Artículos

Juan Carlos Garavaglia. Historiador y maestro

Juan Carlos Garavaglia. Historian and teacher

Elisa Caselli
Universidad Nacional de San Martín, Armenia
Universidad Nacional del Litoral, Argentina
Tomás Mantecón Movellán
Universidad de Cantabria, España
Alejandro Rabinovich
Universidad Nacional de La Pampa, Argentina
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina
María Inés Moraes
Universidad de la República, Uruguay
Clara Pérez Fabregat
Universitat de Barcelona, España
Evangelina De los Ríos
Investigaciones Socio-Históricas Regionales, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina
Mario Etchechury Barrera
Investigaciones Socio-Históricas Regionales, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina
Pablo Rodríguez Solano
Centro de Investigación en Identidades y Cultura Latinoamericana, Universidad de Costa Rica, Costa Rica
Juan Carlos Sarazúa Pérez
Universidad Nacional Autónoma de México, México
Viviana Velasco Herrera
Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Ecuador

Juan Carlos Garavaglia. Historiador y maestro

Prohistoria, núm. 28, 2017

Prohistoria Ediciones

Recepción: 10 Septiembre 2017

Aprobación: 20 Diciembre 2017

Resumen: Algunas palabras en recuerdo del historiador y maestro Juan Carlos Garavaglia, expresadas por quienes fueron sus colegas, estudiantes, amigos…

Palabras clave: Juan Carlos Garavaglia, historiador , maestro.

Abstract: Some words for remembering the historian and teacher Juan Carlos Garavaglia, expressed by who they were his colleagues, students, friends…

Keywords: Juan Carlos Garavaglia, historian , teacher.

Revista Prohistoria Homenaje a Juan Carlos Garavaglia


Foto: Ángeles Alpe

En homenaje a “Gara”

Elisa Caselli

Como la breve nota Editorial del mes de junio pasado lo anunciaba, el presente número de Prohistoria se encuentra enteramente dedicado a homenajear a Juan Carlos Garavaglia, el querido “Gara”, que nos dejara el 15 de enero de este año. Los amigos y amigas del equipo editorial de la revista tuvieron el gesto afectuoso de encomendarme la labor de coordinación. Supieron adivinar que la tarea, sin dudas muy dolorosa, sería al mismo tiempo un regalo: el de poder coordinar las páginas dedicadas a quien fuera mi compañero durante casi trece años.

Como anunciaba la convocatoria, nos encontramos frente a una tarea que ninguno de nosotros desearía realizar, porque nos duele, nos entristece, por la sencilla razón de que nadie querría que este homenaje fuera póstumo. Y porque su partida aún nos parece mentira y nos tiene sin consuelo. Sin embargo, el hecho de manifestarnos, de poner por escrito nuestros recuerdos, tal vez pueda transformar este homenaje en una labor de alguna manera reparadora, si es que ello fuera posible…

El resultado de la convocatoria no hizo sino reflejar, una vez más, el cariño que Gara supo inspirar en quienes fueron sus amigos, colegas, estudiantes. La elevada participación –colaboran 25 investigadores, en su mayor parte de Argentina, pero también de Brasil, Costa Rica, Ecuador, España, Italia, México y Uruguay– convirtió al presente volumen en un número verdaderamente especial. A las tradicionales secciones de Artículos, De Buena Fuente y Reseñas, con trabajos dedicados a Juan Carlos, hemos sumado un apartado de Semblanzas, donde como su nombre lo sugiere se han incluido textos breves que son verdaderas pinceladas biográficas. Por otra parte, cabe aclarar que los artículos comprenden trabajos que desde diversas perspectivas recorren la prolífica labor historiográfica de Gara, realzando su manera de entender y defender la tarea del historiador y discurriendo sobre distintos temas para y con él.

Resulta casi exiguo lo que se podría agregar sobre el Gara historiador a lo que tan bien han expresado ya quienes participan en este número homenaje. Tal vez insistir en que priorizaba, a modo de denuncia, una historia de las injusticias y de las desigualdades, como bien se dijo. Recordar la verdadera felicidad que lo embargaba cuando encontraba, a veces después de largas búsquedas, los documentos que le permitían confirmar sus sospechas. En los días de escritura que seguían, solía levantarse a las cinco de la mañana (o incluso antes) movido solo por la prisa de poder dar rienda suelta a lo que sentía como uno de sus placeres mayores: escribir. Y muy especialmente cuando se daba cuenta de que estaba “desculando” un asunto nuevo o desnudando una cara oculta. El Gara apacible, que sabía disfrutar de la música clásica y un buen vino, capaz de contemplar durante horas el mar, contrastaba con el ser absolutamente inquieto que era frente al trabajo. Para dar fe de que esa inquietud era casi innata, contaba que cuando era niño, su abuelo le prometía diez centavos a cambio de que permaneciera sentado y quieto diez minutos: “¡nunca me los puede ganar!” remataba.

Ambos compartíamos la misma pasión por la investigación y los archivos; nos leíamos y criticábamos mutuamente. Así, a lo largo de nuestra convivencia tuve el privilegio de ser su primera lectora y, asimismo, comprobar que la misma ansiedad que lo invadía cuando escribía, la sentía al finalizar un texto. Apenas dos minutos después de habérmelo enviado: “¿Y? cómo lo ves?” –“Recién voy por la segunda página!” –“Acaso estás insinuando que soy ansioso?” respondía burlándose de sí mismo. Porque, además, tenía un gran sentido del humor. Hacernos bromas y reírnos juntos era pan de cada día: “nos divertimos barato vos y yo”, decía siempre. Así era en la cotidianidad.

La pérdida es terrible e inmenso el vacío de su ausencia, pero nos quedan sus enseñanzas y sus batallas (para continuarlas). Permanece la pena, pero también su risa y una infinidad de recuerdos imborrables. Gracias, Gara.

***

En nombre de quienes hacemos Prohistoria y en el mío propio, queremos agradecer profundamente a los autores y autoras que han enviado su colaboración para sumarse a este número homenaje. Deseamos, asimismo, expresar un agradecimiento muy especial en recuerdo del querido Jorge Gelman, quien nos dejara de manera completamente sorpresiva apenas unos días después de haber enviado un hermoso texto dedicado a Gara.

Rosario, diciembre de 2017.

Fiat iustitia: saber por saber, a propósito de la Historia y la utilidad del conocimiento

Tomás A. Mantecón Movellán

El 15 de enero de 2017 falleció Juan Carlos Garavaglia en París. Cuatro días después, La Vanguardia lo reflejó, anotando la importancia que tuvo para la Universidad Pompeu Fabra la labor del historiador argentino nacido en Pasto en 1944 durante el tiempo en que se empeñó en Barcelona como profesor de investigación de la Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats (ICREA). Estuvo vinculado a la universidad barcelonesa hasta la finalización de un ambicioso proyecto que le permitió impulsar y renovar las investigaciones sobre los procesos de la construcción de los estados en América Latina. Esta labor ha dejado un testimonio vivo en investigadores que pasaron –y pasamos– por los seminarios, debates y publicaciones que movió esta empresa.

En noviembre de 2010 tuve la ocasión de discutir en este encuadre mis preocupaciones sobre Sozialdisziplinierung y statebuilding a partir de experiencias históricas de la Europa del Antiguo Régimen dentro de una atmósfera muy estimulante y constructiva, la del grupo conformado en torno a Juan Carlos. El proyecto State Building Process in Latin America brotaba de una Advanced Grant del European Research Council por 5 años, que se iniciaron en 2008. Quedó vinculado a la financiación del Consejo Europeo de Investigación y al Instituto Jaume Vicens Vives de la Pompeu y, lo que es más importante, ofreció una oportunidad a una generación de jóvenes investigadores latinoamericanos para pensar juntos y hacerlo en un entorno óptimo y en diálogo con la historiografía europea.

Con el final del proyecto, en 2014, Juan Carlos se jubiló, pero no de la ciencia ni del conocimiento histórico, que, obviamente, constituyó siempre una preocupación connatural su personalidad siempre. A principios del verano de 2016 tuvimos ocasión de comprobarlo en Santander. Dentro de las actividades del SIHMO (Seminario de Investigación de Historia Moderna), junto con Elisa Caselli, se encargó de una sesión dentro de las actividades formativas de postgrado en la Universidad de Cantabria.

A la preocupación por el Estado, el poder, la justicia y la Historia, que concentraba la preocupación tanto de Juan Carlos y Elisa como de los jóvenes investigadores asistentes y colegas, ese día subyacía en la atmósfera una preocupación más general, muy relevante y crucial en el tiempo en que vive la Historia y la Epistemología en el mundo en que vivimos, sobre todo, después de los impactos dramáticos de la última crisis: ¿para qué saber o investigar? ¿hay saberes útiles e inútiles? Quiero retomar estas cuestiones para dar continuidad al debate que abrimos en Santander el verano de 2016, que no se cierra en estas páginas y que me parece oportuno recordar en el momento actual. El conocimiento humanístico se encuentra hoy en este dilema y eso es, en gran medida, debido a la presión ejercida por los defensores de los llamados saberes útiles y, al tiempo, implícitos detractores de otros conocimientos considerados inútiles.

Pudiera ser que la considerada crisis de las humanidades sea fruto de las oscilaciones del pulso, quizá vacuo, que sostienen estos saberes –los humanísticos– con los tecnológicos. Estos últimos son considerados útiles debido a la posibilidad que ofrecen de una inmediata aplicación de sus avances para desarrollar facetas concretas, tangibles y materiales de la vida en sociedad. Síntomas de ese pulso se pueden arraigar en los albores de la revolución industrial, incluso antes. El fenómeno luddita ha dado –y aún ofrece– muchos testimonios en distintos momentos y emplazamientos del globo. Ciertamente, no ha perdido actualidad y es síntoma de una tensión complicada. El binomio –es posible que incluso matrimonial– que forman hoy las nuevas tecnologías y la crisis reciente ha contribuido a inclinar la balanza de muchos de quienes toman decisiones en el ámbito político y económico de forma desfavorable al conocimiento humanístico, frente a los considerados saberes o ciencias útiles, que resultan más apoyados y privilegiados.

Uno de los retos de las humanidades es mantenerse y fortalecer su papel intrínseco de contribuir al desarrollo de la ciudadanía, la construcción de valores y el cambio social. De este modo, contribuyen a evitar un avance tecnológico que evolucione de forma independiente o desprendida de los fines de progreso social o, lo que es peor, orientado sólo por uno de ellos, seguramente el más evidente y el más frío: el puro interés. Las ciencias humanas no suponen la única fuente del pensamiento crítico, como resulta obvio, pero no son sustituibles para el desarrollo del mismo. Este valor que contienen las humanidades ha sido esencial elemento de cambio en las sociedades históricas.

Es probable que sin leer a Aristóteles, Platón, Cicerón, Séneca, Plotino, Erasmo, Kant, Marx, Arendt o Foucault se pueda construir pensamiento crítico, al igual que incluso prescindiendo de las tragedias griegas, la narrativa de Cervantes, Shakespeare o Mary Shelley, la de Stendhal, Dostoievski o Tolstoi, las explicaciones de Herodoto, Salustio, Tácito, Gonzalo Hernández de Oviedo, el Inca Garcilaso, Voltaire, Sieyés, Menéndez Pelayo, Concepción Arenal… o Joan Scott y Lyndal Roper, y tantos otros cientos, miles, decenas y centenares de miles de personas que han contribuido a construir el mundo en que vivimos. Probablemente el legado, anónimo e intangible de muchas de estas personas, como el de Maria Sibylla Merian, Marie Sophie Germain, Lucy Cavendish o Marie Salomea Sklodowska-Curie podría reconocerse en muchas facetas de nuestra vida que experimentamos hoy inconscientes, desde el microondas y las grandes arquitecturas hasta los derechos cívicos y las formas de democracia que disfrutamos.

A pesar de todo, conocer los legados de estas u otras muchas personas que han conformado las bases de nuestra convivencia actual nos hace más conscientes de nuestro tiempo y de los retos que nos plantea. Sobre todo, nos confiere más conocimiento y más complejo, nos ayuda a vivir con nuestros demonios, personales y sociales, así como a tomar decisiones de forma más crítica, a superar los ídolos baconianos. La cuestión puede plantearse al revés: ¿de cuánto de ese conocimiento y del que generan hoy las ciencias humanas se podría prescindir? No es preciso responder siquiera a esa pregunta sino a la de si sería un lujo inconsciente e irresponsable prescindir de estas facetas de conocimiento.

No es preciso hacer una defensa de las ciencias humanas. Éstas tienen vida propia y no hay sociedades a las que no afecten sus avances. El saber por saber, sin una aparente utilidad más que la curiosidad humana, ayudó desde la aparición de los primeros homínidos a su dominio de un mundo que fueron colonizando en todos los continentes. Permitió tomar decisiones y también fabricar los primeros útiles para facilitar con ambas actitudes y prácticas la vida. Históricamente pudieron adaptarse mejor a sus entornos e impulsar cambios y desarrollar sociedades. Amor por saber, sin más, y ¿para qué? Para saber más. Esta curiosidad, así como la inclinación hacia el conocimiento, es connatural al género humano y a las sociedades que construyen Historia.

A pesar de todo, hay decisiones que son muy arriesgadas, pero que en ocasiones son adoptadas por las sociedades y que afectan negativamente a la enseñanza y la práctica de las ciencias a las que se atribuye menor utilidad. Se ha profetizado alcanzar el fin de la Historia, como si pudiera silenciarse la curiosidad humana de saber por saber o como si eso fuera una aplicación inútil, independientemente de la faceta del conocimiento que implique. Estas impresiones no sólo son superficiales, aunque lleguen a cristalizar en decisiones políticas, reformas de planes de estudios o financiación de la ciencia y el arte; son, también, irresponsables. Obviar esto se paga caro; trae resacas muy negativas que una vez producidas obligan a las sociedades a buscar de nuevo respuestas. Esto acaba por crear, sin embargo, nuevos estímulos para dar respuesta a las ansiedades por saber y pensar compleja y conscientemente.

La Historia tiene una posición privilegiada en este escenario. Esto es debido a las sensibilidades de la Historia hacia el cambio estructural, sin perder el referente de las concreciones micro y atendiendo a las experiencias y percepciones de los sujetos para analizar problemas de forma contextualizada y explicar significaciones atendiendo a las complejidades que implica la conversación necesaria entre los niveles EMIC y ETIC del análisis, así como las siempre complicadas –pero necesarias– perspectivas comparativas.

El 22 de octubre de 1950 Borges publicó un artículo en el diario La Nación titulado La muralla y los libros. Refería haber leído que el hombre que ordenó la construcción de la muralla china, el primer emperador Shih Huang Ti, también dispuso la destrucción de todos los libros anteriores a él. Pretendía matar la Historia, a la par que construir un imperio. Quizá logró lo segundo, pero no lo primero. Nadie olvidó a Confucio. Cada legado del pasado induce satisfacer nuestra curiosidad y nos conecta con universos desconocidos que ofrecen lenguajes atemporales y conversaciones entre el pasado y nuestras propias sensaciones e inquietudes personales y en sociedad hoy, en el presente.

Siempre me impresionó el Jinete de Artemision que se custodia en el Museo Arqueológico de Atenas. Es una milagrosa escultura helenística fechada entre finales del siglo II y principios del I A.C. en que un niño con atuendo de palafrenero cabalga a lomos de un caballo quizá desbocado. Su autor nos traslada incluso el impacto del viento en el rostro del jinete y la bestia. El caballo abre sus orificios nasales de forma extraordinaria y aparentemente nerviosa y expresa su esfuerzo y tensión. El pequeño conjunto escultórico de bronce, de tamaño natural, traslada no sólo sensaciones –estas y otras muchas– sino preguntas que la curiosidad trata de satisfacer, no sólo sobre la situación concreta y las emociones del frágil jinete con atavío de esclavo.

Estas sensaciones son el germen de nuestra curiosidad. Las respuestas que nos dispensan estas y otras informaciones complementarias –incluso también las que están en contraste– nos ayudan a repensar nuestra propia existencia y circunstancias, condición y expectativas vitales. En la Acrópolis, sin embargo, a pesar de la implacabilidad que debió destilar la impresionante criselefantina Atenea Parthenos –y puede ser imaginada a partir de la Atenea Varvakeion que custodia el propio Museo Arqueológico de Atenas–, hasta las diosas podían mostrar actitudes humanas incluso a finales del siglo V A.C. Así lo muestra una maravillosa imagen de Atenea Niké acondicionando su pie en una sandalia en el friso del pequeño templo de Atenea que flanquea el acceso al espacio sagrado.

Las conmociones y preocupaciones sociales de nuestro tiempo nos llevan a tratar de explicar las ansiedades personales y colectivas. La crisis financiera que asentada en el sistema hipotecario sacudió los mercados norteamericanos entre 2003 y 2006 acabó por contaminar todos los mercados internacionales y abrir la puerta a una intensa y extensa crisis ulterior que se prolongó una década. Se han conocido efectos demoledores y conmociones sociales y políticas de muy variada concreción –ligados a esa coyuntura crítica– que supusieron la irrupción y extensión de fenómenos populistas e insolidarios dentro del escenario europeo. También se han experimentado medidas que han fortalecido la cohesión en torno a instituciones centrales de la Unión Europea como el Banco Central.

Todos estos cambios desencadenaron también una indagación histórica. Ésta debía facilitar pensar sobre las variadas características de los escenarios posibles. Ser historiador es algo tan fácil y tan difícil como estar vivo, con los ojos abiertos, no es un lujo –aunque quizá lo sea, o un milagro, vivir–, ni tampoco implica un saber inútil. Ningún saber es inútil. La finalidad del conocimiento es saber, para saber más.

A principios del verano español de 2016 compartí –y mi mujer, Rocío– unos bellos momentos y escenarios con Elisa y Juan Carlos. También tuvimos buenas charlas sobre estas y otras cosas. Charlamos a propósito del arte rupestre milenario de la cueva del Castillo en Puenteviesgo, de las enigmáticas intenciones de cuantas personas –hombres, mujeres, ancianos y niños– hace milenios legaron la silueta de sus manos en negativo, para que dejaran constancia de su presencia, justo en los paneles de la caverna. Eso ocurrió, en realidad, hace varias decenas de milenios. Disfrutamos de algunos paseos, de cafés y viandas en la comarca de Liébana, bromeamos en el coche… y hubo ocasión para compartir charla y preocupaciones en la Universidad de Cantabria con otros historiadores, jóvenes y no tan jóvenes, hombres y mujeres, también inquietudes sobre el conocimiento y la Historia. Nada de todo eso se ha ido, ni las inquietudes, ni las preguntas, ni la falta de muchas respuestas para estas y otras cuestiones. Tampoco se fueron las sensaciones, el recuerdo, la memoria, las preocupaciones por la Historia y por la relevancia de los saberes aparentemente inútiles. Fiat iustitia.

Santander, diciembre de 2017.

La historia social y las luchas olvidadas. Comentario sobre el oficio del historiador a partir de la obra de Juan Carlos Garavaglia

Alejandro M. Rabinovich

“Entonces, los “saberes sujetos” son estos bloques de saberes históricos que estaban presentes y enmascarados dentro de conjuntos funcionales y sistemáticos, y que la crítica ha podido hacer reaparecer a través de la erudición […] En estos saberes sujetos, ¿qué se escondía? Pues el saber histórico de las luchas. En el ámbito especializado de la erudición, así como en el saber descalificado de la gente, yacía la memoria de los combates que hasta ahora habían sido mantenidos al margen.”

Michel Foucault[1]

¿Una cita de Foucault para abrir un homenaje a Garavaglia? Juan Carlos se hubiera puesto nervioso. Me consta que la obra de este filósofo francés no le gustaba mucho. Lo había leído poco y lo había encontrado demasiado posmoderno. Y sin embargo…

Garavaglia era el paradigma del historiador erudito, en el sentido de que conocía como nadie (con notable amplitud, profundidad y minucia) las fuentes originales correspondientes al período de su obra, digamos grosso modo los siglos XVIII y XIX. Incluso para aquellos a los que el archivo nos gusta, verlo trabajar en el Archivo General de la Nación podía resultar pasmoso. Juan Carlos se podía pasar horas, días, meses, como en trance, revisando y registrando con meticulosidad infinita entradas de aduana, sucesiones, diezmos, listas de revista… Era capaz de querer verificar, papelito por papelito, si los gastos reales del ramo de hacienda de la provincia de Buenos Aires se condecían con lo anunciado en el presupuesto y en la memoria de tal año. ¿Para qué? ¿Simplemente para tener un conocimiento más exacto de lo que se gastó hace cientos de años? ¿Para hacer de auditor externo (y no requerido) de unas cuentas que ya a nadie le importan?

En el fondo es una pregunta que se tiene que plantear cada historiador frente a su objeto de estudio, y que en todo caso nos plantean nuestros contemporáneos legos cuando se enteran (generalmente con incredulidad, a veces con indignación) de los temas a los que nos dedicamos utilizando recursos públicos. Foucault –ese otro gran devorador de archivos, cultor de lo que le gustaba llamar la “erudición inútil”– tenía una respuesta que le era característica: en el detalle imperceptible, en la acumulación de series, en los saberes olvidados, se esconde (y se revela) la memoria de luchas que han resultado invisibilizadas por el discurso histórico dominante, elaborado a posteriori por los vencedores de esos mismos combates.

Creo que a Juan Carlos esa definición le hubiera gustado. En definitiva, ¿qué estaba intentando hacer Garavaglia cuando, a partir de estudios de una erudición infatigable, demostraba la existencia, el dinamismo y la vitalidad de toda una enorme franja social de pequeños campesinos, labradores y pastores que poblaban y animaban la economía bonaerense (o para el caso la de Puebla o la del Paraguay), y que hasta ese momento habían permanecido ocultos del saber historiográfico, ocupado solamente de los grandes comerciantes y hacendados? ¿Corregía una omisión histórica por un afán positivista de completar lo más posible nuestros datos?

Por supuesto que no. Lo que Juan Carlos (y sus compañeros de ruta como Juan Carlos Grosso, nuestro tan llorado Jorge Gelman, Raúl Fradkin y tantos otros) estaba haciendo era darle entidad histórica a sujetos sociales que habían quedado sepultados por un modelo de desarrollo que, al imponerse en toda la región, los había relegado –o en algunos casos destruido– en el presente hasta hacerlos desaparecer de la memoria colectiva. Lo que volvía a emerger así a la superficie no era solo el impacto de unos actores económicos marginados sino un modo de vida y una mirada del mundo. Lo que volvía a hacerse visible era, ni más ni menos, el saber histórico de unas luchas modestas (las de todos los días, para sobrevivir, para ganarse el pan, para defender derechos consuetudinarios, para acceder a los mercados y a la tierra) o gloriosas (todas las revoluciones latinoamericanas tuvieron a estos sujetos sociales como actores ineludibles) sin las cuales nuestra región sería muy diferente de cómo es hoy.

¿O sea que Garavaglia nos proponía una historia militante? Tampoco. Sin dudas Juan Carlos tenía su corazón bien plantado del lado de los de abajo. Es algo que en el registro escrito se le escapaba cada tanto en exclamaciones o exabruptos muy característicos (estar hablando de la facilidad que tenían milicianos y soldados bonaerenses para desertar y rematar con un “¡Y por suerte!”[2]) y que en sus presentaciones orales manifestaba sin tapujos. Pero en su tratamiento historiográfico había siempre un equilibrio, una ecuanimidad, una cierta voluntad de acceder, aunque más no sea imperfectamente, a una inalcanzable “objetividad”. Así, para él no se trataba de reemplazar a un sujeto histórico por otro, ni de invertir simplemente “buenos” y “malos” como pretendían los viejos revisionistas. Quería restaurar, más bien, a nuestra perspectiva historiográfica, una completitud y una integridad que habían sido comprometidas por previas miradas sesgadas. Es decir que no pretendía reemplazar a los grandes hacendados con los pequeños campesinos, sino mostrar cómo unos y otros formaban parte de un sistema mucho más complejo de lo que conocíamos, y en el que las variadas formas de cooperación y de lucha entre los distintos actores eran fundamentales para comprender la verdadera dinámica global.

Ahora bien, volviendo a la cuestión del sentido del trabajo del historiador, ¿qué se ganaba, según Juan Carlos, con ese “comprender mejor la historia”? ¿Era una pura cuestión de conocimiento empírico del pasado o tenía incidencia práctica sobre la sociedad del presente? Cuando se lo interrogaba sobre el tema, solía ofrecer dos tipos de respuestas. Por un lado, los sujetos sociales del pasado suelen tener una manera nada lineal de permanecer en el tiempo, de subsistir de maneras indirectas y a veces insospechadas. Desde ya que los campesinos tardocoloniales bonaerenses desaparecieron, pero sus experiencias informan las de los paisanos que se rebelarían contra el reclutamiento para la Guerra del Paraguay, y la lucha de estos informa la de los pequeños arrendatarios del Grito de Alcorta, y estos sobre aquellos que, tras la crisis del 30’, se verían forzados a emigrar al conurbano… Por otro lado, Juan Carlos creía que las investigaciones historiográficas, incluso las más específicas, tenían la potencialidad de colaborar, de manera mediatizada y en un largo plazo, con una especie de ensanchamiento de la memoria histórica colectiva, lo que a su vez incrementaba la conciencia social de un país.

Ser más sensibles historiográficamente respecto de los actores pobres de la campaña del siglo XIX (en otro homenaje Raúl Fradkin recuerda una gran máxima de Juan Carlos: “no puede hacerse buena historia sin sensibilidad social”[3]) contribuía entonces a construir, paulatinamente y no sin contradicciones, marchas y contramarchas, una sociedad un poco más sensible (consciente, alerta, preocupada) respecto de las desigualdades y las injusticias de la actualidad. Nada más, nada menos. A eso dedicó Garavaglia su carrera. Así lo vamos a recordar.

Toay, 22 de diciembre de 2017

Juan Carlos Garavaglia: una evocación desde el otro lado del Río de la Plata

María Inés Moraes

Tengo una deuda intelectual muy grande con la historiografía argentina de las últimas décadas del siglo XX sobre la historia económica de los siglos XVII al XIX, y en especial, con aquella que se ocupa de los temas agrarios. Posiblemente no sea la única historiadora uruguaya que está en esta situación, pero yo quisiera expresar sin ambigüedades que se trata de una deuda que no me pesa. Por diversas razones creo oportuno hacer un reconocimiento expreso a un espacio intelectual que ha producido obras igualmente luminosas sobre temas diversos, como las de Tulio Halperin Donghi, Carlos Sempat Asadourian, José Carlos Chiaramonte, Enrique Tandeter y un contingente igualmente destacado de historiadores notables que de un modo u otro han seguido sus huellas a quienes no voy a nombrar para no cometer omisiones.

En la historia de esa deuda intelectual juega un papel fundamental la obra de Juan Carlos Garavaglia. Como otros –creo que muchos– colegas de este lado del río, solo tomé contacto con su obra a fines de la década de 1990, cuando la (escasa, pero suficiente para llegar a quien debía llegar) difusión de Campesinos y estancieros de Jorge Gelman vino a perturbar la paz piveliana en la que los uruguayos hacíamos dormir nuestro pasado rural colonial. El libro de Gelman abría una rendija, breve pero contundente, a la incertidumbre sobre el pasado rural también para la Banda Oriental. Algunos de nosotros habíamos escuchado algunos ecos de la revoltosa, por momentos ruidosa querella de los argentinos sobre la economía agraria y la sociedad rural durante el período colonial, con la misma actitud con que un uruguayo mira un partido de Boca-River. Pero con el libro de Jorge Gelman se terminó la indiferencia. Fue entonces que necesité entender cómo se había llegado a esa discusión, cuáles habían sido los tramos de un debate que, para entonces, claramente no solo había cuestionado antiguas afirmaciones sobre el poder de los terratenientes, si no sobre cuáles eran las mejoras formas de pensar, hacer y escribir la historia rural del Río de la Plata colonial. Encontré todas las claves que buscaba en un extenso tramo de la obra de Juan Carlos, que sobre-leí y posiblemente sobre-cité, en casi todo lo que escribí después. Me refiero al tramo que va desde sus textos en el legendario número 40 de Cuadernos de Pasado y Presente (1973) hasta su libro sobre San Antonio de Areco entre 1680-1880, publicado en 2009, un conjunto de aproximadamente 40 títulos (al menos esos son los que figuran en mi procesador bibliográfico) cuyo análisis, siquiera sumario, excede completamente mi capacidad y los fines de este recordatorio. La obra de Juan Carlos me resultó, efectivamente, una autopista que llevaba muy lejos.

En efecto, esos trabajos me llevaron de Montevideo a Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes, Yapeyú, Asunción, Córdoba, Mendoza, Salta, Potosí, Lima…y Nueva España. Por esos trabajos desfilan la producción y el consumo de plata, de carne, de mulas, de trigo, de yerba, de lienzo, de vino, de cueros, de maíz, a través de un muestrario interminable de fuentes donde (solo a modo ilustrativo) pueden contarse los remates de diezmos, las alcabalas, la contabilidad de los pueblos misioneros, los registros de entradas y salidas de barcos, los inventarios post-mortem, las actas de los cabildos, los padrones de población, los registros de propiedad territorial, los registros parroquiales.

La obra de Juan Carlos me llevó a los grandes autores argentinos que fueron mencionados en el primer párrafo de este texto, a quienes la historiografía uruguaya sobre el período colonial, afectada todavía por el nacionalismo que todas las historiografías latinoamericanas padecieron durante el siglo XX, parecía por entonces reconocer sin tomarse el trabajo de integrar a su propio relato del pasado colonial. Pero me llevó también, generosa y cálidamente, a conocer a los historiadores de las generaciones siguientes que, cual legión, persistían en lo que para entonces puede decirse que había alcanzado la forma de un programa de investigación sobre la historia rural del período colonial en el Río de la Plata.

La obra de Juan Carlos me hizo visitar, como en un paseo guiado, los meandros teóricos por donde había navegado la historiografía marxista latinoamericana anterior a las dictaduras militares de los años 70, la vocación metodológica serial de la historiografía francesa anterior a la crisis del estructuralismo, la habilidad para la observación a escala reducida de la microhistoria, una sensibilidad –creo que personal de Juan Carlos, pero de cierta evocación foucaultiana– por los nombres de las cosas en diversos idiomas, y por encima de todo, una curiosidad intelectual que conforme maduraba su obra se hacía cada vez más cosmopolita, sin dejar nunca de ser argentino.

Juan Carlos y Jorge Gelman tuvieron la generosidad de participar en un simposio que en 1999 organizamos junto a Andrea Reguera y Blanca Zeberio, en Montevideo, sobre los estudios agrarios en el Río de la Plata. Allí conocí de primera mano el entusiasmo de polemista que caracterizaba a Juan Carlos, su inmensa erudición histórica, su conversación cautivadora, la entera llaneza y jovialidad de su condición humana, su inolvidable bigote peronista. Guardo recuerdos muy gratos de todas las veces que, durante los siguientes casi 20 años, compartimos correos, mesas de trabajo y de celebración, con amigos-colegas en Buenos Aires, Montevideo, Tandil, Mendoza, Porto Alegre, Madrid. Recuerdo haberle escrito correos desesperados para preguntarle si la palabra “leñatero” se usaba para referirse a los cortadores o a los acarreadores de leña. Una vez nos encontramos en el AGN de Buenos Aires y le pregunté si en su opinión las fuentes contables de las misiones jesuíticas del Paraguay eran un fondo suficiente para hacer una tesis de doctorado. Con su inconfundible, argentinísima expresividad verbal, me dijo: “¡No una, DIEZ tesis se pueden hacer con esas fuentes!”. Cuando unos años después defendí mi tesis de doctorado donde, entre otras fuentes utilicé con abundancia la contabilidad misionera, la Universidad Complutense de Madrid lo invitó a integrar el tribunal. La encendida discusión que protagonizó Juan Carlos en esa defensa con unos de los profesores españoles sobre las fuentes decimales americanas forma parte de mis recuerdos favoritos.

En mis trabajos sobre el agro colonial busqué humildemente extender algunas de sus mejores ideas, interpretativas y metodológicas, al caso de la Banda Oriental. Fue un diálogo extraordinariamente rico para mí, que me llevó, en primer lugar a abandonar el concepto de Banda Oriental y sustituirlo por la identificación de diversos espacios económicos, cada uno de caracteres propios; en segundo lugar a postular la existencia, de una “segunda campaña de Buenos Aires” en algunas zonas de este lado del río, y en tercer lugar a re-valorizar el papel de la ganadería, el negocio ganadero y la economía del cuero en una coyuntura precisa de la segunda mitad del siglo XVIII. Aunque alguno de estos resultados, en particular el tercero, puede ser visto en una perspectiva apresurada como una contradicción de las tesis de Juan Carlos, voy a cometer la inmodestia de afirmar que lo veo más bien como diálogo y una extensión, si se quiere un complemento, de sus lectura del agro rioplatenses colonial. Ya en Economía, sociedad y regiones (1987) Juan Carlos había identificado hacia fines del siglo XVIII un “nuevo Litoral” que incluía Montevideo, caracterizado por un dinamismo especial –más intenso que el del “viejo Litoral” formado por Buenos Aires, Corrientes y Santa Fe– al que no era ajeno el comercio de cueros. Asimismo, en los balances historiográficos publicados con Jorge Gelman (1998, 2001) se había señalado que la gran propiedad ganadera posiblemente tuviera otro desarrollo del otro lado del Río de la Plata. Por otro lado, la “nueva economía del cuero” que creo irrumpió en la coyuntura económica rioplatense del último cuarto del siglo XVIII, no era la primera piel del agro de “la otra banda” si no que fue un fenómeno tardío; no fue esencialmente “retardataria” como creyó la historiografía tradicional, ni tampoco permite establecer de manera obvia una genealogía del latifundio y los latifundistas que en la segunda mitad del siglo XIX veremos involucrados en la forja de los estados nacionales. Una de las operaciones más difíciles, en este proceso, ha sido comprender la naturaleza a la vez episódica y profundamente perturbadora del fenómeno, así como su impacto, por cierto desigual según las regiones, sobre unas estructuras agrarias más antiguas cuya versión paradigmática es la campaña bonaerense de Pastores y labradores (1999). Por último, lo que he escrito sobre los paisajes agrarios de este lado del río es, en cualquier caso, el fruto de una conversación que aún no tiene fin con la obra de Garavaglia.

Ha sido un privilegio leer a Juan Carlos, dialogar con su obra, contar con sus consejos y opiniones, disfrutar su compañía entrañable, tenerlo como un maestro.

Montevideo, noviembre de 2017.

Observar al pulgarcito

Clara Pérez Fabregat

Una página en blanco da pavor, un recuerdo que rinda homenaje, más todavía. Estas líneas pueden ser breves pero el horizonte, amplio. La historia siguió un ritmo, él, marcó el compás.

Elegir carrera, cursar licenciatura, optar por una maestría, dejarte llevar por la investigación, conocer compañeros de batallas con quien compartir interrogantes, tediosas horas en el archivo y explosiones de ilusión ante una conexión histórica, frente a dos piezas que se unen en un mar de polvo y papeles apolillados entre los calores del trópico.

Objetivos cumplidos, tesis presentadas, trabajos en marcha, caminos distintos, investigaciones nuevas. El relato de nuestras vidas continúa pero no encuentro los apuntes de aquella materia, no recuerdo el título, ¿no escribí?, solo escuché, escuché la historia de un continente desde un pueblito de Argentina. Desde el sur del sur, entendí como observar al pulgarcito.

Observar las relaciones sociales de dominación en la guerra, la burocracia y la fiscalidad y la invención de la nación para entender el Estado. Soldados, funcionarios, plata, fusiles y banderas, una y otra vez. Observar para entender, entender para escribir y escribir para dibujar a la sociedad salvadoreña el origen de su realidad.

No encuentro los apuntes de aquella materia, no recuerdo el título pero sí al maestro. Latinoamérica era una melodía, el futuro, el manuscrito apolillado, cuatrocientas páginas de tesis, el equipo y el maestro, eso era América Latina. Tenía bigote, vestía carcajadas e ideas que conectaban solas.

Para esta página en blanco no hay fuentes de archivo, la narrativa que le corresponde se abastece del recuerdo. El maestro leía de todo, estudiaba con delirio, conversaba con gracia, comía y bebía en compañía, compartía con sentido. El maestro vivía en mayúsculas mientras se peinaba su bigote.

Leer, estudiar, conversar, compartir, vivir en el pulgarcito para encontrar el ánimo y el convencimiento de seguir escribiendo para dibujar, como aquel horizonte tan amplio que él nos trazó aquellas tardes soleadas en Barcelona, cerca del mar. No encuentro los apuntes, no recuerdo el título de la materia pero si lo recuerdo a él.

Barcelona, julio de 2017.

Juan Carlos Garavaglia o el entrañable oficio de la amistad

Evangelina de los Ríos

Mario Etchechury Barrera

Pablo Rodríguez Solano

Juan Carlos Sarazúa Pérez

Viviana Velasco Herrera

Cuando en noviembre de 2013 nos congregamos en Barcelona para la defensa de nuestras tesis doctorales estábamos lejos de pensar que aquella sería la última vez que compartiríamos una jornada con Juan Carlos. Para ese momento, “Gara” ya estaba pensando nuevos proyectos y libros y lo que allí terminaba parecía ser solo una estación más de una trayectoria que cobraba renovado impulso. Por ello, desde que en enero de 2017 nos sacudió la irremediable noticia de su muerte hemos prolongado el momento de poner por escrito nuestros recuerdos y vivencias, quizás porque en el fondo, como Miguel Hernández, todavía no perdonamos a la vida desatenta, que lo dejó partir cuando todavía teníamos que hablar de tantas cosas…

Aquel periplo había iniciado a mediados de 2008, cuando recibimos la noticia de que nos ofrecían la oportunidad, de esas que se dan solo una vez en la vida, de formar parte de un equipo de investigación dirigido por Juan Carlos, quien recientemente había obtenido un Advanced Grant financiado por European Research Council y radicado en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Se trataba de un vasto proyecto que solo una persona de una tremenda visión como la suya se animaría a presentar para un organismo europeo. Allí se proponía estudiar el proceso de construcción estatal en América Latina a lo largo del siglo XIX, en clave comparada, incluyendo los casos de Argentina (Buenos Aires y Santa Fe), Uruguay, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador y Guatemala. Las líneas maestras del proyecto entrecruzaban los ámbitos de la fiscalidad, la formación de las burocracias, el reclutamiento y sostén de las fuerzas de guerra y de policía y la administración de justicia, entre otros tópicos. Para ello Juan quería contar con un equipo de investigadores jóvenes, que recién comenzaran sus carreras, para efectuar un exhaustivo relevo de fuentes, elaborar los insumos de base y, a partir de allí, escribir una serie de avances de investigación, comprendiendo nuestras respectivas tesis de maestría y doctorado.

De Gara solo conocíamos su enorme producción académica y su extensa trayectoria como historiador, aunque ninguno había podido disfrutar de escucharlo en persona. En ese momento ya había completado un amplio periplo de investigación de cerca de 50 años, que lo había llevado del estudio de los circuitos de la yerba mate en el Paraguay colonial a los procesos de construcción estatal en Buenos Aires y en la Confederación Argentina durante las décadas de 1850-1860, pasando por sus clásicos trabajos sobre el campesinado y las milicias rurales rioplatenses a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, por citar solo algunos pocos hitos temáticos de su producción.

Luego de los primeros contactos, desarrollamos un extenso intercambio de correos electrónicos en que se vislumbraba la generosidad del que sería nuestro director. Comenzamos a recibir numerosas cartas en las que se nos relataban las bases del proyecto y los desafíos a enfrentar, pero también aspectos que ni en los mejores sueños podríamos haber esperado: una beca de investigación por cinco años para cumplimentar la maestría y doctorado en la Pompeu, bajo su dirección, la incorporación al equipo de investigación, la financiación de los viajes a los diferentes archivos para la construcción del corpus documental de cada tesis y la participación en coloquios que tendrían lugar en diferentes ciudades de América Latina y de Europa. En cada una de estas cartas la frase final era siempre la misma: “bienvenidos y a trabajar…” Estas palabras eran una premonición de lo que viviríamos a lo largo de los años que duró el proyecto.

A partir de allí todo corrió a ritmo vertiginoso: tramitar nuestros primeros pasaportes, reunir los pocos ahorros (en quetchales, colones, pesos y dólares ecuatorianos) convencer a alguna madre o abuelo poco seguro de la aventura que comenzaba y al final, claro está, acopiar todos los documentos y fuentes, como si no hubiese mañana, porque esas cartas que enviaba Juan eran muy amables, sí, pero también prometían un trabajo que, mirado a la distancia, parecía superior a nuestras fuerzas.

A lo largo de aquel febrero barcelonés de 2009, frío y soleado, Juan nos recibió a todos personalmente en el aeropuerto de El Prat o en la Estación de Francia, para terminar, al final de ese mismo día, celebrando el primer encuentro con una “picada” en alguno de los bares céntricos de la que pronto convertiríamos en “nuestra” ciudad. Y a pesar de que algunos perdimos trenes, dinero y hasta el pasaporte al llegar (no éramos, evidentemente, un dream team), la amabilidad de Juan disipaba los malos humores al instante. Recordar esto que hoy pueden parecer “minucias” no es fortuito: con el paso de los años, desde ese lejano 2009, nos hemos dado cuenta, cada vez con más claridad, de que lo que Juan sembró en nosotros fue un espíritu que iba más allá de la mera academia. Fue un gran maestro en muchos sentidos. Si bien su carrera como investigador es impresionante, y ya han sido publicadas decenas de reseñas al respecto, lo que más nos marcó desde un inicio fue la forma tan humana de acercarse y hacer de toda reunión de trabajo una experiencia de familia. Hay innumerables anécdotas que podríamos contar, como las mil veces que nos abrió las puertas de su casa, junto a Elisa y Ángeles, para celebrar navidades, cumpleaños o simplemente para reunirnos, sus inagotables historias (que nos repetía cada vez que nos veía, aunque no se acordaba de ello), o las muchas veces que nos sacó de apuros. Porque, demás está decir, mientras demoró el primer pago de la beca, y vaya si demoró, en buena medida vivimos de los préstamos que le “mangueamos” sistemáticamente a Juan, así como también de unos milagrosos tickets gratuitos de almuerzo que nos gestionó para la cantina. Pronto entendimos que esa disposición para hacer que sus interlocutores se sintieran bienvenidos la transmitía a todos aquellos estudiantes que se acercaban a él, ya sea que necesitaran una sugerencia bibliográfica, una recomendación, una lectura crítica y minuciosa de un trabajo o incluso un director de tesis. Nadie que se acercara se iba con las manos vacías. Su generosidad para con los alumnos constituye uno de los grandes legados que lo convierten en el formador de tantísimos historiadores, incluso de aquellos a los que no dirigió en sus posgrados. Por eso mismo, lejos de constituir un proyecto cerrado sobre sí mismo, el State Building pronto se asemejó a una comunidad internacional en la que recalaban numerosos investigadores de Iberoamérica y Europa, ya fuere como invitados, asociados, conferencistas o cualquier otro rótulo que a Juan se le ocurriera para sumar voces y perspectivas nuevas.

Sin duda el estilo de trabajo de Gara, erudito y al mismo tiempo locuaz y pleno de humor, insufló un aire nuevo en la Pompeu Fabra de aquellos años. Sus cursos eran auténticos “seminarios de investigación” y no simples panoramas bibliográficos o estados de la cuestión. Esta forma de trabajo la había aprendido muy bien en sus años de estudiante –y luego de Director– en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, que siempre siguió considerando como su alma mater, sin despreciar a la siempre evocada UBA porteña. En ese sentido estaba alejado de todo convencionalismo y solo a regañadientes aceptaba redactar un programa, destinado a las burocracias universitarias de turno. Por el contrario, cada clase giraba en torno a un problema previamente indagado a conciencia, fruto de largos años de trabajo de campo. Allí no estudiábamos “el Estado” con mayúscula, ni sus teóricos en abstracto, sino que revivíamos, gracias a su fuerte capacidad de evocación, la vida cotidiana de curas, jueces de paz, comandantes militares, sus conflictos y negociaciones y, al hacerlo, el “poder” dejaba de ser ubicuo y genérico para corporizarse en cada instancia de la vida cotidiana. Gara conocía palmo a palmo cada resquicio de los mundos que había investigado y ante nosotros se desplegaban, salpicados con comentarios y chismes, extensos árboles genealógicos de las “familias decentes” del pueblo pampeano de Areco, pero también (y sobre todo) de humildes familias de campesinos y milicianos de fortín. En suma, la vieja y buena historia social francesa que había aprendido con Ruggiero Romano, alejada de toda reificación, el Estado como “entramado de fuerzas sociales” y no como un “aparato”, por citar una de sus “cruzadas” historiográficas de aquellos años. Eso no quiere decir que Juan no conociera los teóricos ni los “grandes maestros” del pensamiento: en cada clase, charla de café, asomaba siempre y en primer lugar Karl Marx. Incluso alguna vez nos desafió en su despacho, con los Grundrisse en la mano, a que le planteáramos cualquier problema histórico, para demostrar a continuación que “el viejito de la barba” ya lo había abordado o, al menos, señalado al pasar. También demostraba un interés marcado por la antropología histórica cultivada por sus colegas, como Nathan Wachtel, o la sociología de Pierre Bourdieu, cuyas clases magistrales Sur l’État nos leyó (y recomendó) con fervor. Sin embargo, antes que cualquier obra de historia y metodología (con excepción de Marc Bloch) prefería recurrir a ejemplos literarios para ilustrar posibles vías de estudio, citando pasajes del Gatopardo de Lampedusa o del Cuarteto de Alejandría de Durrell. Y, por encima de todo, reivindicaba el aprendizaje del oficio por la práctica misma, el ida y vuelta entre el archivo y la discusión con los pares. “Cortando cojones se aprende a capar”, repetía casi como una consigna en sus seminarios, aludiendo a un refrán campero rioplatense que sintetizaba esa concepción del quehacer historiográfico. No es casual que una de sus pocas fobias académicas, que ocasionalmente dejaba traslucir en público, se manifestaba ante ciertas modalidades de historia económica cuantitativa, cada vez más desprovistas de “carne”, de sociedad, y solo preocupadas por filtros y tecnicismos matemáticos. Una vez confesó, ante un sorprendido colega que había presentado una sofisticada ponencia, que le parecía estar en un congreso de genetistas, dado que no había entendido nada de lo expuesto. Esta actitud no consistía en una mera provocación, sino que expresaban su formación de base; en ese sentido, ya fuere que analizara el acontecer político, los paisajes y sistemas de irrigación, la economía, los mecanismos de reciprocidad o el Estado, Juan era antes que nada un historiador social.

Pero había algo más en lo que Juan era “raro” en el contexto universitario catalán y era su constante ir y venir entre las temáticas de los siglos XVIII y XIX y la política más acuciante, la de los titulares de los periódicos. No era extraño que pasara del acontecer de América Latina en la década de 1830 a los avatares del separatismo catalán, de las guerras independentistas a los episodios y anécdotas de su exilio mexicano, de las formas de dominación simbólica del Antiguo Régimen a la represión contra los estudiantes durante la implementación del plan Bologna. Y al hacerlo no dejaba de incomodar, en el buen sentido, la modorra de aquellos estudiantes demasiado convencidos de que el pasado estaba ya clausurado y de que la historia no era un campo de conflictos y disputas permanentes.

Sin duda, uno de los principales logros de nuestra experiencia investigativa, y en eso tuvimos un raro privilegio, fue que pudimos integrar un equipo de trabajo compacto al que Juan dedicó, full time, todos sus esfuerzos durante más de cinco años. Resultaba sumamente admirable su capacidad inagotable de trabajo. No era extraño acercarnos a su oficina en el campus de la Ciutadella algún domingo por la mañana y encontrarlo escribiendo o elaborando pirámides poblacionales. Alguna vez cuando le hicimos mención de este hecho, él respondió que amaba su oficio y le resultaba imposible imaginarse haciendo otra cosa. Esa enorme pasión por la historia que trasmitía en la enseñanza –bien lo saben aquellos que asistieron alguna vez a alguno de los seminarios o cursos que impartía o tuvieron la oportunidad de escucharlo en alguna conferencia– y que se plasma en cada uno de sus escritos, trascendía los espacios o los encuentros académicos. Aunque su nombre y su obra americanista gozaban de prestigio mundial no era un “patrón” universitario a la vieja usanza, como lo había sido para él Romano, es decir alguien que, aparte de guiar y respaldar académicamente, terminaba obligando a “su” discípulo a adoptar filias y fobias propias. Por el contrario, Juan quería que cada uno de nosotros encontrara su propio camino profesional dentro de las temáticas que se abordaron en el proyecto y que no surgieran, como nos dijo en la primera reunión, “cinco Garavaglias”, riesgo sobre el cual los árbitros anónimos del European Research Council le habían advertido y que él se preocupó de respetar con creces. Por ello no pretendía imponer temas, sino una problemática que nos permitiera crecer intelectualmente. Era, sin duda, una faceta que demostraba su respeto profesional. Esto mismo se manifestó en el momento en que tuvimos que hablar con él acerca de la temida tesis doctoral. Más que un seguimiento lineal de cada uno de nuestros textos (algo humanamente imposible dados los plazos de que disponíamos y el volumen de textos generados) lo que hizo fue realizar una lectura transversal, identificando los puntos que hacían “ruido”. ¿Cómo era posible un crecimiento tal de la población como afirmaba la gráfica Y? ¿dónde se arrastraba ese déficit que no aparecía en las cuentas públicas? ¿cómo se explica ese nivel de reclutamiento tan sostenido como el que se señala en la página X? A menudo, para nuestra desesperación, esas “simples” observaciones desarmaban una entera explicación y teníamos que volver a redactar pasajes completos o volver a trazar los tediosos cuadros de base.

Más allá de su seminario, una parte sustancial del aprendizaje se dio en el marco de docenas de reuniones en su despacho de la calle Ramón Trias Fargas. Los primeros meses del proyecto, de hecho, nos congregábamos casi a diario para conocer cada “caso”, recibir consignas y lineamientos básicos, elaborar estados de la cuestión, leer nuestros propios avances y empaparnos de una bibliografía europea que nos era casi totalmente ajena, teniendo en cuenta la naturaleza “magra” de casi todas nuestras bibliotecas de origen. Cada vez que algún colega entraba al despacho a invitar a Juan al consabido café de media mañana, allí estábamos nosotros, repasando la evolución de la deuda pública, analizando la fiscalidad y el gasto militar (siempre comparando) y abordando las primeras lecturas sobre el fiscal-military-state, palabrejas estas últimas que nos acompañarían en los años siguientes. “¡Hombre, Juan, que los vas a matar!!” decía el mismo colega al comprobar que, pasadas las cuatro de la tarde, a menudo seguíamos allí, con nuestras gráficas y estados a medio construir. Pero también (y esto no todos lo sabían) transcurríamos buena parte de esas mismas jornadas riendo de las “batallas” incruentas de Costa Rica, de las andanzas del “último charrúa” en París, de la falsa estatua de Morazán y de todos los lugares comunes que nuestras “patrias” nos habían regalado. Porque si Gara respetaba, y mucho, el derecho a la autodeterminación política, despotricaba e ironizaba contra toda modalidad de nacionalismo chovinista: “El carlismo se cura leyendo y el nacionalismo viajando”, solía afirmar, citando a Pío Baroja, idea que a veces traducía a una versión menos canónica y más rioplatense: “la única prueba que pone en duda mi ateismo es lo bien distribuida que está la boludez en el mundo, solo Dios podría lograr eso”. Lejos de quedarse en un par de bromas el anti-nacionalismo metodológico de Juan, que caminaba paralelo con su afán comparativo, era una herramienta de trabajo que le posibilitaba deconstruir las proclamadas “excepcionalidades” y mitos fundacionales de cada historiografía y eso fue, creemos, otro de los puntos fuertes del proyecto. Los numerosos Workshops académicos realizados durante el proyecto son igualmente ilustrativos de esa vocación abierta a la comparación. Las conferencias y trabajos que allí discutíamos de manera pormenorizada reflejaban el interés de Juan por lo transversal, por la comparación que iba más allá de la geografía; de ahí su interés por contar todo el tiempo con colegas modernistas o con sinólogos que expusieran las trayectorias varias veces seculares de los sistemas burocráticos de Asia, como lo reflejan los últimos libros del State Building. A ese interés puramente académico de los Workshops, varios de los cuales se realizaron en América Latina, Juan sumaba su anhelo de que pudiésemos conocer el “paisaje”, el suelo sobre el que habían acontecido los procesos que abordábamos en nuestras tesis, por lo que cada viaje comprendía un periplo por mercados, antiguas estancias, iglesias y valles que, a la postre, eran otras formas de recobrar los indicios de ese pasado no tan lejano.

No siempre le hacíamos la vida sencilla, claro está, de lo contario no habríamos sido buenos discípulos. La gran responsabilidad de tener que llevar a cabo un proyecto de las dimensiones del State Building no dejaba mucho resquicio de tiempo libre y los mails y reuniones llovían todo el tiempo. Cierta vez, temiendo, tras un fundado análisis del panorama, que íbamos a pasar la Semana Santa enclaustrados, compramos en secreto pasajes para lugares distantes (de Italia, para ser concretos). A la jornada siguiente, Juan comenzó a repartir tareas “bueno, Vivi, para la próxima vos lees y comentás el avance de trabajo de Juanito, Juanito vos te ocupás del de Pablo, Mario del de Eva…”, pero se chocó con nuestro plan irrenunciable de tomarnos unas breves vacaciones (un concepto que Gara nunca incorporó, y menos si era “santo”). “Ah, es Semana Santa, claro. Bueno, muchachos, pero de aquí hasta fin de año nada más, eh?” Luego de este “tremendo” rezongo a la frase siguiente ya nos estaba realizando preguntas sobre nuestro derrotero y evocando lo hermoso que era llegar por vez primera a Florencia… Al final siempre nos sacaba las castañas del fuego, como cuando los cinco integrantes del equipo nos dormimos (literalmente) y llegamos una hora tarde a una charla de un colega de prestigio, especialmente organizada para nosotros (definitivamente, no éramos un dream team). “Perdoná a los chicos, pero es que están haciendo sus trámites de renovación de documentos”, explicó Gara suelto de cuerpo, cuando nos vio entrar lívidos y con las sábanas pegadas. Definitivamente, él si era un buen maestro.

No es posible aquí trazar un impacto de sus consejos y sugerencias en nuestros respectivos campos de trabajo, que desde aquel momento se fueron desplegando de modo autónomo. No obstante, con independencia de cada tópico, la parte medular de su enseñanza pasó por ayudarnos a comprender de manera compleja a la Historia desde las interacciones sociales más cotidianas y poner a los sujetos en el centro de los procesos desde una posición crítica de los supuestos de la teoría y, más aun, de los lugares comunes de las historias oficiales. Al enseñarnos con su ejemplo, su gran lección fue que en la Historia, como en la vida, la empatía es necesaria para entender al otro, individual y temporal. No es posible imaginar una reunión que no haya comenzado con su sincera curiosidad para saber cómo estábamos, si nos sentíamos bien, cómodos con nuestras tareas y ello, como sabe cualquiera, no es algo frecuente en el mundo académico, pleno de ritos, de posturas, de artificios. Nos enseñó que la vida tiene altos y bajos y que hay que seguir trabajando siempre con una sonrisa, como refería en un mail que nos mandó hace tiempo: “la única alternativa después de una caída del caballo (como lo aprendí cuando tenía 10 años) es levantarse y montarse con más ganas de galopear que antes”.

En suma, lo bueno es que al final de cada jornada barcelonesa, en lugar del erudito distante, uno siempre reencontraba al buen muchacho porteño de Barracas, de familia judeo-italiana (cantera inagotable de anécdotas), peronista (bastante a la izquierda) y “ateo de quinta generación”, sonriente y dispuesto a tomar una (o varias) copas y hablar de historias de exilios, encuentros y desencuentros. Es que Juan parecía rubricar, palabra a palabra, aquella sentencia atribuida a su admirado William H. Hudson, de que “muchas veces en la vida emprendió el estudio de la metafísica”, pero, al final, “siempre lo interrumpió la felicidad”.

Referencias

FOUCAULT, Michel “Il faut défendre la société, Cours au Collège de France (1975-1976)”, en Le Foucault Électronique, 2001. Traducción nuestra

GARAVAGLIA, Juan Carlos “La apoteosis del Leviatán: el Estado en Buenos Aires durante la primera mitad del XIX”, en Construir el estado, inventar la nación. El Río de la Plata, siglos XVIII-XIX, Prometeo, Buenos Aires, 2007

FRADKIN, Raúl “Amigo, maestro, compañero”, Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, Tercera serie, núm. 47, segundo semestre de 2017

Notas

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