Sección Especial 2
Fugitivos fracasados: el refugio condicional en territorio indígena (Florida a finales del siglo XVIII)
Failed fugitives: Conditional refuge in indigenous Land (late 18th century Florida)
Fugitivos fracasados: el refugio condicional en territorio indígena (Florida a finales del siglo XVIII)
Prohistoria. Historia, políticas de la historia, núm. 42, 1-22, 2024
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)
Recepción: 27 Febrero 2024
Aprobación: 30 Abril 2024
Publicación: 22 Diciembre 2024
Resumen: Tanto el examen comparado de los itinerarios de dos fugitivos fracasados, el cimarrón James Jorobado y el desertor José María Aldana, como el análisis de las condiciones que favorecieron su huida y de las evoluciones que provocaron su fracaso permiten una reflexión sobre los numerosos matices que caracterizaban la sociedad fronteriza de la Florida a finales del siglo XVIII, dominado por el mundo indígena, en los confines de los imperios coloniales. En estos territorios lejanos, la aceptación de los cimarrones como de los desertores era solamente condicional, sometida a la evolución de las alianzas y rivalidades.
Palabras clave: Frontera, Florida, Siglo XVIII, Fugitivos, Mundo Indígena.
Abstract: The comparative examination of the itineraries of two “failed fugitives”, the maroon James Jorobado and the deserter José María Aldana, as well as the analysis of the conditions that favored their escape and the developments that caused their failure, allow a reflection on the many nuances that characterized the frontier society of late 18th century Florida, dominated by the indigenous world, on the borders of the colonial empires. In these distant territories, the acceptance of maroons and deserters was only conditional, subject to the evolution of alliances and rivalries.
Keywords: Borderlands, Florida, 18th Century, Fugitives, Amerindian World.
Introducción
En la segunda mitad del siglo XVIII, el sureste de los Estados Unidos contemporáneos –parte de la zona definida por Eugene Bolton como “Spanish borderlands” en los años 1920 (Bolton, 1921)– fue afectado por una gran inestabilidad geopolítica traducida por un verdadero juego de sillas musicales a la escala continental. A medida que cambiaron las relaciones de poder en el mundo atlántico, en América del Norte como en Europa, entre las fuerzas francesas, británicas y españoles, reconfiguraciones imperiales repetidas afectaron a la tierra tan como a los hombres, dibujando y redibujando fronteras.
| Luisiana (Nueva Orleans) | Luisiana / Florida occidental | Florida oriental |
| Francia (1684-1763) | Francia (1684-1763) | España (1515-1763) |
| España (1763-1800) | Gran Bretaña (1763-1783) | Gran Bretaña (1763-1795) |
| Francia (1800-1803) | España (1783-1810) | España (1783-1821) |
| Estados Unidos (1803) | Estados Unidos (1810) | Estados Unidos (1821) |
Tanto la guerra de los Siete años (1756-1763) como la guerra de Independencia de los Estados Unidos (1774-1783) fueron los momentos claves de estos tiempos de reconfiguración, cuando una multitud de actores no solamente tuvieron que aguantar la realidad militar y geopolítica cambiante sino también pudieron aprovechar las oportunidades ofrecidas por los cambios repentinos y repetidos de dominación imperial en estos territorios de los borderlands (Adelman & Aron, 1999). De manera significativa, las negociaciones del Tratado de Paris hicieron poco caso de las poblaciones en los diferentes territorios coloniales afectados por los cambios geopolíticos. En los ojos del poder imperial, ya fuera español, francés o inglés, las colonias en las Américas eran valoradas según su importancia económica y geopolítica. En el caso francés, las colonias en América del Norte tenían una importancia muy secundaria frente a las riquezas generadas por la perle des Antilles, Saint Domingue. Así se pueden entender los intercambios territoriales ocurridos a finales de la Guerra de los Sietes Años y las frustraciones que generaron entre las poblaciones coloniales. En tal juego de sillas musicales, los habitantes de las provincias de Canadá, Florida y Luisiana tuvieron que aceptar los tratados firmados por metrópolis lejanas y, muy a menudo, solo fueron ofrecidas dos posibilidades: la partida o la adaptación a un nuevo soberano. Así, por ejemplo, la gran mayoría de los españoles de Florida encontraron un refugio en Cuba (Narrett, 2015: 27). En el caso de Canadá, Jean Tarrade observó fenómenos similares, entre lealtad al soberano y adaptación a una nueva soberanía (Meyer, Tarrade, Rey-Godzeiger, 1991: 293). Según las construcciones identitarias de cada uno – el peso de la lealtad a la Corona o el apego a su lugar, subrayado por el concepto de domiciliación elaborado por Tamar Herzog (Herzog, 2003: 44) –los individuos elaboraron estrategias variadas para defender sus intereses propios–. En este sentido, Sylvia Hilton y Gene Allen Smith subrayan el caso de que “la nacionalidad [era] sólo uno de los componentes del sentimiento personal de identidad, y los individuos [podían] considerar la posibilidad de cambiarla voluntariamente por muchas razones diferentes, generalmente relacionadas con expectativas de beneficio personal o intereses propios de algún tipo” (Hilton y Smith, 2010: 4).[1]
Por lo tanto, tal perspectiva se focaliza principalmente en los colonos europeos y sus estrategias identitarias frente a las perturbaciones geopolíticas que caracterizaron la América del Norte en la segunda mitad del siglo XVIII, olvidando un actor esencial tanto en la Luisiana española como en las Floridas: el mundo indígena dominado por los grupos Creeks, Choctaws, Chickasaws y Seminoles. En otras palabras, las manifestaciones de agencia frente a los cambios geopolíticos no se pueden reducir al mundo colonial. El ámbito indígena era también afectado por los tratados europeos y no dudaba en manifestar regularmente su descontento. Así, después del Tratado de Paris de 1763, los Choctaws aliados a los franceses desde los comienzos del siglo XVIII afirmaron su autonomía. Desde su punto de vista, los tratados de alianza firmados con los franceses eran el fruto de negociación entre actores iguales e independientes, y no transformaban al mundo indígena en sujetos que el rey de Francia podía transferir a otro soberano como lo hacía con sus vasallos europeos (Narrett, 2015: 15-16).
De hecho, los aportes de la etnohistoria presentan a las poblaciones indígenas de las Floridas (Choctaws, Creeks, Seminoles) como actores centrales de un mundo fronterizo en los confines de los imperios español y anglo-americano a finales del siglo XVIII (O’Brien 2005; O’Brien, 2015; O’Brien y Garrison, 2017). Más allá de las Floridas, la importancia de la agencia indígena frente a las periferias del poder colonial fue subrayada en la región de los Grandes Lagos (White, 1991), el valle del Mississippi (Din & Nasatir, 1983; Usner, 1992; Lee, 2019) o la zona entre Mississippi y Arkansas (DuVal, 2011). Gracias a la exploración y a una relectura descentralizada de los pleitos militares y de la correspondencia administrativa, es posible poner de relieve las estrategias militares, diplomáticas y comerciales elaboradas por el mundo indígena frente a las ambiciones coloniales europeas. Las alianzas y los tratados servían a una agenda propia, lo que generaba una frustración poco disfrazada por parte de los administradores y militares coloniales que no podían imponer sus ambiciones como lo deseaban. Veinte años después de la primera edición de su obra maestra sobre la noción de middle ground, Richard White mostró los límites de las construcciones coloniales en América del Norte, evocando:
“un imperialismo que se [debilitaba] en su periferia. En el centro [habían] manos en las palancas del poder, pero los cables, en cierto sentido, se [habían] deshilachado o incluso cortado. [Era] un sistema mundial en el que agentes menores, aliados e incluso súbditos de la periferia [guiaban] a menudo el curso de los imperios” (White, 2011: XXVII).
En aquellas lejanas periferias imperiales de las Floridas a finales del siglo XVIII, la manera con la cual las poblaciones indígenas trataban a los fugitivos, que veían en el mundo de la frontera una zona refugio, es particularmente aclarador: la aceptación de los cimarrones como de los desertores era solamente condicional, sometida a la evolución de las alianzas y rivalidades con los poderes coloniales. Para entender mejor estas dinámicas complejas, propongo el examen de los itinerarios comparados de dos fugitivos fracasados, el cimarrón[2] James Jorobado y el desertor José María Aldana, así como las condiciones que favorecieron su huida y las evoluciones que pusieron fin al refugio e iniciaron su retorno a la sociedad colonial como cautivos de las poblaciones indígenas. Los dos casos pertenecen a la historia “au ras du sol” teorizada, entre otros, por Jacques Revel (Revel, 1989), una historia de los sucesos cotidianos – los “faits divers” de Marc Ferro (Ferro, 1983: 821-826) –que ayudan, a partir de los márgenes, a un mejor entendimiento de la estructura imperial al nivel cotidiano (Dulucq, Godicheau, Grenet, Rozeaux, & Suarez, 2023: 11)–. El estudio de ambos casos permite la reconstitución de una “narrativa local” (Zemon Davis, 2011: 192) esencial en la adopción de una mirada descentralizada a varios niveles, construida desde los márgenes (Zemon Davis, 2011: 190). Los itinerarios caóticos de ambos hombres tejen un hilo que conecta las entangled histories (Gould, 2007: 772) de un mundo fronterizo en el cual no se sabe bien si el mundo indígena era un margen del mundo español, o viceversa. Siguiendo este hilo de Ariadna, se podrán vislumbrar los múltiples matices que caracterizaban las relaciones de poder en los confines de los imperios.

Coger el monte
A primera vista, los itinerarios de un esclavo fugitivo y de un desertor español no parecen muy comparables. Por un lado, James Jorobado se encontraba sometido a la violencia del sistema de dominación esclavista. De otro lado, José María Aldana, como soldado, formaba parte de este mismo mecanismo de dominación, como instrumento de control. Sin embargo, la huida constituye una similitud esencial entre dos hombres que rechazaron el sistema colonial e intentaron buscar refugio en los confines imperiales de las Floridas en el fragor de una batalla mayor como la del sitio de Pensacola en 1781, o mucho más menor como la de San Marcos de Apalache en 1800.
El caos de la batalla y la huida
Tanto en el caso de James Jorobado como en el de José María Aldana, el caos de la batalla fue central en el proceso de fuga. El primero huyó durante el sitio de Pensacola, culminación de la campaña de Bernardo de Gálvez en 1781, durante la guerra de Independencia de los Estados Unidos. Momento clave que permitió la recuperación de las Floridas por el imperio español, la batalla de Pensacola fue marcada no solamente por la contraposición de las tropas inglesas y españoles sino también por la participación de guerreros indígenas en ambos bandos. (O’Brien, 2015: 162; DuVal, 2016). Los movimientos de tropas, la movilización de los esclavos para la defensa de la ciudad (Fabel, 1988: 39), los asaltos repetidos de los españoles contra la plaza de Pensacola y la duración del sitio, tres meses, crearon un contexto oportuno para la huida de numerosos esclavos. La existencia de una disposición sobre el caso de los esclavos fugitivos en la capitulación de Pensacola sugiere que el fenómeno fue bastante importante para justificar un artículo dedicado a este asunto. En efecto, el artículo 24, citado por el amo de James Jorobado, cuando trató de recuperar su esclavo unos años después, estipulaba que “todos los Negros que se ausentaron durante el sitio debían volverse a sus amos”.[3] En su demanda formulada en 1789, David Hodge mencionó “que durante el sitio de Panzacola el Negro de [su] propiedad llamado Jam [James] Jorobado se escapó de su casa y se mantuvo a alguna distancia escondido fuera de la ciudad”.[4] A causa del contexto de guerra, el desorden era general, caracterizado por los movimientos de tropas, aliadas y enemigas, tanto europeas como indias (Cocker, 1981) en los alrededores de Pensacola. A la escala regional, la campaña de Gálvez entre la Nueva Orleans y Pensacola (ver documento 2 arriba) favoreció cierto quebranto del sistema de dominación esclavista en la región. En este sentido, el sitio de Pensacola, y más generalmente la guerra de Independencia de los Estados Unidos (Narrett, 2015: 98), ofreció una ventana de oportunidad para el cimarronaje.
La batalla que permitió la deserción de José María Aldana no ocupa un lugar tan importante en la historia de la región como el sitio de Pensacola. San Marcos de Apalache era un puesto fronterizo en muchos sentidos, perdido en la lejanía de los confines, punto de contacto con el mundo anglo-americano y el mundo indígena, amenazado por los piratas y los huracanes. Los eventos instrumentalizados por el desertor pertenecen a un ciclo conflictivo que vio la toma del fuerte en 1800 por una coalición de Indios Creeks y piratas, liderada por el aventurero William Augustus Bowles, jefe autoproclamado del efímero State of Muskogee (McMichael, 2008: 81; Din, 2012). Según los testigos, la traición de José María Aldana empezó durante las semanas entre la toma del fuerte por las tropas de Bowles y el contraataque de las fuerzas españolas enviadas desde Pensacola. En efecto, algunos soldados lo oyeron comunicarse con los hombres de Bowles, en inglés, a quienes expresó abiertamente su deseo de “recuperar su libertad”,[5] e incluso solicitó un fúsil para que pudiera contribuir a la defensa de la plaza de San Marcos contra los Españoles.[6] Que sea un cambio de bando oportuno o convencido, la realidad es que el sentimiento de lealtad del soldado, originario de Puebla en Nueva España, se erosionó en el curso de diez años de servicio en los cuales fue condenado por abandono de puesto en 1795.[7] Por eso, la deserción de José María Aldana fue muy espectacular según los relatos de los diferentes testigos. José Loza, cabo segundo del batallón de Luisiana, reportó que “en número de estos [las tropas que defendieron el fuerte contra los españoles] [vio] a José Aldana y al mulato del señor don Bernardo Molina llevándose cada uno una carabina o fusil, a estilo de los Indios llevaban pintada la cara de bermellón”.[8] Ambos hombres acusados por el cabo, el desertor José María Aldana y un esclavo anónimo, manifestaron su integración a los tropas de Bowles de manera muy visual, física, a través de las pinturas de guerra, transformación espectacular y también práctica en el caos de la batalla. Finalmente, otra acusación subrayó que Aldana “había renegado a su soberano tomando partido con los Indios y haciendo fuego contra las galeras de Su Majestad que vinieron a la conquista de este fuerte.”[9] La huida de José María Aldana –la recuperación de su libertad– tomó aquí la forma de un rechazo activo y violento de la autoridad colonial que se suponía defender.
¿El espejismo del refugio fronterizo?
En los casos de James Jorobado y de José María Aldana –y de los otros desertores y cimarrones que se mantuvieron anónimos como “el mulato del señor don Bernardo Molina”– la batalla constituyó el principal desencadenante. Sin embargo, sin refugio posible, la huida es poco más que un espejismo. El triple carácter fronterizo de las regiones de Pensacola como de San Marcos de Apalache tocó un rol esencial aquí. Evocó un “triple carácter fronterizo” para reflejar la definición de los borderlands que ofrecen Danna Levin Rojo y Cynthia Radding, cuando subrayan el hecho de que estos lejanos puestos de confines no solamente se ubicaban al cruce de imperios coloniales sino también en la interfaz entre mundo colonial y mundo indígena, en condiciones ecológicas poco favorables a la presencia europea (Danna Levin Rojo y Cynthia Radding, 2019: 1). Tal contexto geopolítico, humano y ambiental facilitó notablemente el cimarronaje individual[10] y colectivo[11] (Thompson, 2006), reuniendo las condiciones definidas por Cécile Vidal: “la posibilidad de huir para formar una comunidad de cimarrones no existía en todas partes, ni mucho menos, porque el entorno, el asentamiento y el control del territorio tenían que permitirlo” (Vidal, 2021: 902). La autora añade también la importancia del acto de cruzar la frontera en las condiciones favorables a la huida. En efecto, desde un punto de vista geopolítico, la instrumentalización de los esclavos fugitivos por las potencias imperiales rivales pertenecía al abanico de las estrategias para quebrantar la posición del vecino y rival. De esta manera, la presencia del imperio español no era solamente un sencillo refugio geográfico –cruzar la frontera imperial como modo de lograr la libertad– sino un refugio activo en la medida de que la Corona española prometía la libertad a los esclavos que huyeran de las plantaciones estadounidenses (Herschtal, 2011; Gould, 2007: 774-775). Después de 1821, la frontera sur de los Estados Unidos con México como nación independiente, tomó un rol similar de refugio para los esclavos prófugos (Hoonhout y Mareite, 2018:1-26; Mareite, 2023). Los aventureros anglo-americanos adoptaban estrategias similares para debilitar la economía de plantación de la Luisiana española, como lo muestra el pleito seguido en 1786 contra un anglo-americano de Natchez, William Duet, debido a que trató de “convencer a algunos esclavos que abandonaran a sus amos y le acompañaran en territorio indígena”.[12]En este caso preciso, si el incitador era un anglo-americano, el refugio no era el territorio imperial rival sino el territorio indígena, lugar que vio la constitución de numerosas comunidades cimarrones más o menos efímeras (Mulroy, 1993).

La dimensión ambiental propia a las regiones consideradas era también un elemento que favorecía la huida. En efecto, los alrededores de Pensacola y de San Marcos de Apalache pertenecen a los humedales del Golfo de México, y más precisamente de los ríos Escambia (Pensacola) y Wakulla (San Marcos). Estas zonas de bayú escapaban al control colonial, a pesar de esfuerzos repetidos para manifestar la presencia imperial en estos espacios hostiles. David Narrett evoca el fracaso inglés en Fort Bute (Bayou Manachac) en estos términos:
“Fort Bute, junto al río Iberville, era un lugar miserable para las tropas. Construido en el verano de 1765, Johnstone lo concibió como una fortaleza, pero nunca llegó a serlo. Los asaltantes indios alibamon y houma no tardaron en saquear el puesto, obligando a una guardia esquelética de diez soldados a huir a Nueva Orleans en busca de seguridad. Otro destacamento ocupó el lugar al año siguiente, pero sufrió enfermedades, fiebres e inundaciones. Los británicos retiraron toda la guarnición en 1768, y no la restaurarían hasta diez años después. En lugar de dominar el Mississippi, Fort Bute fue ahogado por el río.” (David Narrett, 2015: 38)
La experiencia fracasada de Fort Bute tal como la describió David Narrett contiene todos los elementos que contribuyen a la construcción mental de un territorio percibido como adverso: la amenaza de un mundo indígena poco dispuesto a aceptar la instalación británica en sus tierras, los caprichos del río y del clima, la realidad de las enfermedades como la malaria. Un territorio como el bayú se resistía a los esfuerzos militares coloniales, lo que contribuía a su construcción como zona de refugio en los imaginarios y las prácticas de los que aspiraban a coger el monte, que deseaban una vida lejos de las lógicas de dominación colonial y esclavista. Sin embargo, la imagen de un territorio hostil plantea sobre todo la cuestión de la falta de adaptación de un individuo o de una sociedad a un espacio sencillamente poco familiar. Es esta noción de falta de conocimiento que es central en la reflexión de Eleonora Rohland cuando subraya la ignorancia de la sociedad colonial en Luisiana frente a los fenómenos meteorológicos y ambientales que desafiaban su entendimiento de la región del Mississippi y del Golfo (Rohland, 2016: 314-332). En consecuencia, el bayú en tanto área de refugio, debido a la supuesta hostilidad del medioambiente, era muy ambiguo: las condiciones que favorecían la huida también dibujaban los contornos del fracaso del cimarronaje. Cécile Vidal subraya esta cruel paradoja a partir del caso de la costa swahili en la África oriental del siglo XIX:
“En la costa swahili, en el siglo XIX, la situación en torno a las ciudades de Mikindani y Kilwa Kivinjie era desigual, debido, por un lado, a la proximidad de la meseta de Makonde, con su vegetación de matorral y su suelo arenoso, que mantenía alejados a los animales peligrosos y dificultaba la recaptura, y, por otro, a la falta de agua superficial y a las repetidas incursiones de los cazadores de esclavos ngoni más al oeste” (Vidal, 2021: 903).
El ejemplo de dos esclavos cimarrones fracasados de 1789 es muy aclarador en este sentido. Luis y Enrique abandonaron la casa de su amo en la Mobila y, gracias a una piragua que robaron, se refugiaron en el bayú cercano. Pero, al poco tiempo, fueron sorprendidos en la cocina de la propiedad, a donde habían regresado, en donde fueron denunciados y aprehendidos.[13] El pleito generado por este esfuerzo de cimarronaje nos brinda poca información sobre las condiciones de la huida y la vida efímera de los fugitivos en el bayú. Sin embargo, el hecho de que tuvieron que regresar, a pesar del peligro, a la propiedad de su amo para recuperar alimentos y armas revela toda la dificultad de la sobrevivencia en una zona no conocida.
La distancia que permitía el cimarronaje era también sinónimo de aislamiento y grande vulnerabilidad si el fugitivo, en este caso dos hombres, no encontraba una población acogedora. Luis Aldana sí logró encontrar una y construyó su nueva vida en el pueblo seminola de Miccosukee, conocido por su comunidad de cimarrones (Narret, 2015: 221).[14] Aquí, la agrupación, ubicada al margen de los espacios imperiales, constituyó una solución de refugio no solamente para los esclavos evadidos sino también para todos los que, por una razón u otra, deseaban alejarse del mundo colonial, o, en las palabras mismas del tránsfugo Aldana, “recuperar su libertad”. Generalmente, los márgenes imperiales o las fronteras internas propiciaban lugares de refugio para los desertores y otros tránsfugas que, muy a menudo, siguieron también procesos de indianización (Chauca García, 2004; Obregón Iturra, 2012: 200-203). Desgraciadamente, no se pudieron encontrar más detalles sobre la vida de Aldana durante estos dos años, y aún menos sobre el esclavo que huyó del fuerte al mismo tiempo que el desertor. La falta de información sobre el segundo prófugo significa, quizás, que este tuvo éxito en sus esfuerzos, y logró la libertad en el refugio de la comunidad de cimarrones fronterizas –lugares de mestizaje y de etnogénesis que dieron luz al mundo de los Black Seminoles (Mulroy, 1993; Landers, 1999)–. Quizás también fue capturado como James Jorobado.
El fracaso
A pesar de condiciones favorables a primera vista, James Jorobado y José María Aldana fracasaron en su esfuerzo de huida. Ciertamente, el desertor encontró una comunidad que le permitió esbozar su nueva vida como hombre libre, ya no sometido a la autoridad del ejército. En otras palabras, el fracaso no fue inmediato como en el caso de James Jorobado que solamente quedó libre “algún tiempo” en la región de Pensacola. Si el contexto de la batalla procuró a los dos hombres una oportunidad para escaparse, las evoluciones geopolíticas crearon nuevos equilibrios mucho menos favorables para ellos.
Cautivo y moneda de cambio: un esclavo de nuevo
En el caso de James Jorobado, el cimarronaje quedó muy efímero, sobre todo porque el caos de las hostilidades no constituía una ocasión tan favorable como se podía suponer. En su trabajo sobre la participación de los choctaws en la guerra de Independencia de los Estados Unidos, Greg O’Brien subrayó el hecho de que “antes de que comenzara la campaña de Pensacola, los choctaws habían demostrado su disposición a acudir en ayuda de Gran Bretaña cuando se les compensaba” (O’Brien, 2015: 150). Una forma de compensación era la posibilidad de capturar los esclavos fugitivos –o pardos libres considerados como prófugos– que los guerreros indios encontrarían en los entornos de Pensacola (Snyder & Snyder, 2010, 184-185). A lo largo del siglo XVIII, el mundo choctaw había integrado la esclavitud africana a su propia construcción social y cultural, evolucionando desde la práctica antigua de la cautividad hacia una organización económica y racializada a partir de los contactos con el ámbito europeo vecino (Krauthamer, 2013: 25). Las negociaciones entre mundo colonial e indígena eran frecuentes para determinar el destino de los esclavos fugitivos, capturados o acogidos en territorio indígena.[15]Lo que ocurrió con James Jorobado después de su captura después del sitio de Pensacola es poco claro. Según Simón Favre –que defendía los intereses de su madre contra la demanda de David Hodge, el amo inicial del esclavo cimarrón– el fugitivo quedó en los manos de los Indios durante dos años, entre1781 y 1783, fecha cuando regresó al mundo colonial como regalo diplomático.[16] Si seguimos el trabajo de Barbara Krauthamer, se puede suponer que James Jorobado trabajó como labrador en las explotaciones y plantaciones de los choctaws (Krauthamer, 2013: 23). Sin embargo, como jorobado, la fuerza de trabajo del esclavo era quizás limitada, lo que podría explicar cómo se encontró en el centro de una negociación de cierta mala fe entre los habitantes de la Mobila y un grupo de indios alabamas:
“Nosotros, vecinos de la plaza de la Mobila, suscribimos y certificamos haber sido llamados por el señor Don Henrique de Grimarest entonces gobernador de dicha plaza, para ser testigos de una arenga hecha a los jefes Alibamon en el salón de este fuerte, sobre los esclavos que fueron asesinados en los desiertos en el año ochenta y tres, pertenecientes a varias personas, siendo la intención del gobernador obligar a los salvajes a regresar cabeza por cabeza de negro, y traer de vuelta a los prisioneros. Después de varios debates consintieron en todo, entregaron al gobernador un negro jorobado llamado James, y prometieron traer otro y pagar a los demás en pieles y caballos, y para seguridad de sus ofertas, el gobernador exigió que se fueran rehenes, lo que los Salvajes aceptaron; finalmente dicho negro fue ofrecido al señor Trouillet el mayor, quien prefirió esperar a que los Salvajes enviaran otros, se acordó que éste se quedaría con Madame Veuve Favre para compensarla en parte por la pérdida que había sufrido en esta masacre, prefiriendo tomarlo antes que perderlo todo, pues es verdad que desde entonces no se habla de negros ni de caballos ni de pieles, y a requerimiento de la dicha Madame Veuve Favre, le entregamos el presente, para servirla donde sea necesario.”[17]
En la reconstitución de las negociaciones por los testigos, seis años después de los eventos, la noción de compensación y de reconciliación a través de los regalos diplomáticos es muy clara. La condición central del restablecimiento de la paz entre los habitantes de la Mobila y los Indios Alabamas vecinos era la reparación de los daños humanos y materiales causados por el ataque. En este contexto, James Jorobado sufrió un proceso de reificación a diferentes niveles: cautivo y esclavo, era también un trofeo de guerra y una moneda de cambio para facilitar las negociaciones diplomáticas.
Una integración incompleta en territorio indio
Contrariamente a James Jorobado, José María Aldana pudo disfrutar de su libertad durante dos años en una aldea indígena, donde se podía encontrar también a cimarrones. Según los testigos, el desertor acompañó por algún tiempo a los piratas de William Bowles, antes de instalarse en Miccosukee, un pueblo creek donde vivía también un grupo de cimarrones. La integración de los cimarrones dentro de un pueblo indígena contribuía a dibujar los contornos de una comunidad multicultural donde Aldana se amancebó.[18] Cómo llegó el soldado a este pueblo no es claro en la documentación y no se puede ir más allá que la formulación de unas hipótesis. Primero, se puede suponer que, como soldado en la plaza fronteriza de San Marcos de Apalache, Aldana tenía conocimiento de la existencia de tales comunidades en la región. Por eso, quizás sabía a donde dirigirse cuando desertó en el fragor de la batalla. Además, fue acompañado en su huida por un mulato –probablemente un esclavo según la expresión utilizada “mulato del señor don Bernardo Molina”– que tal vez actuó como mediador entre los cimarrones y el desertor en busca de refugio. El bayú y otras áreas húmedas propiciaban condiciones favorables a la huida, pero suponían también la existencia de una comunidad acogedora bajo la forma de un palenque de cimarrones, efímero o no, o de una aldea indígena. Un individuo aislado no podía sobrevivir mucho tiempo en tales territorios. Al contrario, José María Aldana encontró tal comunidad, en la cual construyó su nueva vida. Según el testimonio de los Indios de Miccosukee que lo prendieron dos años después, la integración del desertor a la aldea era muy fuerte. Sofolotke declaró “que le costó trabajo de aprender dicho desertor porque estaba amancebado con una negra y que lo defendían los negros de Mekasuque”.[19] La relación del desertor con una mulata le permitió agregarse a una red de parentesco y de solidaridad con los cimarrones: formaba parte integral del grupo, y por eso lo defendieron sus vecinos y compañeros.
Sin embargo, la integración al nivel muy local con los cimarrones de Miccosukee era una condición necesaria de éxito, pero no suficiente como lo muestra la captura del desertor por dos indios en 1802. Ambos Sofolotke y Sacayake conocieron a Aldana, aun así, lo prendieron para cobrar la recompensa de diez pesos cuando las relaciones entre creeks y españoles se mejoraron después de la batalla de San Marcos de Apalache.[20] Según sus palabras, localizar al desertor no fue lo que costó trabajo, sino la captura efectiva. Eso significa que los Indios de la región siempre sabían dónde Aldana estaba, y aceptaron su presencia. En otras palabras, se puede sugerir la idea que lo toleraron en su territorio, como toleraban la presencia de un grupo de cimarrones. Pero esta tolerancia se acabó cuando dos jóvenes como Sofolotke y Sacayake encontraron más ventajas en prender a Aldana para retornarlo a los españoles, a pesar de las protestaciones de los cimarrones. Un nuevo contexto de paz y la recompensa de diez pesos pusieron fin a la libertad del desertor y reveló los límites de la integración de los cimarrones en Miccosukee, aceptados como invitados pero incapaces de oponerse a la captura de uno de los suyos.
Obviamente, José María Aldana propuso una versión muy diferente de su huida y de los dos años que vivó en territorio indígena. En sus propias palabras, sería más cautivo que renegado –según las categorías esbozadas por Salvador Bernabéu, Christophe Giudicelli y Gilles Havard (2012)–. El relato que hizo el desertor de su trayectoria durante y después de la batalla muestra un hombre sometido a un contexto excepcional, privado de toda forma de agencia, cautivo primero de los piratas y después de los indios.[21] Tampoco mencionó ningún deseo de “recuperar su libertad” o ninguna forma de integración voluntaria en una comunidad cimarrona. Evocó mucho más una difícil odisea en un territorio altamente hostil, no muy diferente de la trayectoria supuesta de James Jorobado en el mundo choctaw y alabama:
“se resolvió a tomar paciencia sirviendo a sus amos hasta encontrar ocasión más favorable la que llegó tarde, pues habiéndole dicho Bossles [Bowles] que lo siguiese a un nuevo establecimiento que tenía cerca del río Apalachicola le suplicó que lo dejara en Mekasuque [Miccosukee], que tenía conocido los indios del pueblo a lo que accedió el aventurero, recomendándole éste de que no fuese a otra parte donde podían hacer los indios un sacrificio de él. A los tres meses de la ida de Bossles [Bowles] a su nuevo establecimiento vino en el pensamiento del confesante que yendo por los Crikes [Creeks] altos podía pronto pasar a las posesiones americanas y presentarse al cónsul español, se resolvió y pasó efectivamente a dichos pueblos altos para aguardar al tiempo y no pareciendo alguno de dichos tratantes, viéndose mal mirado entre los expresados Crikes [Creeks] Altos tomó el partido de volver a Mekasuque.”[22]
Como es de esperar en tal contexto, el relato de Aldana y la versión de los testigos presentaron dos caras radicalmente opuestas de la misma situación: la evocación de una deserción forzada contra la denunciación de una deserción voluntaria, la falta de agencia del cautivo contra el oportunismo activo del renegado. No obstante, a pesar de las diferencias casi caricaturales entre las dos versiones del mismo itinerario, un punto común fuerte permanece: la agencia del mundo indígena. En definitiva, que Aldana fuera un desertor o un cautivo importa poco en el análisis presente. Más interesante es lo que su trayectoria, como la de James Jorobado, revela sobre las estrategias indígenas al cruce de los imperios.
Estrategias indígenas al cruce de los imperios
Los intentos de fuga de James Jorobado y de José María Aldana se tradujeron en un fracaso evidente, cuya conclusión fue su retorno a la sociedad colonial, como prisioneros del mundo indígena. Contrariamente al imaginario europeo colonial, los espacios que escapaban al control imperial no eran “desiertos” –según la expresión muy reveladora de los vecinos de la Mobila para caracterizar los alrededores de la plaza– sino territorios organizados y controlados por una sociedad indígena diversa, compleja, con lógicas propias.
Alianzas cambiantes y protagonismo indígena
El caso de la participación de los choctaws en la guerra de independencia de los Estados Unidos es muy aclarador en este sentido. Greg O’Brien demuestra, por ejemplo, que la implicación de guerreros choctaws al lado de las tropas británicas era parte principalmente de una lógica interna, en un sentido material a través de la búsqueda de riquezas –bienes, armas, amuniciones, cautivos– e inmaterial mediante los rituales de madurez vinculados a la guerra (O’Brien, 2005: 27-49; O’Brien, 2015: 173). A consecuencia, la alianza con un bloque imperial u otro era un acuerdo entre iguales, y ciertamente no suponía cualquier modo de adhesión o sumisión al mundo colonial: una parte de los choctaws luchaban al lado de las tropas británicas, pero “no eran necesariamente pro-británicos” (O’Brien, 2015: 150). En un contexto diferente, durante la guerra que opuso los natchez a las fuerzas coloniales francesas, Gilles Havard evoca la actitud de los choctaws durante el conflicto y los describe como “desempeñando su propio papel” (Havard, 2021: 49). Encontramos una perspectiva similar en el análisis que hace Daniel Usner de esta guerra: los esclavos tomados en Fort Rosalie por los natchez ayudaron en los combates contra las tropas francesas –más aliados de circunstancia que cautivos– pero cuando fueron capturados por los choctaws, estos mismos esclavos fueron reducidos de nuevo a su condición y utilizados como objetos de negociación con los franceses (Usner, 1992:73-74). En estos diferentes ejemplos se puede distinguir una lógica de diplomacia al nivel local que estructuró las relaciones muy cambiantes entre mundo colonial e indígena. En este sentido, la Florida de la última década del siglo XVIII, más especialmente con la actividad de William Augustus Bowles, fue caracterizada por una forma de diplomacia fluida y adaptativa, cuyo objetivo era el mantenimiento de la preponderancia de un mundo indígena ubicado en los confines de dos bloques imperiales rivales.
La correspondencia de los oficiales españoles y británicos subrayaba regularmente, con muchas lamentaciones, la gran ambivalencia de sus interlocutores indígenas y su tendencia a negociar duramente su lealtad. Por ejemplo, en 1781, los creeks de Alexander McGillivray eran aliados de Gran Bretaña durante la campaña de Gálvez y contribuyeron a la defensa de Pensacola contra los españoles (O’Brien, 2015: 148). Pero, unos años después, en 1784, firmaron el Tratado de Pensacola con estos mismos españoles (Holmes, 1969: 140-141). Alejándonos de la perspectiva muy eurocéntrica que se esconde detrás de la noción de un mundo indio ambiguo y poco fiable, podemos subrayar más bien la centralidad de un protagonismo indígena como lo hace Diana Roselly Pérez Gerardo:
“Así, las agencias indígenas cobran centralidad no solo como el otro a ser conquistador, incorporado y cristianizado sino como sujetos históricos cuyas denominaciones y caracterizaciones en las fuentes son parte del proceso de colonización y de la etnificación que intenta definir a los grupos y normalizar a estos grupos” (Pérez Gerardo, 2021: 20).
La expresión del protagonismo indígena en los territorios más periféricos de los imperios, donde el control colonial solía ser más débil, vulnerable y aún virtual, provocaba cierta frustración en el sector europeo colonial incapaz de imponer su ley y sus reglas como lo deseaba. Es lo que se observa en el caso de las negociaciones entre los alabamas y los vecinos de la Mobila en 1783. La declaración de los vecinos –ya evocada más arriba– revela todos los prejuicios coloniales y un sentimiento de superioridad a través de un vocabulario y una semántica poco ambiguos. Según estos últimos, los alabamas eran necesariamente unos “salvajes”, el gobernador exigió, y los indios aceptaron las condiciones impuestas por el poder colonial. En esta narrativa, la construcción performativa de un poder colonial capaz de imponer sus reglas al mundo indígena es muy clara. Sin embargo, no era mucho más que un discurso cuyo poder performativo era ilusorio: en definitiva, los habitantes de Mobile nunca pudieron imponer que las condiciones fueran realmente respetadas y todo lo que obtuvieron fue un esclavo jorobado. Esta negociación fracasada muestra claramente la visión de un poder colonial incapaz de imponer su propio orden frente a una nación autónoma como los vecinos alabamas.
Indios, fugitivos y poder colonial
El carácter fluido de las relaciones entre mundo indígena y colonial era sometido a un proceso de negociación permanente, que dibujaba y redibujaba los contornos de las sociedades fronterizas. Los aliados de ayer no eran necesariamente los de hoy, el refugio supuestamente acogedor podía volverse en territorio hostil de manera repentina. El protagonismo indígena en los confines imperiales era central en tales evoluciones. En otras palabras, los territorios indígenas representaban para los fugitivos una zona de refugio de geometría variable, función de prioridades diplomáticas, económicas o geopolíticas cambiantes. Por eso, la posición de los fugitivos, y más precisamente de los cimarrones, en territorio indígena era particularmente vulnerable porque la esclavitud no era solamente una práctica colonial (Snyder & Snyder, 2010). Barbara Krauthamer mostró como el contacto con los poderes coloniales afectó la cultura de los choctaws sobre el tema de los cautivos, de la esclavitud y de la racialización de las relaciones de poder:
“Aunque por lo general los Indios no tenían más remedio que acatar las exigencias de las autoridades francesas y británicas de capturar y devolver a los esclavos fugitivos, nunca fueron simples peones desventurados en un juego colonial de dividir y conquistar a los pueblos sometidos. Por el contrario, muchos indios del sur supieron discernir oportunidades para perseguir sus propios intereses al tiempo que cumplían sus compromisos con sus aliados coloniales.” (Barbara Krauthamer, 2013: 21)
En este sentido, la captura de James Jorobado como la de José María Aldana, y la subsecuente devolución de ambos hombres al mundo colonial participaron de los mecanismos descritos por la autora. James Jorobado, como esclavo, constituyó una moneda de cambio para negociar la paz con los vecinos de la Mobila después de un ataque. Su traslado al mundo colonial era una forma de reparación de los daños causados y una manera de pacificar los vecinos coloniales. Al mismo tiempo, a causa de su condición como jorobado, el esclavo no representaba un sacrificio considerable por parte de los alabamas, y se puede sugerir que compraron así una paz renovada a muy bajo precio –cabe subrayar el hecho de que nunca respetaron las condiciones del acuerdo evocado por los vecinos de Mobile, con la excepción de la devolución de James Jorobado–. José María Aldana no era un esclavo fugitivo sino un desertor. Por lo tanto, su captura por los jóvenes indios Sofolotke y Sacayake era muy reveladora de la mezcla de interés personal y de compromiso con el poder colonial tal como la describió Barbara Krauthamer. En efecto, después de la crisis de 1800 y la toma efímera de San Marcos de Apalache por los piratas de William Augustus Bowles y los creeks, devolver a un soldado desertor, acusado de traición abierta, era claramente una manera de solidificar el nuevo contexto de paz entre los españoles y los creeks en la región. En otras palabras, el acto se podría interpretar como un gesto de buena fe. Al mismo tiempo, la recompensa de diez pesos fue también un aspecto importante en la captura y devolución de José María Aldana a su antiguo batallón: el desertor era poco más que un objeto de transacción para los dos jóvenes en búsqueda de ventajas financieras –dinero en efectivo– y materiales –lo que se podía comprar con esa cantidad en una economía de frontera, tales como armas, amuniciones, pólvora, herramientas, textiles, alcohol–.
En otras palabras, se puede sugerir la idea que ambos James Jorobado y José Aldana fracasaron en sus esfuerzos para lograr la libertad porque el territorio indígena en el cual trataron de refugiarse no era un anti-mundo colonial sino un espacio autónomo con sus propias lógicas políticas, diplomáticas y económicas. En tal territorio, el refugio era necesariamente condicional, sometido al protagonismo indígena y sus estrategias. Obviamente, comunidades cimarronas se arraigaron al margen de los imperios y disfrutaron de la protección implícita propiciada por el mundo fronterizo. Igualmente, existieron situaciones de convivencia e intercambios culturales entre mundo indígena y afrodescendiente enfrentados a la dominación colonial (Wheat, 2012: 117). Por lo tanto, en el caso de los dos fugitivos fracasados que seguí en estas páginas, el refugio era mucho más una quimera que una realidad.
Conclusión
La trayectoria de James Jorobado como la de José María Aldana muestran las dos caras de la agencia de los individuos. En primer lugar, la huida significaba un desafío al orden colonial. Como tal, suponía no solamente la posibilidad del éxito sino también las condiciones del fracaso. El intento del cimarrón y del desertor se dio en condiciones puntuales, o aparentemente, favorables, antes de derrumbarse frente a la dura realidad geopolítica, ambiental y humana de zonas de refugio finalmente muy condicionadas. Aquí se encuentra un reflejo de las “trayectorias individuales o colectivas que constituyen auténticos contrasentidos” (Bernabéu, Giudicelli, Havard, 2012: 10) y que ayudan a adoptar una percepción matizada de las realidades imperiales. Cómo lo escribió James Clifford,
“Las historias de contacto y cambio cultural han estado estructuradas por una dicotomía omnipresente: absorción por el otro o resistencia al otro. [...] Pero, ¿y si la identidad no se concibe como [una] frontera que hay que mantener, sino como un nexo de relaciones y transacciones que comprometen activamente a un sujeto? La historia o historias de la interacción deben ser más complejas, menos lineales y teleológicas.” (Clifford, 1988: 344).
En otras palabras, los fracasos de James Jorobado y de José María Aldana ayudan a pintar un paisaje detallado, que supera el dualismo clásico conquista / resistencia para vislumbrar un amplio abanico de relaciones de poder. A modo de conclusión, el mapa abajo propone una traducción cartográfica de la realidad puesta de relieve por Greg O’Brien durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos: “a los choctaws no les preocupaba que los europeos o los estadounidenses intentaran apoderarse de sus tierras o atacar sus aldeas porque todas las potencias dominantes en el Golfo Sur en aquella época eran indios” (O’Brien, 2015: 154).

Aparece así los contornos de otra visión de la Luisiana y de las Floridas a finales del siglo XVIII, no solamente la imagen de una región de confines imperiales sino también la sugestión de una constelación colonial (Züñiga, 2023) un poco perdida en territorio indígena.
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Notas
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