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Carteos entre David Peña y José Ingenieros (1906-1925). Recorridos epistolares por la historia, la sociología y la filosofía, como disciplinas en construcción

Correspondence between David Peña and José Ingenieros (1906-1925). Epistolary journeys through history, sociology and philosophy, as disciplines under construction

María Gabriela Micheletti
Instituto de Historia Instituto de Estudios Históricos, Económicos, Sociales e Internacionales. Universidad Católica Argentina. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina

Avances del Cesor

Universidad Nacional de Rosario, Argentina

ISSN: 1514-3899

ISSN-e: 2422-6580

Periodicidad: Semestral

vol. 23, núm. 34, 2026

revistaavancesdelcesor@ishir-conicet.gov.ar

Recepción: 20 octubre 2025

Aprobación: 22 abril 2026

Publicación: 05 junio 2026



DOI: https://doi.org/10.35305/ac.v23i34.2241

Resumen: A partir de la correspondencia entre David Peña y José Ingenieros, dos intelectuales que desde distintas formaciones universitarias e intereses escribieron sobre el pasado argentino, este artículo invita a pensar al intercambio epistolar como un espacio para el desarrollo de la sociabilidad y para la construcción del conocimiento científico en Argentina en las primeras décadas del siglo XX. En clave autobiográfica se propone el estudio de un caso, como una vía de aproximación a dos autores por fuera de su obra édita, lo que permite considerar la utilidad de este tipo de fuentes privadas para acceder a una amistad poco conocida y establecer características de esa relación y, al mismo tiempo, sirve para ilustrar prácticas y aspectos del proceso de autonomización de los saberes en este país. En el transcurso de este carteo, ambos intelectuales van delineando y haciendo explícita su respectiva inclinación disciplinar.

Palabras clave: intelectuales, epistolarios, historiografía, sociabilidad, construcción disciplinar.

Abstract: Based on the correspondence between David Peña and José Ingenieros, two intellectuals who, from different university backgrounds and interests, wrote about Argentina’s past, this article invites us to think about epistolary exchange as a space for the development of sociability and for the construction of scientific knowledge in Argentina during the first decades of the 20th century. In an autobiographical approach, a case study is proposed as a way to understand these two authors beyond their published work, allowing us to consider the value of this type of private sources in accessing a little-known friendship and establishing characteristics of their relationship. At the same time, it serves to illustrate practices and aspects of the process of autonomization of knowledge in this country. Throughout their correspondence, both intellectuals gradually outline and make explicit their respective disciplinary leanings.

Keywords: intellectuals, epistolaries, historiography, sociability, disciplinary construction.

Introducción

Cuando el paleógrafo italiano Armando Petrucci dio a conocer su libro Escribir cartas, una historia milenaria (2018), se propuso mostrar la universalidad de un género que venía despertando creciente interés, tanto desde el campo de la literatura, como de la historia. Años antes, Roger Chartier (1991) había dirigido una obra sobre los usos de la correspondencia en el siglo XIX, explorando la escritura de diferentes grupos sociales. Mientras, otras investigaciones se adentraban en el estudio de este género para llegar al conocimiento de sectores invisibilizados, como el de las mujeres (Arriaga Flores, 2005).

Estas menciones constituyen algunas muestras de las potencialidades que en las últimas décadas ha revelado la correspondencia, como fuente para abordar cuestiones de la historia social y cultural. Incluso, se puede considerar a la escrita por intelectuales, como un verdadero ensayo histórico o literario que expone el pensamiento del autor (Mestre Sanchís, 2000). En cuanto a la marca subjetiva propia del género, que bajo el paradigma cientificista de mediados del siglo XX había llegado a poner en cuestión la fiabilidad de este tipo de fuentes, parece haberse convertido en su mayor riqueza, acompañando el “giro a la subjetividad” de las ciencias sociales. Las nuevas tendencias historiográficas revalorizan a los escritos de carácter autobiográfico –o “escrituras del yo”–, y proponen no considerarlos simplemente como una fuente, sino como un objeto de estudio en sí (Fernández Cordero, 2013/2014).

De este modo, la historia cultural, la historia intelectual y la historia de la historiografía hoy se benefician de estos insumos, lo que se despliega en la publicación de epistolarios, memorias y autobiografías académicas, así como en investigaciones que los utilizan para conocer aspectos del pensamiento, de las relaciones interpersonales y de la intimidad de los autores, que no pueden descubrirse fácilmente a través de su obra édita (Castillo Gómez, 2014). En línea con esta idea, la reconstrucción de epistolarios, como la que ha llevado adelante Horacio Tarcus (2009) o Ana Gallego Cuiñas y Erika Martínez (2013) permite explorar la sociabilidad e identificar prácticas sociales que han contribuido a constituir y a profesionalizar a una comunidad de escritores, ya sea en el ámbito de las letras, de la historia o de alguna de las ciencias sociales que se han consolidado como disciplinas durante el siglo XX.

Desde la historia de la historiografía en particular, Ignacio Peiró y Gonzalo Pasamar (2002) consiguieron dar vida al mundo profesional de la comunidad de historiadores españoles y de sus prácticas, algo así como una “topografía social del oficio” (Peiró Martín, 2013, p. 12), a partir de un extenso repertorio de documentos, entre ellos, una cantidad de cartas y memorias. En el ámbito de la historiografía rioplatense, Liliana Brezzo y María Laura Reali (2017) han expuesto las batallas intelectuales libradas de manera epistolar por el paraguayo Juan E. O’Leary y el uruguayo Luis Alberto Herrera, en el contexto de la guerra del Chaco.

Inspirado en estas nuevas tendencias y a partir de los modelos mencionados, aunque con dimensiones y objetivos más modestos, este artículo propone analizar los carteos entre David Peña (1862-1930) y José Ingenieros (1877-1925) durante las primeras décadas del siglo XX. Para ello nos valemos de un manojo de cartas, diseminadas entre el Fondo David Peña de la Academia Nacional de la Historia (ANH) y el Fondo José Ingenieros del Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas (CeDInCI). Los protagonistas son dos intelectuales que, desde distintas formaciones universitarias –uno, abogado y el otro, médico– e intereses temáticos diversos, escribieron sobre aspectos del pasado argentino, mientras contribuían a desarrollar la historia, la sociología y la filosofía, como disciplinas que se estaban configurando con estatus académico. Se han puesto en relación un total de catorce cartas y notas, fechadas entre 1906 y 1925, algunas manuscritas y otras tipeadas a máquina, seis escritas por Ingenieros, y ocho remitidas por Peña; algunas más, de otros corresponsales, complementan el análisis. El repertorio constituye, apenas, un puñado de las casi tres mil cartas del Fondo José Ingenieros, y de los varios cientos que componen el Fondo David Peña. No obstante, la reposición de este diálogo epistolar, ordenado de manera cronológica, tiene el valor de permitirnos acceder a una amistad poco conocida y que se sostuvo en el tiempo, nos ayuda a reconstruir características de esa relación, y es propuesta como una manera de aproximación a dos reconocidos autores, por un costado que soslaya a su obra édita. Al mismo tiempo, es presentada como el estudio de un caso que puede sumar a la reflexión sobre la utilidad de las cartas para una mejor comprensión de la sociabilidad intelectual[1] de principios del siglo XX y de las prácticas sociales que acompañaron el proceso de autonomización de los saberes en Argentina.[2]

Decires de la amistad

El abogado, periodista, escritor e historiador rosarino David Peña nació en 1862, miembro de una tradicional familia de origen colonial (Kanner, 1965). Quince años después nacía en Italia José Ingenieros (1877). Radicado desde pequeño en Buenos Aires, el joven Ingenieros se volcó en la década de 1890 al socialismo, estudió medicina y se especializó en psicología y criminología, aunque también frecuentó los cenáculos literarios en los que se reunían los modernistas junto a Rubén Darío. Para el final de esa misma década del noventa, David Peña se instaló en Buenos Aires (ya había vivido allí de niño y durante la época de sus estudios universitarios) e ingresó como profesor suplente de Historia Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras. A la relación que entablaron Peña e Ingenieros se le puede aplicar la calificación de “afinidad electiva”[3] –tomada de Tarcus (2009, p. 11)– que permite explicar una relación de proximidad por afinidad intelectual y sensibilidad compartida, características que ayudarían a superar diferencias de origen, generacionales y formativas, incluso político-ideológicas. José Ingenieros ha sido definido como un “intelectual independiente” (Plotkin, 2021); categoría similar se podría adjudicar a David Peña. Aunque desde distintas vertientes ideológicas (liberal, la de Peña, próxima al socialismo, la de Ingenieros), ambos transitaron por el ambiente intelectual porteño sosteniendo ideas originales, y sin apegarse a cargos públicos.

Varios trabajos previos han explorado escritos privados de David Peña y su archivo epistolar (Micheletti, 2015, 2017, 2018 y 2024), y trazaron un mapeo de los corresponsales de este autor. Por su parte, la figura más conocida y la extensa producción de José Ingenieros han merecido diversos estudios en profundidad (vg., Bagú, 1953; Terán, 1986 y 2008; Plotkin, 2021; Biagini, Herrero y Unzué, 2024), que en algunos casos también han considerado aspectos de su escritura autobiográfica. Se pueden mencionar los de Cristina Beatriz Fernández (2020) sobre el espacio biográfico y las autofiguraciones en la obra de Ingenieros, de Alejandra Mailhe (2014/2015), María Carla Galfione (2014), Laura Fernández Cordero (2012/2013) y Tarcus (2009/2011) que realizan visitas parciales a su epistolario, y la guía y catálogo compuestos por Horacio Tarcus y Adriana Petra (2011).

Antes de avanzar en el análisis del carteo entre Peña e Ingenieros, conviene tener presente que el “pacto epistolar”[4], tiene entre sus atributos una condición de “nomadismo”, que permite pensar a las cartas “como artefactos culturales que atraviesan fronteras y que anudan y unen subjetividades alejadas entre sí” (Peluffo y Maíz, 2018). Quienes estudian este género remarcan que el texto epistolar es difícil de definir y teorizar, y que su discurso depende de las representaciones colectivas de su época, siendo un lugar de particulares tensiones entre lo individual y lo social (Françoise Simonet-Tenant, 2004). Un texto para suprimir la ausencia y la distancia por el canal de la escritura. Un texto que se caracteriza por una comunicación diferida y por un espacio de intercambio que supone una doble enunciación. Entre nosotros, Nora Bouvet (2006) ha facilitado el acceso a este tipo de texto al explicar su característica dialógica constitutiva. La carta aproxima, hace presente, al que está ausente. Debido a esta peculiaridad, las cartas han sido caracterizadas como textos híbridos, a mitad de camino entre ausencia y presencia, privado y público, distancia y cercanía, oralidad y escritura (Bouvet, 2006, p. 13). Pueden considerarse como un espacio privilegiado para el ejercicio de la sociabilidad informal.

Para los historiadores, el trabajo con cartas encierra, además, ciertas dificultades metodológicas marcadas por su carácter fragmentario, y por las interrupciones e intermitencias con las que aparece la información, tanto debido a la forma misma en la que se ha entablado la comunicación epistolar –en base a un diálogo que pudo demorarse en el tiempo–, como por la dificultad heurística para restablecer las dos puntas de ese diálogo, como en este caso disperso en distintos repositorios o archivos personales, o incluso parcialmente perdido o destruido.

Procurando superar esas dificultades, hemos conseguido reunir un conjunto de cartas que develan la relación de amistad, atravesada de inquietudes intelectuales, entre dos autores que, entre otras actividades, se interesaron por el estudio del pasado. Como un aditamento, se puede señalar que se trata de dos autores con una suerte de “pulsión autobiográfica”. Es decir, escritores que incursionaron de manera intencionada por los géneros biográfico y autobiográfico como un recurso metodológico y por su potencial explicativo para la composición de su obra, que en el caso de Peña se explicitó en su discurso histórico, y en el caso de Ingenieros, en un tipo de discurso científico y positivista, formulado desde la psiquiatría, la criminología y el caso clínico, que también fue aplicado a la investigación historiográfica (Fernández, 2020; Micheletti, 2024).

Aunque no poseemos demasiada información ni detalles sobre el momento en que se conocieron o en el que trabaron su relación de amistad estos dos intelectuales de entresiglos (siglos XIX-XX), podemos ya encontrarlos participando conjuntamente en 1904 de la escritura colectiva de una novela, titulada El paraguas misterioso. Los capítulos –en los que trece autores escribieron a partir del final del anterior– aparecieron a través de entregas en la revista Caras y Caretas, dirigida por Carlos Correa Luna.[5] Aunque posiblemente en esa original experiencia coincidieron por decisión del editor, también de 1904 data el libro Los accidentes histéricos y las sugestiones terapéuticas de Ingenieros, uno de cuyos ejemplares se conserva en la biblioteca de Peña, con una dedicatoria del autor a su “querido amigo David Peña”.[6] Es un hecho que compartieron ámbitos de sociabilidad, y amigos y conocidos en común, tal como queda de manifiesto en las páginas que siguen, gracias a las fuentes consultadas.

Un par de años después de esa incursión literaria en coautoría está fechada en París la primera, del conjunto de cartas que se conservan, las que desnudan el afecto que se tenían y que se fue incrementando con los años. De una manera muy peculiar, por los textos epistolares circulan sentimientos y emociones, que a pesar de “la falta de cuerpo” (Peluffo y Maíz, 2018), llegan a crear “la ilusión de la presencia” (Saiz Cerreda, 2001-2002, p. 319). Son, precisamente, las situaciones de alejamiento físico a raíz de los viajes de Ingenieros a Europa los que suscitan la inclinación epistolar. Esta es una de las explicaciones de que sean relativamente escasos los intercambios epistolares entre estos dos amigos, que cuando podían se encontraban personalmente, según lo revelan algunas de las piezas analizadas. Se puede agregar que esas intermitencias o “lagunas” no oscurecen la realidad de una amistad extensa, sostenida epistolarmente por veinte años, que podemos conocer gracias a este tipo de fuentes privadas; un diálogo que recién quedó interrumpido, irremediablemente, con el fallecimiento de uno de los corresponsales (Ingenieros). La marca temporal también ayuda a develar el grado de familiaridad en progreso, los cambios en el trato mutuo, los ritmos y la evolución de la relación (Ciplijauskaité, 1998, pp. 62-63).

Desde su dirección en el Boulevard Montmartre 8, quien todavía firmaba como José Ingegnieros iniciaba en 1906 este “diálogo en ausencia” (Bouvet, 2006, p. 120). Escribía a su “querido amigo” para comunicarle que ya estaba al tanto del “éxito de su Quiroga”, y aunque todavía utilizaba por ese entonces una introducción formal: “señor doctor David Peña”, daba a entender que se conocían íntimamente: “No intento darle noticias mías, que podrían no interesarle mucho. Ya le será fácil suponerlas conociendo mi temperamento y mis gustos, que en nada se han modificado por el contacto de hombres ni por la visión de hechos y cosas”.[7]

En su carta, Ingenieros aludía al suceso historiográfico que estaba teniendo lugar en Argentina, un verdadero hito en la vida de Peña. La aparición en mayo de 1906 de Contribución al estudio de los caudillos argentinos. Juan Facundo Quiroga cimentó su fama de historiador, que se revistió de caracteres polémicos, al rebatir la tesis sarmientina del Facundo (Micheletti, 2015). A la vez, aunque minimizara cambios en su forma de ser, Ingenieros admitía que su viaje a Europa había abierto una ventana a nuevas experiencias. De modo que ambos amigos, más allá de las diferencias etarias, se encontraban en un momento crucial de sus trayectorias al inicio del contacto epistolar que, resulta claro, continuaba una relación personal ya existente.

Algunos años más tarde, sendas cartas ubican a José Ingenieros en Buenos Aires, a poco de llegado de una nueva y más prolongada estancia en Europa; una especie de autoexilio entre septiembre de 1911 y julio de 1914, motivado por un conflicto con el presidente Roque Sáenz Peña.[8] El reencuentro epistolar se produce dos meses después de su regreso. Hay indicios que muestran que el contacto se había discontinuado durante los años en que el médico estuvo ausente. Peña escribe a “José Ingegnieros”, sin estar al tanto de que ha castellanizado su apellido durante su estadía europea. Inicia a modo de disculpa, por la demora en visitarlo:

Ud. sabe lo que es la vida de Buenos Aires y más en estos momentos. Si a ello se agrega esta mi idiosincrasia un tanto rebelde dentro de su apariencia de civilización, se explicará Ud. por qué no he pasado a saludarlo.[9]

La respuesta de Ingenieros es sentida: “Mi querido amigo. Su buen recuerdo me complace mucho y tuve ocasión de ver en ‘Atlántida’ que la ausencia no causaba olvido”. Y la promesa del encuentro personal y físico: “Con la seguridad de que nos encontraremos pronto, va un afectuoso apretón de manos de su amigo.”[10] El tiempo no había borrado el sentimiento en común, e Ingenieros reconocía que la revista fundada y dirigida por Peña había dado difusión a sus producciones durante su alejamiento. Se puede sostener, a la vez, que estas dos cartas abren el período de mayor fluidez del intercambio (11 cartas entre 1914 y 1920), que se alterna con encuentros presenciales.

Hacia 1918, la relación que se mantenía, al menos, desde los primeros años del siglo XX, daba muestras de haberse consolidado en un vínculo de profundo aprecio, que por medio de la escritura volvía a apelar a la ilusión del contacto físico:

Me ha proporcionado un placer muy grande con sus líneas cariñosas; esta maldita fiebre de vivir demasiado nos tiene separados a los que debiéramos vivir más próximos, suprimiendo ese grato intercambio de ideas e impresiones que hace el encanto de las ciudades pequeñas. ¿Qué hacerle? Cada día la red tiene más hilos... (…)

Un cordial apretón de manos, de su viejo amigo.[11]

La frase de Ingenieros revela dos realidades superpuestas, no necesariamente contradictorias. La cantidad de compromisos y actividades que demandaba la vida agitada de los ambientes intelectuales porteños, junto con la pérdida de oportunidades para el contacto personal, tranquilo y ameno, que mutaba en breves encuentros en instituciones educativas o culturales, en conferencias y en academias, o en la nueva posibilidad de comunicación fugaz, abierta por la extensión de los servicios del telégrafo y del teléfono. Frente a esas dos situaciones, la carta se recortaba como un espacio de comunicación distinto, que podía saborearse en el descanso de la lectura, y que habilitaba para las confesiones íntimas y las demostraciones de afecto. A esta etapa pertenecen un conjunto de cartas en las que Ingenieros se dirige a Peña con la sencilla fórmula: “mi querido amigo”, a las que sabe corresponder éste de similar manera y una intención de total entrega en la despedida final: “suyo siempre”.[12] Estas expresiones se trasladaban a otro soporte de escritura, tal como la dedicatoria estampada por Ingenieros en la séptima edición de su Sociología argentina (1918): “A mi querido amigo David Peña, homenaje muy afectuoso”.[13]

En algún momento pudo haber un altibajo en la relación, según lo da a entender una carta de fecha imprecisa de Peña, debido a que éste se involucró en una intervención oficiosa que no habría dado el resultado esperado.

Mi querido Ingenieros:

La intervención es un hecho que no resulta favorable, no produce agradecimiento. Temo pues que yo no haya satisfecho absolutamente a nadie con mi ocasional intromisión en el asunto de la quinta, lo que vendría a justificar el predominio de que goza el egoísmo en la vida social nuestra.

Como es natural, siento particularmente su “fuga” por todo lo que yo ganaba como habitante de Olivos con su contacto.[14]

La demostración de humildad y sinceridad con la que se lamenta el distanciamiento –que corrobora la previa asiduidad en el trato–, quedan rematadas con la sencilla firma: “su amigo”, que busca componer el vínculo. El incidente, es prueba del temperamento de Peña, muchas veces caracterizado como bondadoso, desinteresado e idealista. La preocupación por mantener el contacto se traduce en la notificación de los cambios de dirección, repetidos en la vida de Peña: “Querido amigo. Deseo que tome ud. nota de mi nuevo Estudio: Corrientes n° 633. 2° piso 40 interno. Pronto sabré el n° del teléfono”.[15]

Más allá de estas alternativas, unos ocho meses antes de morir con apenas 48 años, Ingenieros hacía saber por carta que, aunque últimamente no se frecuentaran, el cariño continuaba:

Me alegro que el asunto del diccionario me haya puesto de nuevo en contacto con Ud.

Lo extrañamos mucho y siempre hacemos buenos recuerdos con Eusebio y con Diego.[16]

Tras ello, llega el momento de las alusiones a la familia y del compartir sentimientos, tan propios del género epistolar y que se acentúan en la parte final de las cartas (Saiz Cerreda, 2024): “Espero que nos veremos pronto, aunque tengo a mi vieja madre en cama desde hace 7 meses, sin esperanza ya de levantarla”.[17]

Cartas como esta ayudan a reconstruir los proyectos culturales y las redes de intercambio intelectual y de amistad, que también se plasmaban en publicaciones compartidas.[18] El mencionado no puede ser otro que Eusebio Gómez (1883-1954), amigo de Ingenieros y de Peña, y el más joven de los tres. Coincidió en la especialidad en criminología con Ingenieros, quien le confeccionó el prólogo para La mala vida en Buenos Aires (1908). En 1913 escribía Gómez a Ingenieros contándole que había comenzado la lectura de Criminología (1913), y que haría con mucho “placer y cariño” el juicio crítico que le había solicitado David Peña para Atlántida. En la misma carta, Gómez mencionaba a la joven pedagoga Raquel Camaña (1883-1915), amiga en común de los tres,[19] y organizadora del Primer Congreso del Niño (1913): “Noches pasadas conversamos mucho de ti (…). Es una muchacha que te quiere y te admira”. La familiaridad del trato cierra en tono de reclamo: “¿Por qué no me escribes alguna vez? Si te obstinas en tu silencio concluiré por creer que te has hecho un jodido. Te abraza tu amigo que te aprecia de veras”.[20]

Los espacios de sociabilidad y de tertulias también quedan explícitos en el ir y venir de las cartas. El ritmo de actividad de Ingenieros, según referencias propias y ajenas (atendía a sus pacientes por la tarde, realizaba trabajos intelectuales por la noche y descansaba algunas horas por la mañana), lo mantenía en cierta reclusión hogareña y evitaba frecuentar clubes o cafés (Ingenieros, s.f., pp. 4 y 16-18). Sin embargo, los amigos lo instaban al encuentro. “A las 9 y 30 en el Richmond estará el Dr. Solá, de vuelta del Colón, Eusebio Gómez y el que suscribe”,[21] escribía Peña a Ingenieros en una nota sin año, aunque posterior a 1917, año de apertura de la famosa confitería de calle Florida. Por entonces, Peña tenía dirección en el tercer piso del Pasaje Güemes, que conectaba las calles Florida y San Martín, a unos escasos trescientos metros del Richmond. La misma nota se iniciaba con una estrofa en verso del drama histórico Facundo de Peña, inaugurado en 1906. El espíritu de complicidad entre amigos recorre la esquela:



José Ingenieros:
“Si le tomaste el olor.
Poco o nada ei de decir.
Solo quiero que al morir
Le echés al muerto una...flor”[22]

Peña se apresura a aclarar la procedencia: se trata de un fragmento del cuarto acto, de un momento de la partida de truco entre Santos Pérez y otro de los matadores de Quiroga. Y al aludir a Eusebio Gómez, jocosamente, lo refiere como “sobrino de D. Casimiro” (uno de los personajes del drama). Estas intertextualidades, las alusiones a la obra pública y el uso privado de ella como “derivas de la escritura”, constituyen uno de los rasgos que se han señalado como más valiosos para el análisis de los epistolarios entre intelectuales (Pagliai, 2013/2014, p. 15).

Otra carta, de Clemente Ricci (1873-1946), permite saber que Peña le había dado cuenta de que Ingenieros se había referido en un escrito a Francisco Hermógenes Ramos Mexía; el profesor italiano celoso se quejaba, reclamando “derecho de prioridad” en el estudio del personaje, y prometía una visita para consultar la publicación.[23]

¿Qué nos refieren estos extractos de cartas? Que se trata de amigos que se leen, que comparten sus escritos, que están dispuestos a prologarlos o a reseñarlos para darles difusión, y que incluso entrelazan de manera epistolar una textualidad hilvanada con retazos de sus obras; que, aún más, se identifican con sus personajes.

Otro mecanismo epistolar que se pone en práctica es el de las recomendaciones. En 1919, Peña escribe a Ingenieros para ponerlo al tanto de que el sr. Alberti, secretario de “nuestro amigo” Alfredo Palacios, “aspira a un puesto en la Facultad de Filosofía y Letras”.[24] Desconocemos si Ingenieros intermedió, pero lo cierto es que José L. Alberti (1897-1982)[25] consiguió ingresar ese año como Ayudante del Laboratorio de Psicología. Era la época en la que, al calor de la Reforma Universitaria, José Ingenieros había sido elegido vicedecano de la Facultad gracias al apoyo del movimiento estudiantil, aunque su permanencia no se extendería demasiado, y en 1919 renunciaba a todos sus cargos docentes. El pedido cursado por Peña es demostrativo de una extendida práctica de solicitud de favores y de recomendación para cubrir los cargos, pero también de la relación de confianza entre ambos amigos.

Afinidad intelectual y delimitación de campos del saber

Tal como se ha relatado, la aparición del Juan Facundo Quiroga (1906) lo encuentra a José Ingenieros en Europa, con motivo del periplo que ha emprendido para participar como representante argentino en el V Congreso Internacional de Psicología (Roma, 1905). Desde París escribe su carta al autor, ya que ha aprovechado su viaje para visitar universidades europeas y dictar conferencias en Francia, Italia y España. Esta correspondencia posee importancia en el plano historiográfico (Micheletti, 2015 y 2018). Contribuye a situar a Peña y a Ingenieros, en una fecha temprana, con independencia de criterio y en sintonía con respecto a la necesidad de revisar las versiones sobre el pasado que venía difundiendo desde el siglo anterior la historiografía liberal acerca de ciertos personajes controvertidos, en particular, los caudillos federales. Además, constituye una confirmación de la rápida repercusión -a ambos lados del Atlántico- del libro de Peña:

Por los diarios de Buenos Aires he sabido el éxito de su Quiroga. Me interesa mucho; en mis escritos de crítica sociológica argentina (que seguramente usted no conoce) me he manifestado siempre partidario de la revisión del proceso histórico a Rosas, Quiroga y los federales, difamados durante medio siglo por los escritores unitarios. Con ello quiero explicarle mi positivo interés por su libro.[26]

Como muestra de reconocimiento y de colaboración, Ingenieros ofrece elaborar un juicio bibliográfico para “alguna publicación parisiense o española”.[27] El término “positivo” -cargado de connotación científica en Ingenieros- implica observación e intervención eficaz en pos de un objetivo que entiende compartir con su corresponsal.

Cabe hacer la siguiente aclaración a raíz del comentario de Ingenieros. Al no haber aún leído el libro, seguramente desconocía que en una nota al pie del capítulo I, Peña (1906) aludía a un artículo de su autoría,[28] y disentía abiertamente con su comparación del caudillismo con el sistema feudal y con su afirmación de que Quiroga había demostrado sumisión respecto de Rosas, haciendo en esto último extensiva la crítica a José María Ramos Mejía. La asociación con el feudalismo era muestra de “un convencionalismo que perdura como una tiranía intelectual”, un error “asombroso en quien [Ingenieros] nos parecía dotado de una altivez pensadora o sea de carácter mental” (p. 20). La idea desarrollada por Peña en su libro mostraba a Quiroga y a Rosas como personajes antagónicos y responsabilizaba a éste por el asesinato del primero.

Se puede señalar que no se trataba sólo de divergentes interpretaciones sobre un pasado tumultuoso, sino que éstas se sostenían sobre diferentes formas de concebir la historia. Aún más, eran distintos los intereses y objetivos con los que ambos intelectuales se asomaban al pasado. A Peña lo guiaba un interés estrictamente historiográfico, en busca de lo que en la época se denominaba “verdad histórica”. En la “Advertencia”, concede que su libro “no puede constituir obra de historia en el concepto actual, ya que a la historia moderna no le es dado tener por único objeto hechos políticos, militares o diplomáticos, mezclados con anécdotas y cubiertos con biografías de personajes”, sino que debe también “estudiar los hechos económicos o sociales, las ideas políticas o religiosas”. A pesar de esa enunciación, la perspectiva que sigue se ajusta todavía a la tradicional de los grandes hombres, según “el método de [Thomas] Carlyle”. Allí, con aires plutarquianos, Facundo Quiroga emerge como un personaje de relieves singulares, y como el contrapeso de Bernardino Rivadavia: “vidas paralelas que resumen nuestra nacionalidad: Rivadavia -el estadista- Buenos Aires; y Facundo -el llanero- las provincias” (pp. VIII-IX).

José Ingenieros, que tuvo por maestros a José María Ramos Mejía y a Francisco de Veyga -médicos que se destacaron por sus contribuciones en psicología- escribe bajo la influencia del positivismo. Toma elementos de Auguste Comte (1798-1857), de John Stuart Mill (1806-1873), de Herbert Spencer (1820-1903) y de Hipólito Taine (1828-1893) y, entre nosotros, se apoya en Sarmiento. A diferencia de Peña, busca encontrar en el pasado de las sociedades, con actitud científica o cientificista, algún tipo de explicación general o regularidad, trasladando el peso de la influencia de los individuos, hacia los factores sociales, culturales o económicos que los condicionan o determinan.[29]

Se ha afirmado que José Ingenieros “construyó el discurso positivista más difundido dentro del campo cultural argentino” (Terán, 2008, p. 289), y en la más reciente historia de la historiografía argentina ha sido incluido entre los “historiadores positivistas”. Más allá de cierta imprecisión que sugiere este rótulo, la expresión busca referir a un conjunto de autores que, en el tránsito del siglo XIX al XX, intentaron renovar la historia argentina apelando a herramientas conceptuales de otras ciencias para el conocimiento del pasado (Devoto, Pagano, 2009, pp. 73-138). Con respecto a la vocación historiadora de Ingenieros, sin embargo, puede abrirse algún paréntesis. Las fuentes personales que hemos consultado resultan valiosas porque permiten constatar que ni Peña lo consideraba, ni él mismo se consideraba propiamente un historiador. Ingenieros aludía en 1906 a sus escritos de “crítica sociológica”, y sería más contundente en carteos posteriores. Peña (1906), por su parte, era severo en su juicio, a pesar de considerarlo a su amigo una “personalidad apreciable”: “Yo tengo para mí que no se puede intentar la crítica, mucho menos la sociología en la historia, sin conocer antes los hechos, es decir, la historia. (…) Para concluir, diremos que Ingegnieros ha interpolado un torneo olímpico en un período medioeval, y... basta!” (pp. 19-21).

¿Desde qué lugar hablaba David Peña para censurar a Ingenieros? Si bien se trata en su caso de un autor perteneciente a una generación anterior a la que ha sido considerada como la responsable de la profesionalización historiográfica en el país -la Nueva Escuela Histórica-, hay que tener en cuenta algunos datos que ayudan a ubicarlo. Peña fue uno de los primeros en ocupar -junto al profesor titular Joaquín Castellanos- una cátedra universitaria específica dedicada a la Historia Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Una Facultad nueva, además, creada en 1896 con el objetivo de establecer el estudio universitario de las disciplinas humanísticas, con un cariz académico que debía volcarse a la docencia y a la investigación. En ese ambiente, las conferencias sobre Quiroga, pronunciadas con gran asistencia de público en 1903, lo hicieron a Peña conocido por su revisión de posiciones establecidas, que tres años más tarde plasmó en un libro. En 1905 se integró a la Sección de Historia de la Facultad -núcleo inicial del futuro Instituto de Investigaciones Históricas (1921)-, y al año siguiente ingresaba como miembro a la Junta de Historia y Numismática Americana (JHNA). En 1907, se sumó la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata (1905) como profesor de Historia Constitucional Argentina.

A medida que avanzan los años, en las cartas que intercambian Peña e Ingenieros se van delimitando mejor los intereses de estos intelectuales por los saberes en los que se están especializando, así como también se irá modificando el lugar relativo que ocupan en el universo letrado. El plano de lo autobiográfico, además, discurre con un telón de fondo en el que los conocimientos sociales y humanísticos se encuentran en pleno proceso de construcción disciplinar y alcanzando a través de diversas cátedras estatus universitario (Neiburg, Plotkin, 2004).

David Peña continúa su desempeño en la docencia y en el estudio de la historia, aunque también cultiva el género dramático, y en 1910 luce como secretario de la Comisión Nacional del Centenario. En 1911 funda Atlántida, una revista cultural no especializada. Aunque las fronteras entre saberes aún son porosas y la revista recoge distintas materias, se advierte la impronta historiográfica de Peña en la selección de determinados contenidos, en la publicación de documentos y en la difusión que da allí a sus propios escritos (Micheletti, 2020).

Ingenieros, nombrado en 1900 jefe de clínica en el Servicio de Observación de Alienados de la Policía de Buenos Aires, integra la cátedra de Medicina Legal y es Jefe de la cátedra de Clínica de enfermedades nerviosas en la Facultad de Medicina; dirige desde 1902 la revista Archivos de psiquiatría y criminología,[30] y funda y dirige el Instituto de Criminología de la Penitenciaría Nacional (1907). Se dedica por esos años a la investigación psiquiátrica y criminológica y a la sociología, siendo uno de los responsables del afianzamiento de la “ciencia social” en el país (Altamirano, 2004). Sin embargo, no ocupa una cátedra de Sociología, que por esta época está a cargo de otros eruditos, como Juan Agustín García, Ernesto Quesada y Leopoldo Maupas (Pereyra, 1998); y en 1911, contrariado por la decisión presidencial que le niega la titularidad en Medicina Legal, Ingenieros renuncia a todos sus cargos y se va a Europa. En la carta mencionada, Eusebio Gómez destaca el “método y claridad” de Criminología, y refiere a Ingenieros: “Ya tendrás noticias del Congreso Penitenciario, invención mía, que ha caído bien.”[31]

Una vez producido el regreso de Ingenieros (julio de 1914) se abre un período de reconocimiento intelectual mutuo y de solicitud de colaboración para las empresas que paralelamente llevaban adelante ambos amigos. La economía del intercambio permite suponer cierto aprovechamiento que buscaban obtener de la relación, y las recurrentes apelaciones al “amigo” funcionan como operaciones de enunciación que anticipan algún pedido, ya que, como “textos en movimiento”, las cartas están aguardando algún retorno (Pagliai 2013/2014). Podemos interpretar que es con este objetivo que Peña propicia el reencuentro, ya que va de lleno a lo que constituía el centro de sus desvelos por ese entonces, la revista Atlántida y el Ateneo Nacional (Micheletti, 2020):

Durante su ausencia mi Revista “Atlántida” se ha encargado más de una vez de recordarlo.

Debe saber Ud. que la institución Ateneo Nacional que contribuí a fundar como el último de mis devaneos, está lleno de florecimiento. Es, hoy por hoy, la mejor tribuna para hombres como Ud. Ocúpela pues, y dará ocasión al público de Buenos Aires a demostrarle que no solo no lo ha olvidado, sino que sabrá rendirle el fuerte aplauso que merece el autor de “El hombre mediocre”.[32]

Atlántida había publicado de Ingenieros los siguientes artículos: “La psicología genética” (1911), “El éxito y la gloria” (1911), “La psicología de Tartufo” (1912) y “Las nuevas bases de la defensa social” (1913) que consistía, en este último caso, en un fragmento de Criminología. Con motivo de la primera publicación, Peña le dedicó al autor una nota biográfica extensa y elogiosa (con datos extraídos de la Gran enciclopedia británica), en la que explicaba que entre sus más de trescientas publicaciones científicas predominaban “los estudios sobre patología nerviosa y mental, filosofía biológica, medicina legal, criminología, psicología y sociología” (p. 317). Nótese que la historia no entraba en este listado. En su carta, además, Peña hacía mención del último libro de Ingenieros, en el que se estudiaba la naturaleza humana y se distinguía al “hombre mediocre” del “idealista”, un libro que lograría notable influjo sobre la juventud argentina que llevara adelante la reforma universitaria. Se puede agregar que Peña (1913) ya lo había reseñado en Atlántida, para dar cuenta de los cuestionamientos al presidente Sáenz Peña, el “hombre mediocre” de Ingenieros. A más, se puede apuntar que, como representante y recopilador por Argentina en el proyecto editorial de la Biblioteca Internacional de Obra Famosas (Londres, 1910), David Peña seleccionó para el tomo XXIV el escrito “La envidia”, de Ingenieros, incluido en El hombre mediocre (Valinoti, 2013). Peña tentaba a Ingenieros con el “aplauso” del público porteño, estrategia discursiva que pensaba haría mella en quien se había marchado despechado algunos años antes.

La respuesta epistolar de Ingenieros muestra su disposición atenta hacia las iniciativas culturales de su amigo y su promesa de colaborar, aunque sin plazos ni urgencias, y a su vez, reclama material de lectura:

Lo del Ateneo se lo prometo, aunque no por ahora, pues estoy contraído a algunos trabajos que me urge terminar.

Me hará un verdadero regalo si me envía las publicaciones del Ateneo.[33]

A comienzos de 1915, Peña insiste, ofreciendo a Ingenieros el atractivo de un resarcimiento económico y la posibilidad de compartir un espacio de sociabilidad junto a dos intelectuales que conoce bien:

Proyectamos dar en el Ateneo Nacional (…) algunos cursos superiores, tales como Historia, Literatura Argentina y Sociología; y seríamos muy felices si quisiera Ud. encargarse de esta última materia.

El sueldo que se asignará a cada profesor no será menor de 400 pesos nacionales al mes, y como debe tratarse este punto de un momento a otro en la Comisión Directiva, ruégole su respuesta confidencial a la posible brevedad.

Quizá tengamos de compañeros a Ricardo Rojas y a Lugones.[34]

Seis días después, la carta de Ingenieros pone de manifiesto el curso que han seguido sus estudios durante los últimos años y su especialización en un saber determinado, ya que de la ciencia se ha corrido hacia la filosofía (Plotkin, 2021). Su dedicación lo lleva a fundar la primera revista específica, la Revista de Filosofía, Cultura, Ciencias y Educación (1915), que, de todos modos, mantiene una idea de filosofía vinculada a las ciencias (Domínguez Rubio, 2018). A la vez, organiza el Seminario de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires. La evolución a nivel personal acompaña un cambio de época, marcado por transformaciones a nivel político y por la “declinación de la cultura científica” (Terán, 2008, p. 297). Esto señala una diferencia con respecto a las circunstancias del primer contacto epistolar de 1906, y también un distanciamiento con respecto a la representación que de Ingenieros mantenía Peña, quien no parecía suficientemente informado del giro que había dado en sus inclinaciones intelectuales. La misma apelación a Lugones remitía más a la etapa de los cenáculos modernistas en la que ambos jóvenes, hermanados y consustanciados con el socialismo editaban La Montaña, que al presente (Tarcus, 2009/2011). Acota Ingenieros:

He meditado bien su ofrecimiento, que le agradezco muchísimo.

No estoy preparado para dar un curso de Sociología; me daría mucho trabajo y me distraería de algunos estudios filosóficos en que trabajo desde hace tres años.

Esta negativa no puede sorprenderle si sabe -como supongo- que la Facultad de Filosofía me puso primero en una terna de Psicología, hace un mes, y pedí que se retirara la terna por la misma razón.[35]

Se observa otro cambio en Ingenieros que, de aquella primera carta en la que buscaba establecer similitudes entre sus ideas y las de Peña, y solícito ofrecía confeccionar un comentario bibliográfico, ahora se muestra remiso a dedicar tiempo a actividades que lo alejen de sus objetivos. Descendiente de inmigrantes, Ingenieros es el intelectual “moderno” que se ha legitimado a sí mismo (Terán, 2012, p. 148). Ese mismo año publica un “Autoretrato” en el que construye la imagen de quien se ha hecho por esfuerzo propio, gracias a un trabajo sistemático y metas claras:

No soy un inspirado, sino un estudioso. (…)

Personas conozco que dicen admirar mi talento; las más de ellas podrían hacer lo que yo hago, con solo poseer mi prodigiosa salud física y mental, y mis hábitos de trabajo, nunca interrumpidos de veinte años a esta parte. (…)

Si esa “máquina” aguanta diez o quince años más, podré cumplir un programa que ya me he trazado.[36]

El rechazo a dictar el curso en el Ateneo no implica alejamiento, ni desmerecimiento intelectual hacia el amigo, como queda demostrado por la publicación de materiales de Peña, así como explicitado el intercambio de favores. La Revista de Filosofía reproduce comentarios bibliográficos de Peña sobre “Ediciones de obras nacionales” (1915), “Historia de las leyes de la Nación Argentina” (1916) y “Adolfo C. Dávila” (1918) (Fernández, Galfione, 2021).

Al mismo tiempo, los intereses disciplinares se siguen deslindando. Al finalizar la segunda década del siglo XX, Ingenieros reconoce por carta no sentirse personalmente “historiador”, aunque haya escrito obras de interés histórico:

Como no soy historiador ni cosa parecida, me sorprende un poco que mi trabajito le haya interesado; mi objeto es simplemente averiguar cuál ha sido la evolución de las ideas en nuestro país y para eso leo a los historiadores, sin hacer historia yo mismo.[37]

El “trabajito” formaba parte de La evolución de las ideas argentinas (1918), obra fundamental en la que las “ideas en lucha” -el progreso y la reacción- eran presentadas a través de etapas: la Mentalidad colonial, la Revolución, la Restauración y la Organización. Era la época en la que Ingenieros disputaba con Alejandro Korn -que representaba la reacción antipositivista- en la evaluación de las tradiciones culturales de la historia nacional, y ambos divergían sobre las bases teóricas y metodológicas sobre las que debía construirse profesionalmente como disciplina la filosofía en Argentina (Domínguez Rubio, 2017). Volviendo a la carta, Ingenieros solicita a Peña, para retribuirle el cumplido, pero también porque coinciden -desde distintos presupuestos y propósitos- en recuperar a Alberdi: “Me daría Ud. un testimonio práctico de simpatía enviándome alguna colaboración para la Revista de Filosofía. Sobre Alberdi, por ejemplo.”[38]

Hacía años que David Peña dedicaba esfuerzos a difundir la labor intelectual y reivindicar al inspirador de la Constitución nacional. Esa defensa se había reactivado en junio de 1917, cuando realizó en la JHNA la lectura del estudio biográfico comparado “Alberdi, Sarmiento y Mitre”.[39] De modo que el requerimiento de Ingenieros encontró campo propicio, y Peña se enfrascó en la preparación de un artículo que le fue enviando por partes,[40] y que se publicó en tres entregas (Peña, 1918-1919). Con motivo del último envío, Peña explicó el sentido y alcance de su trabajo, y se sinceró sobre sus limitaciones:

Releyendo las páginas últimas me doy cuenta que solo le aporto a los lectores de su Revista materiales ordenados para el conocimiento de las tres personalidades que llenan más de 30 años de historia nacional. He tomado a los tres, como si fueran tres corrientes de curso paralelo, desde su propio punto de partida: la cuna. (…)

El año 52 -y con mayor razón el 53- ya exigirán de mi parte algo más que la labor del narrador o del cronista. Bien quisiera poder llegar en mis comentarios hasta la posta última: la tumba. Alcanzaré? Quizás la mía está más próxima…[41]

Las fuentes de carácter personal ayudan a dimensionar la valoración que de su propia obra realizan los autores. En el caso de Peña, aproximándose a los sesenta años, calibra el paso del tiempo y su obra inconclusa, lejos de imaginarse que sobreviviría a su amigo. La reflexión vertida en la carta revela insatisfacción, junto con la voluntad de continuar el trabajo. Es posible que Peña advirtiera que su estilo más tradicional, próximo a la crónica histórica, contrastaba con la atrayente historia de las ideas encarada por aquél. Dudas y cavilaciones que se ponen por escrito en el diálogo íntimo que el género epistolar posibilita.

A la vez, el intercambio pone de manifiesto cierta relación de desigualdad, que ha invertido su sentido desde que la amistad se iniciara. Si en la primera carta, un joven Ingenieros de 29 años, que cosechaba sus primeros laureles en Europa, se dirigía cordial pero formalmente a un ya asentado Peña para felicitarlo y mostrar adhesión, las últimas epístolas muestran un agigantamiento de su figura. Para el comienzo de la década de 1920, mientras resulta ya claro que Peña no ha llegado “a ser lo que debió ser, no llegó a ocupar las altas posiciones a que sus diversos talentos le destinaban” (Gálvez, 1944, p. 281) y la mayor parte de su producción se mantiene inédita o dispersa, sin convertirse en libro (Micheletti, 2024), Ingenieros es un intelectual de relieve internacional, maestro de juventudes y autor de una extensa obra publicada, al que aquel termina acudiendo en busca de consejo editorial. El responsable de La Cultura Argentina (1915-1925), afamada colección con más de cien títulos, escribe a su amigo con voz experimentada:

(…) dos tomos de más de quinientas páginas no pueden editarse sin pérdida inmediata de dinero. Nadie se atreve a afrontar el negocio editorial. (…) Al precio habitual de la “Cultura”, formato grande, no se podría vender, pues costaría cada tomo 1.80 para venderlo a 1 (dos para el público). Si se hacen cinco mil ejemplares (diez mil tomos), se perderían exactamente ocho mil pesos, vendiendo hasta el último ejemplar.

Habrá que resignarse a venderlo caro y limitar el tiraje, lo que permitirá atenuar la pérdida.

Estando así las cosas le aconsejo que tire la casa por la ventana y haga en lo de Coni una edición lujosa, como los Estudios Históricos de Groussac, mil ejemplares.[42]

¿Cuál era la obra voluminosa sobre la que Peña había consultado -y posiblemente ofrecido- a Ingenieros? Probablemente la que estaba proyectando sobre Alberdi y la organización nacional, ya que sobre ese mismo tema había enviado sus contribuciones para la Revista de Filosofía. Su permanente estrechez económica le impidió tirar la casa por la ventana y ese trabajo quedó inédito, en su archivo personal.

Finalmente, el derrotero ideológico de ambos amigos los aproximó en ideales comunes en la década de 1920. Peña explícita su laicismo en sus estudios sobre la materia religiosa en la política argentina que publica en 1923 en el diario La Prensa. También agudiza su crítica de costumbres y sátira social en la obra La madre del cardenal, que Ingenieros (bajo el seudónimo de Manuel H. Presilla) alaba desde las páginas de Renovación (1923), porque señala problemas morales y políticos de la Iglesia (Pita González, 2025, p. 75). Falta agregar que este boletín, impulsado por Ingenieros, se constituyó en órgano de la Unión Latinoamericana, en pro de una causa a la que también consagró su apoyo David Peña. La amistad se prolonga hasta el final de ambas vidas. Con motivo del cuarto aniversario del fallecimiento de Ingenieros, y pocos meses antes de su propia muerte, David Peña figura entre los primeros, junto a Anibal Ponce, Alfredo Palacios, Eusebio Gómez y Diego Ortiz Grognet, en el texto de la invitación -que reproduce Renovación- al homenaje al “ilustre pensador argentino”.[43]

Conclusión

Las cartas son expresiones fugaces y vivaces de las etapas por las que discurren las trayectorias intelectuales de David Peña y José Ingenieros. El amistoso contacto en forma de sociabilidad epistolar se inicia a comienzos del siglo XX, en momentos en que el primero se convierte en el reivindicador del caudillo Quiroga, un rótulo que lo marcará y contribuirá a definir su perfil de historiador. Las últimas epístolas refieren a su otro gran defendido, Alberdi. De modo que, en privado, se refrenda la vocación de Peña -y también de Ingenieros- por la revisión del pasado, a contracorriente de las versiones hegemónicas que circulaban sobre la historia nacional.

Ingenieros, a su vez, deja rastros de los múltiples saberes a los que va dedicando su atención. Si la primera carta muestra su inclinación por los estudios sociológicos, en la segunda década del siglo XX se decanta por la filosofía. Con otros objetivos y presupuestos teóricos y metodológicos escribe textos que también indagan sobre el pasado, motivo por el cual entran en intersección con los de su amigo historiador. Como se ve, estos carteos resultan representativo de dos etapas diferenciadas en la vida de Ingenieros, que la estancia europea de 1911-1914 ha contribuido a deslindar. De esta manera, la carta de 1906 muestra una distancia con el resto, que no es solo temporal.

Ambos intelectuales contribuyen a la construcción del conocimiento en Argentina, si bien por momentos y con desigual impacto. Aunque Peña pertenece a una generación anterior, el anclaje universitario en las cátedras de Historia Argentina y de Historia Constitucional y en la Sección de Historia y la membresía en la JHNA preanuncian la profesionalización. Ingenieros, por su parte, gana prestigio nacional e internacional con sus estudios en psicología, psiquiatría y criminología, pero son sus producciones de índole sociológica y filosófica las que más entusiasman, mientras su cátedra en la Facultad desborda de oyentes. Como fuente privilegiada, la correspondencia personal ayuda a conocer el tenor y los ritmos de esta relación de amistad, y exhibe algunas de las prácticas sociales que acompañan a ese proceso de construcción disciplinar. La solicitud de colaboraciones para las revistas y el trueque de favores, la invitación para el dictado de cursos en asociaciones, la demanda e intercambio de publicaciones y libros, la reunión en tertulias informales, son tan relevantes como las demostraciones de reconocimiento y valoración de las respectivas obras.

Falta agregar que la amistad y el respeto mutuo no disimulan la necesidad de comenzar a deslindar saberes. En ese sentido, la afirmación de Peña acerca de que no se puede intentar la sociología en la historia, sin conocer antes la historia, resulta tan ilustrativa de un momento en el que las disciplinas sociales y humanísticas requieren autonomizarse para afirmarse y legitimarse, como el esmero de Ingenieros por dejar en claro que su análisis sobre la evolución de las ideas no pertenece al campo histórico sino al filosófico.

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Notas

1 El concepto de “sociabilidad”, difundido por Maurice Agulhon (1992), se ha extendido desde su uso en la historia política y social, hacia el campo cultural, mostrándose útil para explorar, entre diversas cuestiones, los contactos y redes epistolares como formas de sociabilidad informal. Entre los trabajos que siguen esta perspectiva: Caldo y Fernández (2009) y García (2021).
2 Un conjunto de investigaciones estudia trayectorias de intelectuales y grupos de expertos que han contribuido a construir los saberes en su interacción con el Estado argentino (Neiburg y Plotkin, 2004, Plotkin y Zimmermann, 2012, Rodríguez y Soprano, 2018, entre otros). Este artículo dialoga con esos aportes, aunque se aparta de esa perspectiva de estudio.
3 La expresión tiene antecedentes, distintos usos y derivaciones. Fue empleada por Max Weber y, a la vez, retoma el título de una novela de 1809 del escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe.
4 María del Pilar Saiz-Cerreda (2024) toma el concepto de “pacto autobiográfico” de Philippe Lejeune y lo aplica al estudio de la correspondencia. Se trata de un pacto en movimiento, dirigido a un destinatario específico del que se espera reciprocidad (respuesta), y con una discursividad propia del género.
5 En 1923 los capítulos fueron reunidos en un volumen.
6 Folio 237, Caja 1, Fondo David Peña (FDP). Archivo Academia Nacional de la Historia (AANH). Buenos Aires.
7 José Ingenieros a David Peña, París 1906. Caja 1, FDP. AANH.
8 La ruptura se debió a la negativa del Poder Ejecutivo a nombrar a Ingenieros como titular en la Facultad de Medicina, a pesar de que encabezaba la terna propuesta.
9 David Peña a José Ingenieros, 7 de septiembre de 1914. Fondo José Ingenieros (FJI). Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas (CeDInCI), Buenos Aires.
10 José Ingenieros a David Peña, 16 de septiembre de 1914. Caja 1, FDP.
11 José Ingenieros a David Peña, Buenos Aires, 13 de marzo de 1918. Caja 2, FDP.
12 David Peña a José Ingenieros, 20 de enero de 1919 y 17 de enero de 1923. FJI.
13 José Ingenieros. Libros, Caja 1, FDP.
14 David Peña a José Ingenieros, 14 de abril, s/a. FJI.
15 David Peña a José Ingenieros, 17 de enero de 1923. FJI.
16 José Ingenieros a David Peña, 3 de febrero de 1925. Caja 2, FDP. El segundo aludido posiblemente fuese Diego Ortiz Grognet.
17 José Ingenieros a David Peña, 3 de febrero de 1925. Caja 2, FDP. La madre de Ingenieros fallecía dos meses después.
18 Poco antes, por ejemplo, ambos amigos habían respondido a una encuesta sobre el teatro nacional encarada en 1924 por el diario Crítica (Dubatti, 2024).
19 Camaña publicó artículos en Atlántida y en la Revista de Filosofía. Tras su prematura muerte, la editorial La Cultura Argentina, dirigida por Ingenieros, dio proyección a su obra.
20 Eusebio Gómez a José Ingenieros, 28 de octubre de 1913. FJI.
21 David Peña a José Ingenieros, 24 de julio, s.a. FJI.
22 David Peña a José Ingenieros, 24 de julio, s.a. FJI. Con muy escasas diferencias -“pido” en lugar de “quiero”, la más significativa- la estrofa manuscrita por Peña aparece recitada por el personaje Junco en el texto publicado (Peña, 1912, p. 296).
23 Clemente Ricci a David Peña, fecha ilegible. Caja 12, FDP. A pesar de su queja, la alusión que Ingenieros hace del personaje en el libro II de La evolución de las ideas argentinas (1920) es limitada.
24 David Peña a José Ingenieros, 31 de mayo de 1919. FJI.
25 Profesor de Historia (1920) y de Filosofía (1921), Alberti en 1930 se recibió de médico. Colaboró con Palacios como técnico para La fatiga y sus proyecciones sociales (1922).
26 José Ingenieros a David Peña, París 1906. Caja 1, FDP.
27 José Ingenieros a David Peña, París 1906. Caja 1, FDP.
28 Peña se basa en juicios vertidos por Ingenieros en el comentario al libro de Lucas Ayarragaray La anarquía argentina y el caudillismo (1904) (Ingenieros, 1904, XX, p. 36). Esas expresiones luego fueron reproducidas en Sociología argentina (1913).
29 En el artículo al que alude Peña, escribe Ingenieros sobre la tarea por delante: “Falta unificar el génesis y la evolución de todas las instituciones que constituyen la sociedad argentina, señalando los factores que orientan su determinismo histórico, fijando su valor, poniendo en foco las modalidades propias de cada serie de factores, estudiando sus relaciones e influencias recíprocas, para determinar los rasgos característicos de la evolución social argentina desde sus orígenes hasta nuestros días.” (Ingenieros, 1904, XIX, p. 533).
30 La revista experimentó durante su existencia ligeros cambios de nombre.
31 Eusebio Gómez a José Ingenieros, 28 de octubre de 1913. FJI.
32 David Peña a José Ingenieros, Buenos Aires, 7 de septiembre de 1914. FJI.
33 José Ingenieros a David Peña, 16 de septiembre de 1914. Caja 1, FDP.
34 David Peña a José Ingenieros, Buenos Aires, 20 de enero de 1915, FJI.
35 José Ingenieros a David Peña, Buenos Aires, 26 de enero de 1915. Caja 1, FDP.
36 Ingenieros, J. (agosto 7 de 1915). Autoretrato, Mundo Estudiantil, 1. Buenos Aires. (Reproducido en: Ingenieros, s.f., p. 4).
37 José Ingenieros a David Peña, Buenos Aires, 13 de marzo de 1918. Caja 2, FDP.
38 José Ingenieros a David Peña, Buenos Aires, 13 de marzo de 1918. Caja 2, FDP.
39 Actas de la Junta de Historia y Numismática Americana. 1917-1919, Boletín de la JHNA, VII, 1930, p. 400.
40 David Peña a José Ingenieros, Buenos Aires, 20 y 21 de enero de 1919. FJI.
41 David Peña a José Ingenieros, Buenos Aires, 21 de enero de 1919. FJI.
42 José Ingenieros a David Peña, 26 de marzo de 1920. Caja 2, FDP. Subrayado en el original.
43 “El homenaje a José Ingenieros”, Renovación, año VII, 80, Buenos Aires, octubre 1929, y David Peña. Juicios póstumos, Edición íntima, 1930, 156-157.
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