuna de nuestra imprenta y su valor bibliográfico tratándose de ejemplares desconocidos para los más diligentes bibliófilos” (Martínez Paz, 1937b: XIII y XIV).
Así, ve la luz en septiembre de 1937 el tomo Cinco oraciones laudatorias en honor del Dr. D. Ignacio Duarte y Quirós, para el cual se utilizó un “raro ejemplar” que existía en la biblioteca del Convento de San Francisco de la ciudad de Córdoba. La traducción del latín fue realizada por el profesor del Colegio de Monserrat, Benito Ochoa; el tomo contó con una introducción a la colección escrita por Martínez Paz y una introducción al tomo realizada por Guillermo Furlong Cardiff.[33] El segundo tomo de la colección, vio la luz en junio de 1940: su título, Reglas y constituciones; incluía notas preliminares de Martínez Paz, un estudio de Buenaventura Oro y notas de Luís Roberto Altamira. Después de estos dos tomos, no se editaron los otros dos que se habían previsto originalmente. Sobre la reimpresión de la Instrucción pastoral del Arzobispo de París no vuelve a haber mención alguna de parte del director del IEA al rector; si, en cambio, se trata a lo largo de varios años la reedición del Manual de Ejercicios espirituales (también aparece mencionado como Meditaciones espirituales) de Tomás de Villacastín. Se dice en 1943 que “se ha preparado la serie fotocópica de lo más interesante […] habiendo sido copiado todo el texto además para la impresión, y reimpresión facsimilar parcialmente”, si bien no se menciona de dónde se ha obtenido tan raro ejemplar sí se menciona que el estudio crítico lo escribiría el sacerdote Filemón Castellano, rector del Seminario y profesor del Instituto de Humanidades de la UNC. Algunos meses después, Martínez Paz le escribe al rector que “la exagerada extensión de este libro” volvía imposible su reproducción facsimilar íntegra.[34] Finalmente en la Memoria Anual correspondiente al año 1944, Martínez Paz anota que “dificultades ahora insalvables relativas a una impresión facsimilar de una obra extensa”, esto es a los costos materiales, han impedido la impresión de la obra.[35]
Las restantes colecciones que el IEA editó a partir de mediados de la década de 1930 fueron la “Serie Histórica” y los “Cuadernos de Historia”. Ambas fueron completándose entre 1937 y 1947 hasta editar un total de once volúmenes la “Serie Histórica” y trece los “Cuadernos de Historia” –si bien continuaron hasta principios de los años ochenta–; tal como lo estipulaba el proyecto de base del IEA, todas sus publicaciones aparecieron a través de la Imprenta de la Universidad.[36] Sin embargo, pese a esta continuada tarea editorial, no logró publicar un boletín como el que las más importantes instituciones dedicadas a la historiografía poseían (principalmente el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad de Buenos Aires, la Junta de Historia y Numismática Americana o la Sociedad de Historia Argentina); la opción editorial durante los primeros diez años se concentró en los “Cuadernos de historia” (predominantemente con el formato de folleto in 8vo. mayor), “Que comprende los trabajos monográficos más breves de investigación”, y la “Serie Histórica” (en su mayoría, volúmenes in 4to.), que reunía “las investigaciones históricas más extensas”.[37] Los nombres que publicaron en ambas colecciones son recurrentes: si tenemos en cuenta ambas colecciones quienes más publicaron fueron Martínez Paz, Luque Colombres y Altamira; es decir el director, encargado de documentación y encargado de publicaciones respectivamente del Instituto.[38] Ambas colecciones eran una herramienta que permitía al IEA mostrar aquello que se estaba investigando, para poner en contacto a los investigadores y sus productos mediante el canje y la donación de impresos tanto con la comunidad académica local como nacional e internacional: muchos de los trabajos publicados son presentaciones a congresos,[39] anticipos de colaboraciones[40] o conferencias.[41]
b) Colecciones documentales
La construcción de un gran fondo documental a partir de la colección de Cabrera era uno de los objetivos que la Comisión que escribió las bases para el IEA se planteó en 1936. Altamira, personal del IEA, anotaba en un folleto que los documentos del finado rondaban las sesenta mil hojas y que habían llegado desordenados pues el sacerdote no los tenía catalogados, sino que los guardaba “en un desván, confundidos con alfarerías indianas” (Altamira, 1939: 27). Más allá de eso, en el acto de inauguración del IEA, Levene decía que
“Es un hecho de excepcional importancia, que interesa a la comunidad toda, el destino de los tesoros únicos del saber, que son las grandes bibliotecas y las colecciones particulares. Desde este punto de vista podemos sentirnos halagados porque la Argentina de hoy figura entre los pueblos conscientes en el cumplimiento de tales deberes morales.
Últimamente se han adquirido las Bibliotecas de Juan A. Farini para la Universidad de La Plata y la de Martiniano Leguizamón por donación, para el Instituto que lleva su nombre en Paraná. Ahora la Universidad de Córdoba hace suya la notable colección del Padre Cabrera y entrega a los estudiosos estas herramientas de trabajo, con las cuales se ayuda a forjar la cultura histórica del país” (Levene, 1937b: 16).
La posibilidad de construir archivos históricos en un país nuevo, es decir de dotar a la Argentina de una identidad nacional a partir del desarrollo de la cultura histórica es, como ya ha sido estudiado ampliamente, un eje que atraviesa la noción de historia de Levene. El propio Martínez Paz reconocía que el naciente interés que se vivía en el país por el ordenamiento, la conservación y la publicación de archivos era “un síntoma de la preocupación histórica que se orienta con decisión hacia la historia documental”, esto es, que abandonaba los vicios de la historia literaria.
Las Memorias Anuales son de lo más escuetas en lo referido a las adquisiciones documentales y bibliográficas de parte del Instituto. De hecho, en ellas solo encontramos que una vez durante el periodo estudiado el director del IEA informa al rector de la UNC sobre dos donaciones de documentos: por un lado, la colección de Ignacio Garzón y, por el otro, la colección de Juan Manuel Garro.[42] Sobre el primero, Alberto, Rodolfo y Luís Garzón Funes –hijos de Ignacio Garzón–, ofrecieron donar al IEA los originales de la Crónica de Córdoba y “variada documentación que fue de su propiedad particular”.[43] La colección de Juan Manuel Garro es donada por su esposa, quien cede a la Universidad los papeles utilizados en la elaboración de su Bosquejo histórico de la Universidad.
Además de ambos cuerpos documentales, en la correspondencia entre el director del Instituto y el rectorado se mencionan otras ofertas de venta que hacen privados al IEA, los mencionados son: Felipa y Ramona Maders Paz,[44] Isabel y Lola Bustamante,[45] José R. Román,[46] Cora Saravia de Altamira[47] Sin embargo, amén de las ofertas de particulares a la Universidad, el director del IEA fue más allá intentando centralizar toda la documentación histórica existente en la UNC
“Existen en el Archivo de la Universidad algunos documentos que fueron incorporados a él cuando no había sido creado aún un Instituto para las investigaciones históricas. Estos documentos no se refieren directamente a la historia de la Universidad, sino al orden general histórico de Córdoba y su cultura […] Este Instituto cree de su deber hacer presente al señor rector, salvo su más acertado juicio, que estos documentos deberían ser entregados a la custodia y utilización de la dependencia a mi cargo”[48]
Aunque este intento por centralizar la documentación existente en la UNC no termina saliendo del todo bien al director del Instituto: como respuesta el rector ordena
“Disponer que dichos volúmenes y piezas documentales anteriormente referidas, pasen a formar parte del acervo de documentos que se custodian en nuestro Instituto de Estudios Americanistas, a cuyos efectos serán entregados al mismo, bajo recibo y debidamente inventariados y, recíprocamente, los que este Instituto poseyese referentes a la historia de la Universidad, serán a su vez entregados al archivo, con iguales formalidades”[49]
A lo largo de los años estudiados se informa que la obra de fichaje de documentos y libros se realiza sostenidamente: se solicita a la Universidad la asignación de personal especializado, por lo que se designa a Francisco Jurado Padilla para el fichaje de la Biblioteca, mientras que José Peña se ocupa del fichaje documental. En el informe de 1942 fechado el 4 de mayo de 1943, el director informa que Peña ha alcanzado 10.000 fichas de documentos y Jurado Padilla, 3.000 fichas de libros.
Cierre: cortes y continuidades
Podemos detectar una continuidad entre la creación de la Filial Córdoba de la JHNA en 1926 y la inauguración del IEA diez años después, que puede seguirse tanto en el personal que protagonizó ambos emprendimientos como también en el proceso de acumulación de reconocimiento nacional que ese grupo realizó desde los albores mismos de la Filial. Respecto de esto último hay que decir que tal como lo hemos visto en la primer sección de este artículo, el proceso de institucionalización de la práctica historiográfica en Córdoba fue posible gracias a un andamiaje nacional que, en un medio donde las instancias de consagración en tanto historiadores eran inexistentes, confirió credenciales que no podían obtenerse en Córdoba toda vez que allí el tipo letrado existente era el del abogado con inserción tanto en la cátedra universitaria como en el foro local/ poder judicial de la provincia. De un lado, ese personal practicaba una disciplina extendida e instalada en el medio local –les antecedía una profunda conciencia histórica en las elites sociales y letradas cordobesas del giro de siglo, un espacio de experiencia sostenido tanto en la nostalgia de un pasado glorioso de la UNC como en la melancolía de la tranquila ciudad previa al paso arrasador del progreso y en la añoranza de los blasones irremediablemente perdidos en manos de la flamante Capital Federal, sobre el que se puede entender la proliferación de investigaciones de la cual son apenas ejemplo la labor de Zenón Bustos,[50] Juan Garro[51] o Manuel Río[52] (además del propio Cabrera)[53]– y, del otro, aun en los veinte, treinta y cuarenta la escritura de la historia era considerada subsidiaria de otras prácticas como el sacerdocio (Cabrera, Grenón), la prensa (Luis Roberto Altamira) o el derecho (Melo,[54] Orgaz y Martínez Paz). Si se repasan las publicaciones del IEA, las compras documentales o los textos con los que los miembros de la Filial participaron en la JHNA/ ANH, se puede apreciar un programa más amplio de construcción de conocimiento sobre el carácter letrado de la cultura colonial cordobesa y las culturas aborígenes;[55] ambos campos temáticos centrados en el periodo anterior a la emancipación en el que, a diferencia de la región del litoral pampeano, el centro y norte del país poseía un pasado extenso y rico. Es decir que a este proceso de construcción de un discurso historiográfico local debemos sumarle otro, aún por estudiar, que es el de la construcción del oficio de historiador. Es decir que el proceso de institucionalización de la práctica historiográfica reseñado a lo largo de este trabajo no tuvo un proceso simétrico de profesionalización de los historiadores que sucedió fuera de los bordes temporales de este trabajo a partir de la década de 1950.
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ANEXO
| Catálogo de ediciones del Instituto de Estudios Americanistas | ||
| SERIE HISTÓRICA | 1. Instituto de Estudios Americanistas. Acto inaugural y antecedentes, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1937 | |
| 2. Enrique Martínez Paz; Un episodio eclesiástico en Cuyo (1824). Relación documental presentada al Congreso de Historia de Cuyo, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1938 | ||
| 3. Ricardo Rojas; Echenique, autor de las ‘Laudationes’, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1938 [advertencia de J. Francisco V. Silva] | ||
| 4. Guillermo Furlong Cardiff; Bio- bibliografía del Deán Funes, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1939 [introducción de Enrique Martínez Paz] | ||
| 5. Enrique Martínez Paz; La formación histórica de la Provincia de Córdoba (1810- 1862), Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1941 [anotado por Luís Roberto Altamira] | ||
| 6. Luís Roberto Altamira; El Seminario Conciliar de Nuestra Señora de Loreto. Colegio Mayor de la Universidad de Córdoba, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1943 [introducción de Enrique Martínez Paz] | ||
| 7. Constituciones de la Universidad de Córdoba, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1944 [introducción Enrique Martínez Paz. Colaboradores: Carlos A. Luque Colombres, Luís Roberto Altamira y José R. Peña] | ||
| 8. Ángel Clavero; Fray José Antonio de San Alberto. Obispo de Córdoba, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1944 [introducción de Enrique Martínez Paz] | ||
| 9. Carlos A. Luque Colombres; Don Juan Alonso de Vera y Zárate. Adelantado del Río de la Plata, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1944 | ||
| 10. Luís Roberto Altamira; José Felipe Funes. Una vida breve y fecunda, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1947 [estudio preliminar de Enrique Martínez Paz] | ||
| 11. Enrique Martínez Paz; El nacimiento de Obispo Trejo y Sanabria. Fundador de la Universidad, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1948 | ||
| COLECCIÓN DE LA IMPRENTA JESUÍTICA DEL COLEGIO DE MONSERRAT | 1. Cinco oraciones laudatorias en honor del Dr. Dn. Ignacio Duarte y Quiros, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1937 [advertencia de Enrique Martínez Paz, introducción de Guillermo Furlong Cardiff, traducción de Benito Ochoa] | |
| 2. Reglas y constituciones que han de guardar los colegiales del Colegio de N. S. de Monserrat, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1940 [notas preliminares de Enrique Martínez Paz, estudio de Buenaventura Oro, notas de Luís Roberto Altamira] | ||
| CUADERNOS DE HISTORIA | 1. Enrique Martínez Paz; La misión histórica de Córdoba, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1941 | |
| 2. Raúl A. Orgaz; La filosofía en Córdoba a finales del siglo XVIII, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1942 | ||
| 3. Rafael Moyano López; El doctor Jenaro Pérez. Magistrado y artista cordobés, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1942 | ||
| 4. Carlos R. Melo; La escuela jurídico política de Córdoba, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1942 | ||
| 5. Carlos A. Luque Colombres; Abogados en Córdoba del Tucumán, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1943 [nota preliminar de Enrique Martínez Paz] | ||
| 6. Carlos A. Luque Colombres; El Deán Doctor Don Gregorio Funes. Arraigo de su familia en América, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1943 | ||
| 7. Luís Roberto Altamira; Juan de la Cruz Varela en la Universidad de Córdoba. Su despertar poético, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1944 [introducción de Enrique Martínez Paz] | ||
| 8. Enrique Martínez Paz; El significado de la conquista, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1943 | ||
| 9. Carlos A. Luque Colombres; Libros de derecho en bibliotecas particulares cordobesas (1573- 1810), Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1945 [notas preliminares de Enrique Martínez Paz] | ||
| 10. Carlos A. Luque Colombres; El Doctor Victorino Rodríguez, primer catedrático de Instituta en la Universidad de Córdoba, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1947 | ||
| 11. Enrique Martínez Paz; Guerra de Mendoza contra Córdoba (una interpretación de las guerras civiles argentinas), Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1945 | ||
| 12. Luís Roberto Altamira; Primeras capillas y templos de las islas Sanson y Patos (Malvinas). Sus capellanes y párrocos, Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1947 [introducción de Néstor Pizarro] | ||
| 13. Carlos A. Luque Colombres; El primer plan de estudios de la Real Universidad de San Carlos (1808- 1815), Imprenta de la Universidad, Córdoba, 1945 | ||
Notas
Pablo Cabrera nació en San Juan en 1857, fue director del Museo Histórico de la Provincia de Córdoba (1919) y del Archivo de la UNC. “Vive alejado del bullicio y de la vana figuración, entre óleos desvanecidos por las centurias, bargueños que todavía exhalan perfumes de antiguos salones aristocráticos y alfarerías que denuncian la mano ingenua del soñador indiano. Estudia desde el alba hasta que muere el sol y aun a medianoche. Es de noble apostura y de cabeza blanca. Es de andar pausado y grave, casi ciego por su afán de leer borrosos manuscritos” (Altamira, 1939: 19 y 20). Una reconstrucción de su trayectoria intelectual en Altamira (1939: 21 y ss.); Luque Colombres (1995: 35-36); Reyna Berrotarán (2011, 2013, 2016) y Zabala (2010 y 2013).
Información adicional
redalyc-journal-id: 3801